Aburrirse

Cuando era niño no era raro que me aburriera. Y siempre me decían “solo los tontos se aburren”. Durante años me pareció una idea algo engreída (no acostubro pensar que los demás son tontos o que yo no lo soy) y, aunque todavía no estoy del todo de acuerdo con esa manera de expresarlo, por fin ya entendí lo que años atrás trataban de enseñarme.

Tiene tiempo que no me aburro. Desde hace varios años, por ejemplo, empecé a leer en cuanta oportunidad tenía, así es como en los últimos tres o cuatro años he leído varias veces más de lo que había leído en toda mi vida. Con los celulares mágicos y todopoderosos de ahora no hay pretexto, realmente. Se puede leer en la fila del banco, mientras esperas el café o la hamburguesa, en el baño, etc. (aún no logro leer cómodamente en el autobús, aunque tampoco pude nunca hacerlo antes). En los últimos dos años he estado haciendo ciertos proyectos pequeños, varios relacionados con iluminación. No es raro encontrarme armando/reparando/destripando lámparas mientras veo series o películas. Esto puede parecer extraño, pero hacer transplantes de entrañas entre lámparas es mi idea de diversión, cada quien tiene la suya. El resultado es que acabo avanzando en mi interminable lista de cosas por ver y con un patio muy bien iluminado.

Otra cosa que a mi me gusta mucho y que me ha tomado tiempo tener la disciplina de hacer diario es escribir. Ya lo hago mucho mas seguido, muchas veces, sí, todos los dias. Pero una vez que empiezas es difícil acabar. Aquí solo menciono cosas muy simples que acostumbro hacer desde la comodida de mi hogar (y eso que no hemos hablado de las mascotas) pero veo las mismas posibilidadades en casi cualquier lugar. Solo o acompañado.

Otra observación que puedo hacer es que realmente no me he arrepentido de haber tomado decisiones “inesperadas” en el sentido de probar o hacer cosas que normalente no haría. No me refiero a correr riesgos innecesarios ni nada por el estilo sino a recibir con buena cara las pequeñas y grandes sorpresas de la vida y aprovechar lo que podría ser tiempos muertos. Muy en especial he notado al ir manejando que la gente se impacienta muy fácilmente cuando algún imprevisto detiene el tráfico y se quedan atrapados más de treinta segundos en el mismo lugar. Esa reacción me parece extrañísima pero luego me doy cuenta de que ellos no van escuchando música nueva para sus oídos ni haciendo planes en su cabeza. Sinceramente no sé qué estarán pensando, pero he visto muchas veces esa actitud y ese rostro compungido de sufrimiento ante el prospecto de “perder el tiempo” y enfrentarse con el tedio y aburrimiento. Ahora la idea de aburrirse y la de rechazar alternativas al tedio basadas en prejuicios me parecen de lo más  extrañas

Y lo que he descubierto es que esa lista de pendientes, de temas por cubrir y de cosas por hacer verdaderamente no tiene fin, no hay suficiente tiempo en la vida para ocuparse de todo.

Es a la vez uno de los descubrimientos mas alegres y más amargos del mundo.

Lo más triste

Una de las ¿ventajas? de tener como papá a un personaje tan curioso es que entras en contacto con mil y una personas inesperadas. En una ocasión que yo estaba de vacaciones, llegó mi papá y me dijo que ocupara mi tiempo y energías en algo productivo y fuera a ayudarle a una pareja de recién casados con su mudanza. “¡¿Cargar muebles ajenos gratis?!” pensé, pero realmente no tenía nada que hacer y aparte me gusta manosear chatarra, así que accedí a la propuesta.

La pareja en cuestión resultó ser de lo más típico y ordinario: gordo él, bajita ella y con una hija que debía tener entre uno y dos años. Sí, se comieron la torta antes del recreo, para variar. Y claro, para enriquecer aún más el cliché, se estaban mudando de un barrio viejo y bajo de la ciudad a un fraccionamiento relativamente reciente en una zona anteriormente periférica y “descalificada”. De aquellas en las que antes era puro desierto y actualmente no hay más que casas idénticas y árboles que a lo mucho alcanzan el metro y medio de altura que se debaten peligrosamente entre la vida y la muerte porque la constructora plantó la especie incorrecta para el clima de la zona. Nunca he sabido si es cuestión de costos o estética, pero me estoy desviando del tema.

Se me acaban las expresiones del tipo “para variar” y “cliché” pero el matrimonio tenía pocas pertenencias, menos cosas de valor y muebles que nada tenían que ver unos con otros. Creo que lo más interesante era su microondas porque los sillones eran del tipo rústico y feo que simplemente no es cómodo, pero que parece buena inversión porque es el único de “madera auténtica” en la mueblería. De esos que pesan más de lo que aparentan. Pero bueno, como es de esperar todo cupo en una camioneta grande y no tardamos mucho en acomodarlo en la nueva casa. Él trabajaba en una reconocida empresa de la ciudad, que la verdad tenía y aún tiene más prestigio que méritos (es famosísima pero no recompensa a sus empleados muy bien que digamos). Para sorpresa de nadie, tenían un auto compacto, relativamente reciente y “justo”: no lujoso, pero con buen espacio y calidad. Un sedán americano aburrido, típico.

No traté mucho a nadie: conocí a la esposa, saludé a los abuelos y el marido fue con quien estuve batallando para subir y bajar las cosas. Mi papá estaba contento con abrir las puertas y manejar los coches. No me pregunten si los abuelos eran de parte de él o de ella porque no tengo la menor idea. Lo que más me llamó la atención fue la niña, era muy bonita, alegre y juguetona. Una joyita llena de vida. Durante la mayor parte del tiempo que la vi, estuvo con la abuela. Era más que obvio que para la señora aquella nieta era la luz más brillante de su universo, la estrella más grande de su cosmos. No hace falta añadir que jamás he visto un amor y devoción tan grandes y evidentes. Yo quería decirle a la viejecita lo bonita que era la niña pero sé que eso se puede considerar causa de “mal de ojo” ante ciertas personas antañeras.

Terminamos la mudanza, la casa de los recién casados tenía ese look que se ve bien pero da la extraña impresión de un hogar que no está del todo terminado. El marido nos dió a cada uno una compensación económica más o menos justa que gasté en Dios sabe qué y que evidentemente mi papá no se merecía y yo olvidé el asunto.

A los pocos meses recordé la mudanza y, más por hacer plática que otra cosa, le pregunté a mi papá qué había sido de esa pareja. “Oh, se les murió la niña. Neumonía.” dijo. Tuve un lapso, no sé exáctamente de qué tipo. El tiempo se detuvo para mí. Me arrepentí al instante de haber preguntado pero eso no era ni por asomo lo más importante. Quedé destrozado al solo imaginar lo que aquello significó para ese matrimonio. Para aquella abuela.

No sé qué más decir. He perdido familiares, he perdido a un par de excelentes amistades. Nunca he llorado excepto en el caso de aquella niña desconocida. Lloré en secreto, a media noche, cuando nadie me veía. Procurando guardar silencio. No sé por qué.

Investigando más el asunto, solo para arrepentirme de echar más sal en la herida, como luego descubriría, me topé con los duros hechos. La muerte de la niña era una estupidez: presentó síntomas que fueron clasificados a primera vista como un resfriado común. Se complicó, a los pocos días resultó ser neumonía pero cuando los padres acudieron al hospital era muy tarde.

El primer impulso es la ira, la venganza. He leído casos en que la muerte de una persona es claramente la culpa de un tercero pero aún así los allegados deciden no demandar, no exigir nada, no cobrar venganza, guardar silencio. No lo comprendía. Ahora sé bien que a veces no tiene caso. El  primer impulso puede ser apretar con todas las fuerzas de Sansón el cuello del prójimo pero, por mucho que exprimas, eso no repará el daño, no compensará la pérdida. No significará nada.

He perdido familiares, he perdido buenas amistades. No he llorado pero sé bien que hay casos extraordinarios en los que el universo se detiene y se convierte en un lugar más triste, más pobre y más oscuro.

A veces, cuando la vida te da limones, hacer limonada es algo inimaginable y sencillamente insolente.

Esto es algo que, aún hoy en día, no puedo platicar sin que se me quiebre la voz y me traicionen las lágrimas. Es lo más triste que he experimentado en la vida.

Cambiar los nombres

Se dice que para cada persona existen unas pocas palabras que tendrán siempre mayor importancia sobre todas las demás:su propio nombre. Por ello es un gesto de amabilidad básico el procurar siempre recordar como se llama alguien, aunque no lo veamos muy seguido. Del mismo modo,una de las maneras más fáciles de resultarle desagradable a una persona es no recordar su nombre.
Claro, hay algunos a los que su nombre no les resulta del todo agradable, sobre todo cuando hablamos de segundos nombres, pero para todo hay excepciones. Yo no sé de donde viene esa costumbre de llamar a la gente de otra manera. Hay algunos “sobrenombres” (que no precisamente apodos) que por alguna razón están más “estandarizados”, como Pepe, Toño, Lucha, etc. a los que me imagino ya todo mundo está acostumbrado y que aunque en lo personal a mi me resulta un tanto enigmático su origen, no me parecen negativos. Se puede decir que en la escala de cambios de nombre desagradables estos equivaldrían a un cero. En el extremo opuesto de la escala estarían los apodos ddegradantes con los que los niños se molestan unos a otros y que muchas veces resaltan algún defecto, generalmente físico.
Aquí hay que hacer una pausa para hablar un poquito más de estos apodos, cuya elección es un verdadero arte. Está el típico “cuatro ojos” para referirse a alguien que usa lentes. Aunque en mi caso ese apodo me resulta bastante bobo y sinceramente nunca he visto que nadie lo use en la vida real. También el resaltar un parecido a algún animal, como “rana”, “rata” o “conejo” que llegan a tener cierto sentido. Y apodos que se quedan por motivos mucho más sutiles. Como un compañero que tuve al que apodaban “Cheese” (léase “Chisi”, no sé el por qué). Y que, después de años de conocerlo me enteré que le habían empezado a llamar así a ráiz de que una vez, jugando futbol, el sudaba como cerdo. Y a alguien se le ocurrió decirle “parece que te estás derritiendo, como un quesote bajo el sol” ¿? Ese tipo de apodos, en apariencia tan aleatorios y nacidos en un momento, parecen ser los que se quedan por más tiempo.
Hay también una categoría muy sutil de cambios de nombre, como decirle “Peter” a Pedro, que me parece que son los que tienen menos sentido. No es que sean más prácticos ni nada, y tampoco es como si hubiera algo malo con llamarse Pedro. Me imagino que algunos de los que lo hacen piensan que es una manera de sonar más amigable o algo así.
Ahora con internet y las redes sociales (y de hecho creo desde los tiempos de los chats) está el dilema de si llamarle a alguien por su “username” o por su nombre real. Quizá yo aquí me inclino por el username y me resulta un tanto extraño que personas que conocí por ahí me llamen por mi “nombre real”. Es en parte por la falta de costumbre y porque la verdad soy malísimo recordando nombres.