“She doesn’t know the ‘lament of the nerd’. Every geek that gets into their late twenties looks back at all the girls/women that crossed his path and sees how the good-looking ones were always trying to get something. How many of them had I helped in study groups? They never overlooked the bad acne and eczema that followed me to UCLA. How many tires did I change and computers did I fix, hoping for a number from a grateful coed? How many boxes and pieces of furniture did I carry because a pretty pair of lips asked me?”

– de “Confessions of a D-list supervillian“. No que sea mi caso, pero…

“Y Pese a Todo…” de Juan de Dios Garduño

No es usual encontrarse con novelas que logran resultados tan buenos a partir de tan poco. Solo se me ocurre la saga “Apocalipsis Z” (que fue la que dio origen a la serie Z de esta misma editorial). Por eso y más creo que, de entre los muchos títulos que Editorial Dolmen ha publicado en torno a la temática zombie, este sin duda ocupa un lugar especial.

En un mundo que ha caído a causa de la guerra química, conocemos a Peter y a su hijita Ketty, y Patrick que vive cruzando la calle con su perro. Son los únicos supervivientes de los que se tiene noticia en Bangor, Maine. Y por lo que ellos saben, podrían ser las únicas personas vivas en todo el mundo.

En medio de un invierno nevado, lo más lógico sin duda sería formar una alianza, pero Patrick y Peter compartieron en el pasado una cercana amistad que no terminó bien y ahora no les permite reconciliarse. Esto los conduce a un aislamiento total del mundo, donde incluso su único semejante con vida es considerado hostil, a la vez que proporciona un cierto alivio al saberse, en cierta forma, acompañado en el apocalipsis.

La historia no es muy larga y se lee con auténtico interés por los personajes. Es en realidad un tributo muy grande a las clásicas novelas de terror de Stephen King, no únicamente por el lugar en que se ubica. Hay que mencionar que los seres humanoides con los que Garduño puebla este escenario de pesadilla no son precisamente zombies, pero en definitiva comparten mucho y si te gustan las historias de este tipo no me cabe duda disfrutarás esta novela. Yo no podría pedirle nada más.

Una maravillosa sorpresa que exuda verdadero amor por las novelas de terror y que actualmente se está convirtiendo en película bajo el título “Welcome to Harmony“.

Manuel Loureiro – “Apocalipsis Z: la ira de los justos”

He reseñado las tres partes de esta trilogía:
Apocalipsis Z
Apocalipsis Z: los días oscuros
Apocalipsis Z: la ira de los justos

La tercera entrega de la saga era inevitable, considerando el boom de literatura zombie que inició en España la primera novela y el creciente interés del público actual en todo lo que tiene que ver con no muertos.

Llegué con sentimientos encontrados a “La ira de los justos” pues el volumen anterior no me convenció del todo y lo sentí como un producto más del marketing tanto por el cambio de editorial que hizo Loureiro, tanto como por el desenlace que apunta tan descaradamente a una continuación.

Sin embargo me resulta asombroso el rumbo que sigue esta última parte de “Apocalipsis Z”. Comenzamos con la noticia de que la Korea comunista ha sobrevivido gracias a la mano dura que ha aplicado su líder, quien gracias al hermetismo en el que mantiene a la población, ha limitado el conocimiento de la catástrofe mundial y ha logrado que el país siga funcionando. La historia principal se retomada inmediatamente donde se quedó la anterior, con Lucía, Pritchenko, Lúculo y el abogado siendo rescatados por un buque petrolero con una tripulación muy preparada para cumplir con su misión: transportar combustible a la que puede ser la última comunidad de los Estados Unidos de América.

Nuestro grupo de sobrevivientes es invitado a unírseles, pero el alivio y la sensación de seguridad no duran mucho pues pronto descubrimos que existe una severa división de clases en esta sociedad. Los koreanos interceptan comunicaciones por radio del petrolero y lanzan una arriesgada misión para apoderarse del petróleo del otro lado del charco.

Así es como nos dirigimos a la República Cristiana de Gulfport, Mississippi, gobernada por el Reverendo Greene y donde se procura que la vida siga tan normalmente como es posible y sin que falten lujos. Al menos así es para las clases privilegiadas, que deben su cómoda existencia a la esclavitud de los ilotas. Nuestros protagonistas, que al principio apenas pueden creer su suerte, no tardan en darse cuenta de los horrores que se viven en esta comunidad pero realmente no hay muchas alternativas: ser cómplice o probar suerte en tierras salvajes fuera de las murallas.

Pero hay algo más siniestro aún: se ha desarrollado lo que parece ser una cura y se le utiliza para el genocidio en nombre del Señor.

A la par de esta trama, seguimos la misión Koreana en su penoso recorrido hacia la República Cristiana, así como a la planeación de una revolución por parte de los ilotas, conjugándose todo en un desenlace lleno de peligro y acción.

A mi me costó trabajo al principio seguir los distintos hilos con los que se va tejiendo la historia, pero al final creo que Loureiro satisface a sus lectores con un desenlace bastante digno donde cada pieza encaja en su lugar. Tenemos a una Lucía que deja de ser la princesa rosa para convertirse en una aguerrida superviviente, al Viktor Pritchenko dispuesto a cualquier sacrificio y a más de un villano con sed de poder.

Si algún defecto puedo señalar es que el comentario social y político no es para nada sutil, pero creo que queda bien compensado con el tratamiento digno de los personajes, que pasan por el infierno mismo con tal de sobrevivir. Hay de verdad momentos escalofriantes y planes macabros.

El final no resulta del todo blanco o negro, es más bien agridulce pero con la medida justa de esperanza en medio del apocalipsis, lo cual fue una agradable sorpresa, al igual que finalmente descubrir un detalle del protagonista que se había mantenido oculto.

No puedo dejar de hacer una reevaluación de esta trilogía pues al momento de terminarla y habiendo leído ya otros famosos libros de zombies, ha cambiado la valoración que le doy, subiendo varios peldaños. Es en verdad una de las sagas mas entretenidas y satisfactorias que he leído en el género.

Tres libros de John Hornor Jacobs

Lo primero que leí acerca de este autor fue un post de Boing Boing. El nombre no me sonaba de ningún lado y encontré que solo tiene unos cuantos libros publicados desde hace pocos años. Lo curioso fue que, aparte del libro recomendado, sus otras dos novelas también me llamaban la atención y no eran demasiado largas, así que decidí echarles un vistazo. Fue una agradable sorpresa ver que cada libro era mejor que el anterior. Así que me gustaría comentarlos en orden cronológico de publicación. Desconozco si están disponibles en español, aunque creo que no todavía.

“Southern Gods”

El alto y fuerte “Bull” Ingram, veterano de la segunda guerra mundial, hace las veces de ajustador de cuentas de un prestamista. Entonces un DJ de una estación de radio de blues lo contrata para encontrar a un amigo suyo que desapareció misteriosamente en un viaje de negocios. Se cree que esto tiene que ver con Ramblin’ John Hastur, un personaje del que solo se sabe que transmite blues desde una estación de radio pirata, cuya música se rumora que tiene el poder de volver locos a los vivos y hacer que los muertos se levanten.

La búsqueda de Ingram se entrelaza con una subtrama más grande que involucra antiguas deidades. El relato es un tanto lovecraftiano y me gustó mucho la manera en que se imagina la maldad de esos dioses que no tienen contemplaciones hacia el ser humano. Este libro me recordó a “American Gods“, aunque tiene un estilo más siniestro y, a mi gusto, mucho más directo y digerible. En lugar de las elaboradas escenas cinematográficas y la cotidianeidad americana que usa Neil Gaiman y que poco tienen que ver con la trama central, aquí vamos acercándonos a encontrar al misterioso Hastur, haciendo aliados y descubriendo secretos cada vez más siniestros que suponen un peligro inminente. Se nota que se trata de un autor primerizo que ha leído muchas historias de terror, pero sin que resulte ningún obstáculo. Me gustó mucho la manera en que explica mitos como el del golem y la biblioteca de libros prohibidos de el Vaticano. Muy entretenido si les gustan este tipo de relatos.

“This Dark Earth”

Una novela de zombies muy intensa, con la particularidad de que conforme el libro avanza se va narrando desde distintos puntos de vista. Comenzamos con Lucy, una doctora que está trabajando un día más en un hospital cuando la plaga zombie se desata. Emprende entonces el peregrinaje hacia su hogar con la esperanza de encontrarse con su marido y su hijo Gus. Después vemos la versión de Knock-out, un camionero que se une a Lucy. Entonces entramos a la parte más larga del libro que está narrada por Gus unos años después, cuando es un adolescente endurecido por los rigores de la vida que ha tenido que enfrentar en este mundo post apocalíptico.

El grupo de sobrevivientes se ha refugiado en “Bridge City“, una especie de fuerte construído en un puente, que se ha elegido por ser una de las estructuras más defendibles (una idea muy interesante). Tras un tiempo de relativa paz y seguridad nos encontramos con que la mayor amenaza no son los muertos vivientes sino otro grupo de sobrevivientes esclavistas que han escuchado de Bridge City y vienen a tomarla por la fuerza. El último recurso es un arriesgado plan que no sale del todo bien. Lo que más me sorprendió fue la efectividad con que relata algunas cosas muy crueles que le pasan a los personajes, personajes que como lectores llegamos a querer bastante y a preocuparnos por ellos. Uno de los libros de zombies más intensos que he leído.

“The Twelve Fingered Boy”

Shrev es un chico listo y bienintencionado, pero problemático, en un centro de detención juvenil. Si bien no es lo que preferiría estar haciendo, tiene sus ventajas respecto a el hogar de su madre alcohólica y él se dedica al tráfico de dulces entre sus compañeros. Entonces a Shrev le asignan un nuevo compañero, Jack, un muchacho tímido y flaco que tiene 6 dedos en cada mano y cada pie, y pocas posibilidades de sobrevivir en ese ambiente. Shrev se identifica con Jack y trata de protegerlo del abuso de sus compañeros, aunque sin mucho éxito. Pero puede que Jack tenga superpoderes que no comprende del todo y necesita dominar. La mayor amenaza es Mr. Quincrux, un hombre misterioso de una agencia del gobierno que tiene el poder de controlar mentalmente a los guardias y viene por Jack.

Esta es una gran novela, con tintes de terror y superpoderes. Me gusta mucho que se reconoce que no solo los adultos maldicen y tienen malos pensamientos. El espíritu de cada uno de los protagonistas está lleno de vida y muy bien retratado, Quincrux es un enemigo temible formidable… ¿o no es un enemigo? Todo forma parte de algo más grande y siniestro. Shrev y Jack escapan del centro de detención y se mantienen huyendo a la vez que adquiriendo el dominio sobre sus poderes (y con esto creo que ya revlé demasiado) mientras son perseguidos por un adversario que puede ser cualquiera, pues cualquiera puede estar controlado psiquicamente por Quincrux. La única opción es mantenerse fuera del rango de su alcance y dirigirse hacia un lugar donde en el pasado sucedió algo terrible, su única pista para tratar de armar el rompecabezas.

Además de ser sumamente entretenido, me pareció sorprendente en varios momentos. “The Twelve Fingered Boy” es la primera parte de la trilogía “Incarcerado”, próximamente estará disponible la segunda parte “The Shibboleth”. De lo más recomendable que he leído últimamente.

“Exhalation” de Ted Chiang

Traduzco libremente el texto de este cuento al español sin permiso del autor, motivado únicamente por su escasa disponibilidad en este idioma. El título se traduce directamente como “Exhalación”. La versión en idioma original se puede encontrar aquí.

Desde hace mucho se dice que el aire (al que otros llaman argón) es la fuente de la vida. Este no es, de hecho, el caso, y yo grabo estas palabras para describir como llegué a comprender la verdadera fuente de la vida y, como corolario, el medio por el cual un día la vida terminará.

Durante la mayor parte de la historia, la suposición de que obteníamos vida a partir del aire resultaba tan evidente que no había necesidad de comprobarla. Cada día consumimos dos pulmones cargados con aire; cada día removemos de nuestro pecho los vacíos y los reemplazamos con llenos. Si una persona es descuidada y permite que su nivel de aire baje demasiado, siente la pesadez de sus miembros y la creciente necesidad de reabastecimiento. Es extremadamente raro que una persona sea incapaz de obtener al menos un pulmón de repuesto antes de que el par que lleva instalado se vacíe por completo; en aquellas desafortunadas ocasiones en que esto ha ocurrido – cuando una persona queda atrapada e incapaz de moverse, sin nadie cerca que pueda ayudarle – la persona muere segundos después de que su aire se agote.

Pero en el curso normal de la vida, la necesidad de aire se encuentra lejos de nuestros pensamientos, y de hecho muchos dirían que satisfacer esa necesidad es la parte menos importante de asistir a las estaciones de llenado. Pues son las estaciones de llenado el punto de reunión principal para la conversación social, los lugares de donde obtenemos sustento emocional así como físico. Todos tenemos pulmones llenos de repuesto en nuestros hogares, pero cuando se está solo, el acto de abrir su propio pecho y reemplazar los pulmones puede parecer poco más que una obligación. En la compañía de otros, sin embargo, se convierte en una actividad comunal, un placer compartido.

Si uno se encuentra demasiado ocupado, o sin ánimo de socializar, puede simplemente recoger un par de pulmones llenos, instalarlos, y dejar los pulmones vacíos del otro lado de la habitación. Si uno dispone de algunos minutos, se considera una cortesía conectar los pulmones vacíos al dispensador de aire y llenarlos para la próxima persona. Pero, por mucho, la práctica más común es quedarse y disfrutar de la compañía de otros, discutir las noticias del día con amigos y conocidos y, de paso, ofrecerle pulmones recién llenados a su interlocutor. Si bien esto tal vez no implica compartir aire en el sentido más estricto, hay camaradería que se deriva del saber que todo nuestro aire viene de la misma fuente, pues los dispensadores no son sino las terminales expuestas de tuberías que se extienden desde la reserva de aire en lo profundo de la tierra, el gran pulmón del mundo, la fuente de todo nuestro sustento.

Muchos pulmones son devueltos a la misma estación de llenado al día siguiente, pero igualmente muchos circulan a otras estaciones cuando la gente visita distritos vecinos. Los pulmones son todos de idéntica apariencia, cilindros lisos de aluminio, de modo que no se puede decir si un pulmón en particular se ha quedado siempre cerca de casa o ha viajado largas distancias. Y así como los pulmones pasan de persona a persona y de distrito a distrito, también lo hacen las noticias y los chismes. De este modo se pueden recibir nuevas de distritos remotos, incluso aquellos en el borde mismo del mundo, sin necesidad de salir de casa, aunque yo en lo personal disfruto viajar. He recorrido todo el camino al borde del mundo, y visto el sólido muro de cromo que se extiende desde el suelo hasta el infinito cielo.

Fue en una de las estaciones de llenado que por primera vez escuché los rumores que iniciaron mi investigación y me llevaron a mi eventual descubrimiento. Comenzó de manera inocente, con un comentario del pregonero público de nuestro distrito. Al medio día del primer día de cada año, es tradición que el pregonero recite un pasaje en verso, una oda compuesta hace mucho para esta celebración anual que toma exactamente una hora en pronunciarse. El pregonero mencionó que en su actuación más reciente, el reloj de la torre dio la hora antes de que él hubiera terminado, algo que nunca había sucedido antes. Otra persona comentó que debía tratarse de una coincidencia, porque él acababa de regresar de un distrito cercano donde el pregonero se había quejado de la misma incongruencia.

Nadie le dio al asunto mucha importancia más allá del simple reconocimiento que parecía merecer. Fue unos días despuíes, cuando se supo de una discrepancia similar entre el pregonero y el reloj de un tercer distrito, que se sugirió que estas diferencias podrían ser evidencia de un defecto en el mecanismo común de todos los relojes de torre, aunque una curiosa que cause que el reloj trabaje más rápido en lugar de más despacio. Horólogos investigaron los relojes de torre en cuestión, pero en la inspección no se pudo discernir ninguna imperfección. De hecho, cuando se compararon contra los relojes empleados para tal calibración, se encontró que todos los relojes de torre se han mantenido dando la hora perfectamente.

Yo mismo encontré la cuestión intrigante, pero estaba demasiado enfocado en mis propios estudios para dedicarme a otras cosas. Era y soy estudiante de anatomía, y para poner en contexto a mis acciones posteriores, ahora ofrezco un bereve recuento de mi relación con el campo.

La muerte es poco frecuente, afortunadamente, porque somos durables y los accidentes fatales son raros, pero esto complica el estudio de la anatomía, en especial porque la mayoría de las lesiones lo suficientemente serias para causar la muerte dejan los restos del difunto demasiado dañados para estudiarlos. Si los pulmones sufren una ruptura estando llenos, la fuerza explosiva puede destrozar un cuerpo, rasgando el titanio tan fácilmente como si se tratara de estaño. En el pasado los anatomistas enfocaban su atención en las extremidades, que eran las que tenían mayores oportunidades de sobrevivir intactas. En la primera primera conferencia de anatomía a la que asistí hace más de un siglo, el profesor nos mostró un brazo amputado, con la carcasa removida para revelar la densa columna de varillas y pistones dentro. Recuerdo vívidamente la manera en que, despues de conectar las mangueras arteriales a un pulmón empotrado en el muro que mantenía en el laboratorio, el profesor manipuló las varillas de accionamiento que sobresalían de la base irregular del brazo, y en respuesta la mano abría y cerraba espasmódicamente.

Desde entonces nuestro campo ha avanzado hasta el punto en que los anatomistas son capaces de reparar extremidades dañadas y, en ocasiones, reimplantarlas si han sido amputadas. Al mismo tiempo hemos podido estudiar la fisiología de los vivos; yo he dado una versión de esa primera conferencia que vi, durante la cual abrí la carcasa de mi propio brazo y dirigí la atención de mis alumnos hacia las varillas que se extendían y contraían cuando movía mis dedos.

A pesar de estos avances, en el campo de la anatomía aún había un gran misterio sin resolver: la memoria. Aún cuando conocemos un poco acerca de la estructura del cerebro, su fisiología es notablemente difícil de estudiar debido a la extrema delicadeza del cerebro. En los accidentes fatales típicamente, cuando el cráneo se rompe, el cerebro estalla en una nube de oro, dejando poco más que filamento destrozado y hojuela de los que no puede discernirse nada útil. Por décadas la teoría prevaleciente de la memoría fue que todas las experiencias de una persona estaban grabadas en finas láminas de oro; eran estas hojas, despedazadas por la fuerza del golpe, la fuente de las diminutas hojuelas que se encuentran luego de un accidente. Los anatomistas entonces recogerían la pédacería de hoja de oro – tan delgada que la luz pasa a través de ellas con destellos verdosos – y pasarían años tratando de reconstruir las láminas originales, con la esperanza de descifrar eventualmente los símbolos en que las experiencias recientes del difunto fueron escritas.

Yo no me sumé a esta teoría, conocida como la hipótesis de la inscripción, por la simple razón de que si todas nuestras experiencias están realmente grabadas ¿por qué nuestras memorias están incompletas? Los defensores de la hipótesis de la inscripción ofrecieron una explicación para para el olvido – sugiriendo que con el paso del tiempo las láminas van quedando desalineadas respecto a la aguja que lee los recuerdos, hasta que las hojas pierden contacto con ella por completo – pero nunca me pareció convincente. Era fácil para mi apreciar el atractivo de la teoría, sin embargo; yo también había dedicado muchas horas a examinar hojuelas de oro en el miscroscopio, y puedo imaginar cuan gratificante sería girar la perilla de ajuste fino y ver símbolos legibles volverse visibles.

Más allá de eso ¿cuán maravilloso sería descifrar los recuerdos más antiguos de una persona fallecida, aquellos que ella misma ha olvidado? Ninguno de nosotros puede recordar mucho más que un siglo en el pasado, y los registros escritos – relatos que nosotros mismos escribimos pero tenemos escasos recuerdos de haberlo hecho – se extienden solo a unos cuantos cientos de años antes de ello. ¿Cuántos años vivimos antes del comienzo de la historia escrita? ¿De dónde venimos? Es la promesa de encontrar las respuestas en nuestros propios cerebros lo que hace a la hipótesis de la inscripción tan seductora.

Yo era partidario de una teoría distinta, una que postulaba que nuestras memorias estaban almacenadas en algún medio en que el proceso de borrado no era más complicado que el de grabar: quizá en la rotación de engranes, o en la posición de una serie de interruptores. Esta teoría implicaba que todo lo que habíamos olvidado estaba realmente perdido, y nuestros cerebros no contenían historias más antiguas que las que podemos encontrar en nuestras bibliotecas. Una ventaja de esta teoría era que explicaba mejor el por qué, cuando se instalan pulmones en aquellos que murieron por falta de aire, los resucitados no tienen recuerdos y actúan sin sentido: de alguna manera el shock de la muerte ha reiniciado todos los engranes o interruptores. Los inscripcionistas afirman que la muerte simplemente había desalineado las láminas, pero nadie estaba dispuesto a matar a una persona viva, nisiquiera a un imbécil, para poner fin al debate. Yo había ideado un experimento que quizá me permitiría determinar la verdad de manera concluyente, pero era riesgoso y merecía una cuidadosa consideración antes de llevarse a cabo. Permanecí indeciso mucho tiempo, hasta que oí más noticias acerca de la anomalía del reloj.

De un distrito más distante llegaron noticias de que su pregonero público tambíen había observado al reloj de torre dar la hora antes de terminar su recital de año nuevo. Lo que lo hacia notorio era que el reloj de ese distrito empleaba un mecanismo distinto, en que las horas era marcadas por el flujo de la caída de mercurio a un depósito. Aquí la discrepancia no podría ser explicada por una falla mecánica común. La mayoría de la gente sospechaba fraude, una elaborada broma perpetrada por algún travieso. Yo tenía una sospecha diferente, más oscura, a la que no me atrevía a dar voz, pero que decidió mi curso de acción; procedería con mi experimento.

Primero construí la herramienta más simple: en mi laboratorio fijé cuatro prismas en soportes de montaje, cuidadosamente alineados de manera que sus vértices formaran las esquinas de un rectángulo. Con esta configuración, un rayo de luz dirigido a uno de los prismas inferiores era reflejado hacia arriba, luego hacia atrás, abajo y de nuevo al frente en un bucle cuadrilátero. De este modo, cuando me sentaba con mis ojos a la altura del primer prisma, obtenía una vista clara de la parte trasera de mi propia cabeza. Este persicopio solipsista fue la base de todo lo que vendría.

Una disposición rectangular similar de varillas de accionamiento permitía el correspondiente desplazamiento de movimiento para acompañar el desplazamiento de visión que proporcionaban los prismas. El conjunto de varillas de accionamiento era mucho más voluminoso que el periscopio, pero aún relativamente sencillo en su diseño; en contraste, lo que coloqué en el extremo de estos mecanismos era mucho más complicado. Al periscopio monté un microscopio binocular en una armadura capaz de girar de lado a lado o de arriba a abajo. A las varillas de accionamiento agregué una serie de manipuladores de precisión, aunque tal descripción difícilmente le hace justicia a lo sofisticado del arte mecánico. Combinando la ingenuidad de los anatomistas y la inspiración que proveen las estructuras corporales que estudiaron, los manipuladores daban a su operador la habilidad para llevar a cabo cualquier tarea que normalmente podría realizar con sus propias manos, pero en una escala mucho más pequeña.

Ensamblar todo este equipo me tomó meses, pero no podía darme el lujo de ser menos que meticuloso. Una vez que los preparativos estuvieron completos, pude colocar mis manos en el nido de perillas y palancas para controlar un par de manipuladores situados detrás de mi cabeza, y usar el periscopio para ver en lo que trabajan. Así sería capaz de realizar la disección de mi propio cerebro.

La sola idea debe sonar como una locura, lo sé, y si lo hubiera mencionado a mis colegas, sin duda habrían intentado detenerme. Pero no podía pedirle a nadie más que se arriesgara por el bien de la investigación anatómica y, dado que deseaba llevar a cabo la disección personalmente, no habría quedado satisfecho siendo simplemente el sujeto pasivo de tal operación. La auto-disección era la única opción.

Traje una docena de pulmones llenos y los conecté a un colector. Los monté debajo de la mesa de trabajo a la que iba a sentarme y posicioné un dispensador para conectarlos directamente a las entradas bronquiales dentro de mi pecho. De este modo contaría con el suministro de aire para seis días. Anticipando la posibilidad de que no hubiera completado mi experimento durante ese período, programé la visita de un colega al final de ese tiempo. Sin embargo, suponía que la única manera en que no habría terminado la operación para entonces sería si había causado mi propia muerte.

Comencé removiendo la placa profundamente curvada que formaba la parte posterior y superior de mi cabeza; luego las dos placas de menor curvatura que formaban los costados. Solo quedaba la placa frontal de mi rostro, pero estaba fijada en un soporte de sujección y no podía ver la superficie interna desde el punto de vista de mi periscopio; lo que veía expuesto era mi propio cerebro. Consistía en una docena o más de subsistemas, cuyo exterior estaba cubierto por carcasas intrincadamente moldeadas; acercando el periscopio a las fisuras que las separaban, obtuve una tentadora visión de los fabulosos mecanismos en su interior. Aún con lo poco que podía ver, podía asegurar que se trataba de la máquina más bellamente compleja que había contemplado jamás, tan más allá de cualquier dispositivo construído por el hombre que era indiscutiblemente de origen divino. La vista resultaba a la vez emocionante y sobrecogedora, y la saboreé en una base estríctamente estética por varios minutos antes de proceder con mis exploraciones.

En general se tenía la hipotesís de que el cerebro estaba dividido en una máquina ubicada en el centro de la cabeza que realizaba la cognición en sí, rodeada de una serie de componentes en que se almacenaban los recuerdos. Lo que observé era consistente con esta teoría, ya que los subsistemas periféricos se asemejaban unos a otros, mientras que la estructura en el centro parecía diferente, más heterogénea y con mayor número de partes móviles. Los componentes estaban ensamblados con demasiada proximidad entre sí para permitirme observar mucho de su operación; si me proponía descubrir más, necesitaría un punto de vista más íntimo.

Cada subsistema tenia una reserva local de aire, alimentada por una manguera que se extendía del regulador en la base de mi cerebro. Enfoqué mi periscopio en el subconjunto ubicado más atrás y, usando los manipuladores, rápidamente desconecté la manguera de salida e instalé una más larga en su lugar. Había practicado esta maniobra en incontables ocasiones de modo que podía realizarla en cuestión de segundos; aún así, no tenía la seguridad de poder completar la conexión antes de que el subsistema agotara su reserva de aire. No seguí adelante hasta comprobar que la operación del componente no se había interrumpido; reacomodé la manguera más larga para obtener una mejor vista de lo que se encontraba en la fisura detrás de ella: otras mangueras que la conectaban a componentes vecinos. Usando el par de manipuladores más delgados reemplacé una por una las mangueras con sustitutos de mayor longitud. Eventualmente había recorrido todo el subsistema y reemplazado cada conexión que tenía al resto de mi cerebro. Ahora podría desmontar este subconjunto del marco de soporte y mover toda esa sección afuera de lo que había sido la parte posterior de mi cabeza.

Estaba consciente de la posibilidad de haber dañado mi habilidad de pensar y no poder reconocerlo, pero el que pudiera realizar algunas pruebas de aritmética básica sugería que estaba ileso. Con un subsistema colgando del andamiaje, ahora tenía una mejor vista de la maquinaria de cognición en el centro de mi cerebro, pero no había suficiente espacio para ubicar el microscopio para una inspección más cercana. Para poder examinar realmente el funcionamiento de mi cerebro, tendría que desplazar al menos media docena de subsistemas.

Laboriosamente, con extremada precaución, repetí el procedimiento de sustitución de mangueras para otros subconjuntos, reubicando uno más atrás, dos más arriba y otros dos a los costados, suspendiendo los seis de el andamiaje sobre mi cabeza. Cuando terminé, mi cerebro parecía una explosión congelada una fracción de segundo después de la detonación, y nuevamente me sentí sobrecogido cuando pensaba en ello. Pero por fin la maquinaria de cognición en sí se encontraba expuesta, apoyada en un pilar de mangueras y varillas en movimiento que descendían hacia mi torso. Ahora tenía espacio para girar mi microscopio y observar en trescientos sesenta grados, y dar una mirada a las caras internas de los subsistemas que había movido. Lo que vi fue un microcosmos de maquinaria áurea, un paisaje de diminutos rotores girando y cilindros en miniatura.

Al contemplar esta vista, me preguntaba ¿dónde estaba mi cuerpo? Los conductos que desplazaban mi visión y acción alrededor de la habitación no eran en principio distintos de aquellos que conectaban mis manos y ojos originales a mi cerebro. Por la duración de este experimento ¿no eran estos manipuladores escencialmente mis manos? ¿Acaso no eran los lentes de aumento en el extremo de mi periscopio, en escencia mis ojos? Era yo una persona evertida, con mi pequeño y fragmentado cuerpo situado en el centro de mi propio cerebro distendido. Fue en esta improbable configuración que empecé a explorarme a mi mismo.

Dirigí mi microscopio hacia uno de los subsistemas de memoria, y empecé a examinar su diseño. No albergaba expectativas respecto a descifrar mis recuerdos, solamente de adivinar los medios por los que eran registrados. Tal como lo supuse, no había resmas de laminillas a la vista, pero para mi sorpresa tampoco encontré bancos de engranajes o interruptores. En su lugar, el subsistema parecía consistir casí en su totalidad de un banco de finos tubos de aire. A través de los intersticios entre los túbulos alcanzaba a distinguir el movimiento de ondas que pasaban por el interior del banco.

Con cuidadosa inspección y creciente magnificación, distinguí que los túbulos se ramificaban en diminutas capilaridades de aire, las cuales se entrelazaban con un denso entramado de cables del que colgaban hojuelas de oro por medio de bisagras. Bajo la influencia de el aire que escapaba de los capilares, las hojuelas se mantenían en diferentes posiciones. No se trataba de interruptores en el sentido convencional, pues no retendrían su posición sin una corriente de aire de apoyo, pero imaginé que estos serían los interruptores que buscaba, el medio en que mis recuerdos se encontraban almacenados. Las ondas que vi deben haber sido consecuencia del acto de recordar, en que el arreglo de hojuelas era leído y enviado a la máquina de cognición.

Armado con este nuevo conocimiento, volví el microscopio hacia la máquina de cognición. Aquí también observé un entramado de cables, pero no tenían hojuelas suspendidas en posición; en lugar de estar estáticas las hojuelas se movían de un lado a otro, casi demasiado rápido para verlo. En realidad casi toda la máquina parecía estar en movimiento, consistiendo más de un entramado que de capilares de aire, y me pregunté como podía el aire alcanzar todas las hojuelas de oro en una manera coherente. Por varias horas examiné con atención las hojas, hasta que me di cuenta que ellas mismas cumplían el rol de capilares; formaban conductos temporales y válvulas que existían solo el tiempo suficiente para dirigir el aire a otras hojuelas, y en consecuencia desaparecían. Se trataba de una máquina en continua transformación, modificándose a sí misma como parte de su operación. El entramado, más que una máquina, era la página en que la máquina estaba escrita y sobre la cual ella misma escribía.

Podría decirse que mi consciencia estaba codificada en la posición de estas diminutas hojuelas, pero sería más adecuado decir que estaba codificada en el siempre cambiante patrón de aire que las impulsaba. Al ver las oscilaciones de las hojuelas de oro, observé que el aire no simplemente provee energía a la máquina que lleva a cabo nuestros pensamientos. El aire es de hecho el medio de nuestros pensamientos. Todo lo que somos es un patrón de flujo de aire. Mis recuerdos estaban escritos no como ranuras en láminas metálicas, sino como corrientes persistentes de argón.

Mientras comprendía la naturaleza de este mecanismo de rejillas, una cascada de ideas penetraron en mi consciencia en rápida sucesión. La primera y más trivial era entender por qué el oro, el más maleabla y dúctil de todos los metales, era el único material del que podían construirse nuestros cerebros. Solamente las más delgadas laminillas podían moverse con la rapidez suficiente para tal mecanismo, y solo el más delicado de los filamentos podía actuar como bisagra para ellas. En comparación la rebaba de cobre que es levantada por mi buril al grabar estas palabras y que cepillo al terminar cada página es tan gruesa y pesada como chatarra. Este era realmente un medio en que borrar y grabar podía realizarse con rapidez, más allá de lo que permite cualquier conjunto de interruptores o engranes.

Lo que tuve en claro a continuación fue por qué el instalar pulmones llenos a una persona que ha muerto por falta de aire no la trae de nuevo a la vida. Las hojuelas en las rejillas permanecen balanceadas entre colchones de aire continuos. Esto les permite moverse con agilidad, pero también significa que si en alguna ocasión el flujo de aire se detiene, todo está perdido; todas las hojuelas colapsan en idénticos estados colgantes, borrando los patrones y la consciencia que representan. Restaurar el suministro de aire no puede recrear lo que se ha desvanecido. Tal era el precio de la velocidad; un medio más estable para almacenar patrones significaría que nuestras consciencias operarían mucho más lentamente.

Fue entonces que percibí la solución a la anomalía de los relojes. Observé que la velocidad de los movimientos de estas hojuelas dependía de que estuvieran soportadas por aire; con suficiente flujo de aire, las hojuelas se podían mover casi sin fricción. Si se movían con lentitud se debía a que estaban sujetas a mayor fricción, lo cual solo podía ocurrir si los colchones de aire que las soportaban eran más delgades, y que el flujo de aire a través de la rejilla se movía con menor fuerza.

No sucede que los relojes estén funcionando más rápido. Lo que ocurre es que nuestros cerebros están funcionando más lentamente. Los relojes de torre funcionan con péndulos, cuyo periodo nunca varía, o por el flujo de mercurio en un tubo, que no cambia. Pero nuestros cerebros dependen del paso de aire, y cuando ese aire fluje más despacio, nuestros pensamientos se alentan, haciendo que nos parezca que los relojes funcionan más rápido.

Me había temido que nuestros cerebros se estuvieran haciendo más lentos, y fue este prospecto el que me había inpulsado a buscar mi propia disección. Pero había asumido que nuestra maquinaria – mientras que era impulsada por aire – era en última instancia de naturaleza mecánica, y que algún componente del mecanismo se estaba deformando gradualmente por la fatiga, y por lo tanto era responsable por la lentitud. Eso hubiera sido terrible, pero al menos existiría la esperanza de que tal vez pudiéramos reparar el mecanismo y restarurar la velocidad de operación original de nuestros cerebros.

Pero si nuestros pensamientos eran únicamente patrones de aire en lugar de movimiento de engranes, el problema era mucho más serio, pues ¿qué podría causar que el flujo de aire en la cabeza de cada persona se moviera más despacio? No podía ser una disminución de presión en los dispensadores de nuestras estaciones de llenado;la presión de aire en nuestros pulmones es tan elevada que debe ser reducida por una serie de reguladores antes de alcanzar nuestros cerebros. La disminución en fuerza, observé, debe venir de la dirección opuesta: la presión en nuestra atmósfera circundante se estaba elevando.

¿Cómo podía ser? Tan pronto como se formó la pregunta, la única respuesta posible se hizo aparente: nuestro cielo no debe ser infinito en altura. En alguna parte más allá de los límites de nuestra visión, los muros de cromo que rodean nuestro mundo deben curvarse hacia el interior formando un domo; nuestro universo es una cámara sellada en lugar de un pozo abierto. Y el aire se está acumulando gradualmente en el interior, hasta que se iguale la presión con la reserva que hay debajo.

Por eso, al principio de este grabado, dije que el aire no es la fuente de la vida. El aire no se crea ni se destruye; la cantidad total de aire en el universo permanece constante y, si el aire fuera todo lo que necesitamos para vivir, nunca moriríamos. En realidad la fuente de la vida es una diferencia en la presión de aire, el flujo de aire de espacios en los que es denso a espacios en los que no lo es. La actividad en nuestros cerebros, el movimiento de nuestros cuerpos, la acción de cada máquina que hemos construído es impulsado por el movimiento de aire, la fuerza ejercida cuando presiones desiguales buscan equilibrarse. Cuando la presión en todo el universo sea la misma, todo el aire estará inmóvil, y será inútil; un dia estaremos rodeados por aire inmóvil y seremos incapaces de derivar beneficio alguno de el.

En realidad no estamos consumiendo aire en absoluto. La cantidad de aire que absorbo del par de pulmones de cada dia es exactamente la que se filtra por las junturas de mis extremidades y las uniones de mi carcasa, exactamente cuanto estoy agregando a la atmósfera a mi alrededor; todo lo que estoy haciendo es convertir aire a alta presión en aire a baja presión. Con cada movimiento de mi cuerpo contribuyo a la igualación de la presión en nuestro universo. Con cada pensamiento que tengo, acelero la llegada de ese fatal equilibrio.

Si hubiera llegado a esta conclusión en cualquier otra circunstancia, habría saltado de mi silla y corrido por las calles, pero en mi situación actual – el cuerpo inmovilizado en el soporte, el cerebro suspendido por mi laboratorio – era imposible hacerlo. Podía ver las hojuelas de mi cerebro agitándose a mayor velocidad por el tumulto de mis pensamientos, lo que a su vez aumentaba mi agitación al estar inmovilizado. El pánico en ese momeno podría ocasionar mi muerte, un paroxismo de pesadilla al estar simultáneamente atrapado y en una espiral fuera de control, luchando contra mis amarras hasta que se me agotara el aire. Fue por casualidad tanto como por intención que mis manos ajustaron los controles para evitar la vista del entramado, de modo que todo lo que pudiera ver fuera la superficie vacía de mi mesa de trabajo. Liberado así de tener que ver y magnificar mis propias aprehensiones, pude calmarme. Cuando recuperé la compostura, comencé el largo proceso de volver a ensamblarme. Eventualmente restauré mi cerebro a su configuración compacta original, volví a instalar las placas de mi cabeza y me liberé del soporte.

Al principio los otros anatomistas no me creyeron cuando les dije lo que había descubierto, pero en los meses que siguieron a mi autodisección original, más y más de ellos se convencieron. Se realizaron más exámenes de cerebros de personas, más mediciones de la presión atmosférica y todos los resultados confirmaron mis declaraciones. La presión de aire en nuestro universo estaba realmente aumentando, y alentando nuestros pensamientos como resultado.

Hubo pánico generalizado en los días después de que la verdad de hizo ampliamente conocida, pues la gente contemplaba por primera vez la idea de que la muerte era inevitable. Muchos pidieron la estricta limitación de las actividades para minimizar el engrosamiento de nuestra atmósfera; las acusaciones de desperdicio de aire escalaron hasta convertirse en furiosos enfrentamientos y, en algunos distritos, muertes. Fue la pena de haber causado esas muertes, junto con el recordatorio de que aún tendrian que pasar muchos siglos antes de que la presion de nuestra atmósfera se igualara con la de la reserva subterránea, lo que causó que el pánico desapareciera. No estamos seguros cuantos siglos tomará; se estan realizando y debatiendo mediciones y cálculos adicionales. Mientras tanto, hay mucha discusión acerca de como debemos pasar el tiempo que nos queda.

Una secta se ha dedicado a la meta de revertir la igualación de presión, y ha encontrado muchos seguidores. Los mecánicos entre ellos construyeron una máquina que toma aire de nuestra atmósfera y lo forza a un volumen más pequeño, un proceso llamado “compresión”. Su máquina restaura el aire a la presión que tenía originalmente en la reserva, y estos Reversalistas con gran emoción anunciaron que formaría la base de una nueva estación de llenado, una que – con cada pulmon que llenara – revitalizaria no solo al individuo sino al universo mismo. Por desgracia, un exámen más detallado de la máquina reveló su falla fatal. La máquina misma es impulsada por aire de la reserva, y por cada pulmón de aire que produce, la máquina consume no solo esa cantidad de aire, sino un poco más. No revierte el proceso de igualación, sino que como todo lo demás en el mundo, lo acelera.

Aunque algunos de sus seguidores se apartaron por la desilusión después de este revés, los Reversalista como grupo no se inmutaron, y comenzaron a crear diseños alternativos en que el compresor era impusado por el desenrollado de resortes o el descenso de pesos. Estos mecanismos no resultaron mejores. Cada resorte que es enrollado reprsenta aire liberado por la persona que lo enrolló; cada peso que se mantiene más elevado que el nivel del suelo representa aire liberado por la persona que lo levantó. No hay una fuente de poder en el universo que no se derive en última instancia de una diferencia en la presión del aire, y no puede haber una máquina cuya operación, en suma, disminuya tal diferencia.

Los Reversalistas continúan su labor, en la confianza de que un día construirán una máquina que genere más compresión de la que usa, una fuente de energía perpetua que restaurará al universo su vigor perdido. Yo no comparto su optimismo; creo que el proceso de igualación es inexorable. Eventualmente, todo el aire en nuestro universo estará uniformmente distribuido, no más denso o más enrarecido en un punto que en cualquier otro, incapaz de impulsar un pistón, girar un rotor o agitar una hojuela de oro. Será el final de la presión, el final de la fuerza motriz, el final del pensamiento. El universo habrá alcanzado perfecto equilibrio.

Algunos encuntran ironía en el hecho de que un estudio de nuestros cerebros nos reveló no secretos de nuestro pasado, sino lo que nos espera en el futuro. Sin embargo, yo sostengo que hemos aprendido algo importante sobre el pasado. El universo comenzó como un enorme aliento contenido. No se sabe el por qué, pero sin importar la razón, me da gusto que así haya sido, porque debo mi existencia a ese hecho. Todos mis deseos y meditaciones son ni más ni menos de corrientes parásitas generadas por la exhalación gradual de nuestro universo. Y hasta que esta gran exhalación termine, mis pensamientos viven.

Con el fin de que nuestros pensamientos continúen tanto como sea posible, anatomistas y mecánicos están diseñando reemplazos para nuestros reguladores cerebrales, capaces de incrementar la presión de aire en nuestros cerebros gradualmente y mantenerla un poco más elevada que la presión atmosférica. Una vez que sean instalados, nuestros pensamientos continuarán aproximadamente a la misma velocidad aunque el aire se espese a nuestro alrededor. Eventualmente la diferencia de presión caerá a tal nivel que nuestras extremidades se debilitarán y nuestros movimientos se volverán lentos. Se puede entonces tratar de frenar nuestros pensamientos para que nuestra torpeza física sea menos notoria para nosotros, pero eso también causará que los procesos externos parezcan acelerarse. El tic-tac del reloj se elevará a un zumbido mientras sus péndulos se agitan frenéticamente; los objetos en caída libre se precipitarán al suelo como si estuvieran impulsados por resortes, las ondulaciones correrán por cables como el chasquido de un látigo.

En algún punto nuestras extremidades dejarán de moverse totalmente. No puedo estar seguro de la secuencia precisa de eventos cerca del final, pero imagino un escenario en que nuestros pensamientos seguirán operando, de modo que sigamos conscientes pero congelados, inmóviles como estatuas. Quizá seremos capaces de hablar un tiempo más, porque nuestras cajas de voz operan con un diferencial de presión menor que nuestras extremidades, pero sin la habilidad de visitar una estación de llenado, cada expresión reducirá la cantidad de aire que queda para la reflexión y nos acercará al momento en que nuestros pensamientos se detengan por completo. ¿Será preferible permanecer mudo para prolongar nuestra habilidad de pensar, o hablar hasta el final? No lo sé.

Tal vez unos pocos de nosotros, en los días antes de que dejemos de movernos, podremos conectar nuestros reguladores cerebrales directamente a los dispensadores en las estaciones de llenado, reemplazando nuestros pulmones con el poderoso pulmón del mundo. De ser así, aquellos pocos podrán seguir conscientes hasta los momentos finales antes de que la presión sea igualada. Los últimos restos de la presión de aire en nuestro universo se gastará en impulsar la consciencia de una persona.

Y entonces, nuestro universó estará en un estado de absoluto equilibrio. Toda vida y pensamiento cesará, y con ellos, el tiempo mismo.

Pero yo mantengo una remota esperanza.

aún cuando nuestro universo es cerrado, tal vez no es la única cámara de aire en la infinita extensión de cromo sólido. Tengo la hipótesis de que podría haber otra bolsa de aire en alguna parte, otro universo además del nuestro que es aún de mayor volúmen. Es posible que este universo hipotético tenga la misma o mayor presión de aire que el nuestro, pero supongamos que tuviera una presión mucho más baja que la nuestra ¿quizá inluso un vacío verdadero?

El cromo que nos separa de este supuesto universo es demasiado grueso y duro para que podamos perforarlo, así que no hay modo en que podamos alcanzarlo, no hay manera de dejar escapar el exceso de atmósfera de nuestro universo y recuperar el poder de movimiento de esa manera. Pero tengo la fantasía de que este universo vecino tiene sus propios habitantes, con capacidades más allá de las nuestras. ¿Y si pudieran crear un conducto entre los dos universos e instalar válvulas para liberar aire del nuestro? Podrían usar nuestro universo como reserva, haciendo funcionar dispensadores con los que podrían llenar sus propios pulmones, y usar nuestro aire como una manera de impulsar su propia civilización.

Me da ánimos imaginar que el aire que alguna vez me impulsó podria impulsar a otros, la creencia de que el aliento que me da la capacidad de grabar estas palabras podría un día fluir por el cuerpo de alguien más. No me engaño pensando que esta sería una manera en que yo pudiera vivir otra vez, porque yo no soy ese aire, soy el patrón que asumió, temporalmente. El patrón que soy yo, los patrones que son todo el mundo en el que yo vivo, se habrían ido.

Pero tengo una esperanza aún más lejana: que aquellos habitantes no solo usen nuestro universo como reserva, sino que una vez que lo hayan vaciado de su aire, tal vez un día puedan abrirse paso y entrar en nuestro universo como exploradores. Podrían vagar por nuestras calles, ver nuestros cuerpos congelados, nuestras posesiones, e imaginarse las vidas que tuvimos.

Es por lo que he escrito este relato. Tú, espero, eres uno de esos exploradores. Tú, espero, encontraste estas hojas de cobre y descifraste las palabras que grabé en su superficie. Y sea o no que tu cerebro esté impulsado por el aire que una vez me dio vida, por el acto de leer mis palabras, los patrones que forman tus pensamientos se vuelven una imitacion de los patrones que una vez formaron los míos. Y de esa forma puede que yo viva otra vez, a través de ti.

Tus compañeros exploradores habrán encontrado y leído los otros libros que dejamos atrás, y a través de la acción colaborativa de sus imaginaciones, mi civilización entera vive nuevamente. Al caminar por nuestros distritos silenciosos, imagínenlos como eran; con los relojes de torre marcando las horas, las estaciones de llenado abarrotadas de vecinos parlanchines, pregoneros recitando versos en plazas y anatomistas dando clases en las aulas. Visualicen todo esto la próxima vez que miren al mundo congelado que te rodea, y se transformará, en sus mentes, animado y lleno de vida una vez más.

Te deseo lo mejor, explorador, pero me pregunto: ¿Te espera a ti el mismo destino que yo tuve? Solo puedo imaginar que así debe ser, que la tendencia hacia el equilibrio no es una característica peculiar de nuestro universo sino que es inherente a todos los universos. Puede que no sea más que una limitación de mi pensamiento, y tu gente haya descubierto una fuente de presión que sea verdaderamente eterna. Pero mis especulaciones son ya lo suficientemente extravagantes. Asumiré que un día sus pensamientos también cesarán, aunque no puedo imaginar que tan en el futuro suceda. Sus vidas terminarán igual que las nuestras, como la de todos debe terminar. No importa cuanto demore, eventualmente se alcanzará el equilibrio.

Espero que no se entristezcan por esta noción. Espero que su expedición haya sido más que una búsqueda de otros universos que usar como reservas. Espero que les motive un deseo de conocimiento, el anhelo de ver lo que puede surgir de la exhalación de un universo. Porque aún si la longevidad de un universo es calculable, la variedad de vida que se genera en su interior no lo es. Los edificios que hemos levantado, el arte y la música y poesía que hemos compuesto, las vidas mismas que hemos vivido: ninguna de ellas pudo haberse predicho, porque ninguna de ellas era ineviable. Nuestro universo debe haberse deslizado hacia el equilibrio emitiendo nada más que un ahogado silbido. El hecho de que haya dado lugar a tal plenitud es un milagro, uno que solo es igualado por su universo dando origen a ustedes.

Aunque habré estado muerto mucho tiempo para cuando leas esto, explorador, te ofrezco una despedida. Contempla la maravilla que es la existencia, y regocíjate por ser capaz de hacerlo. Siento que tengo el derecho de decirte esto porque, mientras estoy inscribiendo estas palabras, lo hago yo también.

El hombre en busca de “El hombre en busca de sentido”

En la casa donde crecí había una habitación olvidada donde reinaba el desorden. Fue en medio de un montón de ropas viejas que, hace muchos años, encontré por casualidad dos de los libros que más han influído en mi vida. El primero fue “Pedro Páramo”, que ocupa un lugar privilegiado en mi memoria y mi vida. De ese título se puede decir que es un relato muy interesante y complejo, pero una fábula al fin y al cabo. Es con el segundo libro, “El hombre en busca de sentido” de Viktor Frankl, que yo conocí los libros “reales”. En él Frankl, psiquiatra de profesión, cuenta sus experiencias como prisionero en varios campos de concentración. En su estructura el texto no se ajusta al concepto de ser un diario o unas memorias, es más bien un anecdotario en orden más o menos cronológico en el que se narran distintos aspectos de la vida en el campo, vistas con el peculiar enfoque científico de el autor. Es por medio de estas observaciones que Frankl contrasta y cuestiona la realidad de los prisioneros, su vida interior, con los conceptos de otras escuelas de la psicología, notablemente el psicoanálisis de Freud. Gracias a estas observaciones Frankl no solo desarrolla una nueva teoría psicológica (quizá se puede decir que incluso aborda cuestiones filosóficas) sino que va llevando de la mano al lector en un viaje en el que él mismo encuentra el sentido a su sufrimiento, sus pérdidas, su vida. El resultado es una reflexión sorprendentemente esperanzadora que aborda una de las preguntas más antiguas y profundas que aún hoy en día se hace el ser humano: ¿qué sentido tiene todo?

Para no hacer el cuento largo, esta navidad decidí obsequiar este libro, que cabe mencionar es bastante conocido y debería poderse en cualquier librería. Desafortunadamente no fue así. Pregunté en la librería Gonvill, de la que no soy muy fan pero que he visto que tiene un buen surtido y buenos precios. El título estaba agotado. Pregunté en Sanborns, porque quedaba cerca, y me dijeron que sí lo tenían pero están tan desordenados los estantes que el empleado no pudo encontrarlo. Total que fui a buscar al centro… yo no estoy muy familiarizado con el centro de estra ciudad, per parece que como en todas las ciudades, hay alguna calle donde se combinan ciertos factores misteriosos y hay varias librerías una al lado de la otra. En la primera, que era la de tamaño mediano, estaba agotado también, lo cual me hace pensar que en alguna escuela todavía es lectura requerida y eso me parece muy bien. A mi lo más que me pusieron a leer en la escuela fue “Los viajes de Marco Polo”, que me aburrió a muerte y nunca terminé y me saqué un seis en ese trabajo porque leí algunos capítulos y medio tenía una idea de lo que pasaba pero nada más. Recordemos que aún no se acostumbraba eso del internet y el rincón del vago.

En la segunda librería, que fue la más pequeña pero surtida y agradable, evidentemente un negocio familiar, sí lo tenían. Pero, queriendo encontrar un mejor precio, fui a una tercera librería que era la más grande y en la que me dieron el mismo precio, que dicho sea de paso era el mismo que en Sanborns. Así que regresé a la tienda pequeña que me había gustado y ahí lo compré.

La historia debería terminar ahí en que todos fueron felices y contentos pero en eso recibí un mensaje de que ya se había inaugurado el Dunkin’ Donuts que desde hace semanas estaban construyendo en la ciudad y me comprometí a llevar algunas donas. No me sorprendió que al llegar hubiera una larga fila, casi cualquier franquicia que abra por primera vez aquí es bastante popular las primeras semanas. Asi que decidí aprovechar el tiempo y comencé a leer el libro. Atrás de mi se formó un señor que insistió en hacerme plática y al que se le unió un niño que le comentaba que ya las había probado en USA y que aquí seguramente no iban a estar tan ricas y en fin, que me interrumpieron varias veces, distrayéndome de mi agradable lectura. Se me fue haciendo un poco anormal la seguridad y el número de empleados corriendo de un lado para el otro y entonces me di cuenta de mi error: estaba yo en la inauguración de la tienda.

Parece ser que a los primeros clientes les regalan un descuento vitalicio o algo así porque no tardaron en contar anécdotas de gente acampando a la espera de ser de los primeros en entrar al local. Para entonces ya había invertido bastante tiempo en esa fila como para darme por vencido y realmente no tenía nada mejor qué hacer. Me dio risa cuando el niño que llegó después del señor que estaba formado después de mi le preguntó cuánto tiempo llevábamos formados y le dijo que como 45 minutos o una hora. Verán, como en esas plazas comerciales de ahora se empeñan en cobrar el estacionamiento, yo siempre tomo el tiempo para procurar no pasarme de las primeras dos horas que son más económicas. Sabía perfectamente que llevábamos apenas poco más de veinte minutos esperando. Unos quince minutos después, cuando ya se veía cerca el mostrador, salieron los empleados a ahuyentar a todos los clientes que estaban esperando servicio en su auto. Yo pensé que ya iban a cerrar pero salió una empleada y dijo que habían tenido mucha demanda y ya se les habían acabado las donas. El señor y el niño que estaban detrás de mi se desanimaron y se fueron, la fila se redujo considerablemente. Yo ya había mucho tiempo como para irme sin siquiera probar el café (que resultó no tener nada de especial) y en eso salió una señora que nada tenía que ver pero que no estaba en la fila y nos dijo que en realidad todavía quedaban bastantes donas. Y era verdad: había mínimo cien donas en el mostrador.

Al final me fui de ahí con dos docenas de unas donas que, aunque interesantes, no puedo decir que valgan lo que cuestan, y luego de haber pasado un buen rato de agradable lectura interrumpida. Creo que la moraleja es que puedes convencer a la gente de gastar un montón de tiempo esperando comprar cualquier cosa.

“Odd Thomas” de Dean Koontz

Leí el primer libro de esta saga luego de toparme con él en repetidas ocasiones. Cada que iba a Sanborns el libro saltaba de los estantes y me acomodaba unas buenas cachetadas para llamar mi atención. Yo, siendo la persona tolerante y conciliadora que soy, volvia a colocarlo discretamente en su lugar. Esa relación insana empezó hace más de tres años pero hace unos meses, después de pensarlo más de lo necesario, decidí leerlo para tomarme un descanso en mi racha interminable de clásicos de ciencia ficción. Y vaya que fue un cambio de ritmo. De Dean Koontz no he leído mucho, aunque no me resulta del todo desconocido su trabajo. Sabía que al menos sería una lectura entretenida.

Empecemos con el personaje principal, que si, se llama Odd debido a la excentricidad de sus padres. Es un tipo en apariencia normal que busca llenar su vida de tranquilidad y simpleza porque tiene un “don” que ya le produce suficientes complicaciones: es capaz de ver y hablar con los muertos, aunque ellos no pueden hablar con el. Esto viene acompañado con una “habilidad” a la que él llama “magnetismo psíquico”  y que lo conduce hacia personas en las que está pensando, ya sea de manera consciente o inconsciente, convirtiéndolo tanto en algo muy útil como un serio inconveniente. Además de los muertos, Odd también ve a unos seres que resultan invisibles para todos los demás a los que da el nombre de “bodachs” y que se alimentan del dolor y el sufrimiento humanos y parecen saber con anticipación donde encontrarlo, de modo que verlos agruparse en algún lugar o siguiendo a una persona en particular nunca es buena señal. Todo esto en compañía del fantasma de Elvis Presley…

“Evil walks among us. We don’t always see it.”

Sobra decir que la premisa de la historia es bastante descabellada por si sola, aunque Koontz sabe conjugar con bastante maestría todos los elementos para crear un libro que resulta más que entretenido así como un héroe con el que hábilmente conquista los corazones de los lectores. Y sabe vender muchos libros y forrarse de billetes verdes, no cabe duda que el hombre conoce su negocio.

También sobra decir que a continuación va a haber muchísimos spoilers.

“Odd Thomas” es tambien el título del primer libro de la saga, que originalmente iba a constar de 6 volúmenes pero ya salieron esos seis y todavía faltan al menos dos. En este primer libro conocemos a Odd, que lleva una vida muy tranquila siendo cocinero en un restaurante de un pueblo en medio del desierto. Pocas personas conocen las habilidades sobrenaturales de Odd, entre ellos su amada novia Stormy, el sheriff del lugar y un par de amigos más. En esta primera aventura Odd comienza a encontrarse con bodachs en números alarmantes y los sigue hasta la casa que ocupa un hombre de aspecto muy sospechoso. Poco a poco comienza a revelarse un plan macabro (siempre quise escribir “plan macabro”) para realizar un acto de terrorismo con nexos al satanismo. Odd se convierte en el héroe, a medias y sin querer porque no le queda de otra.

“I see dead people. But then, by God, I do something about it.”

Koontz llena el libro de un ambiente muy adecuado donde la incredulidad se combina con la superstición y el misterio, a la vez que dota a su protagonista de una personalidad muy peculiar con un sentido del humor muy especial. Se la pasa haciendo referencias a la cultura pop y debo reconocer que el autor maneja un vocabulario de lo más amplio. Yo leí la saga completa en su idioma original y, aunque creo tener un vocabulario más que adecuado, me encontré anotando e investigando muchos términos nuevos que al final sumaron una lista de varias páginas. Solamente quería mencionarlo porque se me hizo muy curioso, no me pasó ni con la saga de Harry Potter ni con otros libros de ciencia ficción que también he leído en inglés. Una crítica negativa que he visto varias veces respecto a esta saga es que ningún joven de 23 años habla de la manera en que Koontz hace hablar a Odd Thomas y la verdad es cierto. Aunque tampoco ningún joven de esa edad tiene esas habilidades y esa historia en su vida. A mi no me molesta en lo más mínimo, al contrario, me parece muy interesante y creo que funciona muy bien. Se trata de una novela de ficción pura, caray. Donde, paradojicamente, si falla, es cuando Koontz insiste en pintar a Odd como un muchachito que no ha leído nada de nada.

No creo necesario entrar en más detalles acerca de la trama, el encanto del libro radica precisamente en que es muy simple y el personaje de Odd Thomas es más que suficientemente especial para mantener el interés. Si acaso puedo agregar algo que extrañamente no he visto mencionado en otras críticas y reseñas: cada volumen de esta saga narra un día en la vida de Odd, de modo que lo que vemos es una pequeña rebanada de tiempo. Oh si, y el hecho de que al final del primer libro se supone que es Odd mismo el que escribe el relato de sus aventuras y se lo da a un amigo para que lo guarde y evite que el texto vea la luz hasta el día de su muerte. Y como ya estamos leyendo la historia… pues creo que es un gran spoiler por parte de Koontz. Esperemos que pase algo que no estoy tomando en cuenta.

Sinceramente el primer libro me sorprendió mucho. En particular hay un detalle en el desenlace que me tomó por sorpresa y me golpeó bastante fuerte y que ese si vale la pena que lo descubra cada quien al leerlo. Parece que la historia va para un lado y entonces nos damos cuenta de que va completamente en otra dirección y no es nadamás por darle un twist, de verdad es la manera lógica de continuar con la historia. Aquí si le reconozco una vez más a Koontz que conoce muy bien su negocio.

Está muy claro que Odd Thomas es el personaje favorito de este autor y que tiene bastantes fans. La única crítica negativa con la que concuerdo es que se ha ido convirtiendo en un personaje sin defecto alguno, lo cual es, graciosamente su principal defecto. Odd es, en pocas palabras, un santo de piez a cabeza. Pero como mencioné, a mi esto no me molesta por tratarse de algo tan fantasioso.

Para terminar, un comentario acerca de las múltiples obras que componen esta saga. Me estoy saltando varios comics que han salido, uno de ellos a manera de precuela, porque no los he leído y tampoco he visto los “webisodios”. Oigan, de pronto esto me empezó a oler a mucho dinero.

  • Odd Thomas (2003) – el libro que comenzó todo y que si puedo recomendar.
  • Forever Odd (2005) – un amigo de Odd es secuestrado por una misteriosa femme fatale obsesionada con lo sobrenatural y él se lanza al rescate. Es una buena secuela, concisa, bien lograda. Más pequeña que la primera historia en muchos sentidos pero entrañable dentro de este universo ficticio. A mi gusto la que mejor funciona y, si les gusta el primer libro, les recomiendo leerla, olvidarse de las demás secuelas, e invertir su tiempo en los grandes clásicos de la literatura. “Crimen y castigo”, “La guerra y la paz”, “Orgullo y prejuicio”, “Fausto”, “El arte de la guerra” son algunas sugerencias de las que no se arrepentirán. Si buscaban algo más contemporáneo o puramente entretenido, editorial Dolmen está publicando títulos de temática zombie como si no hubiera un mañana.
  • Brother Odd (2006) – después de los eventos de los primeros dos libros, Odd está agotado física y emocionalmente, así que busca algo de paz y tranquilidad refugiándose en un monasterio, donde monjes y monjas dan asilo a niños desamparados con serias condiciones médicas, truco muy bajo para despertar compasión en el lector. Cosas horribles suceden. El problema es que se introducen elementos de ciencia ficción a la vez que los tintes sobrenaturales a los que ya estábamos acostumbrados. Yo digo que es muy larga y como secuela me parece la más débil.
  • Odd Hours (2008) – Como no le funcionó muy bien su anterior retiro, Odd se refugia en el anonimato, trabajando como cocinero personal de un viejo millonario en un pueblo Silent-Hillesco apartado de todo y con neblina y toda la cosa. Como no podía ser de otra manera, el gusto le dura poco y pronto se ve envuelto en una conspiración para detonar una bomba atómica en, Dios nos agarre confesados, tierras gringas. Es muy pronto para hacer metareferencias a la primera historia… porque la premisa es básicamente la misma. Hay varios personajes que no quedan bien dibujados, particularmente los villanos. Lo más importante tal vez es que Odd conoce a una misteriosa mujer embarazada llamada Annamaria a la que ayuda a escapar de los malosos (no queda claro por qué la persiguen) y que le acompañará en sus siguientes aventuras, aunque no haga mucho en ellas. Yo me supongo que ella va a dar a luz al anticristo en el último libro o algo de ese calibre, pero no me hagan mucho caso.
  • Odd Interlude (2012) – es un relato dividio en tres partes, que juntas completan una novela corta. Salió este año en la plataforma de Amazon como stunt piblicitario para el quinto libro. Odd y Annamaria han salido del pueblo aquel y, camino a donde sea pero lejos de aquí, se hospedan en un motel olvidado de dios. El motel es atendido por una familia que actúa de forma extraña y sospechosa y no tarda en descubrirse que están todos bajo el control telepático y telequinético de un ente maligno ¡de origen extraterrestre! A estas alturas ya está muy claro que Odd Thomas tiene lo que se necesita para ser héroe de toda la galaxia. Una vez más le reconozco a Koontz que el relato está bien logrado, narrado con mucha imaginación e intensidad, así que a pesar de tener uno o dos giros de tuerca de más, es una forma muy agradable de seguir el sendero de Odd Thomas. Me recordó mucho a “The regulators” de un tal Richard Bachman, lo cual es un acierto. Clap clap.
  • Odd Apocalypse (2012) – después de quedar enganchado a esta saga y luego de los altibajos emocionales que producen las secuelas con su calidad tan variable, tuve un caso grave de Odd Thomasitis y no podía esperar a que saliera esta entrega. Por fin salió y comprendí a que se refieren con “devorar” un libro. Odd y la misteriosa Annamaria, una vez más en su viaje hacia ninguna parte (que de hecho es un lugar en particular en Silent Hill, hasta hay un mapa), se hospedan en la lujosa mansión de Roseland, que es una majestuosa propiedad amurallada. No tardan en revelarse las secretas intenciones de los habitantes del lugar así como la existencia de una especie de monstruos transgénicos ¡que vienen del futuro apocalíptico! porque Tesla construyó una máquina del tiempo pero el gobierno niega tener conocimiento y los malos la están usando para el mal… No es un mal libro pero no es lo mejor de la saga. Con este ya me doy por vencido con tratar de imaginar siquiera de que se puedan tratar las próximas secuelas. Literalmente todo lo que se les ocurra puede pasar.
  • Deeply Odd (2013) – Originalmente iban a ser seis libros y este sería el último, pero Koontz ya se dió cuenta que es pronto para acabar con la gallina de los huevos de oro y ahora van a ser siete. Si contamos “Odd Interlude” pues van a ser ocho. Sale en enero 2013. No tiene caso pensar qué consideraría Koontz “Profundamente extraño”.
  • Saint Odd – fecha de lanzamiento aún sin confirmar, aunque el título algo revela.

Finalmente solo puedo platicar de pasadita que desde hace tiempo se hablaba de la película de Odd Thomas y, como siempre, el instinto y la experiencia nos piden desconfiar y no esperar nada. Pero es real, iba a salir este año pero la cambiaron para el siguiente. La dirige Stephen Sommers, que era un director estimable hasta que lo absorbió esa saga de “The mummy”. Koontz dice que, al igual que los fans, él no creía que fuera posible hacer una película decente pero que el resultado lo ha convencido. Aunque yo en lo personal estoy seguro de que este hombre es capaz de decir y escribir cualquier cosa y que no diría nada que afectara negativamente los dólares que irán a parar a su bolsillo.

En conclusión, “Odd Thomas” es una saga muy…peculiar que leí por casualidad y a la que no esperaba tomarle especial cariño pero que ya no puedo soltar. Puedo recomendar sin remordimiento el primer y segundo libro y veré gustoso la película. Pero no creo poder suspender la incredulidad por más tiempo.