El primer rack, Part II

Fue por medio de los familiares de un amigo que llegó el tanque de 100 litros. Yo no sabía que las empresas de paquetería no permiten el envío de artículos de vidrio (ni de animales ni de recipientes con líquidos… que es por lo que no he conseguido camarones vivos). Estas personas venían de la ciudad dondé dejé el tanque a donde vivo ahora, en una camioneta de carga. Una llamada (y una desmañanada) a un familiar fue necesaria para realizar este envío.
100 lts

Este tanque fue mi primera pecera “seria” allá por 1996 y apabulla la mente pensar en el tiempo y esfuerzo que alguna vez invertí en lograr que hubiera vida en ella. La he tenido “retirada” por varios años. Y ahora que la recibí me di cuenta de que el tiempo no ha sido bueno con ella. El agua del grifo que he usado trae demasiados minerales y el vidrio se ha manchado horriblemente de salitre, haciéndolos quedar opacos y con una textura irregular en la que ya no pegan las ventosas con las que se fijan ciertos equipos. En algunas aristas el cristal está mellado, debido a las veces que se ha movido de lugar y ha golpeado con una y otra cosa y a los años en que ha estado sin vida en posición vertical.

100 lts - sarro

Los sellos de silicón aún soportaban la presión del agua y no dudo que haya podido instalarse así y estar feliz por muchos años. Pero no hay necesidad, recurrí a los profesionales y la mandé rehacer. Se le cambió el vidrio del frente y los pequeños de los costados. Las “vistas” como dijo el señor que los cambió. Costo total $260, y el señor me dijo que eran $160 del vidrio frontal, así que como en 1996 me costó la pecera completa $150 pues es oficial que por el precio original ya no se consigue uno de los vidrios principales. Los cristales de atrás y de abajo se mantuvieron y nada más mandé hacerles una limpieza. El costo no era problema, fue más que nada una cuestión de nostalgia. Por cierto que ya ni me acordaba de las estampitas de las chicas superpoderosas que traía en una esquina.

100 lts - estampas

Esta semana llegó el tanque “reparado”. Los sellos de silicón quedaron mejor de como estuvieron originalmente hace 16 años. Los marcos de aluminio, con los que nunca quedé satisfecho y que tienen una función estructural (en teoría evitan que los vidrios largos se curven a causa de la presión del agua) todavía tienen varias décadas de vida. Y pues estoy muy contento con los resultados, sobre todo porque estuve a punto de reemplazarlo con un tanque de 80 litros que costaba el triple.

Primer rack

Llegó el tanque con los pedazos de cinta canela y el penetrante aroma a silicón fresco. Puede que para algunas personas sea molesto pero a mi me trae pura alegría.

Primer rack

100 lts - cinta canela

Como ya había planeado instalar este tanque ya disponía de un filtro previamente colonizado con bacteria y la mayor parte de la decoración, así como tres brotes de vallisneria. Creo que no quedó tan mal. Ahora solo falta esperar a que la arenilla que sigue enturbiando el agua se asiente.

100 lts -  Vallisneria

La lámpara sumergible LED es insuficiente y creo que el tezontle perforado de la izquierda sale sobrando.

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Piedras…

La historia se remonta … ya no me acuerdo, pero como doce años pa’atrás.  En uno de esos dias de febrero con sus vientos locos, el árbol que estaba en el camellón frente a mi casa se derrumbó, arrancado de raíz por las violentas corrientes. Yo venía en autobús de la escuela y fue desconcertante ver que se desvió varias veces de la ruta de todos los días. Al principio me pregunté si no me habría equivocado de autobús pero, al mismo tiempo que los demás pasajeros, noté que había árboles caídos obstruyendo el camino. En una de esas desviaciones cerca de mi casa pensé que llegaría mas rápido a pié así que mejor me fui caminando.

Puse cara de what cuando di vuelta a la esquina, por un lado se veía la hilera de coches circulando a vuelta de rueda para salirse de la avenida y entrar a una calle secundaria. Por el otro, el árbol que había estado frente a mi casa yacía en el asfalto, tapando los dos carriles. Y claro, no podían faltar los mirones aquí y allá. Cuando me dí cuenta de la cara que tenía, lo segundo que pensé fue que no tenía mucho sentido: el árbol era de esos que crecen demasiado altos y flacos y ni dan sombra, dos personas podían fácilmente arrastrarlo y liberar por lo menos carril y medio. No era como cuando aquel camión de volteo con sabe Dios cuantas toneladas de arena se descompuso a media glorieta. Y como buen miembro de la comunidad y ciudadano ejemplar que soy, pasé de largo y me encerré en mi casa, desentendiéndome completamente del asunto. A la mañana siguiente algún superhéroe ya había tenido la misma idea y el árbol estába aventado a un costado del camino, la circulación ya era casi casi normal. Pero ni yo ni ninguno de los vecinos mirones del otro día nos habíamos dado cuenta de que aquél árbol ralito y medio feo ocupaba una posición estratégica. Con su ausencia ese tramo de camellón resultaba ideal para que los coches se saltaran las pobres guarniciones y dieran vuelta en la avenida, ahorrándose los 30 metros hacia el retorno más cercano.

Creo que a nadie le gustó la idea porque hubo varios planes que, como todo proyecto vecinal, terminaron en fracaso. La tía de la vecina de la cocina económica se organizó con las señoras del grupo de estudio de la biblia para hacer una coperacha y compraron y plantaron unos pinitos feos que no duraron ni el mes. El señor del acuario de la calle de atrás puso ahí su anuncio con una enorme flecha “Acuario y mascotas para acá” y hasta acarreaba cubetones de agua sucia para regar los arbolitos aquellos. Al estacionarse en un paseo a una presa un familiar atropelló a un pequeño maguey y yo arranqué los restos y los planté ahí. Pareció al principio que iba a vivir y ya me imaginaba pasando a un lado de mi tieso y espinoso maguey cada mañana. Pero el tránsito de peatones no perdonó y a las pocas semanas ya estaba todo pisoteado y ya ni me acuerdo en qué acabó, el caso es que murió/desapareció.

En una ocasión que un auto pasó vertiginosamente y se dió la vuelta por ahí y casi atropelló a unas personas que estaban esperando el autobús en la esquina de enfrente nos lo tomamos más en serio. Alguien puso un poco de cascajo, yo transporté desde la presa un piedrón como de ochenta kilos y fue necesaria una maniobra de la kombi con cejass en sentido contrario para lanzarla al suelo por la puerta corrediza porque nadie en su sano jucio la iba a colocar ahí de otra manera, problema que las soccer moms de ahora no tienen porque sus modernas minivans japonesas traen puertas de ambos lados. Era eso o meter una pick up de reversa pero no perdamos el tiempo en cuestiones de logística.

La piedrota cayó y sacudió uno de los cadáveres moribundos de los pinitos, para gran consternación del peluquero coreano de enfrente que me miró siempre con el ceño fruncido desde entonces. Los pinos no tardaron en morir pero la piedra no se inmutó. Como dice la canción, uno cuenta los siglos mientras ella parpadea. Y así estuvimos contentos un rato hasta que otro árbol aledaño se marchitó y la historia se repitió. Pero en esta ocasión ya nadie se lo tomó muy en serio. Sí, los riesgos para los peatones eran los mismos, los coches tuneados con deslumbrantes luces de zenón seguían pasando a velocidades vertiginosas que no permitían leer las placas y todo eso.

Y entonces a mí se me ocurrió plantar unos arbolitos. Llevaba 15 años viviendo ahí y otros tantos con ganas de plantar ciertas especies pero en casa los patios siempre se habían cubierto de concreto y ninguna maceta es suficientemente buena para un árbol (una de tantas razones por las que no soporto los bonsais, pobrecitos arbolitos torturados). Y pues tomó década y media para que la idea hiciera click y se me ocurriera plantar en ese camellón. No sabía muy bien cual de tantísimas opciones sería la correcta pero sí sabía que tenía que ser algo muy rudo y aguantador y como de un metro o más de altura para que tuviera al menos una oportunidad. Y quizá flores que no necesitaran mucha agua para ablandarle el corazón a los vecinos y que de vez en cuando alguno se acordara de echarle un cubetazo de agua. Para no hacer el cuento largo baste con decir que ninguna planta murió, aunque algunas si “desaparecieron” gracias a que el departamento de parques y jardines no está muy familiarizado con ciertos pastos africanos y los consideró una plaga, de modo que los removió de raíz. Me da mucha risa cuando paso por los jardines del nuevo mall “de lujo” en la ciudad y tienen exactamente esa planta, o cuando lo veo por entre las rejas del exclusivo campo de golf. También pueden encontrar la variedad “vulgar” de un color más claro en el parque bicentenario de SLP, donde tuvo que pasar un muy exigente casting para ser seleccionada entre otras muchas especies compatibles con el biotopo de la región. Ya ni ganas me quedan de señalar que era ideal para el suelo pobre y las escasas aguas que caen en la región. A veces algunas personas se roban las espigas pero no es el fin del mundo. Además crece muy rápido por lo que no es gran inconveniente que de vez en cuando algún bruto lo pise o algún jardinero incauto y descalaficado le de una rasurada con la desbrozadora marca Truper. La mayor preocupación sería la flamabilidad de las hojas secas pero ¿un incendio en el camellón? ¿en serio?

Bueno, frustraciones aparte, lo que noté es que esos empleados blanden su desbrozadora como si no hubiera un mañana y dañaban los pequeños troncos de mis arbolitos. Ahora una breve lección de biología: ¿cómo funciona un árbol? pues a grandes rasgos el tronco es una estructura fibrosa de multitud de vasos que acarrean agua y nutrientes del suelo a las hojas, conforme el árbol crece los vasos del centro del tronco mueren y se convierten en la columna de madera que soporta el peso de todo lo demás. Únicamente la capa más externa del tronco está viva, así que si quieres matar a un árbol basta con agarrar tu navaja y hacer un corte de unas dos pulgadas que le de la vuelta al tronco. O en menor escala para árboles jóvenes nomás hay que pasar la desbrozadora alegremente alrededor… por eso volví a la presa y me traje unas piedras como de 5-8 kilos para rodear y proteger los troncos. Y así fuimos todos felices un rato.

Pero entonces llegó la señora loca de la tiendita de baratijas de al lado con sus anuncios de cartulina y su soporte metálico de PTR que con la más leve ventisca se cae al piso. Y se le hizo fácil agarrar mis piedras y ponerlas en la base. Y pues ni modo, a pesar de que en una ocasión me vió examinando las piedras en la base de su anuncio y me dijo que las iba a devolver en la noche, lo más seguro fue ir y acarrear más piedras.

Los arbolitos del camellón, mal que bien, ya cumplieron el año. Ninguno murió. Y el otro día que pasé por un fraccionamiento residencial vi que en una casa habían puesto montones de piedras pesadas como que para que nadie se estacionara ahí (contradiciendo no sé cuantos reglamentos y normas de tránsito). Y pensé que algunas eran muy adecuadas para mis árboles. Y pensé en “robarlas”. Y luego me dio mucha risa porque ¡¿robar piedras?!

Las piedras no tienen dueño.

El primer rack

Me acuerdo que fue con un aguinaldo que decidí comprar una mesa para la TV. Luego de años de estar en muebles demasiado pequeños, feos y temblorosos, por fin le tocó ubicarse en algo firme y medianamente estético. Ahí pasó más de un año y luego cambiamos los quinientos kilos de cinescopio por una “pantalla” plana (ese antiguo televisor todavía existe y tiene pantalla plana, creo que es un término que ha llegado a perder su significado) que, conforme a las modas actuales, se colgó de la pared.

Por un tiempo usé la mesa como mesita de noche o buró. Uno de generosas dimensiones que por lo mismo y por mis habitos de acumulador de chatarra solamente contribuía a que la llenara de cosas y más cosas, llegando a extraviarla entre las cosas inútiles de mi habitación en una ocasión. Por cierto que me acuerdo que me costó $200 en una importadora del centro histórico.

Luego vino la mudanza y el qué te llevas y qué no. Y al planear la segunda remesa de cosas viejas resultó obvio que ahora si tenía un uso para esa mesita.

Mesa tubular antes

La usé como base de una pecera que compré hace como seis o siete años a un conocido. Me acuerdo porque es un conocido de la carrera. Su casa quedaba de camino entre la universidad y mi casa así que cerramos el trato y un día que salí de clases pasé a recogerla y me la llevé cargando en el autobús, como si fuera lo más normal. Muestra de que he alcanzado la tercera edad es que si me pidieran hacer lo mismo hoy en día, no aceptaría. La pecera tiene casi las dimensiones del clásico tanque de 10 galones que todos hemos visto y conocido pero con la peculiadidad de que es más alta, elevando su capacidad total como en 2.5 galones. Parece poca diferencia pero eso le da un tamaño más práctico para usos diversos y mayor capacidad y estabilidad biológica y, a mi gusto, una apariencia mucho más agradable. Mi conocido originalmente la usaba para un par de iguanas, hasta que les quedó muy chica. Fue el único tanque con el que cargué en la mudanza puesto que, muy apretaditos y de manera temporal, ahí podían vivir todos mis peces.

La mesita en cuestión tiene otra peculiaridad: mide 75 cm de ancho y por el diámetro del tubo, es muy estable y resulta ideal para sostener mi tanque de 100 litros, que no es que sea la gran cosa pero fue mi primera pecera “en serio” que mandé hacer allá por 1996. Recuerdo claramente que me costó la friolera de $150 pesos. Actualmente no te consigues por ese precio ni dos de los cinco vidrios que se necesitaron para fabricarla. Otra señal inequívoca de mi senilidad.

Ahora que tengo el espacio estaba pensando en instalar nuevamente esé antiquísimo tanque de 100 litros jugando con la idea de hacer un rack de camarones. Pero había un detalle: yo no me quería deshacer de la pequeña ex pecera de las iguanas. Y aunque el tanque grande cabe perfectamente arriba de la mesa, no cabe nada de nada en el entrepaño de abajo porque la altura entre los dos entrepaños no llega a los 33 cm (que por convención es la altura mínima de tanque que manejamos los profesionales). Eso sin contar que se necesitan como 15 cm adicionales para meter el brazo y manipular objetos dentro del tanque así como para las luces y demás accesorios.

¿Qué hacer? Pues me sorprende que me tomó varias semanas para que se me ocurriera lo obvio: llevar la mesita con un herrero (que he descubierto, en algunos lugares de la República les llaman “balconeros”) para que la modificara. Total, que desmonté mi tanque, que en realidad no estaba usando mucho que digamos, y la llevé. El señor, a pesar de todos mis intentos, se mantuvo firme y me cobró solamente $50 pesos.

Creo que algún día pintaré de blanco los detalles que quedaron pendientes. Y así comienza este experimento.

Mesa tubular despues