Mis múltiples máquinas del tiempo

¿Por dónde empezar? Un cuento de Cortázar.

Mi primer reloj lo tuve en la primaria, era azul, totalmente de plástico. Recuerdo que fue de alguna promoción de Pepsi. Estaba muy mal hecho y no me duró mucho. Cuando se me caía, la tapa trasera salía rodando, como una moneda. Por aquel entonces también había un reloj de promoción de Coca Cola que era más grande y de plástico traslúcido que me llamaba más la atención pero no pude conseguir.

Más adelante tuve un Casio medio básico, que tenía cronómetro y alarmas y luz para leer la pantalla en la oscuridad. Todavía venden ese mismo modelo, el F91W, ahora famoso por ser el favorito de Bin Laden. Hace poco un compañero llego al trabajo con uno que es el mismo “módulo” (así le llama Casio a la pequeña computadora que va dentro de la carcasa y tiene ya definidas sus funciones. El módulo se puede vestir, por decirlo así, en distintas carcasas y extensibles y a la combinación de ambos les llama “modelo”. Si quieres saber el módulo de tu Casio, es generalmente un número de cuatro digitos que trae grabado en la parte de atrás, rodeado por un rectángulo) pero diferente modelo; el suyo es de acero y el mío era el más simple de plástico. Me lo compró mi papá ya no me acuerdo por qué y sí lo tuve un buen tiempo, hasta que la pantalla dejó de funcionar.


Me acuerdo que me costó mucho trabajo aprender a leer la hora en los relojes tradicionales que no son digitales ¿por qué carambas se dice que son las cuatro y veinte cuando ambas manecillas apuntan más o menos hacia el cuatro? ¿No son las cuatro cuatro?, así que los relojes digitales fueron para mí una gran revelación. Al principio me resultaba muy incómodo llevar puesto el reloj y no toleraba ponermelo en el brazo izquierdo, que es lo más correcto porque soy diestro y el reloj va en el brazo no dominante. Así que era de esos raritos que llevan el reloj en el brazo derecho.

El pequeño reloj Casio se fue desgastando y estrellando y rompiendo hasta que dejó de funcionar. Luego mi papá sacó de quién sabe donde un Alnima muy lindo (marca de la que no he vuelto a saber nada). Era verde militar y con extensible de nylon, que se me hacía mucho más cómodo. Originalmente se lo dió a mi hermana pero era un reloj muy grande y tosco para una mujer así que me lo pasaron a mí. Me gustó mucho y lo tuve la mayor parte de la secundaria, pero me lo robaron en una ocasión que me asaltaron.

Ya estaba muy acostumbrado a llevar reloj siempre, no me lo quitaba para dormir, incluso lo usaba para nadar, ocasiones en que gente que ni me conocía usualmente me aconsejaba que me lo quitara. Pero el reloj decía “Water Resist” y nunca tuve problema (más tarde aprendí que el “Water Resist” solamente indica resistencia a salpicaduras). Cuando murió mi Casio me resultaba muy desconcertante no saber la hora y no me gustaba nada andar preguntando a propios y extraños. Creo que fue en ese momento cuando me di cuenta de cuanto dependía de mi reloj y lo mucho que checaba la hora durante el día. También me había acostumbrado mucho a usar el cronómetro. En aquel entonces caminaba con frecuencia largas distancias por la ciudad y usaba mucho el transporte público. Tenía memorizado el tiempo que tomaban la mayoría de mis trayectos usuales y salía con el debido tiempo de anticipación, ya sabía cuando iba a llegar tarde y por cuanto tiempo o que ruta alternativa tomar en caso de calles cerradas o cualquier cosa. Incluso descubrí que correr unos cuantos metros cuando se te hace tarde es un sinsentido, estadísticamente totalmente insignificante. Ahora lo uso siempre para tomar el tiempo a parquímetros y estacionamientos de paga, a cuanto me tardo en correr un kilómetro, al hacer ejercicio, al caminar por rumbos desconocidos sencillamente para saber cuánto me tomará volver sobre mis pasos.

Estaba yo empezando la preparatoria cuando mi papá me regaló un reloj por tercera vez, ahora se trataba de un Citizen “analógico” o de manecillas. Era mecánico, de color plateado con la carátula dorada y automático. Recuerden esa última palabra, se refiere a una máquina del tiempo estrictamente mecánica que sigue trabajando indefinidamente mientras la lleves puesta. Era el reloj que mi papá tenía un tiempo usando y estaba ya maltratado. Lo más importante es que no tenía cronómetro ni alarmas ni luz y pesaba bastante a comparación de mis relojes de plástico. Además ¡hacía ruido al trabajar! Un tic-tac constante, varias veces por segundo. Ahora sé que se traba de un Citizen Eagle 7 y era una máquina bastante respetable.

Lo recibí con bastante escepticismo, hacía varios años habia usado ocasionalmente un reloj mecánico de Mickey Mouse que mi mamá guardaba celosamente (debió ser caro) y me prestaba de vez en cuando. Lo frustrante era que si se me olvidaba darle cuerda un día, se detenía y perdías tu hora, tu brújula en esta tormenta oscura y terrible que es el tiempo y en la que todos estamos perdidos…

¿En qué estaba? Ah, oh si. Acostumbrado a los displays digitales, yo era de esas personas que piensan que leer las manecillas es más “complicado” que leer la hora “directamente”. Pero para mi sorpresa descubrí que me era mucho más agradable dar un rápido vistazo al reloj y sencillamente determinar si era tarde o temprano. Esto es algo importante y resulta muy difícil de creer si toda su vida han usado relojes digitales. Créanme, he estado ahí y sé de historias de incrédulos que se han convertido.

Un compañero de la prepa, por casualidad, tenía un reloj muy similar, incluso de la misma marca aunque el suyo se veía nuevo y más lujoso por que tenía la carátula blanca (o de otro color menos pretencioso) y el extensible tenía eslabones dorados en el centro. Creo que nunca hablamos de nuestros relojes, a pesar de que convivimos mucho, pero siempre pensé para mis adentros “este tipo tiene suerte de tener un reloj tan bueno como o mejor que el mío”. Yo usaba mi reloj muy ajustado al brazo, de modo que casi no se moviera de lugar y mi compañero era delgado y larguirucho y lo usaba bastante suelto, de modo que cuando gesticulaba o se recargaba, el reloj se deslizaba una buena distancia y la carátula nunca estaba posicionada en el plano del dorso de la mano. No comprendía yo como podía aguantar traer el reloj así, hasta que más de una década despues descubrí que es bastante fresco y cómodo y es la manera que prefiero ahora.

El Citizen automático terminó gustándome bastante, incluso me motivó a aprender un poco más del tema de los relojes, hasta que un día se me cayó y golpeó muy feo en el piso. El cristal (realmente era cristal) se rompió y las manecillas se atoraron con los pedazos, ocasionando que el reloj se desajustara. A pesar de que se mandó arreglar, ya nunca dió la hora correctamente, adelantándose varios minutos al día. Ahora sé que de todos los escenarios, este, el de apresurarse, es el más benigno en los desastres de relojería: lo peor que puede pasar es que llegues temprano a tus compromisos. Pero en aquel entonces era un ignorante y descarté aquella máquina

Aquí es buen momento para abordar uno de los temas más escabrosos y contradictorios del mundo de la horología: ningún reloj es exacto, especialmente si se trata de uno mecánico. Se adelantan o se atrasan varios segundos al día, algunos hasta medio minuto. En los relojes mecánicos esta discrepancia incluso va variando según la edad y el uso que se le de al reloj. Golpes, acelaraciones, cambios de temperatura y campos magnéticos pueden interferir. Esto no suele ser mucho problema, en especial si se trata de un reloj que marque la fecha porque, a menos que se trate de un modelo lujoso y complicado, el calendario contará siempre del dia 1 al 31, es decir, hay que ajustar la fecha cada dos meses aproximadamente y se aprovecha tal ocasión para corregir también posibles desviaciones en la hora. Los relojes electrónicos o llamados de cuarzo suelen ser mucho más exactos, por eso no faltará quien diga que el Casio más barato es mejor que el reloj suizo más caro (aunque en realidad los relojes de cuarzo super económicos tienen un margen de error bastante similar… y no estén hechos para durar mucho).

Este detalle, sin embargo, lleva a algo importante: un reloj , ya no digamos mecánico, uno que te resulte valioso porque te gusta o cualquier otra razón, generalmente hace que te involucres más con él. Hay que quitárselo y ponérselo, cuidarse de no perderlo o dañarlo, ajustarle la hora y la fecha, darle cuerda o cambiarle la pila, etcétera. Recuerdo claramente un concurso de alguna clase en la secundaria. El profesor estaba clavando unas maderas para algún propósito que ahora tengo borroso y, antes de dar el primer martillazo, se quitó el reloj. ¿Por qué, si lo llevaba en el brazo izquierdo y el martillo lo tomaba con el derecho? Porque le importa. Porque está consciente que se trata de una máquina importante y delicada. Es una de esas cuestiones que solo se pueden abordar en consciencia de su subjetividad. ¿Por qué se siguen fabricando automóviles de transmisión manual cuando los automáticos hacen la vida más fácil? ¿Porqué sigue habiendo revólveres cuando claramente no hay vuelta de hoja después de las armas automáticas? ¿por qué crece el negocio de los videojuegos cuando es más fácil y en apariencia bastante similar simplemente ver una película? Se trata de una experiencia, una que ya han vivido muchos pero que cuando tú la vives, es tuya y especial.

No puedo evitar salirme un poco del tema y mencionar que una vez que te acostumbras a usar plumas fuente, es absurdo todo eso de las plumas deshechables. ¿No es más lógico entintar una pluma cuando se acaba la tinta que deshacerse de ella y comprar una nueva? “Se le acabó la gasolina a mi coche, ahora tengo que tramitar el crédito a varios años para uno nuevo, porque rellenar el tanque es cosa de traumados pretenciosos”. En fin, grandes misterios del tercer milenio…

Claro que al igual que con las plumas, autos y armas, con los relojes después de cierto nivel se pasa de la calidad y funcionalidad a la exageración y los lujos innecesarios, pero la gente está acostumbrada a pagar precios elevadísimos por unos simples calzoncillos de marca, así que no me preocupa demasiado. No se me ocurre un ejemplo, una situación, en que un reloj de ocho mil dólares sea peor o menos conveniente que uno de cinco, a menos que estemos hablando de el horror paralizante en caso de perderlo.

Después del Citizen automático compré otro Casio, uno bonito con manecillas analógicas y pantalla digital que “flota” sobre ella. Tiene la otrora codiciada elecroluminiscencia “Illuminator” que es realmente muy útil, además de cronómetro y un monton de alarmas y funciones extra como “banco de datos” y reloj mundial que nunca utilicé. Gracias a la pantalla flotante, la fecha puede aparecer o desaparecer cuando quiera. Fui muy feliz con el y no salió nada caro. Una de esas funciones que al principio me resultaron absurdas pero ahora me son indispensables es la del tiempo “dual”: la capacidad de llevar dos horas distintas. Generalmente esto está pensado para gente que viaja y le resulta conveniente estar al tanto de la hora en dos zonas horarias distintas. Para mí esto significó llevar el tiempo “normal”, la hora que anuncian en la radio a la vez que una hora personal, como la de el reloj de la escuela o la de la sucursal más cercana de Cinépolis. Ahora para mí la hora exacta no es un número, es un rango entre esa hora “pública” y la hora que marcan mis eventos y compromisos personales. Quizá no sea tan fácil de explicar, quizá sí y simplemente suene ridículo, pero es el punto donde he estado varios años.

Después de un tiempo, mi preciado Casio se empezó a “bloquear”, un horrible estado en que los botones dejan de responder y la pantalla muestra todas las funciones una tras otra en un bucle. El único remedio es abrirlo, retirar la pila para reiniciarlo, volverla a instalar y hacer contacto entre dos puntos clave de la maquinaria para “activarlo”. Es como una especie de seguro que traen esos relojes para protegerse en caso de eventos peligrosos como golpes fuertes y posibles descargas al cambiar la batería. Es una enorme molestia para el usuario y en lo personal le agradecería a Casio si dejara de implementar tal seguro. Luego esto comenzó a suceder bastante seguido, varias veces al año sin razón aparente. La tragedia de perder tu hora, tu tiempo personal, es grande a nivel emocional, si bien no impacta mucho en términos prácticos. Pero un reloj que no marca la hora ¿sigue siendo un reloj?

Decidí impulsivamente comprar otro Casio, uno con “caja” (cuerpo, pues) de acero. Hasta entonces todos mis Casio habían sido de plástico y debo reconocer que si hace gran diferencia el material, el metal es mucho más resistente a rayones, golpes y no se va a romper con un jalón del extensible. No creo poder volver a los relojes de plástico. Es un modelo algo excéntrico, quizá no muy estético ideado para pescar. Muestra la fase lunar de acuerdo a la fecha, hora y zona horaria, haciendo una estimación de las mareas. Esto es algo que ya se hacía a mano y da resultados aproximados, pero el reloj lo automatiza completamente. Ahora bien, me encantan los peces tanto vivos como en el plato, pero yo nisiquiera sé pescar. Nunca voy a hacer uso de esas funciones, pero siempre había querido un reloj que indicara la fase lunar. Es algo que se ofrecía en relojes mecánicos caros pero que la electrónica asiática abarató hasta el absurdo. Y me gusta mucho. Y ahora puedes tener si quieres hasta una calculadora o un control remoto de TV miniaturizado en tu muñeca. Hay infinidad de funciones para todo propósito y es una gran ventaja de los tiempos que vivimos. Incluso mi reloj en cuestión con luz y esas funciones innecesarias promete una vida de batería de 10 años, que es un gran logro y hace que el costo de operación sea ínfimo.

Todo alegría y felicidad hasta que, luego de poco más de un año, mi querido reloj que tanto amé, comienza a apagarse repentinamente. Es como me sucedió con el anterior. Pierdo mi hora, mi fase lunar, mis ajustes de zona horaria, mi hora dual… es cuando decido darme por vencido con los Casio.

Porque para mí un reloj es un montón de metal, circuitos y resortes al que le he confiado algo de mi consciencia, guardián de una parte de mi vida. Fiel sirviente que me quita de encima el peso de llevar un conteo minucioso de las horas. Depositario de mi hora privada que me guía en todo momento. Confidente que me ayuda a discernir cuando planear un escape para observar las luces de la ciudad por la ruta panorámica cuando es propicio en luna nueva, o a evitarlo cuando la luna llena lo arruinaría.

¿Ahora qué? Un rápido vistazo en las tiendas de prestigio me hace darme cuenta que los tiempos han cambiado. Ahora los relojes mecánicos son aves raras, ni hablar de un automático de bajo costo. (quiero señalar que el reloj Swatch del enlace anterior es muy probablemente una maravilla… imposible de conseguir en México). Pareciera que los diseñadores de ropa ahora controlan el mercado. Los chicos de ahora no usan reloj, están acostumbrados a ver la hora en el teléfono o la computadora. La era de la hora personal se ha acabado. Por un tiempo intento ver la hora en el celular, pero es ridículo. Resulta absurdo cuando vas conduciendo un auto, impráctico cuando estás corriendo o haciendo ejercicio, indiscreto y maleducado en medio de juntas laborales y conversaciones íntimas. Es incluso peligroso en los bajofondos de la ciudad. Doloroso en los ojos a mitad de la noche. No solo me siento incómodo, no me ayuda cuando en las tiendas de prestigio siento que sé más del tema que los empleados que me intentan vender un reloj y me dicen barbaridades como “Nautica es mejor marca”, “acá trae un taquímetro, pero… no lo sé usar” o “no es un cronómetro, es un cronógrafo”.

Extraño mucho mis pequeñas, fiables, mágicas y amadas máquinas del tiempo. No sé qué voy a hacer.

En las fotos, el inolvidable y grande Nicolas Hayek.

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