Mis múltiples máquinas del tiempo

¿Por dónde empezar? Un cuento de Cortázar.

Mi primer reloj lo tuve en la primaria, era azul, totalmente de plástico. Recuerdo que fue de alguna promoción de Pepsi. Estaba muy mal hecho y no me duró mucho. Cuando se me caía, la tapa trasera salía rodando, como una moneda. Por aquel entonces también había un reloj de promoción de Coca Cola que era más grande y de plástico traslúcido que me llamaba más la atención pero no pude conseguir.

Más adelante tuve un Casio medio básico, que tenía cronómetro y alarmas y luz para leer la pantalla en la oscuridad. Todavía venden ese mismo modelo, el F91W, ahora famoso por ser el favorito de Bin Laden. Hace poco un compañero llego al trabajo con uno que es el mismo “módulo” (así le llama Casio a la pequeña computadora que va dentro de la carcasa y tiene ya definidas sus funciones. El módulo se puede vestir, por decirlo así, en distintas carcasas y extensibles y a la combinación de ambos les llama “modelo”. Si quieres saber el módulo de tu Casio, es generalmente un número de cuatro digitos que trae grabado en la parte de atrás, rodeado por un rectángulo) pero diferente modelo; el suyo es de acero y el mío era el más simple de plástico. Me lo compró mi papá ya no me acuerdo por qué y sí lo tuve un buen tiempo, hasta que la pantalla dejó de funcionar.


Me acuerdo que me costó mucho trabajo aprender a leer la hora en los relojes tradicionales que no son digitales ¿por qué carambas se dice que son las cuatro y veinte cuando ambas manecillas apuntan más o menos hacia el cuatro? ¿No son las cuatro cuatro?, así que los relojes digitales fueron para mí una gran revelación. Al principio me resultaba muy incómodo llevar puesto el reloj y no toleraba ponermelo en el brazo izquierdo, que es lo más correcto porque soy diestro y el reloj va en el brazo no dominante. Así que era de esos raritos que llevan el reloj en el brazo derecho.

El pequeño reloj Casio se fue desgastando y estrellando y rompiendo hasta que dejó de funcionar. Luego mi papá sacó de quién sabe donde un Alnima muy lindo (marca de la que no he vuelto a saber nada). Era verde militar y con extensible de nylon, que se me hacía mucho más cómodo. Originalmente se lo dió a mi hermana pero era un reloj muy grande y tosco para una mujer así que me lo pasaron a mí. Me gustó mucho y lo tuve la mayor parte de la secundaria, pero me lo robaron en una ocasión que me asaltaron.

Ya estaba muy acostumbrado a llevar reloj siempre, no me lo quitaba para dormir, incluso lo usaba para nadar, ocasiones en que gente que ni me conocía usualmente me aconsejaba que me lo quitara. Pero el reloj decía “Water Resist” y nunca tuve problema (más tarde aprendí que el “Water Resist” solamente indica resistencia a salpicaduras). Cuando murió mi Casio me resultaba muy desconcertante no saber la hora y no me gustaba nada andar preguntando a propios y extraños. Creo que fue en ese momento cuando me di cuenta de cuanto dependía de mi reloj y lo mucho que checaba la hora durante el día. También me había acostumbrado mucho a usar el cronómetro. En aquel entonces caminaba con frecuencia largas distancias por la ciudad y usaba mucho el transporte público. Tenía memorizado el tiempo que tomaban la mayoría de mis trayectos usuales y salía con el debido tiempo de anticipación, ya sabía cuando iba a llegar tarde y por cuanto tiempo o que ruta alternativa tomar en caso de calles cerradas o cualquier cosa. Incluso descubrí que correr unos cuantos metros cuando se te hace tarde es un sinsentido, estadísticamente totalmente insignificante. Ahora lo uso siempre para tomar el tiempo a parquímetros y estacionamientos de paga, a cuanto me tardo en correr un kilómetro, al hacer ejercicio, al caminar por rumbos desconocidos sencillamente para saber cuánto me tomará volver sobre mis pasos.

Estaba yo empezando la preparatoria cuando mi papá me regaló un reloj por tercera vez, ahora se trataba de un Citizen “analógico” o de manecillas. Era mecánico, de color plateado con la carátula dorada y automático. Recuerden esa última palabra, se refiere a una máquina del tiempo estrictamente mecánica que sigue trabajando indefinidamente mientras la lleves puesta. Era el reloj que mi papá tenía un tiempo usando y estaba ya maltratado. Lo más importante es que no tenía cronómetro ni alarmas ni luz y pesaba bastante a comparación de mis relojes de plástico. Además ¡hacía ruido al trabajar! Un tic-tac constante, varias veces por segundo. Ahora sé que se traba de un Citizen Eagle 7 y era una máquina bastante respetable.

Lo recibí con bastante escepticismo, hacía varios años habia usado ocasionalmente un reloj mecánico de Mickey Mouse que mi mamá guardaba celosamente (debió ser caro) y me prestaba de vez en cuando. Lo frustrante era que si se me olvidaba darle cuerda un día, se detenía y perdías tu hora, tu brújula en esta tormenta oscura y terrible que es el tiempo y en la que todos estamos perdidos…

¿En qué estaba? Ah, oh si. Acostumbrado a los displays digitales, yo era de esas personas que piensan que leer las manecillas es más “complicado” que leer la hora “directamente”. Pero para mi sorpresa descubrí que me era mucho más agradable dar un rápido vistazo al reloj y sencillamente determinar si era tarde o temprano. Esto es algo importante y resulta muy difícil de creer si toda su vida han usado relojes digitales. Créanme, he estado ahí y sé de historias de incrédulos que se han convertido.

Un compañero de la prepa, por casualidad, tenía un reloj muy similar, incluso de la misma marca aunque el suyo se veía nuevo y más lujoso por que tenía la carátula blanca (o de otro color menos pretencioso) y el extensible tenía eslabones dorados en el centro. Creo que nunca hablamos de nuestros relojes, a pesar de que convivimos mucho, pero siempre pensé para mis adentros “este tipo tiene suerte de tener un reloj tan bueno como o mejor que el mío”. Yo usaba mi reloj muy ajustado al brazo, de modo que casi no se moviera de lugar y mi compañero era delgado y larguirucho y lo usaba bastante suelto, de modo que cuando gesticulaba o se recargaba, el reloj se deslizaba una buena distancia y la carátula nunca estaba posicionada en el plano del dorso de la mano. No comprendía yo como podía aguantar traer el reloj así, hasta que más de una década despues descubrí que es bastante fresco y cómodo y es la manera que prefiero ahora.

El Citizen automático terminó gustándome bastante, incluso me motivó a aprender un poco más del tema de los relojes, hasta que un día se me cayó y golpeó muy feo en el piso. El cristal (realmente era cristal) se rompió y las manecillas se atoraron con los pedazos, ocasionando que el reloj se desajustara. A pesar de que se mandó arreglar, ya nunca dió la hora correctamente, adelantándose varios minutos al día. Ahora sé que de todos los escenarios, este, el de apresurarse, es el más benigno en los desastres de relojería: lo peor que puede pasar es que llegues temprano a tus compromisos. Pero en aquel entonces era un ignorante y descarté aquella máquina

Aquí es buen momento para abordar uno de los temas más escabrosos y contradictorios del mundo de la horología: ningún reloj es exacto, especialmente si se trata de uno mecánico. Se adelantan o se atrasan varios segundos al día, algunos hasta medio minuto. En los relojes mecánicos esta discrepancia incluso va variando según la edad y el uso que se le de al reloj. Golpes, acelaraciones, cambios de temperatura y campos magnéticos pueden interferir. Esto no suele ser mucho problema, en especial si se trata de un reloj que marque la fecha porque, a menos que se trate de un modelo lujoso y complicado, el calendario contará siempre del dia 1 al 31, es decir, hay que ajustar la fecha cada dos meses aproximadamente y se aprovecha tal ocasión para corregir también posibles desviaciones en la hora. Los relojes electrónicos o llamados de cuarzo suelen ser mucho más exactos, por eso no faltará quien diga que el Casio más barato es mejor que el reloj suizo más caro (aunque en realidad los relojes de cuarzo super económicos tienen un margen de error bastante similar… y no estén hechos para durar mucho).

Este detalle, sin embargo, lleva a algo importante: un reloj , ya no digamos mecánico, uno que te resulte valioso porque te gusta o cualquier otra razón, generalmente hace que te involucres más con él. Hay que quitárselo y ponérselo, cuidarse de no perderlo o dañarlo, ajustarle la hora y la fecha, darle cuerda o cambiarle la pila, etcétera. Recuerdo claramente un concurso de alguna clase en la secundaria. El profesor estaba clavando unas maderas para algún propósito que ahora tengo borroso y, antes de dar el primer martillazo, se quitó el reloj. ¿Por qué, si lo llevaba en el brazo izquierdo y el martillo lo tomaba con el derecho? Porque le importa. Porque está consciente que se trata de una máquina importante y delicada. Es una de esas cuestiones que solo se pueden abordar en consciencia de su subjetividad. ¿Por qué se siguen fabricando automóviles de transmisión manual cuando los automáticos hacen la vida más fácil? ¿Porqué sigue habiendo revólveres cuando claramente no hay vuelta de hoja después de las armas automáticas? ¿por qué crece el negocio de los videojuegos cuando es más fácil y en apariencia bastante similar simplemente ver una película? Se trata de una experiencia, una que ya han vivido muchos pero que cuando tú la vives, es tuya y especial.

No puedo evitar salirme un poco del tema y mencionar que una vez que te acostumbras a usar plumas fuente, es absurdo todo eso de las plumas deshechables. ¿No es más lógico entintar una pluma cuando se acaba la tinta que deshacerse de ella y comprar una nueva? “Se le acabó la gasolina a mi coche, ahora tengo que tramitar el crédito a varios años para uno nuevo, porque rellenar el tanque es cosa de traumados pretenciosos”. En fin, grandes misterios del tercer milenio…

Claro que al igual que con las plumas, autos y armas, con los relojes después de cierto nivel se pasa de la calidad y funcionalidad a la exageración y los lujos innecesarios, pero la gente está acostumbrada a pagar precios elevadísimos por unos simples calzoncillos de marca, así que no me preocupa demasiado. No se me ocurre un ejemplo, una situación, en que un reloj de ocho mil dólares sea peor o menos conveniente que uno de cinco, a menos que estemos hablando de el horror paralizante en caso de perderlo.

Después del Citizen automático compré otro Casio, uno bonito con manecillas analógicas y pantalla digital que “flota” sobre ella. Tiene la otrora codiciada elecroluminiscencia “Illuminator” que es realmente muy útil, además de cronómetro y un monton de alarmas y funciones extra como “banco de datos” y reloj mundial que nunca utilicé. Gracias a la pantalla flotante, la fecha puede aparecer o desaparecer cuando quiera. Fui muy feliz con el y no salió nada caro. Una de esas funciones que al principio me resultaron absurdas pero ahora me son indispensables es la del tiempo “dual”: la capacidad de llevar dos horas distintas. Generalmente esto está pensado para gente que viaja y le resulta conveniente estar al tanto de la hora en dos zonas horarias distintas. Para mí esto significó llevar el tiempo “normal”, la hora que anuncian en la radio a la vez que una hora personal, como la de el reloj de la escuela o la de la sucursal más cercana de Cinépolis. Ahora para mí la hora exacta no es un número, es un rango entre esa hora “pública” y la hora que marcan mis eventos y compromisos personales. Quizá no sea tan fácil de explicar, quizá sí y simplemente suene ridículo, pero es el punto donde he estado varios años.

Después de un tiempo, mi preciado Casio se empezó a “bloquear”, un horrible estado en que los botones dejan de responder y la pantalla muestra todas las funciones una tras otra en un bucle. El único remedio es abrirlo, retirar la pila para reiniciarlo, volverla a instalar y hacer contacto entre dos puntos clave de la maquinaria para “activarlo”. Es como una especie de seguro que traen esos relojes para protegerse en caso de eventos peligrosos como golpes fuertes y posibles descargas al cambiar la batería. Es una enorme molestia para el usuario y en lo personal le agradecería a Casio si dejara de implementar tal seguro. Luego esto comenzó a suceder bastante seguido, varias veces al año sin razón aparente. La tragedia de perder tu hora, tu tiempo personal, es grande a nivel emocional, si bien no impacta mucho en términos prácticos. Pero un reloj que no marca la hora ¿sigue siendo un reloj?

Decidí impulsivamente comprar otro Casio, uno con “caja” (cuerpo, pues) de acero. Hasta entonces todos mis Casio habían sido de plástico y debo reconocer que si hace gran diferencia el material, el metal es mucho más resistente a rayones, golpes y no se va a romper con un jalón del extensible. No creo poder volver a los relojes de plástico. Es un modelo algo excéntrico, quizá no muy estético ideado para pescar. Muestra la fase lunar de acuerdo a la fecha, hora y zona horaria, haciendo una estimación de las mareas. Esto es algo que ya se hacía a mano y da resultados aproximados, pero el reloj lo automatiza completamente. Ahora bien, me encantan los peces tanto vivos como en el plato, pero yo nisiquiera sé pescar. Nunca voy a hacer uso de esas funciones, pero siempre había querido un reloj que indicara la fase lunar. Es algo que se ofrecía en relojes mecánicos caros pero que la electrónica asiática abarató hasta el absurdo. Y me gusta mucho. Y ahora puedes tener si quieres hasta una calculadora o un control remoto de TV miniaturizado en tu muñeca. Hay infinidad de funciones para todo propósito y es una gran ventaja de los tiempos que vivimos. Incluso mi reloj en cuestión con luz y esas funciones innecesarias promete una vida de batería de 10 años, que es un gran logro y hace que el costo de operación sea ínfimo.

Todo alegría y felicidad hasta que, luego de poco más de un año, mi querido reloj que tanto amé, comienza a apagarse repentinamente. Es como me sucedió con el anterior. Pierdo mi hora, mi fase lunar, mis ajustes de zona horaria, mi hora dual… es cuando decido darme por vencido con los Casio.

Porque para mí un reloj es un montón de metal, circuitos y resortes al que le he confiado algo de mi consciencia, guardián de una parte de mi vida. Fiel sirviente que me quita de encima el peso de llevar un conteo minucioso de las horas. Depositario de mi hora privada que me guía en todo momento. Confidente que me ayuda a discernir cuando planear un escape para observar las luces de la ciudad por la ruta panorámica cuando es propicio en luna nueva, o a evitarlo cuando la luna llena lo arruinaría.

¿Ahora qué? Un rápido vistazo en las tiendas de prestigio me hace darme cuenta que los tiempos han cambiado. Ahora los relojes mecánicos son aves raras, ni hablar de un automático de bajo costo. (quiero señalar que el reloj Swatch del enlace anterior es muy probablemente una maravilla… imposible de conseguir en México). Pareciera que los diseñadores de ropa ahora controlan el mercado. Los chicos de ahora no usan reloj, están acostumbrados a ver la hora en el teléfono o la computadora. La era de la hora personal se ha acabado. Por un tiempo intento ver la hora en el celular, pero es ridículo. Resulta absurdo cuando vas conduciendo un auto, impráctico cuando estás corriendo o haciendo ejercicio, indiscreto y maleducado en medio de juntas laborales y conversaciones íntimas. Es incluso peligroso en los bajofondos de la ciudad. Doloroso en los ojos a mitad de la noche. No solo me siento incómodo, no me ayuda cuando en las tiendas de prestigio siento que sé más del tema que los empleados que me intentan vender un reloj y me dicen barbaridades como “Nautica es mejor marca”, “acá trae un taquímetro, pero… no lo sé usar” o “no es un cronómetro, es un cronógrafo”.

Extraño mucho mis pequeñas, fiables, mágicas y amadas máquinas del tiempo. No sé qué voy a hacer.

En las fotos, el inolvidable y grande Nicolas Hayek.

Opiliones

Entre mis muchas lecturas y repasos del genero de los arácnidos me había topado ya varias veces con la rama de los opiliones (que no se si asi se dice el singular), que son unos animales antiquísimos que existen desde hace millones de años y alrededor de los cuales hay mucha desinformacion y leyendas.

El otro día salí a caminar con algunos de los perros que habitan este zoologico esta casa, fuimos a orillas del rio, que es uno de los últimos rincones de naturaleza y salvajismo (en el buen sentido) que existen en esta ciudad. He ido muchas veces a caminar por ese lugar y, dentro de que si he visto fauna y flora poco común en la urbe, nunca había visto estos animales en particular.

Me imagino que algo debe haber tenido que ver la época del año (fines de verano) y el clima, cálido, húmedo, ligeramente sofocante, para que salieran de sus escondrijos. Además que fui ya algo tarde, a punto de que oscureciera. Algo que me confundió fue que recientemente ha habido algo así como una migración de escarabajos que no he sabido identificar. Invaden la calle, el patio, el estacionamiento de la gasolinería. Lo curioso es que en general se mueven por el suelo en dirección opuesta al río, se alejan de el. No sé aún qué decir al respecto. Fácilmente he visto a más de treinta en pocos metros cuadrados. Por eso cuando paseaba a los perros y distinguí algunas figuras de muchas patas atravesando el camino, no le di importancia. Solamente apresuré el paso y regañe a mis animales cuando mostraron curiosidad, no fuera a ser que se comieran a uno de esos invertebrados no identificados y resultaran ser tóxico o algo así. Si acaso me llamó la atención su pasito exótico, un mover de las patas curioso, como muy fluído, etéreo. No se me ocurren otras palabras para describirlo, pero no es la manera como se mueven las arañas ni los escarabajos.

Pero entonces ví a una mariposa muerta a orilla del camino de terracería. No es que fuera la gran cosa, pero es una especie (no identificada) que reconozco porque la he visto mil veces rondando por la casa, y desde hace años. Negra en la parte frontal de las alas, pero un negro mágico que se va convirtiendo en un azul eléctrico metálico hacia la cola, con puntas en la periferia de las alas. Vi que dos animales se la estaban comiendo y pensé que debían ser arañas, lo cual no es de sorprender porque suelen ser carnívoras, pero había algo extraño, tenían las patas muy finas y largas y sus movimientos eran diferentes. Alejé a los perros que ya estaban lanzándoles unas olisqueadas y vi que se trataba de nada menos que un par de los elusivos opiliones.

Opiliones carroñeros, la huida

La segunda foto, ya más en forma, muestra más claramente las patas fantasiosamente largas y delgadas y el cuerpo más redondeado y con forma de plasta de los opiliones, que son las cosas que los caracterizan. Aquí cabe señalar que una de las principales diferencias con las arañas es que estas tienen un cuerpo claramente dividido en “cabeza” (cefalotorax) y abdomen, mientras que en los opiliones estos parecen estar fusionados en una sola “bola” de cuerpo.

Opiliones el carroñero

En lo que saqué la cámara y apunté (que fue muy rápido, porque soy un ninja fotográfico), uno emprendió la huida, pero alcancé a capturarlo en su retirada… en una foto borrosa como las que corresponden al yeti.

Opiliones, la foto borrosa

Para finalizar solo me queda señalar que los opiliones son un grupo o rama de los arácnidos más antiguos, existen casi sin cambios desde hace muchos millones de años y sin embargo no se sabe mucho al respecto de ellos. Al parecer actualmente solo los estudian un reducido grupo de científicos entusiastas. Los opiliones no tienen la habilidad de producir telarañas, así que mi teoría es que son carroñeros/omnívoros y que prefieren moverse en la oscuridad, porque nunca los he visto durante días luminosos. Prefieren lugares húmedos, sin duda. Esto está confirmado en parte por lo que he leído y por lo que he visto en mi experiencia personal.

Yo sé que a muchas personas las arañas les dan terror, asco y muchas otras cosas desagradables, pero para mí estos animales lo que me despertaron fue mucha paz, mucha serenidad. Como si fueran los antiguos vigilantes del bosque. En mi caminata, ahora que lo pienso, debo haber visto decenas cruzando el camino, seguramente buscando alimento. En una procesión interminable casi tan vieja como la vida misma. Ojalá pueda volverlos a ver con mayor frecuencia.

Por razones que desconozco existe la extraña leyenda de que los opiliones son de lo más venenoso, sin embargo esto no es cierto. Son prácticamente inofensivos para el ser humano y sus mascotas/ganado. Existe un episodio de Mythbusters [EDIT: parece que no se trataba de esta rama en particular de los arácnidos, así que se aconseja tener cuidado] en que desmienten el mito. Yo les pido que, si los ven, tengan el buen gusto de contemplarlos y dejarlos en paz. Están, posiblemente, en peligro de extinción. Y puede que las próximas generaciones no tengan el gusto de maravillarse ante estos animalitos tan curiosos. Yo, la verdad, llegué a pensar que nunca llegaría a verlos en toda mi vida, así que ya pueden imaginarse el tamaño de mi sorpresa.

¡Algo horrible le pasó a Robotina!

De un tiempo para acá, mi antigua computadora (a la que ya le había fallado cambiado la tarjeta madre en más de una ocasión) tenía un tic nervioso en el que le temblaba la pantalla. Algo de las bisagras o de la tapa, que hacía que al mover la pantalla por ejemplo al abrirla y ponerla en posición cómoda, no quedara exactamente donde uno la había dejado. No le dí importancia porque es un equipo con muchos años de vida y altísimo kilometraje. Hace unas semanas, al abrirla, se rompió la tapa. Cabe mencionar que es una tapa de una sola pieza de metal, metal “vaciado” en un molde, no laminado a la forma final. En el pasado ya he tenido un par de máquinas con tapa de metal laminado y, aunque tienen sus propias idiosincrasias, creo que es la mejor opción.

Este pequeño incidente me hizo ponerme a pensar que mi máquina realmente ya esta muy vieja, ya va para diez años y, aunque milagrosamente sigue cubriendo mis necesidades al 90%, era momento de enfrentarse a la decisión de reemplazarla. Pero esto conlleva una decisión secundaria: ¿deshacerse de esta máquina que bien que mal me ha servido fielmente por años? Realmente funciona todavía muy bien, así que me di a la tarea de conseguir la refacción. Hay que señalar que en mi computadora, la tapa es la que da soporte a la pantalla, hay otros diseños que cuentan con un esqueleto interno en el que este desperfecto sería puramente estético.

Algo horrible le paso a robotina

Afortunadamente se trata de un modelo muy común del que se fabricaron millones, así que aunque está vieja, no es tan difícil encontrar las piezas. Busqué en mercadolibre y me dio risa porque los precios son muy elevados. Fui a la plaza de la memoria usb y el celular computación local y en el primer local donde vi que tenían amontonadero de máquinas viejas pregunté si tendrían esta pieza. Me dijeron enfáticamente que sí, que a $150 pero que tenían que traerla de bodega. Como ya era noche me pidieron que pasara al día siguiente. Acepté inmediatamente porque era menos de la tercera parte del precio que vi en internet. Seguí mi camino.

El segundo local donde pregunté fue uno de tamaño grande para los estándares de esa plaza que es conocido como “el cubano” y que atiende un joven que parece ser… cubano. Le pregunté por la pieza y le di el modelo de mi laptop, que es tan conocido que sinceramente considero que cualquier persona que de soporte técnico debe conocer, a pesar de lo viejo. Yo, debido a mi paranoia y desconfianza crónica, llevaba mi preciada máquina disfrazada en la caja de una base de ventiladores para laptop y no se la mostré. Se quedó pensando, habló por teléfono. Yo vi por ahí en el rincón el perfil de una máquina idéntica y se lo señalé. La levantó y resultó ser un modelo muy similar pero más escazo que es idéntico en todo sentido salvo que tiene pantalla ancha. Es decir, todos los componentes internos son iguales, salvo la carcasa, que es lo que yo estaba buscando. Me sacó una sonrisa porque siempre quise una de esas máquinas de pantalla ancha pero nunca la conseguí a precio razonable. Me quedé esperando a que me dijera si la tenía o no en lo que “el cubano” atendía otra llamada. Luego se quedó mirando a lontananza, sin tocar la computadora que tenía enfrente y que claramente estaba a la mitad de una cirugía a corazón abierto. Me lo habían recomendado tanto que le pregunté qué onda. Entonces me dijo “te dije desde hace dos horas que me enseñaras la laptop, ¿así como voy a saber?” Que es en apariencia comprensible pero son palabras que nunca nadie debería decir a sus clientes. Debí entrar a su local, decirle “¡¿así le hablas a todos tus clientes?!” y darle una cachetada con mi guante blanco retándolo a un duelo a muerte, pero tenía curiosidad por saber el precio que diría así que abrí mi caja de base de ventiladores para laptop y se la mostré. $250 dijo y le di las gracias y me fui, riendo.

De casualidad vi un local pequeñito atendido por tres tipos que apenas cabían dentro, con un montón de máquinas viejas destazadas en el mostrador. Pregunté y me mostraron el modelo anterior, vieron que no era y me mostraron el correcto. $120 dijeron e inmediatamente compré la pieza. Solo la pieza porque yo traía la laptop incompleta y no me la podían instalar sin la bisagra. Aquí tengo que platicarles que las bisagras de laptop son un componente de lo más sencillo pero que alcanza precios exorbitantes en el mercado de segunda mano. Me imagino que a mucha gente se le descomponen. Lo más feo es cuando en el modelo de tu máquina las bisagras de un lado no son iguales a las del otro, y terminas teniendo que cazar una pieza más específica que ni el procesador. Mi laptop es de las que tienen una bisagra igual en cada lado.

Algo horrible le paso a robotina

Llegué a casa, me puse a instalar la tapa… y descubrí que una bisagra está rota y que ese bamboleo de la pantalla no se va a quitar. Ahora tengo que volver a comprarla.

Algo horrible le paso a robotina

Leer en el telefono celular

Leyendo libros en el celular.

Empecé leyendo en una Palm, que tenia una pantalla muy triste sin iluminacion y con muy poco contraste. Por muy práctico que resultó a comparación de los libros de papel, tenía sus inconvenientes. Entre ellos el ser mucho más delicada y un precio más elevado que aún los más costosos libros de medicina. Pero el principal fue que había que hacer de nana de otro dispositivo más; cargar la batería, cuidar que no se moje o se raye o se rompa, acordarse de llevarla a donde la podamos necesitar (para al final rara vez traerla cuando hubiera sido de provecho). Aún así la experiencia fue buena y decidí comprar algo mejor escencialmente por la frustración con la pantalla tipo reloj Casio.

En aquel entonces las Palm ya estaban en decadencia y me sorprendio descubrir que todavía eran absurdamente costosas para lo que ofrecían, así que adquirí de segunda mano un teléfono que traía una pantalla muy similar y que corría mobipocket asi como  tenía otras tantas características que creo que después de varios años todavía no he terminado de descubrir. Fue casualidad descubrir la conveniencia de combinar todo lo que usaba para mis lecturas en el mismo aparato que siempre ando cargando para todos lados. Me gustó bastante la experiencia de traer conmigo constantemente todos mis libros y poder usarlos en cualquier lugar. Esto tiene que ver mucho con el tamaño. Leer en una pantalla tan pequeña y con tan pobre resolución no es la mejor experiencia, pero es muy conveniente.

A los pocos años mi teléfono se volvió obsoleto, y no lo digo en términos de que no corre la última versión de instagram y whatsapp, sino que literalmente ha ido dejando de servir. Basta una ligera ventisca para que se le salga la pila, por ejemplo, y tarda como un minuto en reiniciar; suena a poco pero es desesperante.

En estos años también sucedió que Amazon compró mobipocket y sacó una serie de productos llamados Kindle (nombre que me parece rarísimo y me suena a detergente) que han mejorado mucho a la vez que han ido bajando de precio. ofrecen varias ventajas. Supongo que en teoría yo pertenezco al segmento de mercado que está mas interesado en ese tipo de cosas y de hecho constantemente me dicen por todos lados que me compre uno. Solo que para mí no tiene sentido. Más allá del balance costo/beneficio y otras consideraciones, está el simple hecho del tamaño. Un Kindle, aún de los más pequeños, son enormes. Absurdamente gigantes para llevarlos en el bolsillo. Y eso ha sido justamente lo que me ha permitido avanzar muchísimo más rápido en mis lecturas.

La otra opción tal vez sería cambiar a uno de esos teléfonos de ahora que tantas características ofrecen, pero ahí si no me funciona el costo/beneficio. No es que no pueda pagarlo, es que nunca voy a usarlo más que para leer y hacer llamadas. Este sentido creo que es momento de confesar que hago poquísimas llamadas: soy muy amigo de telcel y le pongo $200 de saldo cada que ya no puedo hacer llamadas, que es como cada dos meses. Y no es que me haya acabado el saldo, aún luego de casi nueve meses de estar pagando el roaming en mi número foráneo.Le pongo saldo cuando mi tarjeta amigo ya venció y vengo arrastrando como $800 en saldo que no me he podido acabar desde hace dos años. Por mucho que me gustaría tener plan (“amigo”, “plan”, “tiempo aire”… la terminología parece una colección de palabras aleatorias) porque es horrible descubrir que tu saldo está expirado cuando más lo necesitas, nadie me ofrece un plan en el que pague lo mismo o menos al mes de lo que ya estoy pagando ahora. No le encuentro sentido.

Pero volviendo al tema del aparato, supongamos que lo pago a 30 meses sin intereses en almacenes Sares Rochild y contrato mi plan sin límite. Aún así no me convence porque sé bien que 80% de las características del aparato no las voy a usar. No tengo necesidad de “computación móvil”, quizá porque me paso 25 de cada 24 horas frente a una computadora o no sé pero no es mi estilo. Varias veces me han dicho que en cuanto lo tenga voy a cambiar de opinión y mis hábitos van a cambiar y voy a descubrir el maravilloso compumundo hipermegared. A esto puedo responder que ya tengo un iPhone algo antiguo y con la pantalla algo maltratada pero que está empolvándose en un cajón junto al xbox porque nunca me acostumbré a él. Lo único para lo que lo usaba era para mostrarle fotos a mis familiares. Así que con algo más moderno me sentiría como esos coleccionistas japoneses que ganan subastas de cámaras fotográficas antiguas en empaque original y comprueban con rayos X que realmente esté ahí el producto nadamás para nunca sacarlas de la caja. Sería muy triste y creo que tendría más provecho e interés sencillamente usar ese dinero para lanzar billetes de $20 a la calle desde un quinto piso.

Otra alternativa que me han recomendado varias veces es el iPod Touch, que si ya leyeron lo anterior comprenderán que no le veo mucho sentido. Además de que históricamente ese producto ha sido muy aburrido y oficialmente para mi no existía; hasta la última versión se me hizo interesante, más que nada por la pantalla. Sería interesante leer comics ahí, cosa que no puedo hacer con las resoluciones tan bajas que manejo hasta el momento.

Así que realmente no sé qué hacer. No comprendo del todo que las alternativas sean tan voluminosas o tan complejas. Supongo que seguiré esperando hasta que salga un Kindle del tamaño de una tarjeta de crédito o algo así.

Marfil

Al escuchar la palabra es inevitable pensar en los colmillos de elefante, aunque se supone que todo diente de todo animal está hecho del mismo material (la diferencia viene a recaer principalmente en la definición de “diente”). Por infinidad de razones la palabra ha llegado a significar algo exótico e inalcanzable, pasando por la tangente de aquello excesivamente caro e inútil.

Pero el marfil tiene o ha tenido una importancia económica. Hoy en día es difícil encontrarlo, quizá solamente se siga comerciando por parte de los esquimales que utilizan legalmente marfil de foca y morsa. Yo he leído que este material ha sido usado en artículos de lo más común como botones, así como artículos de lujo en los que algunos todavía lo consideran irremplazable, como bolas de billar y teclas de piano.

No sé por qué estaba pensando en esto pero me di cuenta que el marfil es uno de los materiales que nunca he visto “en la vida real”. Sí, he visto fotos y leído leyendas pero nunca lo he visto ni de lejos, ya no digamos tenerlo en mano. Incluso el diamante y la amolita los he visto en exposiciones de geología.

¿Por qué es tan “inconseguible” el marfil? Pues porque a pesar de ser un recurso renovable de elevado valor, a nuestra especie no se le ha ocurrido la manera de criar a estos animales de manera rutinaria. Son herbívoros pero de alguna manera se encuentran en lo más alto de la cadena alimenticia: no tienen depredador natural, son la única especie (aparte del humano) que es capaz de matar a leones, tigres, hipopótamos y rinocerontes.

¿Por qué? No tengo una respuesta clara para esto, algo tiene que ver con el hecho de que los elefantes macho pasan periódicamente por un periodo de celo/locura en que se vuelven extremadamente peligrosos e impredecibles. Pero a la vez no comprendo como es que no existe al menos un intento de granja de marfil en el mundo. La caza de ejemplares salvajes ha sido siempre la fuente del marfil. ¿Por qué alguien no se pone las pilas en algún rincón y comienza a comerciar este recurso renovable de manera sustentable? Ni idea. Debe haber alguna solución posible, alguna alternativa. No me cabe en la cabeza que uno pueda comprar zapatos, maletas, chaquetas de piel pero, sin importar el precio, no pueda comprar productos de marfil por prohibiciones internacionales. ¿Donde quedó el emprededurismo?

Poka-yoke

“Poka-yoke” es un término japonés que a grandes rasgos se refiere a la prevención de errores en un proceso. Como ejemplo sencillo me viene a la memoria una cubeta para guardar bloques para armar que tuve en mi infancia: en la tapa tenía agujeros con las formas de los bloques. Cuadrado, círculo, triángulo… de manera que solamente se podían introducir por el espacio correspondiente los bloques de la forma adecuada. Suena sencillo y hasta irrelevante pero, aplicado a la industria, es algo que puede ahorrar millones en desperdicio e incluso salvar vidas.

Clac-clac.

Hace poco un familiar lejano más o menos de mi edad, disponiendo de un capital extra, decidió dar el paso y ceder a la tentación: se compró una pantalla (¿en qué momento dejaron de ser “televisiones” y se convirtieron en “pantallas”) enoooorme y lo último en videojuegos y entretenimiento digital.

Clac-clac.

tengo un televisor con historia, más de veinte años de historia. En más de una ocasión se ha descompuesto por descargas. Desde la segunda reparación de ese aparato, todo electrónico de valor en casa está conectado a un regulador. Desafortunadamente eran de esos reguladores de antaño, estilo los clásicos marca Sola-Basic que son una caja beige de metal. Entre sus inconvenientes están el contar con un pequeño fusible que hay que reemplazar cada vez que hay alguna descarga o cortocircuito así como el ruido. El balastro, corazón del aparato, vibra. Y, aunque es muy bonito como metáfora el latido que alimenta la electrónica moderna, llega a ser incómodo el ruido que hacen incluso cuando los aparatos están apagados.

Clac-clac.

Entre mis muchas costumbres que ya no se si sean excéntricas o no, se encuentra la de siempre visitar la sección de liquidación y ofertas en las grandes tiendas. Muchas veces se encuentra basura o mercancía dañada, pero no es nada raro encontrar cosas con buenas rebajas que de otra forma me lo pensaría bastante para comprar a precio completo. Así fue como vi un regulador más moderno hace unos meses. “¿Qué tiene de especial?” me preguntaba mi familiar, que por casualidad me acompañaba en esa ocasión y me miraba con reproche por comprar algo que en apariencia no necesito. Supongo que mi emoción en momentos como ese no es evidente, así que le expliqué que el balastro es silencioso y tiene interruptor magnético que solamente hay que “reiniciar” tras una descarga. Además, claro, que todo mecanismo para regular la corriente se va deteriorando con el tiempo y los reguladores que tenía son como de 1995. Inmediatamente compré uno para el ruteador y el televisor, que siempre están conectados. Más adelante quise volver por más pero ya se habían agotado.

Clac-clac.

Cuando, hace unos días, mi familiar me invitó a ver la pantalla y demás dispositivos ya instalados y darle una probadita, lo que vi me horrorizó: decenas de miles de pesos en equipo y la pantalla más grande que he visto en mi vida, conectados a una extensión  hecha en casa con lo que parecen ser restos y chatarra de instalaciones eléctricas previas. “¿Será seguro?” pensé, todavía queriendo creer en la cordura de esta persona. Cuando presionó el botón de encendido se escuchó un sonido contundente:

Clac-clac.

Y ahí estaba: uno de los reguladores en oferta que yo ya no conseguí. El interruptor lo había apagado todo automáticamente al detectar condiciones desastrosas. “No sé por qué pasa esto, según yo la extensión estaba buena” me dice calmadamente, mientras reinicia el regulador y mueve los cables. Inmediatamente ahí está:

Clac-clac.

Fueron dos o tres intentos, no recuerdo bien. Yo estaba estupefacto. Más por hacer plática que otra cosa le pregunto donde lo consiguió y me dice que lo vio después en otra sucursal, todavía con rebaja. Pienso que si me pasara a mi, desconectaría todo de inmediato y haría una auditoría de la instalación electríca. Pero ahí está el fallo: yo jamás usaría una extensión en esas condiciones. Finalmente todo funcionó y pasé un rato muy interesante curioseando con esas cosas que yo jamás compraría. Al despedirme moví el cable sin querer, y aquello no se hizo esperar:

Clac-clac.

“¿Por qué no compras una extensión nueva?” Le comento del modo más casual y neutral que me es posible. Me siento más allá de la incredulidad pero muy agradecido por los sistemas a prueba de tontos cuando me responde:  “Jaja ¡Con lo que acabo de gastar en todo esto!”

Clac-cac.