– ¡RENUNCIO! -…

Minientrada

– ¡RENUNCIO! –  le dije a mi jefe – Porque en esta empresa me dan muchas largas.

– Está bien, yo te busco mañana… – me contestó.

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#lunesFAIL vol. 2

La semana pasada llegué bien tarde al trabajo, pasando por mucho los quince minutos de tolerancia que tenemos en donde trabajo. Este domingo decidí dormirme temprano, dejar todo preparado para levantarme de la cama como resorte y llegar mínimo diez minutos antes de la hora de entrada.

El plan funcionó. Camino al trabajo todo lucía diferente: estaba más oscuro, el tráfico estaba mucho más relajado e hice tiempo record en llegar. No me sorprendió que las rejas del estacionamiento estuvieran cerradas y el guardia de seguridad abriera en ese momento para darme paso. Había lugar de sobra para estacionarse así que acomodé el auto en uno de los codiciados cajones que están cerca de la salida de vehículos y de la entrada peatonal. Ahí debí haberme dado cuenta de que algo andaba mal: se supone que aquí se trabaja las 24 horas. Pero como era tan temprano, no le di importancia.

Mientras caminaba los tres cuartos de kilómetro que separan la caseta de vigilancia de mi escritorio, vi que a lo lejos, en uno de los jardines, estaban acomodando mesas, sillas y gazebos. “Algo navideño” pensé y la verdad es que no andaba tan errado. Llegué a mi edificio, subí las escaleras y tuve un flashback a “Silent Hill: The room”.

 
14/12/2011

Debí haber interpretado las señales cuando en el camino había visto que en una cierta empresa había juegos mecánicos y en las parroquias lanzaban cohetes. Sucede que el 12 de diciembre es descanso festejo obligatorio impuesto por el sindicato. Di media vuelta y volví a casa.

 

Su seguro servidor (del horror)

El servidor llegó en abril.  Por falta de infraestructura no se instaló en ese momento. Cuando lo arrancamos no hubo problemas pero eso no duró. Repentinamente comenzó a reiniciarse una vez tras otra, sin siquiera completar la pantalla de booteo. El soporte técnico de HP nos dijo que retiráramos uno de los procesadores. Para mi eso fue bastante extraño e inadecuado, principalmente por la posibilidad de dañar el procesador en si, los pines y el inevitable daño a la pasta térmica. Funcionó, por un tiempo. Fue posible instalar el sistema operativo pero al dia siguiente volvieron los reinicios.

HP acordó enviar reemplazos de los procesadores. Semana y media después, solamente llegó uno. Funcionó, también por un tiempo. Pudimos cambiar el sistema operativo. El sistema empezó a marcar errores incorregibles en RAM, en concreto dos ranuras de las tres que usábamos en el único procesador que funcionaba. Se levantó el reporte. Llegó el segundo procesador pero no funcionó. Un día el servidor dejó de responder a todos nuestros intentos. Tras varias llamadas de mínimo dos horas a HP haciendo el mismo ballet de conectar y desconectar componentes, nos enviaron una fuente de poder y una tarjeta de RAM nuevas. Una semana después llegaron y no surtieron ningún efecto.

Otra llamada de varias horas a HP después, acordaron mandar a un técnico a reemplazar la tarjeta madre. Llegó a los dos días y le tomó varias horas reemplazarla y hacer las pruebas. El servidor seguía sin encender. Volvió al dia siguiente con una fuente de poder nueva. Si, otra vez. Tras cuatro horas no había resultados.

Él técnico solicitó el reemplazo de lo único que faltaba, el backplane. Pero probó también examinando el botón de encendido. El mecanismo interno estaba mal. Lo arregló a base goma de mascar, cinta adhesiva y plegarias. Nos dijo que esa pieza no se podía reemplazar.

El servidor ahora funciona. Por primera vez corre todo con dos procesadores y 12 GB de RAM ¿por cuanto tiempo?

The weird social incident

No me había decidido por un título para mis memorias/autobiografía/biografía autorizada (esta última trae tamales… digo, esta última en caso de que esté yo incapacitado para escribir a esas edades). “No quiero mentir” (suena a que salgo del clóset a los noventa y tantos), “Después de tantos demonios” (como si hubiera sido exorcista de profesión) y otros varios nombres bizarros se me han ocurrido. ¡Quién fuera Celia Cruz para cantar su vida al ritmo de “La dicha mía”! Pero de todos, creo que este sería el más descriptivo. Tanto porque, para bien o para mal, los incidentes sociales fuera de lo común me han marcado como porque son lo que creo cubre lo que más podría interesarle a la gente saber de otra persona.

Pues bien, lo que pasó va más o menos así. Tengo un coworker con el que paso mucho tiempo, prácticamente todo el día en la oficina con él al lado. En silencio, porque no soy muy bueno que digamos para eso de la plática. Mi coworker me cae muy bien, es alegre, trabajador y servicial. Muy platicador. Diario lo mandan por las gorditas y nunca se olvida de preguntarme si voy a pedir algo a pesar de que solamente he pedido dos veces en seis meses. Me dan ganas de abofetearlo y zarandearlo para hacerlo entrar en razón de que termine la carrera en vez de estar ahí languideciendo todo el día frente a la computadora haciéndola de capturista y mandadero. Pueden considerar esa falta de plática el incidente social incómodo más prolongado de mi vida… y creo que todavía le quedan muchos meses.

Mi coworker nos platicaba de su novia, la conoció por messenger, no llevan 15 dias y hoy le trajo lonche. Todo mundo lo estuvo acarrillando. Eso fué después del pedido diario de gorditas, el coworker ya había comido y el itacate que le llevó la novia tenía porciones generosas de… gorditas. Y arroz con leche. Nos invitó, pero como que todos ya habían tenido suficientes gorditas por el día. Yo, que no había comido, lo vi como una oportunidad de ser amigable (y de traerles el chisme de las gorditas de la novia, yo todo lo hago con más de una intención, aunque no lo parezca y ni yo mismo lo sepa en ese momento). Ahí voy a la cocina, incluso me metí a la plática entre el y la esposa del jefe del jefe y compartí mis intimidades acerca de los noviazgos y las pedidas de mano. Entonces agarro la gordita que la novia cocinó con amor y probablemente traía toloache. Se rompe. Tirando su salsoso y grasoso relleno. Sobre las demás gorditas. Me río, la risa es el lubricante social y dicen que es de genios eso de tener la habilidad de reírse de uno mismo. “No hay problema” le digo al coworker. Agarro un platito y una cuchara desechable de esas de plástico que con cualquier cosa se rompen. Pongo la gordita en el plato y comienzo a recoger el relleno con la cuchara. No sé cómo, pero la cuchara se atora con la cafetera. El plástico es flexible, funciona como resorte y acumula energía convirtiéndose en catapulta. La tensión es liberada con un certero lanzamiento del sacrosanto relleno, directo al zapato de mi coworker.

Creo que la gordita era de huevo rojo.

Training day

Siempre sentí que mi entrada al ambiente laboral de oficina, y en particular “esa” oficina, fue un tanto fortuito. Yo estaba buscando cuando menos una entrevista en toda vacante que veía. Buscaba empleo desesperadamente. El nombre de la empresa no me había dicho nada y de hecho el puesto que había visto en particular estaba un poco fuera de mi alcance y experiencia. Confieso que yo había “maquillado” descaradamente mi curriculum. Por eso me espanté un poco cuando llamaron “diablos, tendré que improvisar bastante” pensé, pero creía que aunque mis posibilidades fueran pocas, podría aprender de la entrevista y echar un ojo a la empresa en cuestión. Mínimo quedaría satisfecha mi curiosidad pues la oficina se encontraba en un edificio que siempre me había llamado la atención además de que descubriría a qué se dedicaba esa enigmática empresa.

Llamaron un jueves, la fecha de la entrevista quedó para el sábado. Primeras inseguridades: ¿qué me pongo? Definitivamente sería overkill ir de traje aunque bueno, dicen que uno no puede equivocarse con eso y que hay que ser admitido en el equipo antes de poder usar el uniforme. Me decidí por un pantalón de vestir y una camisa heredada de mi abuelo, quien siempre tuvo muy buen gusto para vestir. Los zapatos que compré hace varios años y que he usado únicamente en tres ocasiones. Me presenté a la hora acordada y desde el principio comenzaron las formalidades: firmar la entrada con el guardia de seguridad, dejar una credencial y colgarme el gafete de visitante, pasar al laberinto de cubículos. La espera llena de dudas ¿me están examinando a través de la cámara de seguridad? Finalmente, la entrevista en sí. Me atendió un hombre joven y delgado que usaba lentes. Amigable pero alcancé a notarlo reservado, suficientemente seguro pero no del todo firme. Yo estaba hecho un manojo de nervios pues, aunque había trabajado antes, no había sido nunca en un ambiente tan formal y corporativo. Por Dios ¡qué ingenuo e inexperto era yo! pero esa es otra historia. Hablé poco, no fui suficientemente extrovertido, di respuestas inadecuadas. Quedó claro que el puesto para el que me estaban evaluando no era el mismo para el que yo había enviado mi curriculum pero era una de mis pocas oportunidades. No recuerdo cuanto duró y salí de ahí bastante convencido de que jamás me contratarían, todo debía haber sido una gran pérdida de tiempo.

A mitad de la semana siguiente llamaron: me habían aceptado y debía presentarme al día siguiente para mi primer día en el nuevo trabajo. Sentí una gran alegría y corrí a comprar unos zapatos para usar diario, que necesitaba urgentemente. No importaba que el puesto estuviera por “debajo de mis capacidades” (infinito jojojo), que la paga y prestaciones no fueran tan buenos y cosas así. ¡Por fin iba a tener trabajo, caray!

Me presenté a mi primer día impecablemente vestido, con mucho ánimo aunque con cierta inseguridad. Pasaron las formalidades de firmar contrato, tomarme foto para el gafete de acceso, un breve paseo por las instalaciones y lo importante: conocer y quedarme en manos de la persona que me entrenaría y me dejaría el puesto: el Licenciado Pedrones quien me recibió, hay que aceptarlo, con escepticismo. A primera vista no me impresionó, él era gordo y bajito y tenía esa fea costumbre de hablar con aires de grandeza. Era su voz, sus gestos, los movimientos de sus manos… todo me resultaba un poquito falso. Pero me pareció al principio muy profesional, tiene la mágica habilidad de dejar contentos y satisfechos a todos los que solicitaban su ayuda y sabía muy bien romper el hielo y la tensión, una de esas personas a las que nunca le falta la plática. No negaré que me ganó y logró impresionarme a lo largo de varias semanas y le aprendí muchas cosas en ese respecto.

Tuve muchas dudas ese primer día, principalmente al enterarme que Pedrones estaría conmigo solamente el resto de la semana y después tendría que arreglármelas yo solo. Pero no tardó en suceder algo bastante peculiar en ese primer día de trabajo, que terminó por convertirlo en un día que no sería representativo: el jefe de jefes había arruinado muy feamente su equipo de trabajo y el caso se convertiría en la máxima prioridad. Pasé buen rato de pie, sin aportar nada, únicamente haciendo preguntas, dudando si serían preguntas adecuadas o inteligentes, viendo como Pedrones desarmaba otra máquina para arreglar, a toda prisa, la del líder local. Luego yo me enteraría que ese tipo de arreglos no procedían de acuerdo a los lineamientos de la empresa y otras irregularidades.

La jornada llegaba a su fin y yo estaba francamente cansado. Yo no sabía bien (y no entendería hasta después) por que Pedrones tenía dos computadoras y estaba empacando una para llevar, él seguía explicándome detalles y empezó a hablar de cómo podía “tomar” lo que “necesitara” de la bodega. “No estás robando” dijo “xxxx es una empresa enorme que gana millones”. Total, como arrancarle un pelo a un gato.

Este post fue originalmente publicado en Pipotweets y es parte de una serie, publicada a lo largo de tres años, que habla de mis experiencias al terminar mi carrera. Comienza con “Regreso a clases y la crisis de los últimos semestres“, seguido de “Como Holden Caulfield“, “Cuando el futuro nos alcance“, “Toma el dinero y corre“, “Over the counter“, “Training day” y terminará con “El último fin de semana”.

Over the counter

El descubrimiento en el aviso clasificado sonaba bastante bien pero, como siempre, está la duda ¿no parecía acaso demasiado perfecto? La descripción del puesto era como parafrasear el apartado de mi experiencia laboral en proyectos pasados. El nombre de la empresa, aunque desconocido para mí, resultaba imponente. Quizá por eso mismo no brindaban información de contacto salvo por un número telefónico. Llamé pensando que me dirían lo común: que mandara mi curriculum por email, incluso tal vez no me revelarían el dato hasta completar una breve entrevista telefónica de rigor. La señorita que me atendió se mostró hasta ciento punto hermética, no brindó ningún dato adicional y se negó a responderme un par de preguntas que le hice sobre el puesto, con el único fin de determinar si sería adecuado iniciar el proceso de reclutamiento. Insistió en que debía presentar mi currículum personalmente a cierta hora y me dio el domicilio.

Consulté los detalles en un mapa y encontré que efectivamente la empresa se ubica al otro lado de la ciudad. Debido a que no me era posible disponer del auto y para evitar retrasos salí a la mañana siguiente en un taxi que pagaría con dinero prestado. Poco a poco nos fuimos alejando de las colonias “bien” y, justo cuando parecía que también nos alejaríamos del mundo civilizado, me percaté de que ya nos habíamos pasado, según la numeración de las casas. “Tal vez se trate de una bodega” pensé. Caminé por la calle buscando un techo alto, algo que asemejara una nave industrial o al menos tuviera pinta de oficina. Nada. Me encontraba en una “avenida” ancha y polvorienta, plagada de diminutos negocios familiares. Seguí a pie solo para notar que nuevamente me había pasado. Volví sobre mis pasos, resignado a que a esas alturas únicamente se podría tratar de una pequeña entrada escondida en algún lugar. Entonces vi el nombre que buscaba, escrito en un sucio letrero de lámina.

Llámenlo ilusión, desesperación o sencillamente el deseo de sacar lo mejor posible de la situación, pero no perdí los ánimos al ver aquel pequeño local olvidado de todos. Los mostradores antiguos, con cristales rotos y vueltos a pegar con silicón, el aroma a metales, grasas y demás materiales tan característico de lugares así. Esperé a que los clientes que había salieran, me presenté y amablemente pregunté por la persona a cargo. Me dijeron “ok, ahorita viene” y me mandaron a esperar en un mostrador algo alejado, a un lado de la caja registradora. Esperé unos minutos y llegó un hombre con rostro triste y deprimido, me dió un apretón de manos bastante aguado por encima del mostrador y me pidió mi currículum. No hubo el tradicional “pasa” seguido del entrevistador abriendo la puerta de su oficina, antes del “siéntate”; nisiquiera hubo asientos. No sabía yo que pensar, lo único que podía hacer era ver mientras él leía, aparentemente sin entender la teminología técnica que es inevitable en mi carrera. No estoy seguro pero me parece que repasó el documento dos veces antes de volver a hablar conmigo. Me desconcertó que no me hiciera ninguna pregunta de momento sino que empezó a describir las funciones del puesto. Sonaba un tanto irreal, incomprensible dadas las dimensiones del negocio y apesar de las varias sucursales que dijo tener a lo largo de la república, en especial cuando mencionó que en ese momento nos encontrábamos en las oficinas centrales. Finalmente me hizo unas cuantas preguntas y sí, era mi perfil, tenía experiencia en el área aunque quizá me encontraba un tanto oxidado en un par de aspectos, debido a que mi último empleo fue algo distinto. ¿Podría yo realizar el trabajo? ¡Claro que sí! Me dijo que mi curriculum lo revisaría la persona encargada del área, que de momento se encontraba fuera de la ciudad y me contactarían. 

Nos despedimos con el mismo apretón de manos aguado, luego de una de las entrevistas de trabajo más raras que he tenido. Sobre todo me llamó la atención el secretismo que se manejó en todo momento, lo improvisadísimo de la situación y la actitud de la persona con la que hablé, que en todo momento se portó como si supiera de lo que estaba hablando y como si hacer viajar a la gente hasta un rincón de lo más pérdido sin razón aparente fuera perfectamente normal. Del asunto me quedó una sensación bastante extraña.

Este post es parte de una serie, publicada a lo largo de tres años, que habla de mis experiencias al terminar mi carrera. Comienza con “Regreso a clases y la crisis de los últimos semestres“, seguido de “Como Holden Caulfield“, “Cuando el futuro nos alcance“, “Toma el dinero y corre“, “Over the counter“, “Training day” y terminará con “El último fin de semana”.

The index

Es probable que lo van a leer no sea más que una leyenda urbana.

Platicando con varios conocidos sobre el escabroso tema de la beca crédito del TEC, salieron varias ideas extrañas que la gente que no se ha enrolado en el ITESM tiene al respecto. La que más me llamó la atención fue que a los exalumnos que no pagan su adeudo, el TEC los incluye en una lista negra llamada simplemente “el índice”. Se supone que antes de contratar a cualquier egresado del TEC, las empresas checan si este se encuentra en el índice y en caso de encontrarlo, no le dará el empleo.

Ahora bien, esta es precisamente la clase de mitos autóctonos que giran en torno a tan divertida institución y lo que me sorprendió en esta ocasión es ver lo fácil que la gente se lo cree. No, no estoy diciendo que sea o no verdad, realmente ninguno de los que estábamos en la conversación estamos en posición de saberlo con certeza. Pero así tal cual como lo platican no le veo mucho sentido. ¿Qué incentivo tendrían las empresas para siquiera checar este índice? Más aún, ¿qué motivación podrían tener para rechazar a un candidato solo porque el ITESM lo ha añadido a su lista negra? Vamos, para empezar ¿por qué confiarían en esa lista?

Yo, la verdad, no le encuentro sentido. Falta información. Aunque el TEC si tiene una lista negra de empresas con las que evita cualquier clase de contacto, suele ser porque en ocasiones anteriores la colaboración con dichas empresas ha resultado catastrófica para ambas partes y pues es mejor tener cierta dignidad.

Como la supe, se las endoso.