Fui a la Plaza de la Tecnología con mi tía, que es una tía de la tercera edad un poco distraída y que hace cosas muy locas. Me dijo que la llevara porque había dejada una pulsera de oro en un local de ahí para que le repararan un problema que tenia en el broche. Esta tía es muy especial para mí, así que la llevé. Dada su forma de ser lo que me imaginé fue que se refería a alguna joyería en el centro histórico de la ciudad que quedaba cerca o frente a la Plaza de la Tecnología. Desafortunadamente había extraviado la nota, así que no teníamos forma de comprobar la dirección del lugar o el valor de la joya. Ella no es una mujer de presunción, pero sus joyas son siempre o muy antiguas y de valor, o “de fantasía” pero “de buen ver”, así que en cualquier caso valía la pena hacer el esfuerzo por recuperar la pulsera.

Llegamos a la Plaza de la Tecnología (o de la memoria USB y el celular, como también se le conoce) y no vi joyería alguna en las proximidades, así que me preparé para lo peor ¿sería esto como la vez que la acompañe a la relojería a preguntar por el cucú de la abuela… que en realidad nunca había estado ahí? Para mi sorpresa un costado de la Plaza de la Tecnología estaba totalmente remodelado y ahora era el Centro Joyero; básicamente la misma idea de una serie de locales diminutos, pero ahora con joyería y relojes provenientes “de lejanas tierras de oriente”.

Por suerte mi tía encontró la nota en las misteriosas profundidades de su bolso de mano de señora en ese momento (no me pregunten… señoras que…), así que ya solo fue cuestión de ir caminando hasta llegar al local adecuado. No tenía nada digno de mención, un triste mostrador con unos cuantos relojes Casio más o menos económicos, el más interesante era quizá uno de la serie Edifice (relojes análogos de manecillas, grandes y pesados, hechos de metal y varoniles que no se ven mal cuando quieres verte bien y están a precios muy accesibles) que creo que ni la fecha mostraba, y una serie de extensibles de plástico aquí y allá. No reparé en el local en primera instancia, de hecho no lo vi hasta que venía de regreso. Casi todos los localitos tenían la misma lámpara de mesa de brazo ajustable con lupa y aquí no vi limpiadores ultrasónicos ni herramienta para abrir/cerrar relojes finos ni para hacer electroplateado con rodio. Ni anillos de plata había a la vista, lo cual al principio me dio cierta desconfianza. Pero hace poco me hicieron ver que vivo en un mundo de fantasía en el que las plumas finas con partes de oro macizo y chapa de paladio son cosas de todos los días, así que me tragué mi orgullo y dirigí a mi tía a ese lugar.

El señor que la atendió era bajito, moreno y de cara redonda, me hizo pensar en Armando Manzanero. Mi tía me dijo que había ido a dejar su pulsera ahí unas semanas antes acompañada de una amiga suya que se lo recomendó, que según tenía muchos años de tener tratos con el señor y siempre había quedado muy satisfecha.

“Vengo por una pulsera” le dijo mi tía al tiempo que le daba la nota, y el señor lo primero que le preguntó fue hace cuanto tiempo la había dejado. Sonaron mis alarmas internas al pensar que el señor iba a decir algo del tipo “después de treinta días no nos hacemos responsables” y me preparé psicológicamente para una acalorada discusión. Pero luego me di cuenta que no lo había preguntado en ese senido, más bien el señor intentaba hacer memoria mientras veía un mueblecito con infinidad de pequeños cajones sin marcas ni etiquetas, como tratando decidir cuál abrir. Por un momento me pregunté por qué no se fijaría en la nota, pero vinieron a mi mente imágenes de mi papá y mamá de la tercera edad tratando de leer letras pequeñas y ya no dije nada.

El señor abrió un par de los pequeños cajones y rebuscó en su interior, cuando mi tía dijo algo que se me hizo muy extraño “¿quién es el de la foto” le preguntó. El señor no volteó ni nada, siguó buscando y solo dijo “mi hermano”. Yo apenas entonces noté una foto enmarcada colgada de una pared del localito, mostraba a dos hombres sonriendo, uno más alto que el otro. Me pareció distinguir que uno era el señor que nos estaba atendiendo, además de un cierto parecido con el otro hombre. Me preparé para algún comentario extra como “anda de mojado” o “falleció el año pasado” pero para mi sorpresa mi tía dijo muy animada “le voy a robar esa foto” y me desconcertó completamente. Examiné detenidamente la foto y uno de los hombres era definitivamente el joyero. No comprendía yo nada, estaba yo pensando como le iba a decir a mi tía que ese comentario sonó inadecuado ¿se le estaba insinuando ella al joyero o algo así?

Pero entonces el señor lo aclaro todo al preguntar “¿a poco Cuauhtemoc Blanco es también su ídolo?”. Y ella le dijo que sí y me acordé que desde siempre ha sido americanista. El señor nos atendió muy amable y alegremente, hasta le pregunté por un extensible para uno de mis relojes Casio Twincept (relojes que combinan displays digitales con banco de datos que “flotan” sobre maquinaria analógica de manecillas de forma única y que fueron descontinuados porque ahora a la gente le importa más el letrerito que dice Calvin Klein o Donna Karan que la sofisticación electromecánica) pero me dijo que solo tenía extensible de plástico; le dije que esos no me gustan, los prefiero de metal o nylon, y me dijo que pasara en unos días, que le iban a llegar unos muy bonitos.

El joyero entregó la pulsera, mi tía la examinó y quedó satisfecha. Yo la vi por todos lados y no distinguí que se le hubiera hecho ninguna modificación, lo cual supuse que era buena señal. Le dimos las gracias al señor y nos fuimos.

Fue curioso ver los lejanos caminos que toma la mente al enfrentarse a algo que no comprende pero trata desesperadamente de encontrarle sentido; sentir el nivel de paranoia y lo fácil que es creer que las cosas están tomando un rumbo peligroso sencillamente porque uno está acostumbrado a estar a la defensiva todo el tiempo, esperando a ver de donde viene el primer golpe.

Lo interesante es que en realidad se trata e un ejemlo muy claro e algo que decía Dale Carnegie en “How to win friends and influence people”, que algo muy importante para hacer amigos y caerle bien a la gente es hablarle de cosas que le interesan. Así de sencillo. Si me conocen saben que no soy bueno para eso, y rara vez ha quedado mejor demostrado que en esta ocasión.

Está por anocher cuando llego a la gasolinería…

… es una gasolinería un tanto peculiar porque es relativamente nueva y ya había una muy cerca desde mucho antes, además de que no tiene precisamente la mejor ubicación; pero a mi me gusta porque está casi todo nuevo, no hay que hacer filas y me queda cerca. Pero esta vez no voy a cargar gasolina, paso de largo las bombas y me estaciono frente al minisuper Extra (que algún día deberíamos hablar de las diferencias entre el Oxxo y el Extra). No me voy a tardar ni cinco minutos y pasa muy poca gente por ahí, pero de todas formas la paranoia y la costumbre son muy fuertes (hasta más fuertes que el amor) y me pongo a desconectar el celular del estéro del coche (he estado usando el celular porque mi iPod “no está disponible” y también me voy a quedar con mucho que decir respecto a la estupidez de que aún los teléfonos casi más modernos no acepten tarjetas de memoria de más de 32 GB, mi adicción a iTunes y mi flujo de trabajo musical basadas en las estrellas de dicho software maligno, así como lo mucho que me desagrada como se manejan los mp3 en Android) antes de cerrar las ventanillas.

Desde antes de estacionarme ya había reparado en el hombre que se encuentra en el cajón de al lado, está de pie junto a una motocicleta del tipo que usan los repartidores y mensajeros. No sé mucho de motos pero me pareció que estaba cerrando el tapón del tanque de gasolina y no lo consideré un riesgo a la hora de colocar mi coche ahí. Solo puedo pensar que subestimé el riesgo y al menos debí cerrar las ventanillas antes de apagar el motor. Se acerca y me pide que le preste la llave de mi coche para ver si puede abrir el tapón de su moto porque no trae la llave del tanque de la moto y no puede cargar gasolina. No le digo nada y subo los vidrios antes de bajarme del auto. Es una situación extraña para mí, sé que probar con otra llave puede funcionar porque he visto que si funciona en ocasiones intentar con una llave cualquiera, mientras entre en la cerradura (me imagino que se debe a que el mecanismo ya está muy desgastado con el uso en los vehículos que tienen unos años). No sé mucho de motos y pienso que si yo fuera el fabricante usaría la misma llave para el motor y para el tapón de la gasolina, pero mejor no sigo por ahí porque hay mil y un detalles que considerar. Puede que el hombre no mienta y de verdad esté desamparado pero ¿soltarle las llaves de mi cafetera a un desconocido? ¡Jamás!

Me bajo del coche y, para no sentirme mal conmigo mismo, le doy el llavero. Prueba varias llaves y ninguna le funciona. Me da las gracias y me devuelve las llaves. Me voy. Claro que mientras cerraba las ventanillas separé del llavero la llave de las puertas y el motor de mi coche y nunca me separé de ellas, de hecho las llaves que le di ni a mi me sirven, son de una cadena para bicicleta que traigo en la cajuela, una alarma y un tapón de gasolina de VW que alguna vez fue mío y actualmente se desconoce su paradero porque hace unos años en una gasolinería me lo cambiaron sin que me diera cuenta (quiero pensar que por error). Pero ¿qué más se puede hacer en este caso?

Sí me sentí mal conmigo mismo.

The awkward introduction

Tocaron la puerta y vi un automóvil destartalado enfrente de la casa. Salí a ver quién era y me encontré con un rostro que me resultaba vagamente conocido. Tendría yo unos catorce años y sabía que había visto esa cara en algún lugar pero no tenía idea de cuándo o dónde.

– Hola, oye me dijo tu papá que pasara por el tanque de gas chiquito, el que está pintado de azul y anaranjado.

No respondí de inmediato, me quedé un momento examinando detenidamente al hombre, tratando de adivinar de dónde lo conocía y cómo es que tenía esa información. A mi nadie me había dicho nada al respecto y los celulares todavía no eran muy comunes. Pero me sentí presionado a atender aquella extraña solicitud suponiendo que no había otra manera de que alguien supiera de ese tanque, que llevaba años oxidándose en el patio trasero. Yo era muy tímido y, con tal de no quedar mal ni parecer desatento, preferí entregar el tanque, aunque al final me quedó la sensación de haber sido estafado por un desconocido. Total, el tanque era feo y estorbaba.

Más tarde ya ne explicaron que el señor que había venido era un tío lejano que hacía mucho que yo no veía y que efectivamente mi papá no había podido ir a darle el tanque él mismo. De modo que no es una estafa en sí, pero tiene mucho en común con un intento fallido de robo que vi una vez.

¿De qué se trata, pues, esta “presentación incómoda”? Es una estafa muy sencilla en la que se utiliza cierta información genuina a manera de “credencial” para ganarse la confianza de un tercero. Por ejemplo, una persona que dice venir de parte de un conocido a solicitar bienes o favores. El chavo desconocido que supuestamente viene de parte de la vecina de atrás a pedirte permiso para saltar la barda de tu patio trasero hacia su casa porque “se le quedaron las llaves adentro”. El comprador que viene a recoger la mercancía porque dice que ya la pagó a otro familiar/socio/coworker. El futuro inquilino que ya habló con la señora y quiere que le dejes pasar a ver la casa.

Aquí la clave es que el estafador dispondrá de cierta pieza de información que intentará usar para convencerte de que es conocido de algún conocido y digno de confianza. También es clave que se aprovechará de sorpresa e incomodidad que este tipo de presentaciones causa asi como las prisas que todo mundo tenemos, factores que, ellos esperan, nos harán saltarnos cualquier tipo de verificación de identidad que podamos hacer. Muchas veces basta con una llamada telefónica a nuestro conocido de confianza o un breve interrogatorio al estafador para dejar en evidencia la mentira. Pero de todos modos muchos caemos redonditos en la tranza. Porque somos perezosos.

Un ejemplo muy sencillo: el otro día me encontré en el parque nuevamente a cierto tipo sospechoso. Pero en esta ocasión estaba acompañado de un par de chavos (que por su parecido físico asumo que son hermanos) que también he visto en el parque jugando con un balón. Parecía que este tipo ya los había abordado a ellos también en una ocasión anterior porque se sauldaron y platicaron un rato, a la sombra de los árboles. En ese momento yo, que ya había charlado anteriormente con el tipo sospechoso, tenía la posibilidad de acercarme a saludar y, haciéndome pasar como conocido (que tenía su parte de verdad, no se les olvide que la mejor mentira es la que tiene mucho de verdad), presentarme a los chavos y sacarles mucha información. Ahora bien, en mi caso no tendría yo ningún incentivo para hacerlo pues no es como si les fuera a robar el coche o a sacar el número y clave de sus cuentas en islas caimán. Hubiera sido simplemente un ejercicio para practicar estas teorías y, según que tan incómodo resultara, evitar que en lo sucesivo el tipo sospechoso se me volviera a acercar. El punto es que es muy sencillo.

¿Qué se puede hacer para evitar ser estafado en una “Presentación incómoda”? Básicamente: ser paranóicos. No hay que revelar nunca información alguna a desconocidos (Tip: responder siempre repitiendo la pregunta que te hicieron o con más preguntas), no dar ningún tipo de acceso/bienes/dinero a ningún intermediario desconocido que aparezca de pronto, verificar siempre llamando a familiares y conocidos para verificar si han enviado a un tercero y revisar exactamente de qué y de qué no se trata. Mucho cuidado porque la estafa puede consistir simplemente en crear una distracción para que bajemos la guardia y en lo que vamos a checar si la tía Carmela mandó a dos chalanes, ya nos vaciaron el changarro. También: nunca dejar sin supervisión a desconocidos trabajando en/cerca de nuestras propiedades.

Aquí lo ideal sería nunca hacer ningún trato por medio de un tercero pero la gente es floja y es una triste realidad con la que tenemos que tratar. Mi recomendación: usar contraseñas con familiares y amigos cercanos, frases y palabras que pueden pasar disfrazadas como un mensaje por medio del tercero.

Riing riiing.
– ¿Bueno?
– Hola, me llamo Gertrudis, soy amiga de tu tía. Me dijo ella que pasara a tu casa por una caja de estambres y unos encajes.
– Claro…
– ¿A qué hora vas a estar en la casa? – Nótese la sutil extracción de información valiosa para ladrones.
– Voy a estar aquí todo el día – Nótese la respuesta más adecuada, aún cuando lo más conveniente fuera no estar en el lugar.
– Muchas gracias…
– Ah este… ¿y fue todo lo que te dijo?
– Bueno ella… tu tía me dijo que te llamara “Parásito infernal”…

Quizá quieran ustedes practicar el uso de una contraseña más discreta como “dejaste las medicinas de tu abuelo en el carro” o “que si puedes pasar a recoger a tu tía al Teatro de la Paz”. Lo importante es que no parezca una contraseña y que el intermediario la entregue automáticamente sin pensarlo demasiado.

Muy relacionada a esta estafa hay otra que consiste en utilizar credenciales auténticas pero que no nos pertenecen y que no se pueden verificar inmediatamente (en el caso ideal para el estafador) o que la víctima no pensará en verificar inmediatamente. La idea es hacer que la víctima sienta confianza. Supongamos que en medio del tráfico de esta alocada ciudad un tipo en un auto del año le hace un rayón a tu carro. Se bajan de los automóviles, él supuestamente llama a su seguro y como este demora, te da su tarjeta de presentación para que lo contactes. No, no hace falta que preguntes, no trae identificación alguna consigo. Te entra la desconfianza y marcas en ese momento al número. Sí, ahí trabaja el licenciado Martínez Tello. Sí, tiene cabello rizado y conduce un auto plata del año, de una vez hasta te preguntan si quisieras hacer una cita. Él licenciado mismo te dice que no hay necesidad y acuerdan verse al día siguiente en su despacho. Solo que cuando te presentas conoces al verdadero Lic. Martínez, que no se parece en nada al tipo que te chocó… Tip: siempre anotar las placas y, ante falta de una identificación, tomar una fotografía del individuo. Algo muy similar hace el protagonista de la serie “White Collar” para robar la caja negra de un avión.

Siguiendo estos sencillos consejos no les garantizo que le caerán bien a la gente pero sí que no serán estafados tan fácilmente.

Curiosa alineación de los astros

Con este post empiezo a hablar de un tema que me interesa: la estafa y la mentira.

A veces puedo ser muy despistado. Ayer iba muy alegre y contento tarareando en el carro al ritmo de los grandes éxitos de mi artista favorito, me dirigía a un famoso centro comercial de la ciudad. Un entronque aquí, un semáforo allá, vuelta a la derecha ok no viene nada sigo y ya estoy dentro del estacionamiento shalalá. Y al bajarme del auto me di cuenta, horrorizado, del inexplicable error: de alguna manera había entrado sin detenerme a tomar el ticket del estacionamiento, cosa particularmente curiosa considerando que las entradas están “cerradas” siempre con las plumas automáticas que se activan al presionar el botón para tomar el boletito.

Venía tan distraído que no recuerdo con claridad, medio me viene a la memoria que entré inmediatamente después de un carro gris. Pero las plumas se cierran con rapidez, habría sido mucha casualidad que alcanzaran a pasar dos carros. No tengo idea de lo que sucedió, quizá la máquina estaba fuera de servicio o la pluma estaba, en efecto, cerrada y de alguna manera yo la esquivé en automático. Muy improbable esta teoría pero hey, hay gente que hace cosas más complicadas en estado de sonambulismo.

En sí esta vez las cosas no se salían tanto de la norma: soy tan distraído que he extraviado el boleto del estacionamiento en casi todas las plazas comerciales de la ciudad (me falta HEB) y he tenido que pagar el costo por boleto perdido, que suele ser escandalosamente elevado. Decidí proceder con mi visita como si nada, aprovecharía el tiempo para pensar en alguna estrategia que me ayudara a minimizar el gasto. Termino lo que fui a hacer y no tengo nada, lo más brillante que se me ocurrió fue comprar algo en la gran tienda ancla del lugar y  pedir la reposición del papelito, en una ocasión anterior ya tuve que recurrir a eso y la penalidad es muy baja. La otra alternativa es decir la verdad. Dudo mucho que alguien me crea pero si se da el caso se puede torcer la conversación al “¿me estás llamando mentiroso?” y exigir revisar las cintas de seguridad del circuito cerrado. Sirve que de una vez se aclararía el misterio de cómo carambas entré en primer lugar. Dos pájaros de un tiro. El ir e intentar sacar un boleto a la máquina queda descartado porque tiene sensores y no da ticket si no hay un auto, aunque este estacionamiento tiene suficientes entradas como para que valga a pena probar suerte a ver si de casualidad en alguna se concede el milagrito. También está la alternativa “social” que consiste en quedarse parado al lado de la máquina y, cuando llegue  un auto, explicarle al conductor mi desgracia y pedirle que me deje tomar su boleto. Él tendría que meter reversa y volver a tomar otro pero así nadie pierde nada. Esta alternativa toma tiempo, depende de la buena voluntad de un buen samaritano y puede requerir aguantar más de un rechazo. Esperar furtivamente por ahí, arrebatarle el boleto a un incauto y salir corriendo sería el último recurso pero uno ya no está para esos trotes.

¿Qué hacer? Bueno, empiezo por ir poniendo mi mejor cara de inocente para probar suerte contando la verdad, en cada caseta si es necesario. La verdad, por increíble que parezca. Antes de llegar al auto veo que en una de las casetas una pick up mete reversa. “Otro que se quedó sin boleto” pienso, y me pregunto si también habrá entrado de manera misteriosa o si nadamás será un despistado que perdió el ticket. Me subo al carro y me dirigo a la caseta del fondo, una de las menos transitadas. Esto con el propósito de disponer de más tiempo, en caso de que caigamos en una larga discusión, y de no obligar a retroceder a una larga fila de coches esperando salir.

“Buenas tardes” digo, y cuento brevemente lo que pasó. Me preguntan por donde entré y respondo; me siento como un idiota porque de hecho voy seguido ahí ¿cómo es que no me di cuenta?. “¿Ya avisaste?” me preguntan y contesto que no tengo ni idea de a quien avisar. La empleada saca un walkie talkie y avisa de la situación, así confirmo que las casetas están comunicadas, el plan de buscar el eslabón más débil se acaba de ir al traste.  “Sí, aquí estuvo” suena en el radio “perdió el boleto”.  Pero no es así, debe estar hablando de la pick up que vi hace un momento. Se lo explico a la empleada, que lo repite por el radio. Me voy preparando psicológicamente para una larga espera, negociando con la voz del radio a turnos. Pero entonces la empleada se enfrasca en una discusión por el radio hasta que nadie le contesta. Me cuenta que hay rencillas entre los empleados y que se dice que algunos hacen sus transas y bla bla bla y que ella no se presta a esas cosas. Me pide el importe del estacionamiento, sin penalización alguna ni documentación de ningún tipo (normalmente te hacen firmar papeles y dar tus datos). Estoy fuera.

Puede que sea una anécdota sin relevancia pero sigo sorprendido por la serie de pequeñas casualidades que se conjugaron para que sucediera. ¿Cuál era la probabilidad de ver a la camioneta que había perdido el boleto en el momento justo? ¿Cómo fue que entré? Como habitantes de este mundo que nos obliga a estar a la defensiva se va volviendo normal el tener un concepto paranoico de que en todos lados nos van a tratar de exprimir, que será más efectiva una elaborada estrategia para salir bien librados de una dificultad. Pero, a veces, basta con decir la verdad y estar en el momento correcto.

¿Será algo de los astros?