Handyman

“¡Cielos! el motor del coche acaba de pararse. Por favor ¿puedes abrir la guantera? Verás una linterna y un kit de herramientas. Mete la mano detrás y pásame mi móvil.”

– “Frasier”, S08E11

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“The howling” (1981)

La historia va más o menos así: Karen White es una reportera que ha estado en contacto con Eddie Quist, un asesino serial. En colaboración con la policía participa en un plan para capturarlo, concertando un encuentro en un cine porno. Eddie se transforma en hombre lobo ante los atónitos ojos de Karen y justo antes de atacarla, es liquidado por la policía. Tras la traumática experiencia Karen sufre un colapso que le impide volver al trabajo y seguir con su vida, asi que por recomendación del (¿psiquiatra?) George Waggner, accede a pasar una temporada en una comunidad experimental, acompañada de su esposo. A lo largo de su estancia las esperanzas de que la comunidad le sea de ayuda se van desvaneciendo pues ya desde la primera noche es evidente que las personas del lugar no son del todo normales.

La película está llena de guiños y referencias al género y la temática de los hombres lobo (lo siento, ni sé bien lo que significa “licántropo”) pero lo más peculiar creo es que presenta el conflicto entre la parte impulsiva/bestial del ser humano con su parte intelectual, que termina reprimiendo esos instintos. El hombre lobo se presenta como la parte “liberada”. Esto se ve muy claramente en el caso del marido de Karen, quien es transformado en contra de su voluntad (la verdad ¿alguna vez alguien es transformado por que así lo haya querido?) pero una vez que surte su efecto el cambio, se desata su verdadera naturaleza. A destacar también el que los hombres lobo no se presenten como monstruos, sino que en todo momento conservan su intencionalidad y uso de razón.

La historia en sí creo que resulta un tanto accidentada y la resolución del conflicto se da como por arte de magia pero aún asi tiene suficientes particularidades que la mantienen interesante a veinte años de su estreno. En especial se destacan los efectos especiales en una de las escenas de transformación más influyentes y escabrosas hasta la fecha, obra del maestro Rob Bottin quien al año siguiente daria vida a las memorables cosas de “The thing”. Aunque en esta área también hay altibajos, principalmente esas (escasas, eso sí) escenas en las que se recurrió a la animación.

Para completar la parábola del conflicto impulsos vs. razón/represión, en el desenlace vemos el camino elegido por Karen, que sale bastante del moldede este tipo de películas y presenta de manera muy efectiva  lo que conlleva ser un monstruo, cosa que no se ve todos los días.

Si esta reseña se parece mucho a esta de acá, no es casualidad, es que concuerdo en casi todo. 

Abraham

Mi coche estaba haciendo un ruido extraño y lo llevé al mecánico, quien me dijo que se trataba de algo que él no podía arreglar pues se requería una herramienta de la que no disponía, que acudiera a un eléctrico. El eléctrico, cuyo local queda del otro lado de la ciudad, tenía demasiado trabajo y solamente podía atenderme el sábado a las ocho de la madrugada, así que indagué un poco entre mis conocidos acerca de alguien que pudiera ayudarme y que no requiriría la excursión al despuntar el alba. Así fue como escuché por primera vez de Abraham, un muchacho de unos 20 años que había llegado de lejos a pasar una temporada con el hermano de su padre. Esto porque el chico andaba en malos pasos y su familia estaba preocupada, así que optaron por alejarlo de las “malas influencias”. No tenía trabajo pero le sabía a la mecánica y tenía herramienta así que en cierta forma estaría yo ayudando a reformarlo. ¿Cómo se supone que esto me inspirara confianza? No tengo idea, pero quedaba cerca y me podía atender a cualquier hora. Además el problema del auto en si no era muy complicado, lo peor que podía pasar era que quedara igual.

Llegué al lugar y hora convenidos, Abraham me hizo esperar un rato. Llegó en un Jeep descapotable de color rojo, a velocidades vertiginosas y frenando de manera que no parecía muy prudente. En ese momento no supe si tenía prisa por haberse demorado o así era su forma de conducir. Era un joven delgado y prieto, de aspecto algo malvivido; llevaba unos característicos pantalones cargo, superaguados, manchados de grasa y raídos. Daba la impresión de dedicarse a eso y de ser una persona capaz, a pesar de su edad, así que no desconfié. Entendió el problema de inmediato y puso manos a la obra. Tuve que comprar dos refacciones puesto que dos piezas se habían desgastado porque habían estado girando fuera de su posición normal y eso era lo que provocaba el ruido extraño en el motor. Al parecer quedó todo bien y así traje el auto unos días, pero tuve que volver a llevarlo con él dado que el ruido volvió, aunque con menor intensidad, la siguiente semana.

Un pequeño ajuste y listo, no volví a saber de Abraham en meses hasta que un día que hacía mucho calor no aguanté más y me detuve en un minisuper a comprar una bebida bien fría. Él se estacionó y del auto se bajó otro chico que se veía aún más joven y que pasó directamente al mostrador a comprar condones. Ahora que sé el desenlace de la historia, me imagino que eran hermanos. Opté por no saludar ni nada y seguí mi camino, después de todo no había nada extraordinario en todo eso, solamente me llamó la atención el hecho de que ya no traía el Jeep, ahora era un Ibiza azul, más apto para las velocidades que le gustaban a Abraham.

Me imagino que debió haberle ido bien con la mecánica porque pocos meses después, cuando volví a saber de él, lo que escuché es que había estrellado su Jetta. No pude evitar comentar que lo había visto “pasar por ahí” en otro carro y me confirmaron que ya lo había cambiado. Ya para entonces fui sospechando que debía haber algo más de lo que su familia quisiera que se reformara pues no habían pasado ni seis meses desde que yo lo conocí y estaba cambiando de vehículo con gran facilidad. Pero nunca lo sabré con certeza porque lo siguiente que escuché de él, poco tiempo después, es que un día iba con su hermano, tuvo un accidente automovilístico y fallecieron los dos.

No le había dado mucha importancia a esta historia hasta la semana pasada que dos personas por separado me dijeron que últimamente yo estaba conduciendo muy rápido. Ahora bien, en mi tostadora motorizada generalmente da la sensación de que se va más rápido de lo que en realidad se está moviendo el auto, lo normal es que en esos casos yo volteo a ver el velocímetro y respondo “calma, vamos a 60 km/h”. Pero en estos casos al fijarme veía que iba al doble de lo permitido por los ridículos límites de velocidad en esta ciudad.

Esa idea se quedó flotando en mi mente y de pronto recordé que en algún lado había escuchado que la primera vez que alguien más o menos de tu edad muere, suele afectarte de alguna manera. Me pusé a pensar que hasta el momento no conocía ningún caso y fue cuando me acordé de Abraham. Sí, he sabido de casos más tristes y que me han afectado en otro nivel y, aunque todavía no se muy bien qué hacer de todo esto, creo que ciertamente me afecta de otra forma. No lo sé, uno conoce gente todos los días y no se lo piensa dos veces, no anda uno preguntándose que fue del tendero, del zapatero de la esquina, de la señora que pasa vendiendo flores o de los recolectores de basura. Pero quizá el ir escuchando poco a poco de la breve vida de Abraham y el hecho de que era más o menos de mi edad hizo que inconscientemente me imaginara que iba a tener algún futuro o algo, no que se acabara todo tan súbitamente.

Abraham: la primera persona más o menos de mi edad que sé que muere. Estoy procurando volver a manejar a velocidades de abuelita artrítica. No es nadamás por precaución, es que cuando acelero de más mi coche vuelve a hacer ese ruido raro…