Cambiar los nombres

Se dice que para cada persona existen unas pocas palabras que tendrán siempre mayor importancia sobre todas las demás:su propio nombre. Por ello es un gesto de amabilidad básico el procurar siempre recordar como se llama alguien, aunque no lo veamos muy seguido. Del mismo modo,una de las maneras más fáciles de resultarle desagradable a una persona es no recordar su nombre.
Claro, hay algunos a los que su nombre no les resulta del todo agradable, sobre todo cuando hablamos de segundos nombres, pero para todo hay excepciones. Yo no sé de donde viene esa costumbre de llamar a la gente de otra manera. Hay algunos “sobrenombres” (que no precisamente apodos) que por alguna razón están más “estandarizados”, como Pepe, Toño, Lucha, etc. a los que me imagino ya todo mundo está acostumbrado y que aunque en lo personal a mi me resulta un tanto enigmático su origen, no me parecen negativos. Se puede decir que en la escala de cambios de nombre desagradables estos equivaldrían a un cero. En el extremo opuesto de la escala estarían los apodos ddegradantes con los que los niños se molestan unos a otros y que muchas veces resaltan algún defecto, generalmente físico.
Aquí hay que hacer una pausa para hablar un poquito más de estos apodos, cuya elección es un verdadero arte. Está el típico “cuatro ojos” para referirse a alguien que usa lentes. Aunque en mi caso ese apodo me resulta bastante bobo y sinceramente nunca he visto que nadie lo use en la vida real. También el resaltar un parecido a algún animal, como “rana”, “rata” o “conejo” que llegan a tener cierto sentido. Y apodos que se quedan por motivos mucho más sutiles. Como un compañero que tuve al que apodaban “Cheese” (léase “Chisi”, no sé el por qué). Y que, después de años de conocerlo me enteré que le habían empezado a llamar así a ráiz de que una vez, jugando futbol, el sudaba como cerdo. Y a alguien se le ocurrió decirle “parece que te estás derritiendo, como un quesote bajo el sol” ¿? Ese tipo de apodos, en apariencia tan aleatorios y nacidos en un momento, parecen ser los que se quedan por más tiempo.
Hay también una categoría muy sutil de cambios de nombre, como decirle “Peter” a Pedro, que me parece que son los que tienen menos sentido. No es que sean más prácticos ni nada, y tampoco es como si hubiera algo malo con llamarse Pedro. Me imagino que algunos de los que lo hacen piensan que es una manera de sonar más amigable o algo así.
Ahora con internet y las redes sociales (y de hecho creo desde los tiempos de los chats) está el dilema de si llamarle a alguien por su “username” o por su nombre real. Quizá yo aquí me inclino por el username y me resulta un tanto extraño que personas que conocí por ahí me llamen por mi “nombre real”. Es en parte por la falta de costumbre y porque la verdad soy malísimo recordando nombres.

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