Abraham

Mi coche estaba haciendo un ruido extraño y lo llevé al mecánico, quien me dijo que se trataba de algo que él no podía arreglar pues se requería una herramienta de la que no disponía, que acudiera a un eléctrico. El eléctrico, cuyo local queda del otro lado de la ciudad, tenía demasiado trabajo y solamente podía atenderme el sábado a las ocho de la madrugada, así que indagué un poco entre mis conocidos acerca de alguien que pudiera ayudarme y que no requiriría la excursión al despuntar el alba. Así fue como escuché por primera vez de Abraham, un muchacho de unos 20 años que había llegado de lejos a pasar una temporada con el hermano de su padre. Esto porque el chico andaba en malos pasos y su familia estaba preocupada, así que optaron por alejarlo de las “malas influencias”. No tenía trabajo pero le sabía a la mecánica y tenía herramienta así que en cierta forma estaría yo ayudando a reformarlo. ¿Cómo se supone que esto me inspirara confianza? No tengo idea, pero quedaba cerca y me podía atender a cualquier hora. Además el problema del auto en si no era muy complicado, lo peor que podía pasar era que quedara igual.

Llegué al lugar y hora convenidos, Abraham me hizo esperar un rato. Llegó en un Jeep descapotable de color rojo, a velocidades vertiginosas y frenando de manera que no parecía muy prudente. En ese momento no supe si tenía prisa por haberse demorado o así era su forma de conducir. Era un joven delgado y prieto, de aspecto algo malvivido; llevaba unos característicos pantalones cargo, superaguados, manchados de grasa y raídos. Daba la impresión de dedicarse a eso y de ser una persona capaz, a pesar de su edad, así que no desconfié. Entendió el problema de inmediato y puso manos a la obra. Tuve que comprar dos refacciones puesto que dos piezas se habían desgastado porque habían estado girando fuera de su posición normal y eso era lo que provocaba el ruido extraño en el motor. Al parecer quedó todo bien y así traje el auto unos días, pero tuve que volver a llevarlo con él dado que el ruido volvió, aunque con menor intensidad, la siguiente semana.

Un pequeño ajuste y listo, no volví a saber de Abraham en meses hasta que un día que hacía mucho calor no aguanté más y me detuve en un minisuper a comprar una bebida bien fría. Él se estacionó y del auto se bajó otro chico que se veía aún más joven y que pasó directamente al mostrador a comprar condones. Ahora que sé el desenlace de la historia, me imagino que eran hermanos. Opté por no saludar ni nada y seguí mi camino, después de todo no había nada extraordinario en todo eso, solamente me llamó la atención el hecho de que ya no traía el Jeep, ahora era un Ibiza azul, más apto para las velocidades que le gustaban a Abraham.

Me imagino que debió haberle ido bien con la mecánica porque pocos meses después, cuando volví a saber de él, lo que escuché es que había estrellado su Jetta. No pude evitar comentar que lo había visto “pasar por ahí” en otro carro y me confirmaron que ya lo había cambiado. Ya para entonces fui sospechando que debía haber algo más de lo que su familia quisiera que se reformara pues no habían pasado ni seis meses desde que yo lo conocí y estaba cambiando de vehículo con gran facilidad. Pero nunca lo sabré con certeza porque lo siguiente que escuché de él, poco tiempo después, es que un día iba con su hermano, tuvo un accidente automovilístico y fallecieron los dos.

No le había dado mucha importancia a esta historia hasta la semana pasada que dos personas por separado me dijeron que últimamente yo estaba conduciendo muy rápido. Ahora bien, en mi tostadora motorizada generalmente da la sensación de que se va más rápido de lo que en realidad se está moviendo el auto, lo normal es que en esos casos yo volteo a ver el velocímetro y respondo “calma, vamos a 60 km/h”. Pero en estos casos al fijarme veía que iba al doble de lo permitido por los ridículos límites de velocidad en esta ciudad.

Esa idea se quedó flotando en mi mente y de pronto recordé que en algún lado había escuchado que la primera vez que alguien más o menos de tu edad muere, suele afectarte de alguna manera. Me pusé a pensar que hasta el momento no conocía ningún caso y fue cuando me acordé de Abraham. Sí, he sabido de casos más tristes y que me han afectado en otro nivel y, aunque todavía no se muy bien qué hacer de todo esto, creo que ciertamente me afecta de otra forma. No lo sé, uno conoce gente todos los días y no se lo piensa dos veces, no anda uno preguntándose que fue del tendero, del zapatero de la esquina, de la señora que pasa vendiendo flores o de los recolectores de basura. Pero quizá el ir escuchando poco a poco de la breve vida de Abraham y el hecho de que era más o menos de mi edad hizo que inconscientemente me imaginara que iba a tener algún futuro o algo, no que se acabara todo tan súbitamente.

Abraham: la primera persona más o menos de mi edad que sé que muere. Estoy procurando volver a manejar a velocidades de abuelita artrítica. No es nadamás por precaución, es que cuando acelero de más mi coche vuelve a hacer ese ruido raro…

 

El tipo “étnico”

El área de comida de una de las plazas comerciales más grandes y relativamente nuevas de la ciudad. El espacio es grande y con bastantes mesas, no se puede abarcarlo todo con la mirada.  No hay mucha gente y se distingue una figura que se mueve erráticamente. Es un hombre joven, podría decirse que un muchacho aunque es difícil estimar la edad. En realidad no viste mal: playera tipo polo a rayas, pantalón de mezclilla y zapatos resistentes, aunque desgastados. No se destaca por eso, al menos no solamente. Es el conjunto completo, la ropa algo sucia, el movimiento rápido y cortado de aquí para allá, la mirada que va analizando de mesa en mesa. También la piel oscurísima, aunque no se puede decir que sea un negro, más bien se trata de una mezcla de color de nacimiento y horas y horas bajo el sol. El tatuaje a lo largo del brazo.

¿Es un indocumentado sudamericano?

Trato de no juzgar a las personas pero aún así oculto mis objetos de valor lo mejor que puedo. El tipo no me presta atención, en mi mesa solo hay una quesadilla y una lata de refresco. No puedo evitarlo, estoy ya a la defensiva pensando cómo habrá que tratar con este sujeto en caso de que se presente la ocasión. Lo pierdo de vista un instante detrás de una columna y cuando lo vuelvo a ver, ya está sentado en una mesa con una charola como las que dan en los restaurantes de comida rápida. No lo vi hacerlo, pero supongo que sacó los restos de hamburguesa y malteada del basurero.

Sin demora se levanta de nuevo y da otra vuelta por ahí, pasa de largo junto a mi y de una mesa cercana toma unas papas a la francesa que alguien dejó abandonadas. Esculca en el basurero y saca un vaso de una famosa cadena de pollo frito. Da unos tragos pero no quedaba mucho. Yo no sé decir si estaba drogado o qué, se mueve raro pero bien puede ser la manera de actuar de una persona desesperada que no ha comido en un buen rato.

Se dirige hacia el local de una franquicia que no corresponde con la del vaso pero que ofrece refill y tiene la máquina de refresco al alcance. Es curioso que ese local en particular siempre tiene a un empleado afuera, ofreciendo volantes y la carta a los que pasan por ahí. Pero ni él ni el empleado que está del otro lado del mostrador hacen nada para detenerle cuando se acerca a llenar su vaso sacado de la basura.

¿Por qué? ¿Cómo hace para inspirar ese “miedo” en los demás? Si es cualquier hijo de vecino…

Tranquilamente se sirve y vuelve a su mesa a comer el resto de las papas fritas. Supongo que no representa ningún peligro mientras está comiendo, así que yo termino mis alimentos procesados y sobrepreciados. No han pasado ni dos minutos desde el primer momento en que lo ví y cuando volteo, ha desaparecido. Supongo que el par de guardias que se acercaban despacio a pocos metros debieron prevenirlo.

¿Quién es? ¿De donde viene? ¿Por dónde desapareció? Tengo que  aprender sus trucos. Me quedo pensando en eso y en que realmente en la gran ciudad, nadie tiene por qué morir de hambre.

Elisa Carlos

Retrato art�stico de Elisa CarlosPara ti, Elisa, porque sé que mis palabras no te harán justicia…

Curso propedéutico para entrar a una prestigiosa prepa en el verano de 1999. Yo venía de una secundaria muy mala. Quizá todavía eran tiempos algo turbulentos para mí porque, después de haber tenido una vida tranquila y medio elegante en colegios bien, había ido a caer a una secundaria que de fina y elegante no tenía nada. Pero eso me abrió un poco los ojos a la realidad. Me había ido muy bien en esos dos años, viéndolo en perspectiva quizá porque tuve una ventaja injusta pero eso no importa, el caso es que se había tomado la decisión familiar de que regresara a los colegios de prestigio y ahí estaba, en ese curso propedéutico.

Se trataba de estar sentado varias horas al día repasando temas de física y matemáticas. Elisa era licenciado en física y por eso ella daba el curso. Era aburrido, cansado, las galletas emperador de nuez acababan de salir al mercado y su aroma me sacaba de concentración con frecuencia cuando un compañero abría furtivamente un paquete en clase. Yo era muy serio y callado, pensándolo bien me sorprende que haya hecho amigos. Y ahí es donde entra Elisa. Su clase simplemente no era normal, ella era una mujer de edad, quizá una septuagenaria consumada pero poseedora de una agilidad mental extraordinaria. Dominaba completamente el cálculo y la física, amaba su profesión. Su sentido del humor, siempre alegre, siempre agudo, nunca faltaba para hacerle frente a las más insospechadas circunstancias de la vida. Valiéndose de él, Elisa era capaz de instituir la más prodigiosa disciplina en sus alumnos.

Personajes imaginarios como el niño del mal, la niña del bien y la palabra “TAREA” eran la herramienta clave. Al iniciar la clase Elisa era como cualquier otro profesor que repartía ejercicios, explicaba ecuaciones y se quejaba de que mi signo de igual no estaba a la misma altura que la línea indicadora del cociente, en los renglones de mi libreta cuadriculada. Pero apenas comenzaba el desorden en clase, Elisa escribía en una esquina del pizarrón “TAREA” y tachaba la primera letra. Ese último gesto era suficiente para hacernos callar al instante porque la experiencia nos había enseñado que no era buena señal: si seguía el desorden la maestra tacharía la letra siguiente y al tachar la última dejaría una tarea de investigación o algun trabajo monumental de varias decenas de páginas de extensión. Habría que entregarlo el lunes siguiente, escrito a mano. Sin embargo, si nos portábamos bien y había orden y silencio por un rato, ella dibujaría en lo alto una niña con alas, armada con un arco. Si el orden seguía la niña del bien dispararía una flecha y la letra tachada sería liberada de sus amarras. El niño del bien era similar pero a la inversa, se presentaba en casos de extremo desorden y tenía mañas como poder tachar las letras de dos en dos, aniquilar a la niña del bien o simplemente verle las pantaletas por debajo de la falda. Un sistema poco convencional, una analogía quizá fuera de lugar en una preparatoria pero que funcionaba y más aún, que demostraba la peculiaridad de una mujer que ha hecho del humor una fortaleza para seguir adelante.

Por cierto que una vez dejó algo así como veinte páginas de la biografía de Oppenheimer y yo la hice por adelantado para luego no andar a las carreras… pero Elisa la canceló, estoy casi seguro de que soy el único que la hizo. Gran moraleja para los que son precavidos

Así es Elisa Carlos Dávila. Buena para jugar al ajedrez, pero no tan buena como para reconocer que retrocedió ilegalmente un caballo para no perder. Excéntrica, pero muy cuerda. Culta, llena de anécdotas. Alguna vez nos platicó que cuando estudiaba la preparatoria quiso participar como actriz en una obra de teatro para ver si se le quitaba lo tímida, pero no funcionó. Esas, contadas chuscamente con el ánimo y la vivacidad que yo no soy capaz de reproducir, fueron sus palabras para motivarnos a apoyar a un compañero que iba a hacer una función con el fin de recolectar fondos para la fiesta de graduación.
Portada del libro de Elisa
Yo no supe de su afición a la literatura hasta muy tarde, cuando ya prácticamente no la veía. Pero le di a leer mi ópera prima, un fracaso teatral titulado “El lado izquierdo”. Ella fue lo suficientemente delicada como para criticar únicamente la extensión de los diálogos y la excesiva “blancura” del texto y no desanimarme. Elisa dejó el colegio antes de finalizar mi último semestre ahí, en medio de rumores y oscurantismo institucional. Fue casi al mismo tiempo que se fue mi profesor de inglés, Mario Abán. No se despidió, sólo nos mandó con una compañera su dirección de correo electrónico y el mensaje de que no había ido a decirnos adiós porque no habría podido contener las lágrimas, y que si queríamos podíamos mantener contacto por email.

No sé si alguien más le haya escrito, pero yo lo hice buscando conocerla más, dándome cuenta de que no había apreciado lo que había tenido, sorprendido de haber conocido a alguien asi. Mantuve con ella comunicación, no me contó mucho de su vida, nunca supe como es que perdió a su marido y creo que no la conocí suficiente para admirarla como lo hacen otras personas que la conocen.

Algunos fragmentos de sus cuentos:

“Un hervidero de sensaciones olvidadas le recorría el organismo e imágenes confusas de señoras nadaban desnudas en su mente.”, en Relámpago en invierno.

“Joyita de los campos ruborosa
que beberá este jugo blanquecino
quiero de ti tu boca primorosa.”
, fragmento de Margarita.

“…miró hundirse en el horizonte las últimas casas del pueblo, y tuvo la certeza de que jamás volvería. Al único ser por el que hubiera regresado, lo llevaba dentro.”, de Unas hierbas mojadas.

“Un calorcito de esperanza se instaló en su pecho mientras pensaba, que tal vez, al final del camino, cuando las estrellas se apagaran para ella, una sonrisa, como la última de Juan Bautista, florecería en su boca.”, tomado de El legado de Juan Bautista.

Se dió entre nosotros esa especie de amistad por carta basada en la literatura, yo le mandaba algunos escritos míos y ella me contestaba con su opinión profesional, dándome apoyo:

“Querido Kurazaybo:
Tu relato es un buen relato en serio, creo que ese es tu camino, escribir. No dejes nunca de escribir aunque sea una línea antes de ir a dormir, creo que tienes talento. ¿Cuéntame qué estás leyendo? ¿Cuáles son tus libros preferidos? ¿Qué personaje literario se te ha quedado grabado para siempre en tu corazón? Hay en tu relato uno que otro pequeño detalle sin importancia, revísalo cuando haya pasado un tiempo y lo vas a descubrir. Vuelvo a repetir el relato es muy excelente (sic.), sería muy bueno que buscaras algún lugar donde publicarlo. Me despido con cariño
Elisa Carlos”
Elisa en clase
Ese apoyo ha servido de mucho, todavía lo siento y se lo agradezco. No sé que tan cierto sea lo que dice de mi talento, yo sólo escribo porque me gusta hacerlo. Elisa es escritora, no fuí a la presentación de su libro el 29 de noviembre del 2002 en la casa de la cultura, ya no recuerdo por que, pero tengo una copia de “Una ayuda ficticia”, que es un libro de cuentos humorísticos que ella escribió. Ha publicado varios libros y tratado temas de ciencia ficción, pero la verdad yo no conozco esa faceta de ella. En alguno de esos correos le conté que estaba yendo al gimnasio del Tec y que había visto a alguien desmayarse ahí. Ella me compartió su opinión:

El gimnasio es uno de los lugares que me hacen pensar en tanta energía desperdiciada, se me ha ocurrido que todas esas máquinas estimuladas por graciosos fisicoculturistas pudieran muy bien ser aprovechadas para poner en movimento pequeños motores que sirvieran para algo, por ejemplo una máquina para hacer tortillas, algúnos ventiladores en un local vecino, transformar esa energía en energía eléctrica y calentar en tiempo de invierno algún salón de clases, etc. etc. Creo que los gimnasios son los lugares en dónde la energía se transforma en vanidad, deben de ser buenos para las personas con una baja autoestima, y para descargar la angustia de los narcisistas. Algo positivo debede haber ahí.”Por lo visto ella no creía en aquello de “Mente sana en cuerpo sano”. En una ocasión en que Elisa dejó de comunicarse por un largo tiempo, me comentó que su madre se había fracturado una mano y estaba con ella. Nunca pude verla en persona porque todos nuestros intentos fracasaron, sin embargo me la encontré en Carranza a la altura del jardín de Tequis en el verano del 2004. Fue la última vez que hablamos. Ya algo tarde la entendí, cuando me escribió:“Soy más bien humorista o irónica o sarcástica no sé exactamente. Creo que huyo de la solemnidad como del chamuco, creo que hay cosas más serias en la risa que en la pura solemnidad.”

Uno suele ir por la vida abriéndose camino y, con un poco de suerte, se topa con alguien peculiar en su forma de ser y de ver el mundo, alguien capaz de enriquecerle de verdad. Me gusta pensar que son como flores en el camino.

Se te extraña mujer, se te extraña.

Mario Aban

Justo estaba recordando a Mario, mi profesor de inglés de la preparatoria. El había vivido un tiempo en EU y aparte era relativamente joven asi que eso le daba a la clase un toque más agradable y práctico porque aparte de las formalidades de la gramática se aprendía un poco del lenguaje y las expresiones que se usan en la vida real.

Pero lo que me hace acordarme de él no es su clase en si, sino algunas discusiones que se generaban en ella. Por ejemplo, él fue el primero que me puso a pensar en la conveniencia de insituir la pena de muerte en nuestro país. El estaba claramente a favor pero decía que sería indispensable reestructurar todo el sistema judicial y obviamente terminar con la corrupción para no acabar matando inocentes. Lógico, si, pero yo no lo había pensado así. Mario decía que la muerte de los culpables es lo único que realmente evitaría que existiera la posibilidad de que un asesino o un violador pudiera regresar a la sociedad y seguir causando miedo, que sería lo único que haría a la familia de las víctimas sentirse seguros otra vez y creer que se ha hecho justicia. Yo no estoy a favor de la pena de muerte, conclusión a la que llegué después de darle vueltas al asunto. Y no es que me oponga activamente, sino simplemente creo que erradicar la corrupción es uno de los llamados sueños guajiros y que aunque si traería muchos beneficios a la sociedad, no es la muerte suficiente motivo para justificar el gasto y el esfuerzo. Pero principalmente creo que una ejecución cuesta más y no hace nada porque los condenados paguen su deuda a la sociedad. Ha habido ideas interesantes como las del sheriff Joe Arpaio, que recortó los costos de mantenimiento al establecer a los reclusos de su prisión en un campamento de tiendas sobrantes de guerra, compradas al ejército a muy bajo costo. Lo más peculiar era la idea del trabajo voluntario y la propuesta de que los presos pagaran por sus alimentos. También salió el tema de el alto índice de ejecuciones en Texas, actualmete se tiene programada casi una cada semana para los primeros meses del 2006. La pregunta que no podía faltar, que si al final eso reduce la criminalidad o no. Y todo indica a que no. Al final un compañero le preguntó a Mario si seguiría estando de acuerdo si su hijo fuera condenado a muerte y dijo que sí porque tiene que ser consistente con lo que predica. Extrañamente mucha gente no tomó a bien esa respuesta.

En otra ocasión Mario decía estar a favor de los matrimonios en parejas de distintas religiones, argumentando que él tenía amigos asi cuyos matrimonios eran felices y nada pasaba. Ahí si yo debo estar en desacuerdo porque mi familia es una de esas donde padre y madre tienen distintas ideologías y todo resulta en un gran desastre. A punto estuve de interrumpirlo y pedirle que si su familia no pertence al grupo en discusión mejor no opinara. Ahora creo que independientemente de lo malo que pueda ser no hay mucho que se pueda hacer porque aunque las personas tengan ciertas creencias en una época de su vida, luego cambian. Fue así como sucedió con mi padre.

Una discusión que todavía surge de vez en cuando con mucha gente respecto a la conquista de México es que dicen que fue mala y suelen ponerse en el lugar de los indígenas nativos, diciendo cosas como “estábamos mejor antes de que llegaran”, “nos hicieron mucho daño”, “hemos sido víctimas” o “nuestras tradiciones”. Nótese el uso tácito del “nosotros”. ¿Cómo puede alguien que se apellida Abán Carballo y que es blanco como la leche decir eso? Yo le decía a Mario que se fijara como no podía ya separar a la cultura española de la indígena en su diario vivir, que su propio nombre lo indicaba y que en no creo que tenga mucho sentido ponerse de un solo lado de la historia, siendo que al final las culturas, historias y sociedades se fusionaron y acaban siendo los padres de nuestra cultura actual. Y que no se debe cuestionar a nuestros ancestros, sino honrarlos (cosa que tal vez dije en algún momento de locura temporal).

Algunos otros detalles, confesiones y puntos de vista de Mario:

  • No soportaba a Bon Jovi porque decía que era demasiado gay.
  • Dijo que no le importaría que lo despidieran porque él no necesitaba el empleo de maestro para vivir.
  • Admitió que había conocido mujeres que eran capaces de intimidarlo ¿acaso esta información sirve para algo?
  • Se rumora que fue despedido porque en una reunión de los altos directivos bebió de más y le dijo sus verdades al director. Yo no creo este dato.
  • Su negocio, llamado algo así como “Rastaboots” y ubicado en Nicolás Zapata, por allá por la escuela normal y el IMSS, sigue andando.
  • La última vez que lo vi fue por el tianguis de las vías.

¿Y el inglés? Bien, gracias.