Museo de rarezas

Entré a trabajar a una empresa de renombre internacional y de dinero. Tiene una planta (industrial) en algún lugar lejano a la ciudad en donde vivo. Diariamente camino tres cuartos de kilómetro del estacionamiento a mi escritorio. Lo primero que me sorprendió de esta travesía (que, sumada a la ida y vuelta al comedor da un total diario de kilómetro y medio a pie) fue la extraña impresión que me dejaron los jardines. Son… una colección de rarezas sin sentido, sin combinar. Una serie de plantas que alguien plantó alguna vez y/o que tal vez ya estaban ahí antes de que la empresa se estableciera. Yucas y rosa laurel en el estacionamiento un grupo de Eucalyptus Cinerea a distancia regular uno del otro y en línea recta, en una formación que no puede ser natural, cítricos camino a mi edificio. Dichos cítricos los vi morir, lentamente, pues no había infraestructura de riego ni nada similar. Pensé en llenar el traste que diariamente llevo para beber agua y con él rociar los limoneros pero ¿y cuando yo me vaya? ¿no sería eso solo prolongar una lenta y dolorosa muerte? Pensé en pedirle la cubeta a la señora de la limpieza… Me costó trabajo pero pasé diariamiente a su lado, viéndolos morir. Eucaliptos, de diversa estatura, una que otra palmera no identificada y grupos de sauces aquí y allá, de décadas de edad, definitivamente habitantes del lote desde años antes de que se registraran las marcas que fabricamos.

Me da miedo pasar por el logo de la empresa podado en pasto, rodeado de rosales. Seguido de un grupo de flores que no sé identificar y que se secaron por falta de riego, a pesar de que están camino a las gerencias, donde sí hay sistema de riego. Veo florecer un diminuto panalillo al lado de un registro hidráulico en el suelo y me dan ganas de vaciar mi botella de agua potable porque es una planta diminuta, aparentemente frágil, pero de indescriptible tenacidad que sobrevivirá. Echo una mirada al horizonte y ahí veo los panalillos grandes, sembrados como planta decorativa a unos 50 metros de distancia, rodeando un bizarro arreglo de arbustos frente a una ventana del edificio de oficinas administrativas. Semillas más pequeñas que la cabeza de un alfiler que han florecido donde no debían.

No, es una batalla que debe pelear sola. Si va a sobrevivir ahí, en suelo desértico sometido a temperaturas bajo cero, todo lo que yo pueda hacer no será mas que una ilusión. Desvío la mirada a la telaraña que crece entre los cipreses, plantados a distancias irregulares ¿o alguna vez estuvieron a un metro uno del otro pero han fallecido muchos? Hay una araña grande y gorda, a la espera. Incontables veces he visto a los saltamontes brincando, desconcertados, golpeando una y otra vez contra los muros del almcén, de los bodegones fríos e impersonales donde fabricamos productos que la gente usa unas cuantas veces y luego deshecha. Pequeños animales de una pulgada, si acaso, que brincan medio, casi un metro, buscando una salida. Los detenemos en su infinita e incansable procesión porque hemos decidido que ahí es un buen lugar (barato, más que nada) para colocar un almacén.

Comienza la construcción, la expansión de una bodega. Llegan los trabajadores y la maquinaria, extraen de raíz y en partes, cuando es necesario, árboles y palmeras. Palmeras que sin duda llevan décadas creciendo ahí, luchando contra las inclemencias del tiempo, la sequía constante y los químicos que sin duda alguna liberamos al ambiente.

Camino a mi auto me doy cuenta que hay basura que el viento arrastra por el asfalto. Son flores secas del rosa laurel. Crece con tanta fuerza, con tal vitalidad, en un rincón del estacionamiento, que las flores marchitas forman una alfombra cafecácea, movíendose al son del viento. Dios la bendiga, pienso de la planta, al pasar. Debe tener por lo menos tres años de edad, ya capaz de resistir la sequía y, si hay suerte, las temperaturas bajo cero. Está haciendo lo que todos venimos al mundo a hacer: sobrevivir, dejar alguna forma de descendencia. Soñar, tal vez.

Cada dia, en el comedor, echo una mirada a la ventana. Hay un montón de magueyes y cactáceas creciendo en una pequeña loma que se me antoja artificial. Magueyes de un verde azulado que me superan en altura, espinosos. He visto un par de ardillas asomadas por ahí, no sé de qué viven, ignoro qué hacen ahí porque según yo las ardillas viven en los árboles. Sonrío al ver una parvada de pájaros pasar por el cielo y desaparecer entre los eucaliptos. Quizá lo único que siento en su lugar son los formios que crecen frente a las amplias ventanas de la enfermería.  Es una planta australiana, neozelandesa, en forma de abanico. Las hojas verdes, dispersas, de más de dos metros de longitud. Viene del desierto, crece en bulbos como las papas, la cebolla o los tulipanes. Y esta ahí, decorando con perfecta simetría, inmune, inexpresiva ante todo el movimiento que sucede a su alrededor. ¿Sabrán los jardineros de la empresa que es momento de separar los bulbos, machete en mano, y plantarlos en otra parte? Han sobrevivido a las hostilidades del entorno y es momento de darles una oportunidad. Pueden seguir ahí pero no serán más que una bola incomprensible de hojas con forma de espada.

¿Quién las habrá puesto ahí? ¿Habrá algún jardinero en jefe? ¿Alguien encargado del medio ambiente? Prefiero no investigar demasiado y retirarme en silencio. Sé que es un asunto de selección natural y no tan natural.

Un pensamiento en “Museo de rarezas

  1. Adoré esta entrada…

    Al tiempo de estarla leyendo se puso “Nocturna” de Moonspell. Sé que no es tu estilo, pero escucha sólo el inicio.

    Precisamente en la parte donde hablabas de “Yucas y rosa laurel en el estacionamiento …”

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