La transacción (a.k.a. “¿Será este día?”)

Quiero disculparme por el desastre de tiempos verbales en este post, simplemente ya no lo pude arreglar.

Este texto originalmente iba a aparecer en El plan de San Luis con el tema “Armadura”.

Si te caes del caballo, lo primero que tienes que hacer es volverte a subir. Por eso, luego del esguince, había que probar que tan recuperada se encontraba la rodilla. Nunca he sido bueno para correr, pero en la prepa varios compañeros y yo hacíamos como que jugábamos basketball, así que tomé el balón y me dirigí al Parque Tangamanga 2. Fui solo, es algo que hago hacía de vez en cuando.  Fue en pequeñas excursiones de ese tipo que he llegado a conocer los rincones del Tangamanga 1.

Yo le llamo “transacción”, supongo que otros err, no sé si llamarles (yo incluído, por desgracia, al menos en este caso) misántropos o sociópatas o como sea, tienen su propio término aunque es posible que muchos no lo racionalicen hasta llegar a formar un concepto. El punto es que  se trata de dejar bien despachado a un “cliente”. Conmigo normalmente se trata de ponerse una armadura, de construir un muro entre otra(s) persona(s) y yo que impida que se revele cualquier cosa y me proteja de cualquier riesgo. Ninguna medida es exagerada pero cualquier acción de mi parte se revelará únicamente de la manera más discreta. Lo que nunca se debe revelar es lo que estoy pensando y las posibilidades que estoy considerando. No sé si parezca enfermizo pero al usar cotidianamente una armadura uno vive preguntándose si será este el día en que falle.

Pero volvamos a la historia. Crucé el tramo final rumbo a las canchas, pasando por un área de juegos infantiles con el balón bajo el brazo. Dos chavitos como de 10-12 años que andaban cerca me vieron pasar y me hablaron “Oiga don, preste el balón”   río por dentro al ser llamado “don”, al tiempo que evalúo la situación: los muchachitos no representan riesgo alguno. Son pequeños, flacos y no se requiere otra demostración de que se distraen fácilmente. En el peor de los casos insistirían e intentarían quitarme el balón, que no tiene valor alguno.  No se inicia ninguna transacción, no cambio el paso ni volteo a verlos nisiquiera para comprobar si están acompañados de sus padres. “¡Don, oiga don” escucho a mis espaldas, mientras me alejo.

Un rato después ahí estaba yo, rebotando mi pelota e intentando encestar mientras por dentro comprobaba lo mucho que ha decaído mi nivel desde la prepa. Nunca fui un as del deporte ni mucho menos, pero ahora juego como una abuelita artrítica a la que también aqueja el parkinson y un poquito el Alzheimer (ya no me acuerdo bien de las reglas). La rodilla parecía estar totalmente recupera pero de todos modos evité cualquier esfuerzo innecesario. Pensé en probar suerte desde la línea de tiro libre y fallé miserablemente. No puedo decir que no lo haya visto venir. Me dediqué a repetir varias veces el tiro, indefinidamente, hasta anotar de corrido tres veces seguidas. Les adelanto el dato:  no lo logré. Pasé un rato haciendo esas repeticiones, preparándome para lo inevitable. Sé por experiencia que al hacer eso lo más seguro es que llames la atenciónde alguien o algún grupo de personas que pase y al verte tan solito y haciendo un uso tan pobre de la cancha y la pelota se te acerquen y te propongan jugar juntos. Esto era más inevitable considerando la disposición de las canchas en el Tangamanga 2, que están juntas una a la otra, en una franja de pavimento de cientos de metros de extensión.

Y entonces sucedió, una figura se desprendió de entre los árboles, al principio quizá existió la posibilidad de que no se dirigiera hacia mí, que solamente quisiera cruzar y pasara de largo. Pero esa posibilidad se borra cuando el tipo camina directamente hacia mi. Eran las cinco de la tarde, hacia mucho sol. No había nadie más que yo en todas las canchas asi que era muy claro. El tipo era aproximadamente de mi edad, moreno, completamente vestido de negro y con algunos detalles medio darky. Era evidente que no se caracterizaba por contar con grandes recursos económicos. ¿Es un pandillero? Sé que, de haber algún enfrentamiento, mínimo estaría lidiando con fuerzas iguales a las mías.

Riesgo.

Comienza la transacción: actuar con naturalidad y no darle importancia. Si lo ignoras, quizá se vaya. Fingí no verlo mientras de reojo vigilaba cada movimiento. Pero el hombre se acercó y me habló, me preguntó si no había visto a un grupo de chavos que habían quedado de verse con él para jugar. Podía ser verdad o podía ser mentira, imposible saberlo. Le dije que no y seguí en lo mío, quizá después de todo si se iría. Seguí haciendo mis tiros patéticos pero él no se alejó. Ya de cerca resultaba aún más evidente el aspecto “bohemio” de su persona. Llevaba un colguije barato en el cuello y cadena en el pantalón. Bueno, eran unas bermudas negras gastadas, al igual que su playera. Una mochila genérica y compacta en iguales condiciones y calzado inidentificable. Si pretendía atracarme quizá llamé la atención con mi playera Nike reluciente y de diseño caprichoso y mis tenis de marca. Quizá convenga tener eso en cuenta en el futuro. Quizá… quizá estuviera yo exagerando.

Sucede lo inevitable: me pregunta si puede jugar conmigo mientras espera a sus amigos. Me pone en una situación difícil pues sería demasiado rudo decirle que no y quizá aumentaría el riesgo. Nunca se sabe si uno de estos malandros se dorga o algo y puede traer trastocada la cabeza. Hay que suavizar las cosas. En otras palabras, mentir. Déjenme contarles algo acerca del arte de mentir: nunca conviene contar una mentira que sea del todo mentira. Siempre procuren que lleve algo de verdad, así tendrán a la mano los detalles y las cosas saldrán de la boca con mayor facilidad.

Le contesto que la verdad no puedo jugar pues tuve un esguince recientemente. En realidad fue hace más de tres meses y no debería tener ningún problema, si acaso por la falta de práctica y calentamiento. Él se lleva la victoria en el primer round debido a que me precipité y no lo analicé lo suficiente. Responde que él también se lastimó y señala el vendaje de su rodilla.  El “yo también” es un truco muy básico para generar empatía. Acordamos simplemente hacer tiros y llevárnosla despacio. Bien, porque en el calor del juego él podría lastimarme, argumentando que “fue un accidente”.

No se requiere indagar demasiado acerca de qué tipo de “cliente” se trata: es de los que hablan demasiado. Comienza a platicarme que se llama Alejandro y que es profesor de una secundaria cercana y que tanto él como su hermano son músicos y que frecuentemente vienen al parque a jugar con los chavos de la escuela. Evito preguntar lo obvio ¿es profesor de música o de educación física? porque es información que no me ayuda a despacharlo en ningún sentido. No sé de música ni de deportes y no me revela nada acerca del riesgo que estoy corriendo. Yo sigo tirando, interesado en mejorar. Me contengo y evito correr, fingiendo preocuparme todavía por mi rodilla. Pronto ya no hace falta fingir, siento un dolorcito y no lo disimulo ¿recuerdan lo que mencióne de la mentira?

Poco a poco Alejandro se desanima y tira cada vez con mayor desgano. Pero no deja de hablar, parece que se le suelta la lengua. ¿Intenta envolverme en alguna estafa o es así su personalidad? No puedo saberlo aún. Por sus movimientos se deduce que no es agresivo físicamente pero es ágil, lo cual me pone en desventaja. Saca de su mochila una botella de agua helada y me ofrece. Naturalmente yo jamás la aceptaría además de que traigo una botella en el carro pero no puedo revelar que tengo un auto, aumentaría el riesgo.

Dejamos de tirar, Alejandro se resguarda en la sombra y sigue platicando acerca de sus alumnos, que al parecer son adolescentes viciosos que se van de pinta al parque a emborracharse pues en una tienda cercana y sin escrúpulos venden cerveza a menores. Me cuenta del descaro de los chavos, de lo mal que se ven las chavas, etcétera. Que él intenta abrirles un poquito los ojos, aunque sea para evitarles problemas con los guardias del parque y con sus padres.

Me abro un poco y le cuento acerca de mis compañeritos que también eran borrachos pero en la carrera, sus alumnos de secundaria son bastante precoces. Me cuenta de lo difícil que lo han tenido algunos conocidos que han batallado para conseguir empleo y le platico que hace unos meses y que la crisis está muy dura. Claro, nada de lo que yo digo es del todo verdad ni del todo mentira. El “yo también” es un truco muy básico para generar empatía y es mi manera de ondear la bandera de la paz, indicándole sutilmente que no soy un riesgo para él y me identifico un poco con sus historias.

Ahora Alejandro está interfiriendo fuertemente conmigo. No me deja seguir con mis tiros ni me puedo ir así como así, existe la posibilidad de que me siga. Debe irse él primero y yo seguirlo, es la única manera pero por lo visto no resultará. Ya ha pasado casi una hora de que se me acercó por primera vez. No puedo saberlo con seguridad pues evito sacar de mis bolsillos el reloj y el celular para no dar más señales de riqueza. No ha pasado nada, quizá no represente ningún peligro. Yo fallo en otro detalle: lo dejo tomar la iniciativa, es él quien sugiere que nos vayamos, que las personas con las que supuestamente había quedado de verse claramente no llegarán.

Para entonces ya me ha preguntado si vengo seguido al parque. Le digo que estaba yendo a correr y que así me esguincé, pero que deje de ir por mes y medio. Me pregunta si voy a volver y reconozco que me suavizo un poco ante la posibilidad de, en el futuro, jugar con él o con su grupo de amigos. Sería un riesgo mayor pero podría ser divertido. Digo que sí, que pienso recuperar mi rutina de ir martes y jueves a esa hora más o menos.

Muy bien, confieso que comenzaba a sentir un poco de simpatía por Alejandro y su vida bohemia de profesor, deportista y músico. Yo solamente le comenté cuando me preguntó en qué trabajaba, que habia estudiado ingeniería en computación. Sin mas detalles. No pregunté acerca de sus estudios, quizá no fue amable de mi parte. Tampoco le pregunte por donde vivía él cuando dirigió la conversación y me preguntó a mi donde estaba mi casa. Le contesté que en una zona cercana que conozco más o menos bien y me preguntó si conocía a alguien de cierto local, quizá quedé en evidencia al decir que no. Comienza a caminar en la misma dirección que yo, que es más o menos por donde vino y que pasa por donde estacioné mi coche ¿me estaba vigilando desde que llegué? Jamás lo sabré. Cruzamos por entre la maleza y él hace un giro sospechoso hacia donde la hierba está más crecida. También es un rinconcito alejado de la vista de la poca gente que a esa hora está en las cercanías. Pierdo de vista una de sus manos, la lleva a la mochila. Sería buen momento para sacar ¿una navaja? Finjo tropezarme un poco para verlo con más atención. Es la botella de agua, solo eso. Casi llegamos al estacionamiento. Si no me ataca, solo quedan estas posibilidades:

  • Fingir que no tengo auto y acompañarlo a la salida
  • Despedirme y subir a mi coche, aunque sería rudo de mi parte no ofrecerle un aventón a la salida
  • Que él me pida dinero para el transporte público
  • Despedirme con la excusa de pasar a otro lado, probablemente el baño

Cuando vamos pasando cerca de mi auto, al que nisiquiera volteo a ver pues sigo decidiéndome entre las posibilidades, él menciona que va a pasar a otra parte a ver si se encuentra ahí a algún conocido. Eso me libera pero me precipito. Le digo que está bien, que de todos modos ahí está mi carro.  Una indescriptible señal en su expresión me indica que él ya lo sabía y que el momento que eligió para despedirse no fue casualidad. De todas formas eso me evita ofrecerle un ride.

Alejandro, creo que te juzgué mal. Tal vez podamos ser amigos. Pero entonces sucede, me pregunta si no tengo diez pesos que le preste para el autobús. ¿Eso era todo o planea arrebatarme la billetera si es que la saco? Le digo que no traigo nada. Perdió la poca confianza que se había ganado conmigo.

Alejandro se despide, camina y se pierde en la distancia. Me quedo un rato en el auto y regreso a casa. Tomo una ruta indirecta y rebuscada para evitar cualquier riesgo. No fue la transacción más complicada pero este “cliente” si se me adelantó en unas cuantas ocasiones.

Necesito mejorar, no solamente mis tiros.

3 pensamientos en “La transacción (a.k.a. “¿Será este día?”)

  1. Pingback: Woopsh!!! « Kurazaybo jom peich

  2. Gusto me da ver que no soy el unico “cuidadoso”, esos que la gente confianzuda llama paranoicos… bien manejado, pero si, te falta un poco de colmillo🙂

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