El inquilino

El pez betta es uno de los más comunes. Lo primero que llama la atención son sus aletas, que por su gran tamaño, colores iridiscentes y ondulante movimiento capturan la mirada al instante. Además es uno de los más resistentes, pues tolera condiciones en el agua lejos de lo ideal, no requiere cuidados especiales como instalación de filtros o temperatura específica. Su principal atributo es quizá el órgano denominado “laberinto”, que le permite absorber oxígeno del aire para respirar, logrando así sobrevivir en espacios muy reducidos de agua sin circulación alguna. Este es el órgano que parece salir de sus branquias a manera de amenaza frente a otros machos, comportamiento que el pez manifiesta también al ver su propio reflejo en un espejo. Otro distintivo del pez es que los machos son los que se encargan de la crianza de los alevines, labor que comienzan construyendo un nido flotante a base de burbujas y lo hacen aún cuando no haya hembras cerca. La hembra tiene la fama de devorar a sus hijos, así que debe ser retirada del tanque.

No es raro ver al pez betta en pequeñas burbujas de cristal decorando una mesa o un escritorio, condiciones que en lo personal me parecen malas. Más allá del posible maltrato al animal está el hecho de que este pez es en realidad inquieto y principalmente se luce mucho en espacios más grandes. Hay varias subespecies, algunas se distinguen por tener aletas más cortas y un cuerpo más robusto mientras que otras tienen aletas terminadas en filamentos, lo que les da un aspecto “desgarrado” muy peculiar.

Muchas veces el motivo del hacinamiento es la agresividad del macho hacia sus congéneres, lo que ocasiona peleas que generalmente terminan con la muerte de al menos uno de ellos. Se debe a que es un pez muy territorial y, a pesar de la creencia popular, teniendo cuidado es posible tener varios machos en un solo tanque, siempre y cuando sea suficientemete grande y les proporcione recovecos para ocultarse.

Hace poco más de una semana que necesitaba un pretexto para no retirar un tanque de 40 litros que tenía trabajando aunque sin peces, así que aproveché para poner un ejemplar de esta especie. Prefiero los que son de color azul-morado y cuando me di una vuelta por el acuario de la calle de Zaragoza me llamó la atención uno por su comportamiento muy inquieto y animoso. Creo que el toque de azul de metileno en el agua estaba un poco fuerte, porque lo vi de los colores que me gustan. Así se veía todavía en la bolsa pero al ponerlo en la pecera me decepcionó mucho ver que en realidad había comprado un pez verde y rojo. Casi me arrepentí de haberlo traído a casa pero lo dejé libre en su propia pecera, después de todo lo compré como un pretexto. Pero luego de unos días lo miré con atención y me di cuenta de que su iridiscencia verde es muy llamativa, sus aletas son amplias y tienen esa terminación desgarrada, que normalmente no me gusta mucho pero encuentro muy agradable en este ejemplar porque no se extiende demasiado. Y más que nada me ha sorprendido su comportamiento, no es un pez arisco ni inactivo, al contrario, permanece todo el día muy activo y reacciona ante mi presencia y proximidad. Se siente como si fuera un pez muy inteligente y vivaz. Eso me motivó a mejorar las condiciones del agua, redecorar un poco la pecera y a prestarle más atención siendo que esa la tenía algo olvidada. Está muy bien y definitivamente ya no lo cambiaría, ha sido una sorpresa muy buena y de la noche a la mañana ha reclamado su lugar entre mis mascotas preferidas.

El inquilino


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