Artesanos mexicanos y el arte de vender

PanalillosCreo que nunca dejará de sorprenderme hasta donde llegan algunas personas que se dicen vendedores, comerciantes o demás, que en teoría deberían de estar dedicados a los clientes o al menos pensar como Don Cangrejo el de Bob Esponja, cuyo lema es “el dinero siempre tiene la razón”, porque un cliente insatisfecho es dinero que difícilmente volverá. Recibir un mal servicio es frustrante, pero me parece verdaderamente incomprensible cuando se rechaza una venta simplemente por orgullo.

Todo comienza cuando estaba buscando una maceta alargada, estilo jardinera. Encontré algunas de plástico, caras y muy grandes. Se me ocurrió intentar con el barro y fui al Mercado República con mi tía, donde encontré una señora que tenía un inmenso costal lleno de ellas, justo como las que necesitaba. Pero estaban muy rústicas, sin pintar ni recubrir por dentro, lo que suele degenerar en manchas de salitre y una pérdida excesiva de agua, que puede marchitar las plantas. Me adelanté y le pregunté a la señora el precio, dijo que $20. Es caro. Volví con mi tía, quien no había visto que yo ya me había acercado a preguntar, y me señaló a la señora y las macetas, pero le hice notar que no estaban recubiertas de ninguna manera y así no me servían. Luego mi tía le preguntó el precio y creo que la señora había escuchado mis comentarios porque se negó rotundamente a darle el precio de las macetas, alegando que de todas formas no las íbamos a comprar.

Al día siguiente fui a curiosear a una tienda de artesanías ubicada en Reforma, a un par de calles de Carranza. Es un lugar pequeño, lleno de cosas pequeñas porque está orientado a turistas, incluso tiene letreros bilingües y precios en dólares. Atendía un señor de edad, que se ocultaba detrás de su periódico pero en realidad estaba atento a todos mis movimientos. Encontré exactamente la misma maceta que en Mercado República, pero pintada y recubierta por dentro, justo lo que buscaba. Pregunté el precio esperando que fuera elevado, por el tipo de lugar que era y el costo que me habían dado en el mercado, pero para mi sorpresa coincidió en $20. Le pregunté si tenía una segunda maceta del mismo tipo pero dijo que no. Me fui, prometiendo regresar al otro día.

Estoy casi seguro que el señor no esperaba volver a verme, porque se sorprendió cuando regresé y me recibió con una gran sonrisa. Alegremente me comentó que había encontrado otra maceta igual en su bodega y me llevé las dos. Vaya diferencia tan enorme en el servicio, antes me hubiera sentido inclinado a defender al artesano y a los pequeños comerciantes, pero en vista del mal servicio y los productos sobrevaluados no le veo caso. Bendita sea la globalización si con eso me van a atender bien o, al menos, aparentarán que quieren hacerlo.

Todo eso me recuerda una anécdota que leí en el Selecciones del Reader’s Digest, se titulaba “El arte de vender” y en ella una empleada de una tienda de sombreros contaba que en una ocasión entró a su establecimiento una mujer de edad y le dijo “busco algo elegante para una dama de edad”. La vendedora le preguntó “¿es para su madre?” y la mujer se llevó dos sombreros. He ahí la diferencia.

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