The weird social incident

No me había decidido por un título para mis memorias/autobiografía/biografía autorizada (esta última trae tamales… digo, esta última en caso de que esté yo incapacitado para escribir a esas edades). “No quiero mentir” (suena a que salgo del clóset a los noventa y tantos), “Después de tantos demonios” (como si hubiera sido exorcista de profesión) y otros varios nombres bizarros se me han ocurrido. ¡Quién fuera Celia Cruz para cantar su vida al ritmo de “La dicha mía”! Pero de todos, creo que este sería el más descriptivo. Tanto porque, para bien o para mal, los incidentes sociales fuera de lo común me han marcado como porque son lo que creo cubre lo que más podría interesarle a la gente saber de otra persona.

Pues bien, lo que pasó va más o menos así. Tengo un coworker con el que paso mucho tiempo, prácticamente todo el día en la oficina con él al lado. En silencio, porque no soy muy bueno que digamos para eso de la plática. Mi coworker me cae muy bien, es alegre, trabajador y servicial. Muy platicador. Diario lo mandan por las gorditas y nunca se olvida de preguntarme si voy a pedir algo a pesar de que solamente he pedido dos veces en seis meses. Me dan ganas de abofetearlo y zarandearlo para hacerlo entrar en razón de que termine la carrera en vez de estar ahí languideciendo todo el día frente a la computadora haciéndola de capturista y mandadero. Pueden considerar esa falta de plática el incidente social incómodo más prolongado de mi vida… y creo que todavía le quedan muchos meses.

Mi coworker nos platicaba de su novia, la conoció por messenger, no llevan 15 dias y hoy le trajo lonche. Todo mundo lo estuvo acarrillando. Eso fué después del pedido diario de gorditas, el coworker ya había comido y el itacate que le llevó la novia tenía porciones generosas de… gorditas. Y arroz con leche. Nos invitó, pero como que todos ya habían tenido suficientes gorditas por el día. Yo, que no había comido, lo vi como una oportunidad de ser amigable (y de traerles el chisme de las gorditas de la novia, yo todo lo hago con más de una intención, aunque no lo parezca y ni yo mismo lo sepa en ese momento). Ahí voy a la cocina, incluso me metí a la plática entre el y la esposa del jefe del jefe y compartí mis intimidades acerca de los noviazgos y las pedidas de mano. Entonces agarro la gordita que la novia cocinó con amor y probablemente traía toloache. Se rompe. Tirando su salsoso y grasoso relleno. Sobre las demás gorditas. Me río, la risa es el lubricante social y dicen que es de genios eso de tener la habilidad de reírse de uno mismo. “No hay problema” le digo al coworker. Agarro un platito y una cuchara desechable de esas de plástico que con cualquier cosa se rompen. Pongo la gordita en el plato y comienzo a recoger el relleno con la cuchara. No sé cómo, pero la cuchara se atora con la cafetera. El plástico es flexible, funciona como resorte y acumula energía convirtiéndose en catapulta. La tensión es liberada con un certero lanzamiento del sacrosanto relleno, directo al zapato de mi coworker.

Creo que la gordita era de huevo rojo.

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Cocinando con Kurazaybo: ¿Cómo preparar un postre?

Muy adecuado para este 14 de febrero…

Bueno este postre se conoce localmente como “carlota”, me parece que en otros lugares se le llama diferente. Es en realidad muy sencillo de hacer ya que requiere pocos ingredientes y no necesita ningún tipo de cocción.

Lo que se necesita para prepararlo:

  • 1 lata de leche condensada (la lechera)
  • 1 lata de leche evaporada (carnation clavel)
  • De dos a tres tubos de galletas maría
  • Limones al gusto, de 7 a 12 según el sabor que se le quiera dar
  • 1 recipiente hondo para mezclar los ingredientes
  • 1 recipiente plano como un refractario para el postre terminado

Paso 1: Ingredientes

Primero se vacían las leches en un recipiente:
Paso 2: Mezclar leches

Se añade el jugo de los limones. Aquí es importante mencionar que no importa lo que diga la abuelita de la casa, la leche no se corta (créanme, ha habido oposición):

Paso 3: Jugo de limón

Se deben mezclar bien los ingredientes:

Paso 4: Mezclar

Este paso es opcional pero yo lo recomiendo para obtener mejores resultados, principalmente una consistencia más uniforme. Hay que remojar las galletas un poco en la mezcla, no lo suficiente como para que la absorban y se ablanden, únicamente para recubrirlas bien por ambos lados:

Paso 6: Remojar Galletas

Las galletas se van acomodando en capas en el refractario, procurando que queden perfectamente cubiertas con la mezcla. No como me quedó a mi, con un exceso de galleta:

Paso 7: Terminado

Una vez alcanzada esta etapa, se pone a refrigerar hasta que adquiera una consistencia como de nieve y queda listo:

Paso 8: Refrigerar

Lo normal es que se sirva así, pero puede decorarse con gomitas o lunetas por arriba. Hay quienes le ponen duraznos en almíbar por dentro para máxima azucaritis.

He vivido engañado

Cuando compré mi coche, estaba en muy buenas condiciones. Todavía lo está, si ignoramos los rayones en las salpicaderas y las defensas. De hecho solo tenía un par de imperfecciones cosméticas. Apenas había pasado unas dos semanas con él, me estaba acostumbrando a ajustar el asiento en la posición adecuada y a frenar con suavidad cuando, sin motivo aparente, el asiento se “hundió” de un lado. Quedaba un poco torcido y pensé que había sido un resorte o algo por el estilo, no le di mucha importancia pues pensé que podría arreglarse fácilmente. Por unos días conduje así, en una posición un tanto extraña pero no demasiado. Entonces el otro lado del asiento cedió. Malo, pero al menos había quedado nivelado. Y así anduve casi dos años.

Claro que al principio me sentí un poco mal de traerlo en esas condiciones, pero al menos era algo que no se notaba a primera vista. El tiempo se pasó tan rápido y, sobre todo, estaba yo tan en la fase de aprendizaje, que no noté que me había acostumbrado a una postura errónea. Hace dos semanas me preguntaron si vendía el carro y me hicieron una oferta por prácticamente el mismo valor que yo lo compré. Bueno, de hecho tres ofertas en un solo día (quien diría que estacionarse en el tianguis de carros ayuda a darse una idea del valor de tu coche en el mundo real) y eso hizo que yo volteara a verlo con más detenimiento y reparara en los detallitos que tiene aquí y allá. Afortunadamente todo es por fuera y meramente cosmético pero no pude evitar recordar una ocasión en que un conocido del ITESM me dio ride en su BMW y vimos pasar una carcacha toda oxidada y el dijo algo así como “qué caray con la gente ¿por qué dejan decaer los coches así?”. Yo sentí el impulso de responderle lo que creo es obvio: que en algún momento deja de tener sentido ponerle más dinero bueno al malo (no le dije que por eso el auto familiar llevaba 3 meses estacionado y muy probablemente nunca volviera a moverse, salvo siendo remolcado a un yonque). Pero ahora que lo pienso, creo que mi conocido tenía razón, si le das a tu carro el mantenimiento debido, difícilmente se convertirá en un bote pateado y mínimo tendrá una vejez digna.

Así que me decidí a darle una manita de gato a mi fiel amigo patas de hule. ¿Por donde empezar? Imaginé que lo más económico (y quizá necesario) sería limpiar el interior, de modo que procedí a quitarle las fundas de los asientos. No se las había quitado desde que lo compré y de hecho no conocía las vestiduras. Así fue como redescubrí la condición de mi asiento “tumbado pa’abajo”, para citar a DrFun. Decidí por fin que lo primero sería arreglar ese detalle y lo llevé a soldar. Fue gracioso que me dijeron que por favor lo llevara otro día porque con la lluvia la soldadora les iba a dar toques. Volví este lunes y tras una sesión de soldado que me pareció un tanto excesiva (aparte descubrí que los asientos de hoy en día en realidad no tienen resortes), quedó muy bien. Todos felices y contentos.

El problema vino a la hora de subirme al coche, el espacio entre el volante y mis piernas estaba notablemente reducido. Hice el asiento hacia atrás pero ¡por dios! ahora los pedales y, sobre todo, la palanca de velocidades me quedaban a metro y medio de distancia. Lo deslicé hacia adelante y sentí claustrofobia. Entré en pánico ¿qué demonios estaba pasando? Pues muy simple: parece ser que casi dos años conduciendo en un asiento deformado hicieron que me malacostumbrara terriblemente a una posición inadecuada. En estos dias he estado batallando para acostumbrarme y agarrarle la onda de nuevo.

Como dije, he vivido engañado.

En el próximo episodio: la odisea del lavado de interiores.