– ¿Te acuerdas del tumbaburros que tenia la kombi?

– Se lo quitaron en abellauto, en la reconstruccion del 2001.

– No, todavía lo tiene…

– ¿?

– … y anda corriendo a todo lo que da. Allá arriba, en el cielo de los coches…

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“Ya no tengo miedo de ti,

ya toda mi vida eres tú.

Vivo tu respiro que queda aquí,

que consumo día tras día.”

Es… es tarde. ¿Qué hora es allá, del otro lado? No importa, me dijiste que no importa. Conozco a la perfección la canción que suena en tu teléfono cuando te marco, aunque no lo haga ni una vez al año. No puedo evitar imaginarla sonando, allá, a lo lejos.

“¿Hola?”  Suena tu voz con un acento extraño, porque poco a poco has olvidado nuestro idioma. No es momento de responder a un saludo, pero lo intento. Se me quiebra la voz, fallo en el intento. “Falleció…” pero no termino el silencio, la interrupción, el instante en el que no sé qué decir.

Porque tú lo sabes, comprendes al instante qué quién cómo cuándo y dónde. “Oye…” atinas a responder, a interrumpir el mar de dudas, el remolino de emociones que da vueltas y vueltas en mi cabeza. “… voy para allá”, dices, con plena seguridad. Con ¿tranquilidad?, como si fuera cuestión de cruzar el patio trasero.

“Busco en la noche en cada estrella tu reflejo,

más todo esto no me basta ¡ahora crezco!.”

Es rara, la espera. Trato de no pensar. Unos kilómetros en auto ¿qué estarás pensando? Me lo pregunto pero al instante lo olvido. Creo que mencionaste un tren bala. Un tramo, pequeñito, como de media vuelta al mundo, en avión. Y unas horas por tierra. Me gustaba imaginarte abordando un helicóptero y llegando en minutos, pero me dijiste que ni la reina de Inglaterra puede: el combustible pesa demasiado.

“No vivo ya, no sueño ya.

Tengo miedo, ayúdame.

Y es la hora que no llegas, estoy entrando en trance. “¿En qué forma piensas de ti?” me preguntaste, y no entendí. Me explicaste: “¿Cómo te ves, qué clase de persona crees… sientes que eres? ¿Eres un buen hombre?”. Tardé en responder y te dije la verdad: pienso en mi como un hombre que miente.

“Tú que habrías estado por mí

en cualquier lejana ciudad.

En soledad y siempre ya junto a ti.”

Distingo tu inconfundible silueta a la distancia ¿cómo diste con el lugar exacto? Me pongo en pie, no se si sonreír o llorar. ¿Cuántas mentiras? ¿Qué tuviste qué hacer para llegar tan pronto? Pero no importa. Estás…

Marfil

Al escuchar la palabra es inevitable pensar en los colmillos de elefante, aunque se supone que todo diente de todo animal está hecho del mismo material (la diferencia viene a recaer principalmente en la definición de “diente”). Por infinidad de razones la palabra ha llegado a significar algo exótico e inalcanzable, pasando por la tangente de aquello excesivamente caro e inútil.

Pero el marfil tiene o ha tenido una importancia económica. Hoy en día es difícil encontrarlo, quizá solamente se siga comerciando por parte de los esquimales que utilizan legalmente marfil de foca y morsa. Yo he leído que este material ha sido usado en artículos de lo más común como botones, así como artículos de lujo en los que algunos todavía lo consideran irremplazable, como bolas de billar y teclas de piano.

No sé por qué estaba pensando en esto pero me di cuenta que el marfil es uno de los materiales que nunca he visto “en la vida real”. Sí, he visto fotos y leído leyendas pero nunca lo he visto ni de lejos, ya no digamos tenerlo en mano. Incluso el diamante y la amolita los he visto en exposiciones de geología.

¿Por qué es tan “inconseguible” el marfil? Pues porque a pesar de ser un recurso renovable de elevado valor, a nuestra especie no se le ha ocurrido la manera de criar a estos animales de manera rutinaria. Son herbívoros pero de alguna manera se encuentran en lo más alto de la cadena alimenticia: no tienen depredador natural, son la única especie (aparte del humano) que es capaz de matar a leones, tigres, hipopótamos y rinocerontes.

¿Por qué? No tengo una respuesta clara para esto, algo tiene que ver con el hecho de que los elefantes macho pasan periódicamente por un periodo de celo/locura en que se vuelven extremadamente peligrosos e impredecibles. Pero a la vez no comprendo como es que no existe al menos un intento de granja de marfil en el mundo. La caza de ejemplares salvajes ha sido siempre la fuente del marfil. ¿Por qué alguien no se pone las pilas en algún rincón y comienza a comerciar este recurso renovable de manera sustentable? Ni idea. Debe haber alguna solución posible, alguna alternativa. No me cabe en la cabeza que uno pueda comprar zapatos, maletas, chaquetas de piel pero, sin importar el precio, no pueda comprar productos de marfil por prohibiciones internacionales. ¿Donde quedó el emprededurismo?

Museo de rarezas

Entré a trabajar a una empresa de renombre internacional y de dinero. Tiene una planta (industrial) en algún lugar lejano a la ciudad en donde vivo. Diariamente camino tres cuartos de kilómetro del estacionamiento a mi escritorio. Lo primero que me sorprendió de esta travesía (que, sumada a la ida y vuelta al comedor da un total diario de kilómetro y medio a pie) fue la extraña impresión que me dejaron los jardines. Son… una colección de rarezas sin sentido, sin combinar. Una serie de plantas que alguien plantó alguna vez y/o que tal vez ya estaban ahí antes de que la empresa se estableciera. Yucas y rosa laurel en el estacionamiento un grupo de Eucalyptus Cinerea a distancia regular uno del otro y en línea recta, en una formación que no puede ser natural, cítricos camino a mi edificio. Dichos cítricos los vi morir, lentamente, pues no había infraestructura de riego ni nada similar. Pensé en llenar el traste que diariamente llevo para beber agua y con él rociar los limoneros pero ¿y cuando yo me vaya? ¿no sería eso solo prolongar una lenta y dolorosa muerte? Pensé en pedirle la cubeta a la señora de la limpieza… Me costó trabajo pero pasé diariamiente a su lado, viéndolos morir. Eucaliptos, de diversa estatura, una que otra palmera no identificada y grupos de sauces aquí y allá, de décadas de edad, definitivamente habitantes del lote desde años antes de que se registraran las marcas que fabricamos.

Me da miedo pasar por el logo de la empresa podado en pasto, rodeado de rosales. Seguido de un grupo de flores que no sé identificar y que se secaron por falta de riego, a pesar de que están camino a las gerencias, donde sí hay sistema de riego. Veo florecer un diminuto panalillo al lado de un registro hidráulico en el suelo y me dan ganas de vaciar mi botella de agua potable porque es una planta diminuta, aparentemente frágil, pero de indescriptible tenacidad que sobrevivirá. Echo una mirada al horizonte y ahí veo los panalillos grandes, sembrados como planta decorativa a unos 50 metros de distancia, rodeando un bizarro arreglo de arbustos frente a una ventana del edificio de oficinas administrativas. Semillas más pequeñas que la cabeza de un alfiler que han florecido donde no debían.

No, es una batalla que debe pelear sola. Si va a sobrevivir ahí, en suelo desértico sometido a temperaturas bajo cero, todo lo que yo pueda hacer no será mas que una ilusión. Desvío la mirada a la telaraña que crece entre los cipreses, plantados a distancias irregulares ¿o alguna vez estuvieron a un metro uno del otro pero han fallecido muchos? Hay una araña grande y gorda, a la espera. Incontables veces he visto a los saltamontes brincando, desconcertados, golpeando una y otra vez contra los muros del almcén, de los bodegones fríos e impersonales donde fabricamos productos que la gente usa unas cuantas veces y luego deshecha. Pequeños animales de una pulgada, si acaso, que brincan medio, casi un metro, buscando una salida. Los detenemos en su infinita e incansable procesión porque hemos decidido que ahí es un buen lugar (barato, más que nada) para colocar un almacén.

Comienza la construcción, la expansión de una bodega. Llegan los trabajadores y la maquinaria, extraen de raíz y en partes, cuando es necesario, árboles y palmeras. Palmeras que sin duda llevan décadas creciendo ahí, luchando contra las inclemencias del tiempo, la sequía constante y los químicos que sin duda alguna liberamos al ambiente.

Camino a mi auto me doy cuenta que hay basura que el viento arrastra por el asfalto. Son flores secas del rosa laurel. Crece con tanta fuerza, con tal vitalidad, en un rincón del estacionamiento, que las flores marchitas forman una alfombra cafecácea, movíendose al son del viento. Dios la bendiga, pienso de la planta, al pasar. Debe tener por lo menos tres años de edad, ya capaz de resistir la sequía y, si hay suerte, las temperaturas bajo cero. Está haciendo lo que todos venimos al mundo a hacer: sobrevivir, dejar alguna forma de descendencia. Soñar, tal vez.

Cada dia, en el comedor, echo una mirada a la ventana. Hay un montón de magueyes y cactáceas creciendo en una pequeña loma que se me antoja artificial. Magueyes de un verde azulado que me superan en altura, espinosos. He visto un par de ardillas asomadas por ahí, no sé de qué viven, ignoro qué hacen ahí porque según yo las ardillas viven en los árboles. Sonrío al ver una parvada de pájaros pasar por el cielo y desaparecer entre los eucaliptos. Quizá lo único que siento en su lugar son los formios que crecen frente a las amplias ventanas de la enfermería.  Es una planta australiana, neozelandesa, en forma de abanico. Las hojas verdes, dispersas, de más de dos metros de longitud. Viene del desierto, crece en bulbos como las papas, la cebolla o los tulipanes. Y esta ahí, decorando con perfecta simetría, inmune, inexpresiva ante todo el movimiento que sucede a su alrededor. ¿Sabrán los jardineros de la empresa que es momento de separar los bulbos, machete en mano, y plantarlos en otra parte? Han sobrevivido a las hostilidades del entorno y es momento de darles una oportunidad. Pueden seguir ahí pero no serán más que una bola incomprensible de hojas con forma de espada.

¿Quién las habrá puesto ahí? ¿Habrá algún jardinero en jefe? ¿Alguien encargado del medio ambiente? Prefiero no investigar demasiado y retirarme en silencio. Sé que es un asunto de selección natural y no tan natural.

Poka-yoke

“Poka-yoke” es un término japonés que a grandes rasgos se refiere a la prevención de errores en un proceso. Como ejemplo sencillo me viene a la memoria una cubeta para guardar bloques para armar que tuve en mi infancia: en la tapa tenía agujeros con las formas de los bloques. Cuadrado, círculo, triángulo… de manera que solamente se podían introducir por el espacio correspondiente los bloques de la forma adecuada. Suena sencillo y hasta irrelevante pero, aplicado a la industria, es algo que puede ahorrar millones en desperdicio e incluso salvar vidas.

Clac-clac.

Hace poco un familiar lejano más o menos de mi edad, disponiendo de un capital extra, decidió dar el paso y ceder a la tentación: se compró una pantalla (¿en qué momento dejaron de ser “televisiones” y se convirtieron en “pantallas”) enoooorme y lo último en videojuegos y entretenimiento digital.

Clac-clac.

tengo un televisor con historia, más de veinte años de historia. En más de una ocasión se ha descompuesto por descargas. Desde la segunda reparación de ese aparato, todo electrónico de valor en casa está conectado a un regulador. Desafortunadamente eran de esos reguladores de antaño, estilo los clásicos marca Sola-Basic que son una caja beige de metal. Entre sus inconvenientes están el contar con un pequeño fusible que hay que reemplazar cada vez que hay alguna descarga o cortocircuito así como el ruido. El balastro, corazón del aparato, vibra. Y, aunque es muy bonito como metáfora el latido que alimenta la electrónica moderna, llega a ser incómodo el ruido que hacen incluso cuando los aparatos están apagados.

Clac-clac.

Entre mis muchas costumbres que ya no se si sean excéntricas o no, se encuentra la de siempre visitar la sección de liquidación y ofertas en las grandes tiendas. Muchas veces se encuentra basura o mercancía dañada, pero no es nada raro encontrar cosas con buenas rebajas que de otra forma me lo pensaría bastante para comprar a precio completo. Así fue como vi un regulador más moderno hace unos meses. “¿Qué tiene de especial?” me preguntaba mi familiar, que por casualidad me acompañaba en esa ocasión y me miraba con reproche por comprar algo que en apariencia no necesito. Supongo que mi emoción en momentos como ese no es evidente, así que le expliqué que el balastro es silencioso y tiene interruptor magnético que solamente hay que “reiniciar” tras una descarga. Además, claro, que todo mecanismo para regular la corriente se va deteriorando con el tiempo y los reguladores que tenía son como de 1995. Inmediatamente compré uno para el ruteador y el televisor, que siempre están conectados. Más adelante quise volver por más pero ya se habían agotado.

Clac-clac.

Cuando, hace unos días, mi familiar me invitó a ver la pantalla y demás dispositivos ya instalados y darle una probadita, lo que vi me horrorizó: decenas de miles de pesos en equipo y la pantalla más grande que he visto en mi vida, conectados a una extensión  hecha en casa con lo que parecen ser restos y chatarra de instalaciones eléctricas previas. “¿Será seguro?” pensé, todavía queriendo creer en la cordura de esta persona. Cuando presionó el botón de encendido se escuchó un sonido contundente:

Clac-clac.

Y ahí estaba: uno de los reguladores en oferta que yo ya no conseguí. El interruptor lo había apagado todo automáticamente al detectar condiciones desastrosas. “No sé por qué pasa esto, según yo la extensión estaba buena” me dice calmadamente, mientras reinicia el regulador y mueve los cables. Inmediatamente ahí está:

Clac-clac.

Fueron dos o tres intentos, no recuerdo bien. Yo estaba estupefacto. Más por hacer plática que otra cosa le pregunto donde lo consiguió y me dice que lo vio después en otra sucursal, todavía con rebaja. Pienso que si me pasara a mi, desconectaría todo de inmediato y haría una auditoría de la instalación electríca. Pero ahí está el fallo: yo jamás usaría una extensión en esas condiciones. Finalmente todo funcionó y pasé un rato muy interesante curioseando con esas cosas que yo jamás compraría. Al despedirme moví el cable sin querer, y aquello no se hizo esperar:

Clac-clac.

“¿Por qué no compras una extensión nueva?” Le comento del modo más casual y neutral que me es posible. Me siento más allá de la incredulidad pero muy agradecido por los sistemas a prueba de tontos cuando me responde:  “Jaja ¡Con lo que acabo de gastar en todo esto!”

Clac-cac.