Will a simple handwritten note look like hieroglyphics to the next generation?

Hay un detalle muy ñoño de mi pasado que nunca he contado pero quizá los que me conocen de cerca sospechen. Mis primeros años de escuela los cursé en un instituto de costumbres muy tradicionales y rígidas. Un colegio en que los compañeros de primero de primaria no nos hablábamos por nuestros nombres sino por nuestros apellidos (costumbre que jamás he comprendido), en el que los lunes eran de corbata y saco con botones dorados, aunque en el sentido formal de la palabra, no se había implementado el uso obligatorio de uniforme. Ahí, aprendí a escribir a mano primero en “cursiva” o “manuscrita”, esa caligrafía a todas luces obsoleta en la que la pluma no se separa de papel entre el trazo de una letra y la que le sigue.

Así tomé mis apuntes y escribí todos mis textos los primeros años de mi vida, me resultaba de lo más natural. Y tenía habilidad pues en aquel entonces escribía rapidísimo y sin la menor dificultad. Recuerdo el uso de varios libros/cuadernos de trabajo especializados en la enseñanda de este tipo de escritura. El más efectivo, quizá, era uno que intercalaba hojas con ejercicios impresos con hojas de papel albanene (papel traslúcido, para los que no esten familiarizados) de modo que uno tenía que “calcar” los trazos para irlos aprendiendo. Voy a hacer una pausa solo para darle el espacio que merecen a las palabras “albanene” y “calcar” que son términos que no he dicho en voz alta en años y que me imagino que le resultarán extraños a las nuevas generaciones. Y sé que muchos de ustedes nisiquiera lo sospechan, pero el papel albanene reacciona al fuego de una manera por demás curiosa y atípica en el mundo de los papeles.

Con el pasar de los años vino el inevitable cambio de escuela y de residencia y me golpeó la realidad de que en el mundo y la vida real la gente no escribe así, las personas normales usan la “letra de molde” o “script” (aún no sé de donde vino ese nombre), que es a grandes rasgos una imitación de la letra impresa: caracteres separados y delineados individualmente. Recuerdo con claridad a los compañeros en las clases del catecismo señalando mis apuntes y comentando lo bizarros que eran mis garabatos. Sé que la instructora tenía dificultad descifrándolos pero le agradezco que tuvo el detalle de nunca comentar nada al respecto.

Cuando uno escribe en cursiva, necesariamente aprende trucos y mañas para facilitarse la vida, debido a las peculiaridades de esta caligrafia. Una de ellas es que, al formarse las varias letras de cada palabra con un solo trazo, no hay mucho tiempo ni espacio para dar marcha atrás en el renglón y completar un caracter, como por ejemplo hace uno para escribir el punto sobre la “i” o el tilde sobre la “ñ”. Asi surgen multitud de variaciones personales para letras tan sencillas como la “t”. Pero estoy entrando en demasiado detalle, baste con decir que durante años mi “t” de un solo trazo (que acababa teniendo forma de estrella) resultó tanto uno de los trazos más característicos de mi escritura como uno de los más controversiales. Cuando finalmente por el cambio de contexto y residencia y escuela y todo lo demás tuve que dejar atrás la letra cursiva, la “t” unitrazo me acompañó y me costó varios años deshacerme de ella.

Poco a poco fui perdiendo la habilidad y la velocidad con la letra cursiva, al punto de que hoy escribo mucho más lento en ella que en letra de molde. Y francamente siento que aún así escribía mucho más rápido y cómodamente en mis mejores años de cursiva. Es que lo que no se practica se va atrofiando y perdiendo con el pasar de los años, es lo que pasó con mi francés.

Hace varias décadas que no veo a nadie de mi edad escribiendo en cursiva ni mucho menos con la curiosidad o interés por saber siquiera de que se trata. Tiene más tiempo aún que no veo por ninguna parte los materiales didácticos (cuadernos, posters, cursos) que se usaban en mis tiempos. Únicamente es en el cine y la TV donde ocasionalmente se dejan ver ejemplos de este tipo de caligrafía, como cuando X personaje recibe una nota de agradecimiento de parte de un político de un lejano país o Y idiota abre el diario olvidado de la antigua dueña de la mansión embrujada. Por lo demás, la cursiva está totalmente fuera del mapa.

Por eso aún despierta una sonrisa en mi cuando algún familiar, concretamente mi madre o una tia, me ven jugando o probando alguna pluma fina “nueva” (entre comillas porque a veces son plumas cuya edad supera la mía) y realizan ellas algún trazo de prueba. Entonces sale con facilidad la cursiva como si fuera lo más natural.

No se trata solo de la cursiva, la escritura a mano en general ha pasado a ser algo muy personal, generalmente dirigido a uno mismo como nota breve o recordatorio. Si acaso creo (o tal vez quiero creer) que los estudiantes aún escriben diariamente en papel y que, con suerte, obtienen algo de provecho de estos esfuerzos. Por lo demás, la práctica ha muerto. Y con ella otras habilidades relacionadas como la taquigrafía. Llevo años queriendo aprender taquigrafía pero me he topado con un curioso problema: no consigo los libros necesarios, siendo que todavía cuando yo estaba en secundaria era materia obligatoria para las señoritas. A los hombres nos imponían dibujo técnico, cosa que nunca he necesitado y para la que tengo una (aburrida) habilidad natural, supongo que al menos en parte debida a mi interés por todo lo que tiene que ver con plumas y artículos de papelería. En cambio soy un fracaso en dibujo artístico y creo que me hubiera sido de mucho más provecho aprender taquigrafía que obtener excelentes notas en dibujo técnico entregando láminas para las que no me esforcé.

Pienso en la taquigrafía y no puedo evitar imaginarme a Victor Frankl redactando de memoria sus textos perdidos y esbozando su obra cumbre taquigráficamente en pedazos sueltos de papel que encontraba en el campo de concentración. No puedo evitar recordar que lo hizo por amor, en memoria de su amada. Tengo gran dificultad para imaginar que hoy los amantes de este siglo se escriban entre sí algo a mano, seguramente bastará con algún mensaje en medio electrónico.

Por cuestiones tecnológicas y socioeconómicas hemos ido perdiendo la costumbre de escribir a mano, como a muchos me ha pasado que mi letra es cada vez más horrible. Bueno, ese era el caso hasta que retomé un proyecto personal que me ayuda a mejorar en ese aspecto. Mucho se ha dicho y supuestamente comprobado respecto a los efectos positivos de escribir a mano, desde que ayuda a fortalecer el aprendizaje, la disciplina y la memoria, hasta que es capaz de reformar criminales (cosa que se decía del método Palmer). Recuerdo que hubo un tiempo en la secundaria en el que no disponía de máquina de escribir y las computadoras no estaban aún muy disponibles para el uso de alguien de mi edad por lo que me vi obligado a entregar varios trabajos escolares escritos a mano. En aquel entonces algunos profesores me descontaron puntos. Hoy en día creo que, en las mismas circunstancias, me pondrían puntos de más con la idea de que al menos no es otro copy-paste de algún texto de internet.

Ahora, cuando en medio de la sala de juntas del trabajo saco de mi bolsillo una pluma estilográfica para tomar notas (el instrumento más cómodo y preciso para largas sesiones de escritura a mano) la gente me dirige una mirada llena de extrañeza. Estoy consciente de que ninguna de las personas a mi alrededor ha visto y mucho menos usado algo “tan extravagante” y que no tienen ni idea de cómo funciona. Pero sobre todo, me pesa saber que no alcanzan a comprender por qué alguien se tomaría la molestia de usar algo tan complejo para una tarea tan irrelevante y efímera como tomar las notas de la junta de todos los días. Y la verdad que no es fácil explicarle a los demás por qué vale la pena para uno llevar un delicado instrumento con su respectivo tintero a mitad de la jungla en ese mes de servicio social obligatorio para redactar la bitácora del día, no sé si alguien de mi edad alcance a ver que hacerlo es una manera de sentirse en casa.

No se trata ya de preguntarme si esta colección de plumas procedentes de los más dispares confines del mundo (Italia, Alemania, Francia, Inglaterra, España, Estados Unidos, Japón) tendrá utilidad o significado para alguien después de mi muerte, me preocupa más que las próximas generaciones sean incapaces de leer mis notas por el simple hecho de que jamás han visto o usado la escritura a mano.

¿Se volverán jeroglíficos indescifrables algún dia?

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The perfect tool

“My friend Aaron Mahnke stated the other day that I “bled words.” I replied to him that I bled ink. But ink is not words. And words take work. But it’s work that I love — somedays more than others. That’s why I need the right tools for the task and I always have an eye out for something that might make the job a little easier.”

– Randy Murray, visto acá.

“Es muy frecuente que sea alguien distinto al dueño quien deje caer un instrumento de escritura de 350 dólares.”

– Me ha pasado y es la triste realidad del porque algunos nunca prestamos plumas. Visto acá.

Primera reseña de una pluma

Escribo esto completamente lleno de inseguridad. Me da miedo que me reconozcan, por fin, como el tipo más ñoño del universo. Lo lamento pero en algún momento tenía que salir del clóset: AMO las plumas. Amo escribir a mano. Llevo décadas juzgando fuentes, plumas, diseños, legibilidad, practicidad, estilo, habilidad, calidad, estética, alfabetos, ideas y todo lo que tiene que ver con las letras.

“La escritura da cuerpo y permanencia a tus ideas” – es algo que recuerdo haber leído en alguna parte, déjenme ver si encuentro donde.

Así que aquí está, mi primera reseña EVER. No me voy a tomar la molestia de traducirla (está escrita en inglés) porque la pluma es MALÍSIMA y sencillamente mi tiempo vale más. Por favor no me juzguen y perdonen el pobre inglés que les manejo.

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Regalos “Diana”

La historia de cómo (por casualidad), cuándo (hace más de trece años)  y por qué (porque no hay que presionar en absoluto contra el papel) empecé a usar plumas fuente da para un post aparte pero medio viene al caso aquí. A grandes rasgos todo comenzó cuando encontré una entre las cosas viejas de un familiar. Me intrigó pero estaba rota. La primera que compré falleció en un accidente al prestarla a un conocido y la segunda también (moraleja: carguen siempre con un boligrafo exclusivo para prestar, no suelte su pluma fuente más que a conocedores). Entonces decidí darme una vuelta por las papelerías tradicionales del centro. Por aquel entonces se anunciaba mucho la línea Parker Frontier pero, aparte de que sus costos estaban fuera del alcance de un estudiante de secundaria como yo, había tenido una mala experiencia con un bolígrafo de la marca así que jamás iba a comprar una Parker. Aquel equeño trauma que persiste hasta estos días, dicho sea de paso. En una de esas papelerías, que afortunadamente al día de hoy sigue vendiendo montones de curiosidades y plumas finas, pude ver de cerca otra pluma que tambíen estaba de moda en joyerías y tiendas de regalo: la Stypen. Es una marca francesa poco conocida, aunque al parecer tiene su historia: los ejemplares viejos existen, aunque son raros, y ya muestran las peculiaridades que caracterizan a la marca. El precio era accesible, la calidad buena y el diseño me gustó así que la compré.

El gusto no me duraría ni para el período de prueba, creo que no la usé ni dos semanas porque entonces fui víctima del gran robo de plumas, evento que de aquí en adelante es posible que mencione en repetidas ocasiones pero que jamás explicaré en detalle. En el ínter me subieron los costos de la tinta, dejé de usar plumas fuente… y Stypen fue adquirido por Bic, el gigante francés de la escritura, cambiando radicalmente la red de distribuidores y descontinuando muchos modelos. Nunca he entendido este tipo de adquisiciones, no es que Bic sea conocido por su línea de finísimos y exclusivos artículos de diseño pero en fin. Y como siempre, me estoy yendo por otro lado. Baste con decir que cuando quise recuperar esa pluma, ya se había convertido en un artículo descontinuado e imposible de conseguir.

Hace unos meses, estando de viaje por otra ciudad, pasé por una tienda de regalos llena de curiosidades y vi que tenían varios ejemplares, pero como aún no despertaba de aquel mal sueño que es escribir con la pluma más barata que te encuentres, el asunto no pasó de un breve suspiro de nostalgia. Cuando hace poco me puse a desempolvar y entintar mis viejas plumas me vino el flashback y una idea anidó en mi cabeza “Recupera la Stypen” así que hice una nota mental de pasar a preguntar cuando volviera a estar en aquella ciudad.

Llegué ayer y hoy pasaba por ahí, así que me asomé en los aparadores de la muy surtida y folklórika Regalos “Diana”. Digo folklórika porque la verdad el surtido de esa tienda es bastante grande: de Paper Mate,  Zebra y Sabonis hasta Parker, Sheaffer y Cross. No ví la que buscaba donde la había visto, no es de sorprender porque las plumas fuente suelen agotarse en las navidades. Pero por otro lado, no me hacía clic: esa marca lleva descontinuada por lo menos ocho años así que ese stock debía tener en exhibición más o menos el mismo tiempo (algo bueno y malo de las plumas fuente es que no se deterioran y conservan su valor por muchos muchos años). Entré a preguntar, pregunté en general por plumas fuente, esperando que el señor me mostrara el surtido y ya fuera que me encontrara algo bonito o diera con la pluma en cuestión o algo. La respuesta del señor fue muy clara: no tenía plumas fuente, se agotaron en navidad pero volvía a surtir en quince días. Debía ser muy mala suerte que algo que llevaba ocho años sin venderse se agotara el fin de año siguiente a una crisis económica mundual, pero  bueno.

Al salir me detuve a ver otros mostradores y ahí estaba. Le comenté al señor y me dijo “ah es que pluma fuente sola no tenemos, únicamente en juegos”. Salí de ahí con el juego de pluma fuente y bolígrafo (este último no lo creo usar jamás) y el precio fue lo que pensaba pagar solo por la pluma fuente.

Jamás entenderé a la gente que no quiere vender.

Regalos Diana

“Strange overtones”, un tributo caligráfico

Hace unas semanas, después de mucho pensarlo, por fin admití que me gustaría hablar de, a grandes rasgos (y que dios me perdone por llamarles así) “plumas finas“. Y bueno, aquí hay una muestra de algo que me encontré que no se puede lograr si no es por esas plumas “finas”. Simplemente se trata del uso de plumas fuente “califráficas”. Lo único que esto quiere decir es que se trata de plumas que escriben una línea más delgada en el eje X que en el eje Y.  Eso le da el look especial a los escritos antiguos y medievales. Claro, se trata de una simplificación exagerada de las cosas pero al final de todo cesudo análisis y viéndolo desde el punto de vista más pragmático esa es su única peculiaridad. Es la clase de pluma con la que van a querer firmar las invitaciones de su boda.

The lure of the past, the lure of perfection

Inoxcrom

Muchas veces hemos escuchado que tiempos pasados fueron mejores, que las cosas ya no las hacen como antes y frases similares que denotan una cierta nostalgia por el pasado, un velado menosprecio por los tiempos modernos y contemporáneos. Y muchas veces tiene cierto sentido. Por ejemplo yo tuve la fortuna de heredar a temprana edad una reducida colección de plumas finas de un familiar. Como era yo muy curioso y no tenía nada que hacer, en lugar de quedarme con cara de what las empecé a usar y, aunque ahora me doy cuenta que extravié de maneras estúpidas más de un ejemplar valioso, creo que aprendí mucho. Bueno, aquí es donde llega ese momento que en cierta forma he “temido” (por falta de una mejor palabra) de admitir que, aparte de las miles de palabras vertidas en este blog y los miles de trinos sonados en Twitter, yo escribo a mano. Diario, varias páginas. Cosa que ahora es tal vez un anacronismo y, para mis estándares de calidad y experimentación, puede que no tenga sentido desde el punto de vista económico. Pero es algo que ya no puedo dejar, una costumbre de la que no puedo deshacerme.

Verán, yo en mis tiempos de escuela llevaba al salón cada dos o tres días un pequeño hot wheels distinto de entre mi colección, para distraerme más que nada. Ahora, con el paso de los años se ha vuelto cada vez más absurdo llevar un cochecito a escala al trabajo así que gradualmente (no faltará quien recuerde mis “carritos” con los que me llegó a ver jugando en algún laboratorio de la universidad) los he ido cambiando por algo mucho más discreto: plumas. No me atrevo siquiera a decir “plumas finas” porque, aparte de que suena ridículo y prejuicioso, no tiene mucho de verdad. Cuando uno lleva cierto tiempo coleccionando algo sabe que hasta en los escondrijos más insospechados se encuentran cosas inesperadas que sorprenden.

En el trabajo, si mis coworkers han prestado atención, seguramente habrán notado que acostumbro tener el mouse de la computadora en una mano y una pluma en la otra. A veces los dos en la misma mano, aunque no esté escribiendo nada. Aunque nisiquiera tenga yo papel y ni lo haya en toda la oficina. No sé bien cómo explicarlo, es una costumbre, es una distracción, es un placer. El estar jugando entre los dedos con algo y qué mejor algo que aquello que te trae recuerdos o que te gusta. Algo que simplemente tiene una forma especial o está hecho de algún material que hoy en día no se consigue. Algo que siempre te dio problemas y nunca pudiste arreglar. Más de un par de veces me ha sucedido que alguien, al ver que tengo una pluma en las manos, me la pide prestada solo para encontrarse con que o no funciona, o tiene alguna peculiaridad que requiere detenerse un momento a pensar qué diablos tienen ahora en la mano. Como ejemplo aquellas estilográficas a las que hay que “desenroscar” el tapón o, no nos vayamos tan lejos, los bolígrafos Sheaffer retráctiles que no se giran ni tienen un botón ni se destapan ni se presionan de ningún lado, sino que hay que mover el clip del “tapón” a manera de switch para que aparezca la punta y poder escribir.

Y claro, como a todo coleccionista de plumas, después de todo préstamo por propósitos puramente pragmáticos llega el momento de incertidumbre “¿tal persona me va a devolver mi pluma?” y la temida y socialmente ruda e inaceptable petición de devolución. Lo sé, es muy bobo y suena muy agresivo decirle a alguien “¡hey, mi pluma por favor!” sobre todo cuando realmente tú no la estabas usando para nada pero no vas a dejar que X persona se lleve tu bolígrafo de 1946 nadamás por que sí ¿no? sobre todo cuando esa persona muy seguramente no lo aprecia porque nisiquiera lo distingue del Bic que compró en la papelería de la esquina y que, más probablemente que deshechar al agotarse la tinta, extraviará en algún momento. Y más rudo e inadecuado aún sería que cuando alguien te pidiera prestada tu pluma tu contestaras “no te la presto porque no sabes lo que es, no la sabes usar, no la vas a apreciar y eres tan despistado que nisiquiera me la vas a devolver”.

Una de las frustraciones más grandes de mi vida: la increíble cantidad de gente que no devuelve una pluma después de pedirla prestada. No sé qué pensarán, no tengo idea de si son tan distráidos o están fingiendo alzheimer. La verdad he dejado de buscarle una razón, simplemente NO LO HAGAN.

Yo escribo esto porque tuve un lapsus extraño. Verán, yo era el friki que en la secundaria tomaba apuntes con dos plumas estilográficas con tinta de mismo color pero punto fino y grueso para distinguir lo que otros anotaban en rojo de lo que anotaban en azul. Un tanto obsesivo tal vez pero fue muy divertido desconcertar a mis profesores y compañeros, sobre todo porque siempre he tenido una letra “horrible” pero de la que estoy orgulloso. Porque cada trazo tiene para mi sentido y me ayuda a distinguir a kilómetros de distancia una letra de otra y a leer mis apuntes a una velocidad vertiginosa. Porque yo escribo a mano y después lo leo. Lo he hecho durante años y, si Dios me da licencia, nunca lo dejaré de hacer. He tenido profesores que me regañan y me dicen “así no se hace la N minúscula” pero no saben que es más rápido y claro, compañeros que me preguntan “¿Y usas una pluma tan bonita/complicada/fina para escribir tan horrible?”. Y yo les voy a decir una cosa: esas son personas que nunca han usado una herramienta al 100%, que no saben que todo instrumento ha sido creado para usarlo al máximo y más allá, para abusar de él. Para echarlo a perder y aprender a amarlo y necesitarlo por características que su creador nunca tomó en cuenta. Esa es la razón por la que adquirimos una TV de 100 pulgadas y un reproductor Blue Ray con una lista de especificaciones impresionantes para ver pornografía. Ese es el motivo por el que hemos construido la red de comunicaciones más impresionante, más complicada, a un costo de miles de miles de millones de dólares usando la tecnología más sofisticada de la que somos capaces como especie únicamente para dejarnos mensajes en Facebook de “wey ¿qué pedo con la peda de ayer? no me acuerdo de nada!!!!”. En síntesis, personas con poco criterio. Esa es la razón por la que a los seres humanos nos gusta tanto “doblar” las reglas, pero ese es tema de otra plática.

Creo que el caso de todo esto es aceptar que, después de cinco años de blog y varias veces esos años de vida, ha llegado el momento de aceptar que tengo mucho qué decir acerca de un tema tan frívolo, superficial y transitorio como puede ser el de los instrumentos de escritura. Para ejemplo de la radicalidad del cambio que esto supone en mi manera de escribir aquí basta con contarles que cuando yo abrí este blog hice varios bocetos, listas y prototipos. Así fué como llegué a la lista de categorías que verán en alguna sidebar. Y a través de los años no he necesitado desviarme mucho de ellos, más allá de la necesidad de ser un poquito más específico en mis intereses y crear unas pocas categorías nuevas que de alguna forma serían subcategorías de las que se crearon al mismo tiempo que el blog. Y bueno, ahora me siento limitado. Nisiquiera se bien qué nombre ponerle a este interés en apariencia nuevo pero que he llevado conmigo mucho tiempo ¿plumas? ¿escritura? ¿handwriting? Dios mío, suenan tan retro frikis y horribles… Pero allá vamos.

Oh, casi me olvidaba de mi lapsus. Yo escribí mis apuntes de la secundaria con plumas fuente de puntos fino y grueso. Porque soy un ñoño de la escritura a mano. Porque amo, conozco y puedo criticar no diré que todo pero si muchos detalles de esos objetos disímboles que llamamos “plumas” cuando somos ignorantes y no tenemos un vocabulario que nos ayude a distinguir unos de otros. Mi lapsus fue este: durante la secundaria tuve un proveedor de tinta que me daba precios ridículamente bajos. Y luego cerró sus puertas y se dedicó a distribuir exclusivamente en Europa. Para mí eso significó un aumento de precios enorme, se me multiplicó todo por diez y mandé todo al diablo. ¿Aquella colección de plumas que dije que heredé fortuitamente? No piensen que eran plumas suizas Mont Blanc hechas a mano con puntas de oro de 24 kilates, aquella herencia bendita/maldita fue más en el sentido de “este es el arsenal que usé en la oficina en 1950”. Y por eso es muy difícil saber si aquél familiar tenía idea de que esas plumas que “regalaba” iban a ser valiosas en el futuro o simplemente estaba pensando, al momento de hacer su testamento, que le habían costado mucho dinero y que prefería hacer algo mejor con ellas que tirarlas a la basura. A mi me gusta pensar que fue un acto de ingenuidad “yo uso esto diario y es bueno, me gustaría compartirlo” y tan tán.

Yo espero estar haciendo lo mismo. Porque hace unos días me di cuenta, súbitamente como en el despertar sudoroso de una pesadilla, que ahora yo estaba escribiendo con unas plumas de gel chinas de diez pesos la docena y que eso era horrible. Que el olor, el fluir de la tinta y los plásticos sobre los que estaba poniendo mis manos, mis dedos, mi sudor y mis desvelos venían de tripas de gato y diarios chinos y que aquello, de cierta forma, no era digno de todo lo que yo había vivido, de todo lo que yo escribía, así fueran simples garabatos en alguna junta aburrida del trabajo. Es tan absurdo como dormir en el colchón en el que falleció tu bisabuelo únicamente para ahorrar dinero. Desperté y dije “al diablo”, en algún lugar entre el hoarding de mi habitación tengo un estuche con plumas antiquísimas y finísimas, probablemente labradas a mano en plásticos y materiales que hoy día están prohibidos por los riesgos que representan para la salud. Y  de algo tengo que morir. Y yo, aunque con toda seguridad no soy rico, tampoco soy pobre y aquello de que los costos de la tinta se me hayan multiplicado por diez o por veinte no me importa mucho. Ahora puedo decir con toda seguridad “bisabuelo, aquello que a ti tanto te frustró en tu despacho de contaduría, aquellas plumas que tantas páginas echaron a perder con un derrame inesperado de tinta a mí también me están colmando la paciencia cuarenta años después. Y las amo, solo Dios sabe porqué”.