Over the counter

El descubrimiento en el aviso clasificado sonaba bastante bien pero, como siempre, está la duda ¿no parecía acaso demasiado perfecto? La descripción del puesto era como parafrasear el apartado de mi experiencia laboral en proyectos pasados. El nombre de la empresa, aunque desconocido para mí, resultaba imponente. Quizá por eso mismo no brindaban información de contacto salvo por un número telefónico. Llamé pensando que me dirían lo común: que mandara mi curriculum por email, incluso tal vez no me revelarían el dato hasta completar una breve entrevista telefónica de rigor. La señorita que me atendió se mostró hasta ciento punto hermética, no brindó ningún dato adicional y se negó a responderme un par de preguntas que le hice sobre el puesto, con el único fin de determinar si sería adecuado iniciar el proceso de reclutamiento. Insistió en que debía presentar mi currículum personalmente a cierta hora y me dio el domicilio.

Consulté los detalles en un mapa y encontré que efectivamente la empresa se ubica al otro lado de la ciudad. Debido a que no me era posible disponer del auto y para evitar retrasos salí a la mañana siguiente en un taxi que pagaría con dinero prestado. Poco a poco nos fuimos alejando de las colonias “bien” y, justo cuando parecía que también nos alejaríamos del mundo civilizado, me percaté de que ya nos habíamos pasado, según la numeración de las casas. “Tal vez se trate de una bodega” pensé. Caminé por la calle buscando un techo alto, algo que asemejara una nave industrial o al menos tuviera pinta de oficina. Nada. Me encontraba en una “avenida” ancha y polvorienta, plagada de diminutos negocios familiares. Seguí a pie solo para notar que nuevamente me había pasado. Volví sobre mis pasos, resignado a que a esas alturas únicamente se podría tratar de una pequeña entrada escondida en algún lugar. Entonces vi el nombre que buscaba, escrito en un sucio letrero de lámina.

Llámenlo ilusión, desesperación o sencillamente el deseo de sacar lo mejor posible de la situación, pero no perdí los ánimos al ver aquel pequeño local olvidado de todos. Los mostradores antiguos, con cristales rotos y vueltos a pegar con silicón, el aroma a metales, grasas y demás materiales tan característico de lugares así. Esperé a que los clientes que había salieran, me presenté y amablemente pregunté por la persona a cargo. Me dijeron “ok, ahorita viene” y me mandaron a esperar en un mostrador algo alejado, a un lado de la caja registradora. Esperé unos minutos y llegó un hombre con rostro triste y deprimido, me dió un apretón de manos bastante aguado por encima del mostrador y me pidió mi currículum. No hubo el tradicional “pasa” seguido del entrevistador abriendo la puerta de su oficina, antes del “siéntate”; nisiquiera hubo asientos. No sabía yo que pensar, lo único que podía hacer era ver mientras él leía, aparentemente sin entender la teminología técnica que es inevitable en mi carrera. No estoy seguro pero me parece que repasó el documento dos veces antes de volver a hablar conmigo. Me desconcertó que no me hiciera ninguna pregunta de momento sino que empezó a describir las funciones del puesto. Sonaba un tanto irreal, incomprensible dadas las dimensiones del negocio y apesar de las varias sucursales que dijo tener a lo largo de la república, en especial cuando mencionó que en ese momento nos encontrábamos en las oficinas centrales. Finalmente me hizo unas cuantas preguntas y sí, era mi perfil, tenía experiencia en el área aunque quizá me encontraba un tanto oxidado en un par de aspectos, debido a que mi último empleo fue algo distinto. ¿Podría yo realizar el trabajo? ¡Claro que sí! Me dijo que mi curriculum lo revisaría la persona encargada del área, que de momento se encontraba fuera de la ciudad y me contactarían. 

Nos despedimos con el mismo apretón de manos aguado, luego de una de las entrevistas de trabajo más raras que he tenido. Sobre todo me llamó la atención el secretismo que se manejó en todo momento, lo improvisadísimo de la situación y la actitud de la persona con la que hablé, que en todo momento se portó como si supiera de lo que estaba hablando y como si hacer viajar a la gente hasta un rincón de lo más pérdido sin razón aparente fuera perfectamente normal. Del asunto me quedó una sensación bastante extraña.

Este post es parte de una serie, publicada a lo largo de tres años, que habla de mis experiencias al terminar mi carrera. Comienza con “Regreso a clases y la crisis de los últimos semestres“, seguido de “Como Holden Caulfield“, “Cuando el futuro nos alcance“, “Toma el dinero y corre“, “Over the counter“, “Training day” y terminará con “El último fin de semana”.

4 pensamientos en “Over the counter

  1. Bendito.. no maMches… !!!

    Si parece un sueño… pero ánimo amigo… esperemos que pronto encuentres un trabajo que vaya con tu ñoña personalidad…

    Un fuerte apreton de manos :)!

    PS: Ya no fumes de esa…😦

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