Un cigarro, maestro

Voy regresando a mi casa de noche, comienza a hacer mucho frío. Salgo del centro histórico y llego a la avenida Venustiano Carranza. Se supone que es la más bonita de la ciudad pero está llena de lugares abandonados. Afuera de las puertas cerradas del viejo Cine Avenida hay un vagabundo sentado pidiendo limosna. La acera es ancha y yo voy del lado opuesto fumando y evitando que el hombre me note para no tener que decirle que no le voy a dar dinero. Pero aún así se dirige a mi diciendo “un cigarro, maestro”. Sonrío porque justo se acaba de terminar la cajetilla y de no ser así no me hubiera costado nada y hasta me hubiera hecho un poco de bien dárselo. “Es el último”, le digo y sigo mi camino. Después de unos pasos me doy cuenta que un cigarro no se le debe negar a nadie. Lo dudo un poco pero compro uno suelto en la primera tienda que encuetro y regreso a dárselo. Es un hombre viejo, medio sonríe al recibirlo y con tanto viento frío le cuesta trabajo encenderlo. Me voy, no sabiendo muy bien qué pensar del asunto.

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