La compré en un tianguis cuando iba en compañía de una mujer “promedio”. ¿Qué quiero decir con esto? Pues no lo sé exactamente pero hay una diferencia muy clara: a ella le gustaron las flores blancas. ¿Simplemente blancas? ¿Qué hay de los ejemplares que alternan rayas blancas y fucsia que de seguro costaron generaciones de crianza en invernadero para lograrse y que hoy están, por designio divino de la globalización y el consumismo, al mismo precio?. Pero ella lo dejó claro: blancas. Bueno, será algo zen, será por la pureza o algo así.

Me tomó mucho más esfuerzo del imaginado taladrar el concreto del techo, introducir los taquetes e instalar las armellas. Planté las petunias en unas macetas colgantes, con gancho y todo, y lucieron hermosas por meses, ahí colgadas a la entrada de la casa. Un poco de luz, un poco de agua fue todo lo que pidieron para crecer y florear con furia, como si se les fuera la vida en ello. Por meses.
Murieron a causa de una plaga que no pude controlar. Vi cómo la vida les era succionada por unos pequeños insectos.
¡Dios! ¡Cómo las extraño!