“El regreso… ¿Qué significado tenía para mí? ¿La Tierra? Recordé las enormes ciudades bulliciosas, don­de iría de un lado a otro, y me perdería, y pensé en esas ciudades como había pensado en el océano la se­gunda o la tercera noche, cuando quise precipitarme en las olas tenebrosas. Me ahogaré entre los hombres, me dije. Seré taciturno y atento, un compañero apre­ciado. Tendré muchos amigos, hombres y mujeres, y tal vez incluso una mujer. Durante un tiempo tendré que esforzarme en sonreír, saludar con una pequeña inclinación, enderezarme, ejecutar los miles de peque­ños gestos que componen la vida en la Tierra, hasta el día en que esos gestos vuelvan a convertirse en hábi­tos. Encontraré nuevos intereses y ocupaciones, a los que no me daré por entero. No, nunca más me daré por entero a nada ni a nadie. Y quizá de noche miraré allá arriba la nebulosa oscura, cortina negra que vela el resplandor de dos soles. Y recordaré todo, hasta lo que pienso en este momento; con una sonrisa condes­cendiente, un poco pesarosa, rememoraré mis locuras y mis esperanzas. Y ese Kelvin del porvenir no valdrá menos que el otro Kelvin, aquél que estaba dispuesto a todo en nombre de un proyecto ambicioso llamado Contacto. Y nadie se atreverá a juzgarme.”

– Otro fragmento de “Solaris” de Stanisław Lem

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