Los adultos son confusos

En mi primer año de secundaria estaba en una escuela privada de rigurosísima presunción, yo me acababa de cambiar de otra primaria y no tenía el uniforme completo. El problema no eran los pantaloncillos cortos de la clase de educación física, sino el saco que había que llevar los lunes, parte de el “traje de gala” que era obligatorio para los honores a la bandera de los lunes. Muchos compañeros no lo usaban, me gusta pensar que era por que sus madres se preocupaban de que lo fueran a ensuciar y arrugar. Eso no le gustó a los directivos y un buen día decretaron que todo aquel que se presentara un lunes sin su saco, seria regresado a su casa sin excepciones. Empezaron a regresarme cada lunes, mis papás no me compraban el traje. Por alguna razón se les hizo fácil dejar de llevarme a la escuela los lunes en vez de llevarme solo para que más tarde me regresaran. Así pasaron varias semanas hasta que en una junta de padres de familia les preguntaron el motivo de mis regulares faltas. Al enterarse, los directivos dijeron que no era necesario que faltara. Apenados, mis padres me compraron el saco casi a fin de año.

El siguiente año escolar me cambié de escuela, jamás volví a ponerme el saco.

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