Fue gracias a un thread de reddit que me puse a pensar en mis fobias. En realidad no creo tener ninguna (aunque una búsqueda en google images de la palabra “trypophobia” parece prometer algo). En el fondo, la verdad creo que la mayoría de las fobias son inventadas, ya sea de manera consciente o inconsciente, como excusas para algún otro trastorno en la mente. Incluso encuentro sospechoso cuando alguien dice que tiene exactamente la misma fobia que alguien famoso a quien admira. Quizá solo sea mi manía de buscar conexiones que tal vez no existan.

El caso es que ya me había puesto a pensar en situaciones o momentos que me han resultado incómodos por alguna razón y llegado a la conclusión de que muchos tienen algo en común: los espacios cerrados. La palabra que viene inmediatamente a la cabeza es “claustrofobia”, pero no creo cumplir con la definición. Ciertamente esas escenas de la angosta cueva derrumbándose en “The Descent” me parecen de lo más horrible y angustiante que podría suceder (¿a alguien no?) pero  por ejemplo, los autos pequeños o elevadores no me despiertan ninguna reacción. Pero en cuanto tengo que pasar a pie bajo un puente o pensar en meterme en algún espacio subterráneo como una cisterna (alguna vez me mandaron a lavar una, cosa que rechazé terminantemente) o esa especie de trinchera que hay en algunos talleres para acceder a la parte de abajo de los autos, es algo que preferiría evitar.

Mi comportamiento en realidad no se ve afectado, pero por ejemplo cuando tenía que cruzar ese infame paso a desnivel en la alameda de SLP, comenzaba una sensación extraña. ¿Qué se siente entonces? Es difícil ponerlo en palabras. Es como una preocupación o una tensión repentina que no desaparece. ¿Preocupación por qué? ¿Miedo a qué? No lo sé con exactitud, no es algo racional. Es la sensación de que ese lugar, ese momento, está mal por alguna razón y lo más conveniente es alejarse. Quizá solo sea algún instinto vestigial que aún llevamos dentro y despierta con facilidad.

Me acuerdo de una ocasión en que estaba en unas grutas con mi familia (las grutas incluso me gustan, mientras sean amplis…) en el tour guiado y el guía nos señaló un pequeño túnel. Dijo que por ahí era el único acceso a una cámara espectacular de la gruta, que solamente había que arrastrarse unos treinta metros, y le preguntó al grupo si alguien quería entrar. Ya estaba yo buscando donde sentarme a esperar a los que decidieran meterse porque obviamente yo no lo iba a hacer, pero afortunadamente nadie quiso hacerlo. Y es que también hay algo con esos espacios reducidos en los que no se puede uno poner de pie que me hacen evitarlos, sobre todo si son oscuros, cosa que más o menos traté de plasmar en un viejo relato.

Tengo la suerte de que esta peculiaridad no interfiere con mi vida (más adelante les platicaré de un caso de aracnofobia que conocí en mi trabajo) y que la mayoría de las veces se pueden evitar estas condiciones sin mayor contratiempo. En el peor de los casos, se tolera esa sensación por lo que sea que tenga que durar y no pasa a mayores.

Pero de todas formas, para mí la entrada a mi infierno personal luce más o menos así:

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