He vivido engañado

Cuando compré mi coche, estaba en muy buenas condiciones. Todavía lo está, si ignoramos los rayones en las salpicaderas y las defensas. De hecho solo tenía un par de imperfecciones cosméticas. Apenas había pasado unas dos semanas con él, me estaba acostumbrando a ajustar el asiento en la posición adecuada y a frenar con suavidad cuando, sin motivo aparente, el asiento se “hundió” de un lado. Quedaba un poco torcido y pensé que había sido un resorte o algo por el estilo, no le di mucha importancia pues pensé que podría arreglarse fácilmente. Por unos días conduje así, en una posición un tanto extraña pero no demasiado. Entonces el otro lado del asiento cedió. Malo, pero al menos había quedado nivelado. Y así anduve casi dos años.

Claro que al principio me sentí un poco mal de traerlo en esas condiciones, pero al menos era algo que no se notaba a primera vista. El tiempo se pasó tan rápido y, sobre todo, estaba yo tan en la fase de aprendizaje, que no noté que me había acostumbrado a una postura errónea. Hace dos semanas me preguntaron si vendía el carro y me hicieron una oferta por prácticamente el mismo valor que yo lo compré. Bueno, de hecho tres ofertas en un solo día (quien diría que estacionarse en el tianguis de carros ayuda a darse una idea del valor de tu coche en el mundo real) y eso hizo que yo volteara a verlo con más detenimiento y reparara en los detallitos que tiene aquí y allá. Afortunadamente todo es por fuera y meramente cosmético pero no pude evitar recordar una ocasión en que un conocido del ITESM me dio ride en su BMW y vimos pasar una carcacha toda oxidada y el dijo algo así como “qué caray con la gente ¿por qué dejan decaer los coches así?”. Yo sentí el impulso de responderle lo que creo es obvio: que en algún momento deja de tener sentido ponerle más dinero bueno al malo (no le dije que por eso el auto familiar llevaba 3 meses estacionado y muy probablemente nunca volviera a moverse, salvo siendo remolcado a un yonque). Pero ahora que lo pienso, creo que mi conocido tenía razón, si le das a tu carro el mantenimiento debido, difícilmente se convertirá en un bote pateado y mínimo tendrá una vejez digna.

Así que me decidí a darle una manita de gato a mi fiel amigo patas de hule. ¿Por donde empezar? Imaginé que lo más económico (y quizá necesario) sería limpiar el interior, de modo que procedí a quitarle las fundas de los asientos. No se las había quitado desde que lo compré y de hecho no conocía las vestiduras. Así fue como redescubrí la condición de mi asiento “tumbado pa’abajo”, para citar a DrFun. Decidí por fin que lo primero sería arreglar ese detalle y lo llevé a soldar. Fue gracioso que me dijeron que por favor lo llevara otro día porque con la lluvia la soldadora les iba a dar toques. Volví este lunes y tras una sesión de soldado que me pareció un tanto excesiva (aparte descubrí que los asientos de hoy en día en realidad no tienen resortes), quedó muy bien. Todos felices y contentos.

El problema vino a la hora de subirme al coche, el espacio entre el volante y mis piernas estaba notablemente reducido. Hice el asiento hacia atrás pero ¡por dios! ahora los pedales y, sobre todo, la palanca de velocidades me quedaban a metro y medio de distancia. Lo deslicé hacia adelante y sentí claustrofobia. Entré en pánico ¿qué demonios estaba pasando? Pues muy simple: parece ser que casi dos años conduciendo en un asiento deformado hicieron que me malacostumbrara terriblemente a una posición inadecuada. En estos dias he estado batallando para acostumbrarme y agarrarle la onda de nuevo.

Como dije, he vivido engañado.

En el próximo episodio: la odisea del lavado de interiores.

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