Yo no soy digno de que entres en mi casa pero una palabra tuya bastará para sonrojarme

Durante mi infancia nunca invité a ninguno de mis amigos a mi casa. Por lo que alcanzo a recordar, mis padres tenían un prejuicio muy grande de que, por estar en “colegios bien”, mis compañeros serían gente de dinero que vivía en mansiones impecables con sirvientes y obras de arte valuadas en millones decorando las paredes y que por lo tanto, al ver nuestras modestas habitaciones descarapeladas, mugrosas y desordenadas, me iban a hacer menos y el estigma de la pobreza insalubre me perseguiría por el resto de mis días. Bueno, tal vez no a ese nivel, pero si es cierto que había mucho de eso.

Lo curioso es que en las pocas ocasiones que me invitaron a un cumpleaños o a hacer un trabajo en equipo en casa de algún compañero, la impresión que me llevaba generalmente era que vivían en condiciones muy similares a la de mi familia. Sí, había los que vivían en mejores barrios pero también los que vivían en peores, los que tenían un auto para cada día de la semana y los que vivían en antiguas casas que nunca habían sido terminadas. Esto último si me aterrorizaba un poco porque, luego de que me sucediera por primera vez, uno de mis más grandes miedos es que me caiga un ladrillo en la cabeza de nuevo, pero creo que no tiene mucho que ver. Vi recámaras que parecían sacadas de esas revistas donde salen fotos de las casas de las estrellas de cine, con grandes colecciones de monitos de los caballeros del zodiaco y de star wars, lo mismo que habitaciones donde apenas había una cama, algo de ropa y una toalla. No recuerdo una sola ocasión en que algo de esto haya tenido relación con la forma de ser de mis compañeros ni con el modo en que me trataron. Me imagino que de verdad fui afortundo o que los niños a esa edad son más similares que diferentes entre sí y toman poca consciencia de esas cosas. Pero hasta la fecha puedo decir que lo ostentoso o no de las casas, el orden o desorden en las recámaras de mis conocidos, nunca ha tenido nada que ver con nada. He visto quien tiene los muebles cayéndose de viejos y toda superficie cubierta de su tiradero y la explicación puede ser tan simple como que pasan muy poco tiempo ahí o que le dan al asunto la importancia que merece: ninguna.

Hace unos días platicaba con un conocido de esto y me dijo que es lógico porque en los hogares de este país la que educa es la televisión y que las telenovelas se tratan exactamente de eso. No sé si sea verdad, yo no veo el canal de las estrellas.

La situación cambia un poco con los años, ya no es la recámara infantil en la casa de los padres, ahora es el depa de soltero o con el/los roomies. Y la única diferencia es que ciertos elementos van reflejando, si a caso, la personalidad del habitante. Hay quien sigue conservando las figuras de acción, quien tiene una guitarra en el rincón o llena su armario con ropa de moda para el antro. Hasta hace poco lo más común era encontrarme con una especie de “altar” construido en torno a una pantalla grande y de última tecnología, generalmente rindiendo culto a los videojuegos. No digo que esté mal ni bien. En alguna parte leí que los instrumentos y herramientas que usamos reflejan la manera en que nos relacionamos con el mundo. Creo que es muy cierto. Alguna vez si tuve un shock cuando vi que un conocido tenía unos pocos pantalones “de marca” y comentábamos de su elevado (para mí al menos) precio. Me decía que estaba bien porque “te los pones unas diez veces”. Si, diez. Me imagino que en el extremo opuesto está la gente como aquel personaje del dormitorio de “The Catcher in the Rye” del que Holden Caulfield comentaba que usaba una navaja oxidadísima pero siempre se presentaba impecablemente rasurado.

Nunca me he puesto a pensar en como sería “mi casa” si es que algún día me es posible disponer en su totalidad de una casa. Me imagino que no tendría horno de gas ni cafetera porque prefiero salir a comprar mi café al puesto de jugos de la esquina, pero nadamás. Un familiar hace no mucho comentaba algo de ver TV en la cama, le mencioné que yo no tengo televisor en mi cuarto y le sorprendió mucho y fue raro

Hace poco fui a una ¿fiesta? ¿todavía les llaman fiestas en estos tiempos y a esta edad? a casa de un compañero del trabajo. Es casi de mi edad, mayor por unos pocos años. Casado y con varios hijos. Lo que me llamó la atención (aparte del increíble desorden que le tolera a los niños) fue la total austeridad del hogar. Las paredes desnudas, la cocina a medias, ni una maceta en el jardín. Apenas unas bocinas retroexóticas conectadas a la laptop del trabajo para amenizar. Me sorprendió, creo, porque me di cuenta que me estaba convirtiendo en aquel que saca opiniones basado en apariencias. Apenas puedo decir en mi defensa que nos conocemos poco y que se trata de una persona que viste bien y da una que otra señal de entender de ropa de moda y ciertos lujos. Tal vez su casa sencillamente está libre de todo lo que los niños puedan maltratar, no lo sé. Pero es muy distinto a como vivo yo, con mis millones de dólares en iluminación y los cientos de litros de agua purificada en exhibición a manera de peceras, así como la maquinaria correspondiente en constante operación, a un lado de varias laptops despedazadas. ¿Que impresión daré con mi pobre sentido de la moda, mi escritorio enorme y abandonado a la deriva en el tsunami de mi hoarding donde también han naufragado cientos de plumas que datan de 1948 a la fecha?

Son dos mundos distintos, si. Pero compruebo una vez más que todo esto no quiere decir nada sobre nuestra verdadera forma de ser.

2 pensamientos en “Yo no soy digno de que entres en mi casa pero una palabra tuya bastará para sonrojarme

  1. Uno siempre trata de visualizar su mancave pero luego te vas dando cuenta que ir consiguiendo los muebles que te gustan o los aparatejos que prefieres es muy cara. En cierto punto he llegado a pensar “fuck it” y comprar los más chafones y baratos que encuentre pero supongo que es cuestión de paciencia.

    Yo tampoco veo muy mal eso del altar a la televisión y a los juegos. Es la religión que profesamos después de todo.

  2. Es caro solo si en el fondo piensas que no vale la pena. Me quede con las ganas de una mesa de carrete de madera como la de toezombie btw. Creo que a algunos les daría un paro cardiaco al ver lo nerdy de mi actual recamara.

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