Fue un verano extraño, peligroso. Pasamos nuestras vacaciones trabajando en un lugar que entonces nos pareció inhóspito, porque no habíamos conocido más que el paraíso de papá y mamá y desconocíamos la seguridad que nos rodeaba. Fue aburrido, sí. De lo más monótono. A casi una década solo recuerdo un par de veces en que nos salimos de la rutina: aquella en que fuimos a nadar y terminamos en el hospital (por decir así, porque en esos “pueblitos” no existe tal cosa) y esta que te acabo de mencionar. Íbamos siguiendo la carretera y preocupándonos, porque kilómetros atrás dejó de ser asfalto y ya no era nisiquiera el empedrado aquel en que me había torcido el tobillo. Era tierra suelta, pero seguíamos alentados por el grupo de niños con el que habíamos trabado amistad, si se le puede llamar así a regalarles un balón y escucharlos de vez en cuando.

La pendiente de subida se hizo más pronunciada, era curioso porque según nos platicaban los niños, el pueblo próximo al que nunca llegamos quedaba “abajo”. La carretera serpenteaba ahora drásticamente, yo no me imaginaba que un coche pudiera andar por ahí, si el camino estaba tan erosionado e irregular que era difícil para nosotros. Tomábamos fotos, como hacen los turistas, porque eso éramos. Porque eso seremos toda la vida. Grupo de niños indígenas ¡clic! Cascada insignificante de un rio próximo a morir ¡clic! Fruto extraño colgando de un árbol ¡clic! La que todavía me causa una sonrisa es la foto borrosa de una oruga peluda en color amarillo que por la falta de nitidez jamás podré identificar. Probablemente era venenosa, pero todavía siento ganas de acariciarla.

Entonces llegamos a la última curva. Los niños se adelantaron corriendo, conocían el camino y ya sabían dónde estábamos por la cruz, en lo alto de la loma, que según nos dijeron era para proteger a su comunidad de los vientos… ¿puede el viento ser maligno? No lo sé, es una de tantas cosas que no comprendo. Seguí caminando con ellos por inercia, por curiosidad, porque se había dejado de ver vegetación adelante y solo se veía el cielo. Límpido, impecable. El aire más cristalino que jamás tendré la oportunidad de ver.

Seguía una curva pronunciada pero, a partir de ahí, el camino era de bajada. Si te acercabas al borde se veía la profundidad del valle. La enormidad del valle. La insignificancia del poblado al que nos dirigíamos. No sé si habrá sido una broma de los niños o un plan para que solamente viéramos ese paisaje. Porque al verlo, era evidente que jamás llegaríamos al pueblo. Estaba a kilómetros abajo, no sé, es imposible saber. Lo suficientementemente cerca para distinguir las casas pero lo bastante lejos para tener la certeza de que jamás llegaríamos ahí antes del anochecer. Y que, aún si lo lográbamos, no podríamos volver con la luna como única luz porque habíamos dejado toda otra luz muy atrás, a horas de distancia. A mi no me importó, era todavía divertido. Me consolaba el saber que sin importar la alternativa que eligiéramos, cualquier camino hacia adelante o hacia atrás era de bajada y tarde o temprano mis pies hallarían descanso. Nunca me molestó la ropa sudada y pegada al cuerpo ni los mosquitos que me devoraban la piel. Al contrario, los ruidos de la noche en esos climas tropicales me arrullan, aún en mis sueños. Son la ilusión en la que encuentro descanso. Podría pasar días examinando la flora local, que aquellos niños consideraban tan normal pero que yo sé que tal vez jamás vuelva a ver. No podía creerlo cuando vi esa planta de hojas velludas, parecía ser una ortiga y sin pensarlo extendí la mano y la toqué. Una cosa es leerlo en los libros y otra sentir el legendario escozor en la piel. Es como una llamarada, aunque creo que mi conocimiento de las incontables vellosidades inyectando la toxina en la piel alteró mi percepción del evento. Sonreí incluso entonces, estúpidamente. Supongo que el saber que no pasa de una ligera inflamación, por haberlo leído en alguna parte, ayuda a disipar las preocupaciones.

El paisaje era espectacular, llegaba al alma. Se sentía uno libre, enorme e insignificante a la vez. No sé explicarlo. Saqué mi cámara y traté de que los niños se acomodaran en una formación, con ese paisaje de fondo. Apenas noté que te habías retrasado y decidí esperarte para que también salieras en la foto. Pero tardaste mucho, te desviaste. Te fuiste a sentar junto a la cruz de los vientos en la punta de aquel cerro perdido. Los niños no querían esperar, se fueron poniendo inquietos. Por la distancia y las prisas no distinguí la expresión de tu rostro, pero imaginé que solo era cansancio. Puse la cámara en una piedra grande y corrí a acomodarme junto a los niños. Tomé la foto sin tí.

Hace años que no he vuelto a ver las fotos de entonces, no siento la necesidad, cada momento sigue aún fresco en mi memoria. Siempre me dolió tu ausencia en esa foto en particular. Ahora que estamos recordando, que nos pusimos a hablar de ayeres, llegamos inevitablemente a ese momento. Te relato de la manera más vívida que soy capaz lo mucho que me gustó ese paisaje, ese momento, cuánto hubiera querido que te acercaras al borde de ese precipicio y contemplaras la inmensidad junto a mi.

“Lo hice” me dices, y no sé qué contestar ¿me distraje y te perdí de vista por un momento? ¿Fui tan tonto que no me di cuenta y me perdí la oportunidad de compartir ese instante? Pero me interrumpes, me dices que no, no es así. Con la mayor tranquilidad me cuentas que se te paralizaron las piernas y no pudiste seguir. El paisaje, el momento te conmovió tanto que te brotaron las lágrimas y no quisiste que nadie te viera así. Por eso te sentaste ahí, por eso la distancia.

Ahora no sé si fue mentira o fue sinceridad pero sé que no me dejaste ver tu rostro entonces. Que vivimos el mismo momento de maneras distintas y me sorprende. No dejas de sorprenderme.

Ahora tengo la certeza de que el abrazo que creí no haberte dado, que creí que no habías notado en mis ojos, sí te lo dí. Lo supiste, y lo seguiremos compartiendo siempre.

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