Poka-yoke

“Poka-yoke” es un término japonés que a grandes rasgos se refiere a la prevención de errores en un proceso. Como ejemplo sencillo me viene a la memoria una cubeta para guardar bloques para armar que tuve en mi infancia: en la tapa tenía agujeros con las formas de los bloques. Cuadrado, círculo, triángulo… de manera que solamente se podían introducir por el espacio correspondiente los bloques de la forma adecuada. Suena sencillo y hasta irrelevante pero, aplicado a la industria, es algo que puede ahorrar millones en desperdicio e incluso salvar vidas.

Clac-clac.

Hace poco un familiar lejano más o menos de mi edad, disponiendo de un capital extra, decidió dar el paso y ceder a la tentación: se compró una pantalla (¿en qué momento dejaron de ser “televisiones” y se convirtieron en “pantallas”) enoooorme y lo último en videojuegos y entretenimiento digital.

Clac-clac.

tengo un televisor con historia, más de veinte años de historia. En más de una ocasión se ha descompuesto por descargas. Desde la segunda reparación de ese aparato, todo electrónico de valor en casa está conectado a un regulador. Desafortunadamente eran de esos reguladores de antaño, estilo los clásicos marca Sola-Basic que son una caja beige de metal. Entre sus inconvenientes están el contar con un pequeño fusible que hay que reemplazar cada vez que hay alguna descarga o cortocircuito así como el ruido. El balastro, corazón del aparato, vibra. Y, aunque es muy bonito como metáfora el latido que alimenta la electrónica moderna, llega a ser incómodo el ruido que hacen incluso cuando los aparatos están apagados.

Clac-clac.

Entre mis muchas costumbres que ya no se si sean excéntricas o no, se encuentra la de siempre visitar la sección de liquidación y ofertas en las grandes tiendas. Muchas veces se encuentra basura o mercancía dañada, pero no es nada raro encontrar cosas con buenas rebajas que de otra forma me lo pensaría bastante para comprar a precio completo. Así fue como vi un regulador más moderno hace unos meses. “¿Qué tiene de especial?” me preguntaba mi familiar, que por casualidad me acompañaba en esa ocasión y me miraba con reproche por comprar algo que en apariencia no necesito. Supongo que mi emoción en momentos como ese no es evidente, así que le expliqué que el balastro es silencioso y tiene interruptor magnético que solamente hay que “reiniciar” tras una descarga. Además, claro, que todo mecanismo para regular la corriente se va deteriorando con el tiempo y los reguladores que tenía son como de 1995. Inmediatamente compré uno para el ruteador y el televisor, que siempre están conectados. Más adelante quise volver por más pero ya se habían agotado.

Clac-clac.

Cuando, hace unos días, mi familiar me invitó a ver la pantalla y demás dispositivos ya instalados y darle una probadita, lo que vi me horrorizó: decenas de miles de pesos en equipo y la pantalla más grande que he visto en mi vida, conectados a una extensión  hecha en casa con lo que parecen ser restos y chatarra de instalaciones eléctricas previas. “¿Será seguro?” pensé, todavía queriendo creer en la cordura de esta persona. Cuando presionó el botón de encendido se escuchó un sonido contundente:

Clac-clac.

Y ahí estaba: uno de los reguladores en oferta que yo ya no conseguí. El interruptor lo había apagado todo automáticamente al detectar condiciones desastrosas. “No sé por qué pasa esto, según yo la extensión estaba buena” me dice calmadamente, mientras reinicia el regulador y mueve los cables. Inmediatamente ahí está:

Clac-clac.

Fueron dos o tres intentos, no recuerdo bien. Yo estaba estupefacto. Más por hacer plática que otra cosa le pregunto donde lo consiguió y me dice que lo vio después en otra sucursal, todavía con rebaja. Pienso que si me pasara a mi, desconectaría todo de inmediato y haría una auditoría de la instalación electríca. Pero ahí está el fallo: yo jamás usaría una extensión en esas condiciones. Finalmente todo funcionó y pasé un rato muy interesante curioseando con esas cosas que yo jamás compraría. Al despedirme moví el cable sin querer, y aquello no se hizo esperar:

Clac-clac.

“¿Por qué no compras una extensión nueva?” Le comento del modo más casual y neutral que me es posible. Me siento más allá de la incredulidad pero muy agradecido por los sistemas a prueba de tontos cuando me responde:  “Jaja ¡Con lo que acabo de gastar en todo esto!”

Clac-cac.

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