Lo más triste

Una de las ¿ventajas? de tener como papá a un personaje tan curioso es que entras en contacto con mil y una personas inesperadas. En una ocasión que yo estaba de vacaciones, llegó mi papá y me dijo que ocupara mi tiempo y energías en algo productivo y fuera a ayudarle a una pareja de recién casados con su mudanza. “¡¿Cargar muebles ajenos gratis?!” pensé, pero realmente no tenía nada que hacer y aparte me gusta manosear chatarra, así que accedí a la propuesta.

La pareja en cuestión resultó ser de lo más típico y ordinario: gordo él, bajita ella y con una hija que debía tener entre uno y dos años. Sí, se comieron la torta antes del recreo, para variar. Y claro, para enriquecer aún más el cliché, se estaban mudando de un barrio viejo y bajo de la ciudad a un fraccionamiento relativamente reciente en una zona anteriormente periférica y “descalificada”. De aquellas en las que antes era puro desierto y actualmente no hay más que casas idénticas y árboles que a lo mucho alcanzan el metro y medio de altura que se debaten peligrosamente entre la vida y la muerte porque la constructora plantó la especie incorrecta para el clima de la zona. Nunca he sabido si es cuestión de costos o estética, pero me estoy desviando del tema.

Se me acaban las expresiones del tipo “para variar” y “cliché” pero el matrimonio tenía pocas pertenencias, menos cosas de valor y muebles que nada tenían que ver unos con otros. Creo que lo más interesante era su microondas porque los sillones eran del tipo rústico y feo que simplemente no es cómodo, pero que parece buena inversión porque es el único de “madera auténtica” en la mueblería. De esos que pesan más de lo que aparentan. Pero bueno, como es de esperar todo cupo en una camioneta grande y no tardamos mucho en acomodarlo en la nueva casa. Él trabajaba en una reconocida empresa de la ciudad, que la verdad tenía y aún tiene más prestigio que méritos (es famosísima pero no recompensa a sus empleados muy bien que digamos). Para sorpresa de nadie, tenían un auto compacto, relativamente reciente y “justo”: no lujoso, pero con buen espacio y calidad. Un sedán americano aburrido, típico.

No traté mucho a nadie: conocí a la esposa, saludé a los abuelos y el marido fue con quien estuve batallando para subir y bajar las cosas. Mi papá estaba contento con abrir las puertas y manejar los coches. No me pregunten si los abuelos eran de parte de él o de ella porque no tengo la menor idea. Lo que más me llamó la atención fue la niña, era muy bonita, alegre y juguetona. Una joyita llena de vida. Durante la mayor parte del tiempo que la vi, estuvo con la abuela. Era más que obvio que para la señora aquella nieta era la luz más brillante de su universo, la estrella más grande de su cosmos. No hace falta añadir que jamás he visto un amor y devoción tan grandes y evidentes. Yo quería decirle a la viejecita lo bonita que era la niña pero sé que eso se puede considerar causa de “mal de ojo” ante ciertas personas antañeras.

Terminamos la mudanza, la casa de los recién casados tenía ese look que se ve bien pero da la extraña impresión de un hogar que no está del todo terminado. El marido nos dió a cada uno una compensación económica más o menos justa que gasté en Dios sabe qué y que evidentemente mi papá no se merecía y yo olvidé el asunto.

A los pocos meses recordé la mudanza y, más por hacer plática que otra cosa, le pregunté a mi papá qué había sido de esa pareja. “Oh, se les murió la niña. Neumonía.” dijo. Tuve un lapso, no sé exáctamente de qué tipo. El tiempo se detuvo para mí. Me arrepentí al instante de haber preguntado pero eso no era ni por asomo lo más importante. Quedé destrozado al solo imaginar lo que aquello significó para ese matrimonio. Para aquella abuela.

No sé qué más decir. He perdido familiares, he perdido a un par de excelentes amistades. Nunca he llorado excepto en el caso de aquella niña desconocida. Lloré en secreto, a media noche, cuando nadie me veía. Procurando guardar silencio. No sé por qué.

Investigando más el asunto, solo para arrepentirme de echar más sal en la herida, como luego descubriría, me topé con los duros hechos. La muerte de la niña era una estupidez: presentó síntomas que fueron clasificados a primera vista como un resfriado común. Se complicó, a los pocos días resultó ser neumonía pero cuando los padres acudieron al hospital era muy tarde.

El primer impulso es la ira, la venganza. He leído casos en que la muerte de una persona es claramente la culpa de un tercero pero aún así los allegados deciden no demandar, no exigir nada, no cobrar venganza, guardar silencio. No lo comprendía. Ahora sé bien que a veces no tiene caso. El  primer impulso puede ser apretar con todas las fuerzas de Sansón el cuello del prójimo pero, por mucho que exprimas, eso no repará el daño, no compensará la pérdida. No significará nada.

He perdido familiares, he perdido buenas amistades. No he llorado pero sé bien que hay casos extraordinarios en los que el universo se detiene y se convierte en un lugar más triste, más pobre y más oscuro.

A veces, cuando la vida te da limones, hacer limonada es algo inimaginable y sencillamente insolente.

Esto es algo que, aún hoy en día, no puedo platicar sin que se me quiebre la voz y me traicionen las lágrimas. Es lo más triste que he experimentado en la vida.

4 pensamientos en “Lo más triste

  1. Pingback: Puede que este sea el último post de este blog « El Plan de San Luis

  2. Creo que chocar de frente con lo efímero de la vida te pone en perspectiva de muchas cosas. Pasa que reflexionas sobre “tu lugar” en este mundo, o en este “pobre y oscuro” universo, como dices.

    Que una vida termine a los pocos años de comenzar a existir… no se entiende, no es lo “lógico”…

    “Quiensabe”…, quizá en los detalles de encontrarte con esas personas o circunstancias, esté mucho de la vida… aunque gente como Woody Allen (leyendo hoy hace un rato) diga que eso solo nos distrae: que la vida es realmente mala. Yo no lo creo así.

    Bien escrito y buen blog, saludos!!!

  3. Gracias. Y en verdad que este asunto es una de esas cosas que guardo en un cajón muy especial de la memoria, para bien y para mal.

  4. Pingback: Abraham | Kurazaybo jom peich

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