El mundo se va a acabar en el 2012

Recibo una llamada inesperada, me invitan al antro más exclusivo diagonal de moda. La verdad estoy lleno de dudas respecto a asistir porque, para empezar, no acostumbro ir a antros, mucho menos a los lugares fresas y de moda. Por no hablar del costo, claro. Decido ir, que por una vez en la vida no pasa nada.

Un antro al que se tenga que acceder por medio de un ascensor es atípico en esta ciudad porque para empezar aquí los ascensores son raros. Ahí comienzan las señales, que fui demasiado ingenuo para interpretar: control sobre el grupo. Antes de entrar, ya te están analizando, midiendo y dividiendo en grupos que puedan subir adecuadamente por el elevador. El costo de entrada es elevado. No astronómico, eso lo concedo, pero es más de lo que jamás he pagado por entrar a un lugar, incluídos museos de talla internacional. El costo para las chicas es alrededor de una cuarta parte del de los varones.  Tiene sentido, lo acepto. De una manera sexista, antifeminista y desigual tiene sentido.

Muchos minutos de espera y una estafa después, nos dejan entrar. Me derrito, por un instante vivo la ilusión en carne propia. El lugar es espectacular, excede mis expectativas. Del diseño arquitectónico y el flujo peatonal basado en anillos a la gran pantalla y los corazones de cristal soplado colgados del techo. Pero la cosa empieza mal. Vamos con tres chicas, que son menos de la mitad del grupo, y apenas hay cuatro sillas en la mesa. Todo el personal se rehusa vehementemente a hacer algo al respecto, a pesar de que detrás de una cortina hay toda una sección de mesas y sillas vacías sin tocar. Así pasamos el resto de la noche, alternando asientos con el prójimo como harían las carmelitas descalzas.

Llega “el servicio”, esa botella  de licor sobrevalorada acompañada de sus tres aguas minerales y la respectiva miseria de hielos. Si alguna vez quisieron hacerme comprender que el agua es un recurso escaso y valioso, sin duda esta ha sido la manera más efectiva  hasta el momento.  Chavitos negritos y superflaquísimos del África: comparto su sed, hermanos.

Transcurre la noche, yo no sé si bailar por miedo a dejar de economizar recursos. Me dirijo al balcón y pido fuego para mi cigarro prestado. El balcón guión terraza se abre hacia el parque más grande y emblemático de la ciudad, por un momento pienso si sería descabellado lanzarme desde el segundo piso y huir por el parque. Descarto la idea ante la vista de un grupo de amigas rubias de aspecto europeo, al tiempo que me maldigo por mi propensión a los clichés. Fumo solo, en silencio, mientras me siento como el detective chafón de una novela policiaca barata.

La noche sigue su curso. Yo no me atrevo a hablarle a nadie. Llega el inevitable momento de asistir al sanitario y si, es espectacular. Desde la disposición de los lavamanos a la iluminación, pasando por los espejos y los grifos. Pienso en Frank Ghery y Sir Frank Lloyd Wright, en lo sublime de la iluminación a base de luces fluorescentes bien manejadas y en la perdubirilidad del mármol. El mármol es una piedra sedimentaria y eso significa que es propenso a absorber sustancias químicas a las que está expuesto ¿aplica eso al jabón líquido para las manos?

La salida del baño da directamente a la barra, la barra más amplia y espectacular de la ciudad, cabe destacar. Ya está tocando el grupo en vivo y no decepciona. Es como una reencarnación de Timbiriche pero tocan rock de verdad y hacen covers muy buenos. Mis respetos. Reconozco que me entretienen un buen rato y que no puedo dejar de mirar a la cantante de los pantalones ajustados y el cabello rizado. Para entonces el encanto de la noche está por terminarse y por poco me convencen, hasta que regreso a mi diminuta y miserable mesa con asientos faltantes. Me consuelo pidiendo una cerveza, vieja amiga en la que siempre puedo confiar, y así soporto el resto de la noche.

Cuando todo termina y llega la cuenta, me alegro de cargar con ese billete de alta denominación para emergencias: la cerveza resulta haber costado una suma ridícula, de tres cifras. Juro jamás volver.

Para mí el mundo se acabó en el 2012.

7 pensamientos en “El mundo se va a acabar en el 2012

  1. Corri con suerte de una vez entrar ahi por asuntos de fotógrafo… lástima que el rollo se veló😦

  2. “El costo para las chicas es alrededor de una cuarta parte del de los varones. Tiene sentido, lo acepto. De una manera sexista, antifeminista y desigual tiene sentido.”

    tiene sentido claro porque ellas perciben un sueldo que es aproximadamente la cuarta parte que el que percibe un hombre.

    and on the otherside, el hombre es el que termina pagando su entrada anyway.

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