Piedras…

La historia se remonta … ya no me acuerdo, pero como doce años pa’atrás.  En uno de esos dias de febrero con sus vientos locos, el árbol que estaba en el camellón frente a mi casa se derrumbó, arrancado de raíz por las violentas corrientes. Yo venía en autobús de la escuela y fue desconcertante ver que se desvió varias veces de la ruta de todos los días. Al principio me pregunté si no me habría equivocado de autobús pero, al mismo tiempo que los demás pasajeros, noté que había árboles caídos obstruyendo el camino. En una de esas desviaciones cerca de mi casa pensé que llegaría mas rápido a pié así que mejor me fui caminando.

Puse cara de what cuando di vuelta a la esquina, por un lado se veía la hilera de coches circulando a vuelta de rueda para salirse de la avenida y entrar a una calle secundaria. Por el otro, el árbol que había estado frente a mi casa yacía en el asfalto, tapando los dos carriles. Y claro, no podían faltar los mirones aquí y allá. Cuando me dí cuenta de la cara que tenía, lo segundo que pensé fue que no tenía mucho sentido: el árbol era de esos que crecen demasiado altos y flacos y ni dan sombra, dos personas podían fácilmente arrastrarlo y liberar por lo menos carril y medio. No era como cuando aquel camión de volteo con sabe Dios cuantas toneladas de arena se descompuso a media glorieta. Y como buen miembro de la comunidad y ciudadano ejemplar que soy, pasé de largo y me encerré en mi casa, desentendiéndome completamente del asunto. A la mañana siguiente algún superhéroe ya había tenido la misma idea y el árbol estába aventado a un costado del camino, la circulación ya era casi casi normal. Pero ni yo ni ninguno de los vecinos mirones del otro día nos habíamos dado cuenta de que aquél árbol ralito y medio feo ocupaba una posición estratégica. Con su ausencia ese tramo de camellón resultaba ideal para que los coches se saltaran las pobres guarniciones y dieran vuelta en la avenida, ahorrándose los 30 metros hacia el retorno más cercano.

Creo que a nadie le gustó la idea porque hubo varios planes que, como todo proyecto vecinal, terminaron en fracaso. La tía de la vecina de la cocina económica se organizó con las señoras del grupo de estudio de la biblia para hacer una coperacha y compraron y plantaron unos pinitos feos que no duraron ni el mes. El señor del acuario de la calle de atrás puso ahí su anuncio con una enorme flecha “Acuario y mascotas para acá” y hasta acarreaba cubetones de agua sucia para regar los arbolitos aquellos. Al estacionarse en un paseo a una presa un familiar atropelló a un pequeño maguey y yo arranqué los restos y los planté ahí. Pareció al principio que iba a vivir y ya me imaginaba pasando a un lado de mi tieso y espinoso maguey cada mañana. Pero el tránsito de peatones no perdonó y a las pocas semanas ya estaba todo pisoteado y ya ni me acuerdo en qué acabó, el caso es que murió/desapareció.

En una ocasión que un auto pasó vertiginosamente y se dió la vuelta por ahí y casi atropelló a unas personas que estaban esperando el autobús en la esquina de enfrente nos lo tomamos más en serio. Alguien puso un poco de cascajo, yo transporté desde la presa un piedrón como de ochenta kilos y fue necesaria una maniobra de la kombi con cejass en sentido contrario para lanzarla al suelo por la puerta corrediza porque nadie en su sano jucio la iba a colocar ahí de otra manera, problema que las soccer moms de ahora no tienen porque sus modernas minivans japonesas traen puertas de ambos lados. Era eso o meter una pick up de reversa pero no perdamos el tiempo en cuestiones de logística.

La piedrota cayó y sacudió uno de los cadáveres moribundos de los pinitos, para gran consternación del peluquero coreano de enfrente que me miró siempre con el ceño fruncido desde entonces. Los pinos no tardaron en morir pero la piedra no se inmutó. Como dice la canción, uno cuenta los siglos mientras ella parpadea. Y así estuvimos contentos un rato hasta que otro árbol aledaño se marchitó y la historia se repitió. Pero en esta ocasión ya nadie se lo tomó muy en serio. Sí, los riesgos para los peatones eran los mismos, los coches tuneados con deslumbrantes luces de zenón seguían pasando a velocidades vertiginosas que no permitían leer las placas y todo eso.

Y entonces a mí se me ocurrió plantar unos arbolitos. Llevaba 15 años viviendo ahí y otros tantos con ganas de plantar ciertas especies pero en casa los patios siempre se habían cubierto de concreto y ninguna maceta es suficientemente buena para un árbol (una de tantas razones por las que no soporto los bonsais, pobrecitos arbolitos torturados). Y pues tomó década y media para que la idea hiciera click y se me ocurriera plantar en ese camellón. No sabía muy bien cual de tantísimas opciones sería la correcta pero sí sabía que tenía que ser algo muy rudo y aguantador y como de un metro o más de altura para que tuviera al menos una oportunidad. Y quizá flores que no necesitaran mucha agua para ablandarle el corazón a los vecinos y que de vez en cuando alguno se acordara de echarle un cubetazo de agua. Para no hacer el cuento largo baste con decir que ninguna planta murió, aunque algunas si “desaparecieron” gracias a que el departamento de parques y jardines no está muy familiarizado con ciertos pastos africanos y los consideró una plaga, de modo que los removió de raíz. Me da mucha risa cuando paso por los jardines del nuevo mall “de lujo” en la ciudad y tienen exactamente esa planta, o cuando lo veo por entre las rejas del exclusivo campo de golf. También pueden encontrar la variedad “vulgar” de un color más claro en el parque bicentenario de SLP, donde tuvo que pasar un muy exigente casting para ser seleccionada entre otras muchas especies compatibles con el biotopo de la región. Ya ni ganas me quedan de señalar que era ideal para el suelo pobre y las escasas aguas que caen en la región. A veces algunas personas se roban las espigas pero no es el fin del mundo. Además crece muy rápido por lo que no es gran inconveniente que de vez en cuando algún bruto lo pise o algún jardinero incauto y descalaficado le de una rasurada con la desbrozadora marca Truper. La mayor preocupación sería la flamabilidad de las hojas secas pero ¿un incendio en el camellón? ¿en serio?

Bueno, frustraciones aparte, lo que noté es que esos empleados blanden su desbrozadora como si no hubiera un mañana y dañaban los pequeños troncos de mis arbolitos. Ahora una breve lección de biología: ¿cómo funciona un árbol? pues a grandes rasgos el tronco es una estructura fibrosa de multitud de vasos que acarrean agua y nutrientes del suelo a las hojas, conforme el árbol crece los vasos del centro del tronco mueren y se convierten en la columna de madera que soporta el peso de todo lo demás. Únicamente la capa más externa del tronco está viva, así que si quieres matar a un árbol basta con agarrar tu navaja y hacer un corte de unas dos pulgadas que le de la vuelta al tronco. O en menor escala para árboles jóvenes nomás hay que pasar la desbrozadora alegremente alrededor… por eso volví a la presa y me traje unas piedras como de 5-8 kilos para rodear y proteger los troncos. Y así fuimos todos felices un rato.

Pero entonces llegó la señora loca de la tiendita de baratijas de al lado con sus anuncios de cartulina y su soporte metálico de PTR que con la más leve ventisca se cae al piso. Y se le hizo fácil agarrar mis piedras y ponerlas en la base. Y pues ni modo, a pesar de que en una ocasión me vió examinando las piedras en la base de su anuncio y me dijo que las iba a devolver en la noche, lo más seguro fue ir y acarrear más piedras.

Los arbolitos del camellón, mal que bien, ya cumplieron el año. Ninguno murió. Y el otro día que pasé por un fraccionamiento residencial vi que en una casa habían puesto montones de piedras pesadas como que para que nadie se estacionara ahí (contradiciendo no sé cuantos reglamentos y normas de tránsito). Y pensé que algunas eran muy adecuadas para mis árboles. Y pensé en “robarlas”. Y luego me dio mucha risa porque ¡¿robar piedras?!

Las piedras no tienen dueño.

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Museo de rarezas

Entré a trabajar a una empresa de renombre internacional y de dinero. Tiene una planta (industrial) en algún lugar lejano a la ciudad en donde vivo. Diariamente camino tres cuartos de kilómetro del estacionamiento a mi escritorio. Lo primero que me sorprendió de esta travesía (que, sumada a la ida y vuelta al comedor da un total diario de kilómetro y medio a pie) fue la extraña impresión que me dejaron los jardines. Son… una colección de rarezas sin sentido, sin combinar. Una serie de plantas que alguien plantó alguna vez y/o que tal vez ya estaban ahí antes de que la empresa se estableciera. Yucas y rosa laurel en el estacionamiento un grupo de Eucalyptus Cinerea a distancia regular uno del otro y en línea recta, en una formación que no puede ser natural, cítricos camino a mi edificio. Dichos cítricos los vi morir, lentamente, pues no había infraestructura de riego ni nada similar. Pensé en llenar el traste que diariamente llevo para beber agua y con él rociar los limoneros pero ¿y cuando yo me vaya? ¿no sería eso solo prolongar una lenta y dolorosa muerte? Pensé en pedirle la cubeta a la señora de la limpieza… Me costó trabajo pero pasé diariamiente a su lado, viéndolos morir. Eucaliptos, de diversa estatura, una que otra palmera no identificada y grupos de sauces aquí y allá, de décadas de edad, definitivamente habitantes del lote desde años antes de que se registraran las marcas que fabricamos.

Me da miedo pasar por el logo de la empresa podado en pasto, rodeado de rosales. Seguido de un grupo de flores que no sé identificar y que se secaron por falta de riego, a pesar de que están camino a las gerencias, donde sí hay sistema de riego. Veo florecer un diminuto panalillo al lado de un registro hidráulico en el suelo y me dan ganas de vaciar mi botella de agua potable porque es una planta diminuta, aparentemente frágil, pero de indescriptible tenacidad que sobrevivirá. Echo una mirada al horizonte y ahí veo los panalillos grandes, sembrados como planta decorativa a unos 50 metros de distancia, rodeando un bizarro arreglo de arbustos frente a una ventana del edificio de oficinas administrativas. Semillas más pequeñas que la cabeza de un alfiler que han florecido donde no debían.

No, es una batalla que debe pelear sola. Si va a sobrevivir ahí, en suelo desértico sometido a temperaturas bajo cero, todo lo que yo pueda hacer no será mas que una ilusión. Desvío la mirada a la telaraña que crece entre los cipreses, plantados a distancias irregulares ¿o alguna vez estuvieron a un metro uno del otro pero han fallecido muchos? Hay una araña grande y gorda, a la espera. Incontables veces he visto a los saltamontes brincando, desconcertados, golpeando una y otra vez contra los muros del almcén, de los bodegones fríos e impersonales donde fabricamos productos que la gente usa unas cuantas veces y luego deshecha. Pequeños animales de una pulgada, si acaso, que brincan medio, casi un metro, buscando una salida. Los detenemos en su infinita e incansable procesión porque hemos decidido que ahí es un buen lugar (barato, más que nada) para colocar un almacén.

Comienza la construcción, la expansión de una bodega. Llegan los trabajadores y la maquinaria, extraen de raíz y en partes, cuando es necesario, árboles y palmeras. Palmeras que sin duda llevan décadas creciendo ahí, luchando contra las inclemencias del tiempo, la sequía constante y los químicos que sin duda alguna liberamos al ambiente.

Camino a mi auto me doy cuenta que hay basura que el viento arrastra por el asfalto. Son flores secas del rosa laurel. Crece con tanta fuerza, con tal vitalidad, en un rincón del estacionamiento, que las flores marchitas forman una alfombra cafecácea, movíendose al son del viento. Dios la bendiga, pienso de la planta, al pasar. Debe tener por lo menos tres años de edad, ya capaz de resistir la sequía y, si hay suerte, las temperaturas bajo cero. Está haciendo lo que todos venimos al mundo a hacer: sobrevivir, dejar alguna forma de descendencia. Soñar, tal vez.

Cada dia, en el comedor, echo una mirada a la ventana. Hay un montón de magueyes y cactáceas creciendo en una pequeña loma que se me antoja artificial. Magueyes de un verde azulado que me superan en altura, espinosos. He visto un par de ardillas asomadas por ahí, no sé de qué viven, ignoro qué hacen ahí porque según yo las ardillas viven en los árboles. Sonrío al ver una parvada de pájaros pasar por el cielo y desaparecer entre los eucaliptos. Quizá lo único que siento en su lugar son los formios que crecen frente a las amplias ventanas de la enfermería.  Es una planta australiana, neozelandesa, en forma de abanico. Las hojas verdes, dispersas, de más de dos metros de longitud. Viene del desierto, crece en bulbos como las papas, la cebolla o los tulipanes. Y esta ahí, decorando con perfecta simetría, inmune, inexpresiva ante todo el movimiento que sucede a su alrededor. ¿Sabrán los jardineros de la empresa que es momento de separar los bulbos, machete en mano, y plantarlos en otra parte? Han sobrevivido a las hostilidades del entorno y es momento de darles una oportunidad. Pueden seguir ahí pero no serán más que una bola incomprensible de hojas con forma de espada.

¿Quién las habrá puesto ahí? ¿Habrá algún jardinero en jefe? ¿Alguien encargado del medio ambiente? Prefiero no investigar demasiado y retirarme en silencio. Sé que es un asunto de selección natural y no tan natural.

Petunias

La compré en un tianguis cuando iba en compañía de una mujer “promedio”. ¿Qué quiero decir con esto? Pues no lo sé exactamente pero hay una diferencia muy clara: a ella le gustaron las flores blancas. ¿Simplemente blancas? ¿Qué hay de los ejemplares que alternan rayas blancas y fucsia que de seguro costaron generaciones de crianza en invernadero para lograrse y que hoy están, por designio divino de la globalización y el consumismo,  al mismo precio?. Pero ella lo dejó claro: blancas. Bueno, será algo zen, será por la pureza o algo así.

La petunia ya no cabe en la maceta

Me tomó mucho más esfuerzo del imaginado taladrar el concreto del techo, introducir los taquetes e instalar las armellas. Planté las petunias en unas macetas colgantes, con gancho y todo, y lucieron hermosas por meses, ahí colgadas a la entrada de la casa. Un poco de luz, un poco de agua fue todo lo que pidieron para crecer y florear con furia, como si se les fuera la vida en ello. Por meses.

Murieron a causa de una plaga que no pude controlar. Vi cómo la vida les era succionada por unos pequeños insectos.

¡Dios! ¡Cómo las extraño!

Semillas de jacaranda =)

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Las recolecté en el parque tangamanga 2.

La jacaranda, un árbol muy adecuado para ambientes ubranos porque no requiere muchos cuidados, crece rápido, tolera la contaminación (se dice que absorbe sin problemas el plomo que se produce con la combustión de la gasolina) y que además constituye una de las vistas más peculiares del paisaje de la ciudad, ya que en invierno pierde todas sus hojas y en primavera se cubre de innumerables flores de color púrpura, para más tarde, alrededor de abril, dar estas peculiares formaciones que ni son vaina ni son fruto. Una especie de conchas *maderosas* en las que se encuentran muchísimas semillas aéreas.

Como dato de trivia, aunque la totalidad de jacarandas que se dejan ver en México son de flor morada y esto nos puede llevar a concluir que es el único color de floración de esta especie, existen jacarandas de flores azules y blancas.

Más datos de trivia:

– Sus hojas son más parecidas a las de un helecho que a las de un árbol.
– No resiste temperaturas heladas por debajo de los cero grados centigrados
– Su pariente más cercano es la llamarada (Pyrostegia venusta) una enredadera/trepadora que no se parece en nada a la jacaranda. Pero si se fijan en las flores, verán que las formas y estructuras son idénticas, aunque de distinto color.
– Las abuelitas comúnmente dicen que este árbol florece cada dos años. Yo lo encontraba difícil de creer pero es cierto en muchos ejemplares. Se debe a fluctuaciones irregulares en la hormona que controla la floración.
– Se dice que su madera es de color rosado y muy agradable para la fabricación de muebles, aunque yo nunca he sabido de nada hecho con madera de jacaranda.