Otro misterio resuelto

Una de las escenas más pintorescas y desoladoras que recuerdo data de mi infancia. Supongo que mi padre y yo estábamos a las afueras de la ciudad porque no había casi nada a los alrededores. La calle era de terracería, a pesar de que el lugar era inconfundiblemente urbano. Esa terracería parda y apretada que queda una vez que llovió, se inhundó, se hizo lodo y se secó dejando marcadas infinidad de huellas y voluptuosas irregularidades. Todo sucio de tierra, una cerca de malla frente a un pequeño edificio que alguna vez fue blanco, con el aspecto de estar casi abandonado. Frente a la malla, una parada del autobús con varias personas esperando. A la izquierda un poste de iluminación, para mi altísimo en aquel entonces. Un viento molesto que levantaba polvo y agitaba las piezas colgantes de la lámpara en la punta del poste. Lo recuerdo como si fuera lo único que se moviera en aquel momento y lo único que valía la pena ver. Era obvio que ese poste ya no iluminaba pero, siendo un niño, imaginaba que se requeriría de un procedimiento verdaderamente extraordinario para repararlo.

A lo largo de los años escenas similares, si bien menos dramáticas, las he visto por todas partes. Me preguntaba por un momento si algo habría golpeado las lámparas o si se trataría de su forma natural de volverse obsoletas. Luego olvidaba la cuestión. Pero ahora lo sé, es un simple broche mal cerrado. Misterio resuelto.

El broche del misterio

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