¿Luz blanca?

Hay que admitirlo: las antiguas y tradicionales luces incandescentes producen una luz muy agradable. Esto se debe a varios factores pero a grandes razgos se puede decir que el ojo humano está naturalmente adaptado a la luz del sol y este tipo de luz es lo más similar que existe. No hay ningún misterio ahí, el sol es un objeto que tiene una temperatura muy elevada y parte de ese calor lo recibimos en forma de luz visible. Pasa exactamente lo mismo con la luz incandescente. Mucha de esa energía, sin embargo, se emite en forma de luz que no podemos ver; de hecho la mayor parte de la energía tiene este destino y eso es muy desafortunado pues convierte a este tipo de luces en algo muy ineficiente e impráctico. Tanto así que en uno de los malabares legislativos más extraños que me ha tocado ver en mi vida, estas luces estará prohibidas en el futuro cercano. Nos hacemos de la vista gorda en cuanto a su aplicación en la industria automotriz, como han hecho los legisladores, y pasamos a lo siguiente.

Las lámparas incandescentes tienen otras propiedades que no se relacionan directamente con la luz que emiten, sino con una serie de parámetros eléctricos y físicos que las ponen en una categoría aparte. Por ejemplo, al basarse en una simple resistencia son extremadamente simples y compactas, pueden trabajar a una variedad de voltajes sin requerir equipo adicional (basta con ajustar la longitud de dicha resistencia) y se comportan casi como un punto luminoso, haciendo muy sencilla la tarea de enfocarlas y distribuir su luz en el espacio.

LED

Existen varios fenómenos que nos permiten obtener luz de manera “indirecta” a partir de la energía eléctrica, pero casi todas las fuentes “alternativas” de luz doméstica se basan en la fluorescencia, que es la propiedad de una sustancia de emitir luz que se ha absorbido previamente. Existe un pequeño pero, relacionado con las leyes básicas de la termodinámica, que consiste en que la energía emitida siempre será menor a la que se recibió. Esto lo observamos en dos características de la luz que es re-emitida: normalmente es menos intensa y de otro color. No hay necesidad de entrar en detalles en este respecto, basta recordar que la luz del lado de los azules y los violetas representa mayor energía que los amarillos y los rojos. Es decir, si empezamos con una fuente de luz azul casi ultravioleta, obtendremos más luz si la transformamos una luz blanca-azulada visible que si la convertimos a amarillo.

A los materiales que tienen esta propiedad y que se usan en iluminación se les llama fósforos. Si alguna vez se les ha roto una lámpara fluorescente habrán podido ver la capa de polvo blanco que lleva en su interior; ese es el fósforo y es el componente que emite luz visible a partir de la luz invisible (o de un color incómodamente violeta-azulado) que originalmente generan los gases del interior de estas lámparas.

Hay otras tecnologías muy eficientes que nos permiten obtener luz visible sin pasar por esta “conversión” de un color a otro, pero que tienen sus desventajas. Operan a voltajes muy elevados (o al menos lo necesitan para “arrancar”), requieren equipo adicional e incluso pueden estallar pues algunas contienen gases a alta presión. Además se caracterizan por la luz de colores muy específicos que producen. Estas alternativas en las luces amarillas-rojizas que se utilizan en el alumbrado público de calles y avenidas, o en el resplandor blanco-azul-verdoso que vemos en las gasolinerías (y en los faros de los coches de los cholos “tuneros” que instalan luces que ciegan tanto como iluminan). Pero, aunque resulten muy adecuadas para ciertos usos, rara vez las vemos en lugares donde se busque crear un ambiente agradable para habitar.

Esto va muy relacionado con el hecho de que el ojo humano, al estar más adaptado al sol, es más sensible a la luz amarilla. Aquí estoy dándole la vuelta al escabroso tema de la “luz de día” que no se sabe qué quiere decir pues en un mediodía al aire libre una parte de la luz la da el sol, que es amarillo, y otra el cielo, que es azul. Esto sin mencionar que en esas circunstancias la luz es tan abundante que otra buena parte viene reflejada de todos los objetos que tenemos a nuestro alrededor. En otras palabras, la “luz de día” en realidad tiene infinidad de colores pero no es particularmente blanca. Ahora he visto surgir terminos mas indescifrables como blanco “neutro” o blanco “puro”. Para medir el color de la luz adecuadamente existen escalas que asignan un valor según la longitud de onda. Esto, sin embargo, no cuenta toda la historia pues no da una idea clara de la fidelidad con la que se representarán los colores de los objetos iluminados. Pero no hace falta entrar en estos detalles por el momento.

LED

Quiero detenerme para referirme a los aspectos psicológicos y contar mis experiencias. Al igual que muchas personas yo crecí en un germinador un ambiente en el que se usaron luces incandescentes en el hogar, dando su resplandor dorado a los momentos íntimos; las luces blancas, generalmente fluorescentes, correspondían a lugares ajenos y algo hostiles como la escuela, hospitales y edificios públicos. De modo que, en lo profundo de la mente, quedó grabado el color de la luz que correspondía a cada caso. Así que cuando llegó la fiebre de las lámparas “ahorradoras” resultó algo duro aceptarlas en los espacios privados, con su luz blanca, fria e impersonal. Cuando llegaron a mis manos las primeras linternas LED con su luz azulada, fue particularmente difícil. Pero hay que reconocer que este paso, por pesado que pueda parecer, no tiene significado fuera de la psicología. Incluso se ha demostrado que se puede “ver mejor” con una luz blanca de menor intensidad que una luz amarilla.

Actualmente no tiene mucho sentido tanto en lo económico como lo práctico el instalar luces incandescentes, el presente de la iluminación del hogar le corresponde a las fluorescentes. El mañana, ya casi el próximo martes, le corresponde a los LEDs, que vienen con sus propias peculiaridades como el emitir luz en una dirección muy específica, al contrario de otras lámparas que son omnidireccionales, y el radiar todo el calor en dirección opuesta. Casi cualquier tipo de luz es más eficiente energéticamente, dura más y se degrada menos con el tiempo que la luz incandescente. Ya están disponibles lámparas con diseños muy ingeniosos que maximizan la eficiencia energética y permiten obtener una luz muy agradable, incluso amarilla. Aquí yo recomiendo evaluar seriamente la cuestión del color pues en algunos productos la diferencia en la eficiencia entre la misma lámpara en luz amarilla y luz blanca puede acercarse al 20%.

Mi recomendación es que recibamos la luz blanca con buena cara y con los brazos abiertos, el cambio no es tan radical y es para bien. Me da gusto pensar que las futuras generaciones, y la actual camada de niños y jóvenes, ya no tienen este prejuicio tan arraigado. Es, en verdad, un paso hacia adelante.

En las fotos un reflector LED para exterior de Cooper Lighting en luz fría junto a una lámpara de LEDs amarillos para interior de Toshiba.

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