Fue un verano extraño, peligroso. Pasamos nuestras vacaciones trabajando en un lugar que entonces nos pareció inhóspito, porque no habíamos conocido más que el paraíso de papá y mamá y desconocíamos la seguridad que nos rodeaba. Fue aburrido, sí. De lo más monótono. A casi una década solo recuerdo un par de veces en que nos salimos de la rutina: aquella en que fuimos a nadar y terminamos en el hospital (por decir así, porque en esos “pueblitos” no existe tal cosa) y esta que te acabo de mencionar. Íbamos siguiendo la carretera y preocupándonos, porque kilómetros atrás dejó de ser asfalto y ya no era nisiquiera el empedrado aquel en que me había torcido el tobillo. Era tierra suelta, pero seguíamos alentados por el grupo de niños con el que habíamos trabado amistad, si se le puede llamar así a regalarles un balón y escucharlos de vez en cuando.

La pendiente de subida se hizo más pronunciada, era curioso porque según nos platicaban los niños, el pueblo próximo al que nunca llegamos quedaba “abajo”. La carretera serpenteaba ahora drásticamente, yo no me imaginaba que un coche pudiera andar por ahí, si el camino estaba tan erosionado e irregular que era difícil para nosotros. Tomábamos fotos, como hacen los turistas, porque eso éramos. Porque eso seremos toda la vida. Grupo de niños indígenas ¡clic! Cascada insignificante de un rio próximo a morir ¡clic! Fruto extraño colgando de un árbol ¡clic! La que todavía me causa una sonrisa es la foto borrosa de una oruga peluda en color amarillo que por la falta de nitidez jamás podré identificar. Probablemente era venenosa, pero todavía siento ganas de acariciarla.

Entonces llegamos a la última curva. Los niños se adelantaron corriendo, conocían el camino y ya sabían dónde estábamos por la cruz, en lo alto de la loma, que según nos dijeron era para proteger a su comunidad de los vientos… ¿puede el viento ser maligno? No lo sé, es una de tantas cosas que no comprendo. Seguí caminando con ellos por inercia, por curiosidad, porque se había dejado de ver vegetación adelante y solo se veía el cielo. Límpido, impecable. El aire más cristalino que jamás tendré la oportunidad de ver.

Seguía una curva pronunciada pero, a partir de ahí, el camino era de bajada. Si te acercabas al borde se veía la profundidad del valle. La enormidad del valle. La insignificancia del poblado al que nos dirigíamos. No sé si habrá sido una broma de los niños o un plan para que solamente viéramos ese paisaje. Porque al verlo, era evidente que jamás llegaríamos al pueblo. Estaba a kilómetros abajo, no sé, es imposible saber. Lo suficientementemente cerca para distinguir las casas pero lo bastante lejos para tener la certeza de que jamás llegaríamos ahí antes del anochecer. Y que, aún si lo lográbamos, no podríamos volver con la luna como única luz porque habíamos dejado toda otra luz muy atrás, a horas de distancia. A mi no me importó, era todavía divertido. Me consolaba el saber que sin importar la alternativa que eligiéramos, cualquier camino hacia adelante o hacia atrás era de bajada y tarde o temprano mis pies hallarían descanso. Nunca me molestó la ropa sudada y pegada al cuerpo ni los mosquitos que me devoraban la piel. Al contrario, los ruidos de la noche en esos climas tropicales me arrullan, aún en mis sueños. Son la ilusión en la que encuentro descanso. Podría pasar días examinando la flora local, que aquellos niños consideraban tan normal pero que yo sé que tal vez jamás vuelva a ver. No podía creerlo cuando vi esa planta de hojas velludas, parecía ser una ortiga y sin pensarlo extendí la mano y la toqué. Una cosa es leerlo en los libros y otra sentir el legendario escozor en la piel. Es como una llamarada, aunque creo que mi conocimiento de las incontables vellosidades inyectando la toxina en la piel alteró mi percepción del evento. Sonreí incluso entonces, estúpidamente. Supongo que el saber que no pasa de una ligera inflamación, por haberlo leído en alguna parte, ayuda a disipar las preocupaciones.

El paisaje era espectacular, llegaba al alma. Se sentía uno libre, enorme e insignificante a la vez. No sé explicarlo. Saqué mi cámara y traté de que los niños se acomodaran en una formación, con ese paisaje de fondo. Apenas noté que te habías retrasado y decidí esperarte para que también salieras en la foto. Pero tardaste mucho, te desviaste. Te fuiste a sentar junto a la cruz de los vientos en la punta de aquel cerro perdido. Los niños no querían esperar, se fueron poniendo inquietos. Por la distancia y las prisas no distinguí la expresión de tu rostro, pero imaginé que solo era cansancio. Puse la cámara en una piedra grande y corrí a acomodarme junto a los niños. Tomé la foto sin tí.

Hace años que no he vuelto a ver las fotos de entonces, no siento la necesidad, cada momento sigue aún fresco en mi memoria. Siempre me dolió tu ausencia en esa foto en particular. Ahora que estamos recordando, que nos pusimos a hablar de ayeres, llegamos inevitablemente a ese momento. Te relato de la manera más vívida que soy capaz lo mucho que me gustó ese paisaje, ese momento, cuánto hubiera querido que te acercaras al borde de ese precipicio y contemplaras la inmensidad junto a mi.

“Lo hice” me dices, y no sé qué contestar ¿me distraje y te perdí de vista por un momento? ¿Fui tan tonto que no me di cuenta y me perdí la oportunidad de compartir ese instante? Pero me interrumpes, me dices que no, no es así. Con la mayor tranquilidad me cuentas que se te paralizaron las piernas y no pudiste seguir. El paisaje, el momento te conmovió tanto que te brotaron las lágrimas y no quisiste que nadie te viera así. Por eso te sentaste ahí, por eso la distancia.

Ahora no sé si fue mentira o fue sinceridad pero sé que no me dejaste ver tu rostro entonces. Que vivimos el mismo momento de maneras distintas y me sorprende. No dejas de sorprenderme.

Ahora tengo la certeza de que el abrazo que creí no haberte dado, que creí que no habías notado en mis ojos, sí te lo dí. Lo supiste, y lo seguiremos compartiendo siempre.

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Melchor, Gaspar y cefalópodos

Cada año, sin falta, por estas fechas es inevitable escuchar historias de personas que reviven con alegría el recuerdo… Qué mejor que empezar con una de estas bonitas anécdotas que nos comparte Said:

Cuando yo era un crío, Santa Claus todavía no pintaba tanto, los que la rifaban por aquellos años, eran los Reyes Magos. El viejo obeso solo servia, en mi caso, para proporcionarme calzado nuevo y cuando mucho, una bolsa de dulces. Ah, pero que diferencia con los tres Reyes Magos, esos si se discutían con bonitos juguetes de moda.
La inocencia de los niños de aquellos años, alimentada con la bonita creatividad de los adultos, hacían de ese día, un día lleno de magia. Éramos tan fáciles de “sugestionar”, que clarito veíamos en el cielo, como ese trío de estrellas cada vez se aproximaban más y más a la Tierra a medida que se acercaba el día de Reyes.
Recuerdo que los más grandes de la “palomilla” (Palomilla.- sinónimo de “banda”, o sea, grupo de gandules), se encargaban de alimentar la inocencia de los más pequeños. En una ocasión, un grupo de ellos, de los más grandes de la cuadra, se fueron en la noche a un jardín que había por nuestras casas, y en la tierra, dibujaron las huellas del elefante, el caballo y el camello de los Reyes Magos. Ya se imaginarán la emoción que sentimos los más pequeños, cuando al otro día, se corrió el rumor de que se habían encontrado las huellas de los animales de los Reyes Magos en el jardín. Cuando las vimos, ¡nomás no lo podíamos creer!”

Para mí los recuerdos están un tanto borrosos, creo que ha pasado demasiado tiempo. En mi memoria está el ir a la alameda del DF y ver los tradicionales puestos para tomarse la foto con los reyes; una ocasión que nos quedamos despiertos esperando sorprenderlos o ver algo cuando dejaran los regalos y no haber descubierto nada. Muy en especial recuerdo una vez en que simplemente pedí un robot y al día siguiente ahí estaba. Casi veinte años después no sé qué fue de la mayoría de esos regalos, pero me dió mucho gusto ver exactamente el mismo modelo en un video musical.

“Pero lo que es igual, lo que nunca cambiará, es la cara de los niños por la mañana, cuando descubren que la magia si existe, que la magia de los Reyes Magos, volvió a hacer de las suyas.”

Comprendo que cuando vamos creciendo, cuando nos encontramos en el irregular camino hacia la edad adulta, se le vaya tomando cariño a la ilusión pasada. No sé, tal vez sirva alguna función importante desde el punto de vista psicológico-social. Invariablemente se pierde la inocencia al momento de enfrentarse a la realidad del mundo adulto.

Al llegar a cierto punto los compañeros de primaria ya están muy seguros, creyéndose los mas listos, hablando de quienes son en realidad los que traen los regalos, y la actitud que vi fue siempre la de desdeñar un poco a quienes todavía no lo sabían. Como si acabaran de descubrir una de las verdades trascendentales de la vida. Pero, curiosamente, suele combinarse con el astuto plan de seguir fingiendo ignorancia ante los adultos con el fin de prolongar esa etapa para aprovechar y colmarse de regalos. Etapa que de otra forma, se piensa, llegaría a su fin, cosa que no conviene.

Yo nunca lo comprendí del todo. Supongo que siempre tuve más juguetes de los que necesitaba, es curioso ponerse a pensar que tuvieron que haber salido de alguna parte. Si algo queda de eso es que todavía me desilusiona que me regalen ropa, aunque venga de las más finísimas pasarelas de París. De todas formas los reyes magos rara vez me traían lo que pedía, aunque no fuera nada del otro mundo. Hubo veces, claro, que los regalos sí eran buenos. Recuerdo haber recibido juguetes junto con un suéter feo, de lana que picaba la piel y toda la cosa. No sé qué le pasó pero ojalá se haya ido encogiendo con las lavadas hasta desaparecer de este universo. No me queda del todo claro como es que no deduje algo del tipo “estos regalos están pensados para tu bienestar”, más bien sentí gran desconcierto.

Quisiera compartir un pequeño secreto, que hay una cosa con la que no pueden fallar si me la regalan, desde mi más temprana infancia y hasta la fecha: galletas. Pero es algo que nunca he recibido y no creo recibir jamás.

Puede que, si preguntan a mi familia, se encuentren con una versión muy distinta de los hechos en la que siempre me traían los regalos que pedía, aunque implicara un gran esfuerzo conseguirlos. Pero hay tres cosas que nunca me trajeron y que no he podido olvidar. La primera es un coche de control remoto. Creo que si alguna vez tuve uno que otro, aunque nunca fue de los reyes magos. Además me refiero a uno decente, tuve uno de los más tristes, de los que están conectados al control por un cable. Y uno que si era inalámbrico pero que era incapaz de dar la vuelta. Bueno, de cierta forma si podía, las llantas delanteras se movían hacia la izquierda cuando iba en reversa, de modo que el cochecito hacía un círculo en el sentido de las manecillas del reloj cuando se movía hacia atrás. Muy ingenioso desde el punto de vista de la reducción de costos. Trescientos sesenta grados de pura frustración porque no solo había que olvidarse de rodear obstáculos sino que, tampoco contaba con una reversa propiamente dicha. Si tuviera que sacar una moraleja diría que este juguete me enseñó a ir siempre hacia adelante… y cuando no se puede, a dar dos pasitos para atrás y uno de costado.

El segundo artículo en la lista de la infamia es de lo más sencillo y básico que no debía faltar en el arsenal de juguetes de ningún niño en los ochentas, uno de esos monitos (figuras de acción, si lo prefieren) articulados GI Joe. Como que siempre sospeché que me creían de manos muy toscas para manejarlo sin romperlo o algo por el estilo, lo cual puede que también aplicara para el coche de control remoto (¿quién no termina desarmándolos para ver qué tienen adentro?) pero no creo que sea cierto porque no era común que echara a perder juguetes o andara por ahí rompiendo cosas. Si llegué a romper un par de ventanas pero fue producto de la más pura y desafortunada casualidad. Lo más que llegué a recibir fue un monito de segunda mano que solo tenía articulaciones en la mitad del cuerpo, ya no me acuerdo bien si lo que no movía eran los brazos o las piernas y que es quizá el regalo más decepcionante que me han dado. Jugué con él una o dos veces y pasé el resto de mi vida odiándolo. Todavía hace no mucho andaba rondando por ahí y puede que aparezca bajo los cojines del sofá si se hace una limpieza a fondo de la casa. Este juguete me enseñó que en la vida no todo es blanco y negro, que existen mas de 50 matices de grises y hay infinitos grados de articulación. Luego en la escuela de ingeniería me enseñaron que solo se pueden tener 6 grados de libertad y yo no soy quién para decir cual de las dos es la verdad.

Nunca pedí nada imposible, aún considerando lo que voy a contar a continuación. Nunca quise uno de los inalcanzables caballeros del zodiaco porque no me gustaban las caricaturas japonesas y yo solo veía unos monitos enfundados en metal muy similares a los Halcones Galácticos y que lanzaban confusas lucecitas de colores en TV y siempre estaban o enojados o al borde de la muerte por alguna melodramática razón. Durante muchos años quise una bicicleta de montaña con velocidades, de ser posible en color plateado, pero nunca se la pedí a los reyes magos porque sabía que eran caras y que en poco tiempo crecería y ya no me iba a servir. Tuve, en cambio, infinidad de bicicletas de segunda con las que nunca estuve del todo contento y no cumplí mi sueño hasta que ya pasaba de los veinticinco años y me compré una que me ha dado grandes satisfacciones. Con esto aprendí lo fácil que es pasarle nuestros traumas a los hijos porque siempre me “prestaba” mi papá una de sus múltiples (demasiados a lo largo de los años como para contarlas) bicicletas tipo de pista o de carreras y se enojaba cuando regresaba con los rines todos chuecos y la estrella los platos golpeados con piedrones por correrla sin misericordia, como se corren las bicicletas de montaña… y aún así la situación se repitió hasta el infinito, sin sentido alguno, por la única razón de que mi papá insiste hasta la fecha que ese tipo de bicicleta es el mejor.

Mi memoria no da para los detalles pero en algún punto mamá y papá comenzaron a tener problemas. Más bien los hijos nos dimos cuenta, porque la verdad ignoro cuando empezaron a pelear. No recuerdo tampoco como, exactamente, lo supimos. Pero ese año una de mis hermanas y yo, que éramos los más pequeños de la casa, sabíamos bien una cosa. No queríamos juguetes ni regalos, queríamos que papá y mamá estuvieran bien entre ellos y eso escribimos en nuestras cartas a los reyes magos. No puedo imaginar qué pensaron nuestros papás al verlas y creo que ellos tampoco imaginaron cómo me sentí al levantarme al día siguiente y encontrarme solamente con su silencio y… regalos. Regalos de los que no me acuerdo y cuyo paradero es desconocido. Yo sentí que la respuesta de aquellos entes mágicos no podía haber sido más clara y habría que conformarse con pedazos de plástico. El punto número tres en la lista de lo que nunca me trajeron los reyes magos; tal vez debería ocupar el primer lugar. Los regalos de ese día los olvidé hace mucho tiempo pero la lección que aprendí con ellos es para toda la vida: que hay cosas que no se pueden tener.

Nunca le he contado esto a nadie pero los reyes magos se convirtieron para mi en rutina, en algo que me imponían los adultos. En la escuela nos hacían comprar un globo para amarrar nuestra lista de deseos materiales. Luego todos los niños del colegio teníamos que soltarla al mismo tiempo en un espectáculo lleno de color y quedarnos mirando como idiotas maravillados mientras se perdían en el firmamento, burlándonos de uno que otro compañero cuyo globo perdía el rumbo y se atoraba por ahí o, por capricho de los vientos, volaba en dirección opuesta a los demás. Me imagino que esa ceremonia, ese ritual al que nunca le encontré la gracia, trae alegría al menos a los globeros que hacen su agosto con esas ventas de temporada. A mi me pareció siempre una bobada, pero entonces me preocupa yo por hacer al pie de la letra todo lo que pidieran en la escuela y ni modo, había que cumplir, solo era una tarea más. Siempre supe que las cartas amarradas a globos de helio no le llegan a nadie. Para empezar, los globos no se pueden atrapar. Gracias a mis libros de ciencia ya sabía que los globos flotan porque son menos densos que el aire, que en el espacio no hay aire y que la única manera de salir de la tierra es usando una máquina enorme como la que usan los astronautas. Aparte de todo, los reyes magos se supone que vienen de oriente y ni los mejores meteorólogos se atreverían a decir donde terminan los globos huérfanos y perdidos, cuestión que durante años me inquietó. Me imaginaba a los globos flotando indefinidamente, en eterna agonía, en la frontera última de la atmósfera. Más allá de las nubes, en el olvido. No sería hasta mucho después que encontré consuelo al saber que esa frontera nisiquiera se puede definir con claridad y que, tarde o temprano, todos los globos caen. Pierden el helio ya sea lentamente, ante la imposibilidad de un nudo que proporcione un cierre perfectamente hermético. Languidecen, se arrugan, se marchitan. O de sopetón, al llegar a una altura en que la presión interna es demasiado fuerte comparada con la externa y revientan, sus restos muy probablemente esparcidos en el mar. Los globos de material metalizado seguramente no llegan tan alto ni se revientan, con suerte aterrizarán directamente en algún basurero y son reciclados.

Un globo con varios de esos otros globos alargados amarrados abajo, formando un pulpo. Es otra cosa que nunca tuve. Siempre me han fascinado los seres marinos. No existen pulpos de agua dulce, aunque hay reportes de avistamientos ocasionales. Como Pie Grande o el monstruo del lago Ness. Yo creo que también debe haber avistamientos de los globos que llevan las cartas de los reyes magos, probablemente los incautos los confundan con un OVNI.

El siguiente recuerdo que tengo al respecto no está fechado. No sé a cuando pertenece, pero era una tarde fría en el Distrito Federal. El cielo gris, sombrío. Nevaba, en plena víspera de los reyes magos. Estaba solo con mi papá en la pick up destartalada, cargada de la mercancía y los puestos del tianguis. Traía demasiados suéteres y chamarras, me sentía torpe. Como si llevara puesta una escafandra, en una peligrosa misión de exploración en el inhóspito y alcalino mundo de los adultos. Un descuido y te conviertes en estatua de sal. Los limpiadores frotando el parabrisas lastimosamente, sin ayudar mucho a recuperar la visibilidad. Era obvio que alguien estaba sintiendo la presión económica de la temporada, ya fuera real o imaginada. “¿Y tú ya sabes quienes son los reyes magos?” me dijo. Intenté desviar la mirada hacia los cristales pero estaban empañados, opacos. No sé si haya una respuesta correcta o equivocada a esa pregunta a esa edad, en que ya sabes pero no se supone que sepas. Quise responder “Son un invento para confundirnos a los niños, papá. Pero no se supone que lo digas.” No se supone que lo digas. Solo se me ocurrió aplicar uno de los trucos más pobres: repetir lo mismo, en forma de pregunta. “Pues… ¿los reyes magos?” respondí. Puede que en realidad no estuviera nevando, pero fue uno de los momentos más gélidos de mi infancia.

Falló la escafandra. Murió un niño ese día, aunque no se encontró su cuerpo. Tal vez siga deambulando por ahí, se le puede reconocer por la mirada vacía y el hueco en el pecho. Ya aparecerá.

Estaba ya por terminar la primaria cuando un profesor de música llamado Oliver (infinitos comentarios por una caricatura japonesa que yo nunca vi, no había superado mi incapacidad para digerirlas) le contó a todo mi grupo que a él le hacía mucha ilusión los reyes magos, la rosca, los regalos. Pero que un familiar suyo había fallecido esa fecha, así que para él era un día feliz y triste a la vez. No pasó de simple anécdota curiosa para mí, tan inapropiado como morir en navidad.

Más o menos al año siguiente mi abuelita enfermó, se fue poniendo mal poco a poco. Nunca me dijeron claramente qué tenía, aunque lo más seguro es que no lo hubiera entendido. Primero fueron visitas a varios médicos, luego estuvo internada unos días en la clínica particular de confianza para mi familia, que no quedaba cerca de donde vivíamos sino en una colonia acomodada de la ciudad. Al salir de la escuela me llevaban directo ahí. Yo no sabía bien qué hacer, cómo ayudar. Aunque no me imaginaba tampoco pasando las tardes en otra parte. Algún adulto se quedaba a pasar la noche con ella y llegaba yo a casa hasta muy tarde.

No sé cómo hice para cumplir con mis tareas, quizá eran muy sencillas y las hacía en la clínica sin problemas. Hubo una época en que recuerdo haber tenido muy poca supervisión y pasado muchas horas viendo TV, aunque no estoy seguro qué tanto coincide con esos tiempos extraños de los que estoy hablando. Dieron de alta a mi abuelita pero no se encontraba bien, estaba postrada en cama. Mi tía le compró una de esas camas de hospital, con ruedas y en las que se ajusta la altura y tienen distintas posiciones. No me extrañó eso ni los demás muebles extraños que empezaron a aparecer, mi tía siempre ha sido de las que echa la casa por la ventana y ese tipo de persona para quien sus padres son santos.

Volvieron a internar a mi abuelita después, pero esta vez en uno de los grandes hospitales del Seguro Social, creo que el Centro Médico de la Raza. Me acostaba a veces en la cama vacía que había dejado en casa a ver más televisión, aunque no era tan cómoda como parecía. Las tardes se volvieron tediosas. De la escuela me llevaban al hospital, pero no me dejaban pasar. Me quedaba en la Combi modelo ’80 en el estacionamiento o donde se hubieran estacionado por Avenida Insurgentes. No se me hace muy seguro dejar a un niño solo en ese lugar, pero nunca me pasó nada. Recuerdo haber conocido el aburrimiento más profundo ahí. Una que otra vez me dejaban en alguna sala de espera, con mi mochila. Me ponía a hacer dibujos primero, luego maquetas y pistas para mis coches de juguete con las hojas del bloc de dibujo de papel marquilla. Iba y venía muchísima gente y yo iba gravitando hacia las ventanas, donde había mejor luz.

A los familiares no tan cercanos les contaban que había habido un problema con el tratamiento anterior y que las cosas se habían complicado. Que un medicamento no le había sentado bien. De casualidad escuché a mi tia decir algo de huesos rotos y fracturas que habían sanado chuecas, aunque no lo comprendí porque se suponía que mi abuelita estaba en cama. Pasó mucho tiempo sin verla y ya comenzaba yo a preguntar. Los seguía al entrar al hospital pero me decían que a los niños no los dejaban pasar después de las escaleritas de la entrada. Yo pensaba que podía intentar infiltrarme, porque curiosamente en ese momento no había a ningún vigilante a la vista. Nunca parecía haberlo. Pero me decían que no. Siempre supe que eso había sido un error. Aún las autoridades más estrictas nos habrían perdonado, pensaba, porque ¿quién no comprendería que un alguien quisiera ver a su abuelita?

La familia pasaba cada vez más tiempo en el hospital, yo afuera. Oscurecía y yo seguía en el carro. Llegábamos a casa ya muy tarde, hasta que por fin dejaron de llevarme. Me iban a dejar a la casa y me aburría muchísimo. Cuando llegaban mis papás yo quería salir a pasear o algo, ya había visto suficiente televisión para toda la vida. No recuerdo muy bien pero es obvio que pasamos la primera navidad sin ella, el año nuevo. No pudimos haber hecho grandes festejos. Llegó el 5 de Enero. Era tarde, aunque no tanto, quizá alrededor de las nueve de la noche y estábamos frente al televisor, listos para saltar cuando llegaran papá y mamá e insistir en que nos llevaran a cenar hamburguesas. Abrieron la puerta y entró mi mamá muy rara. No nos dimos cuenta al principio. Nadamás dijo un lacónico “ya” y empezó a llorar. Algún familiar me dijo que yo había sido un insensible al decir lo de las hamburguesas pero no sabía lo que estaba pasando, no podía saberlo. Siempre estuve seguro de que eso había sido un error. El instante preciso en que se desapareció toda fue cuando entré a la cocina y vi a mi abuelo, de pie mirando hacia el ventanal, llorando.

Los días siguientes fueron raros y tampoco los tengo muy claros. Para entonces el asunto de los reyes magos ya estaba totalmente destapado, ignoro cuando pasó. Me llevaron rápidamente a unos grandes almacenes a comprar juguetes. Un helicóptero que me encantaba y todavía extraño, pero que se perdió en alguna mudanza, y un puesto de un guardabosques Playmobil; me gustaba porque traía ardillas y conejos. Todavía tengo algunas piezas en mi cuarto, ese cuarto de ese domicilio en el que ya no vivo. Al volver a la casa del centro comercial mi tía me vio con mis juguetes nuevos y me los arrebató. Los fue a echar al bote de basura de la casa, un bote gigante en el que apenas me alcanzaba a asomar yo. Fue un ataque de ira que siempre entendí y que nunca entenderé porque desde esa edad comprendía que la muerte de una madre pudiera hacer perder el control a una hija, a un hijo, a cualquiera, aunque como reacción para hacerme “olvidar” los juguetes no pueda más que tener el efecto contrario. Pasé un largo rato hurgando en la basura con gran dificultad y recuperé casi todo, pero hubo una pieza del helicóptero que nunca encontré.

Pasamos dos días en los velatorios del panteón Jardines del Recuerdo. Es un edificio alto con infinidad de salones que se pueden ajustar a distintos tamaños según las necesidades. Tenía muy poca supervisión y los pisos superiores en aquel entonces aún no estaban terminados. Todavía llegaban los elevadores libremente a la azotea. Vi a muchos familiares lejanos, tíos, primos, de esos que solo ves en bodas y ocasiones como estas. No era el primer difunto que veía, ya había visto antes a un hombre balaceado en la calle, historia que ya contaré después porque no viene al caso. Pero de todos modos me impactó ver el rostro de mi abuelita a través del cristal del féretro. A todo mundo se le habló de un problema con un medicamento.

Me dijeron que no dejaban a los niños pasar la noche ahí, aunque a la fecha sospecho que no es cierto. Yo no quería irme pero me mandaron a pasar la noche en casa de otra tía que se parece tanto a mi mamá que resulta incómodo. Me acabo de dar cuenta que es la única noche en toda mi vida que he pasado en un departamento. Al día siguiente fue la misa y el entierro, de los que no recuerdo mucho. Sé que lancé una rosa y un puñado de tierra a la fosa. Me quedé con ganas de besar el féretro pero todavía me parece demasiado dramático y no me atreví. Jardines del Recuerdo es uno de esos panteones modernos en que los muertos reposan en condominio: cada fosa es de cuatro niveles. No se trata de simples agujeros cavados en la tierra, tienen una estructura de concreto alrededor, con cuatro niveles de topes en los que se colocan una especie de tablones de cemento prefabricados cada que se llena un espacio. Hacía años que mis abuelos habían arreglado todo esto, así que no hubo trámites engorrosos ni problema alguno. Después de echar la tierra un grupo de hombres empezó a acomodar los pesados tablones y a cerrar definitivamente aquello con grava y mezcla. Nos fuimos. Me parece un tanto insensible, los muertos no están bien enterrados hasta que se echa la última palada de tierra.

El féretro no era muy bonito. Traía en un costado un Cristo de plástico negro y mal hecho al que se le había aplicado una escueta rociada de pintura cobriza para darle un aspecto antiguo. Mi tía lo mandó remover y montar en una cruz de madera fina, rojiza y con vetas finas, muy agradable a la vista y el tacto. Esa cruz no creo extraviarla nunca, se encuentra actualmente en mi recámara y me recuerda que mi tía no estaba tan loca.

Pasó el tiempo, el rosario diario luego fue una misa cada mes, cada año hasta que poco a poco… no puedo decir que se olvidó, más bien nos acostumbramos a vivir con ello. Ya no se menciona el tema a la hora de partir la rosca pero todos pensamos en eso. Salí de la escuela en la que pensaba estar toda la vida. Pasé por otros cuatro colegios, cosa que nunca me hubiera imaginado. En la universidad se supone que había que hacer un examen físico, que nunca presenté, aunque si me examinaron a fondo en la UASLP, donde al final no entré por otros motivos. Estuve asegurado en la carrera.

Siguieron pasando los años. La navidad y los reyes magos dejaron de interesarme y empecé a pensar en ellos como extrañas costumbres de culturas exóticas. Me acuerdo que en la parroquia a la que a mi abuelita le gustaba ir a misa ponían un árbol de navidad junto al enorme Cristo crucificado. Se me hacía una mezcla rara, escuchaba la misa esperando el momento en que se mencionara la parte de “cayendo de rodillas, lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra… y un pino decorado con objetos brillantes”, pero al sacerdote siempre se le olvidaba lo del pino. A lo mejor no es culpa suya, fue el Papa San León quien fijó el número de los magos y los regalos en tres. De todas formas el que cada año se vendan millones de pinos para tener un rato en la sala de la casa y desechar en Enero debe ser una de las costumbres más curiosas de la historia. Es curioso también pensar que habrá bosques mientras exista demanda por estos pinos, así como habrá juguetes Mattel y Hasbro mientras persista el frensesí de fin de año.

Terminé mis estudios, tuve mi primer empleo, que fue una experiencia agridulce. Trabajé en dos fábricas, en una de las cuales si me sometieron a un riguroso examen de aptitud física en el que por unos segundos pareció que se me acababa de descubrir daltonismo. Nunca comprendí por qué necesitamos pretextos para dar regalos, por qué esperar a una época del año en particular para festejar con nuestros seres queridos. Fui dejando atrás el mundo de fantasía en que por alguna razón se acostumbra criar a los niños pequeños en la sociedad actual. Supongo que se trata de protegerlos de alguna manera… de las cosas con las que tarde o temprano tendrán que enfrentarse. Claro, porque privarlos de ese conocimiento y esas experiencias ayudará a que estén lo mejor preparados para lidiar con ellas. No le encuentro sentido. Mentir es retener, por voluntad propia, la verdad. Siempre supe que mentirle a los niños es un error, porque una de las cosas que más duele en la vida es el desengaño.

Fue el año pasado, yo ya a uno o dos pasos de cumplir treinta, que por casualidad en una cena familiar salí de la habitación. Al regresar me encontré que estaban hablando de una historia de largo sufrimiento, cirugías y partes del cuerpo desaparecidas. Sin querer me había topado con la verdad, que tantos años me había eludido y ahora estaba ahí sentada tan tranquila en el comedor, tomando el té. Fue extraño descubrir que toda la vida he proporcionado información incorrecta acerca de mis antecedentes médicos y los de mi familia. Comprendo que no sea el tipo de cosas que se platican casualmente un día cualquiera, al compartir el cereal y el pan tostado de la mañana pero ¿tener que esperar diecisiete años? Y aún así no había planes de revelarlo.

Los pulpos son animales fascinantes, grandes artistas del escape y el camuflaje, poseedores de un sistema nervioso altamente desarrollado y sentidos agudísimos, así como una inteligencia sorprendente. Todo esto en un cuerpo sin huesos y con una de las formas más improbables. Se dice que no tienen un tamaño máximo y crecen toda su vida. Se especula que el motivo porque no existen especies de agua dulce es porque son demasiado sensibles a la calidad del agua. Verán, los cuerpos de agua dulce son pequeños, con corrientes pequeñas. Invariablemente tienen su origen en el agua que se precipita sobre la tierra, agua que es relativamente pura al principio y cae, lista para absorber y mezclarse con todo lo que encuentre en su camino. Las aguas dulces son inestables, cambiantes, efímeras cuando se miden en las escalas de tiempo geológico. Efímeras, como la infancia. Los cefalópodos existen desde antes que los peces, son muy aguerridos, comen de todo. Aún así no existen pulpos de agua dulce. Según cuenta la leyenda fue un pez al que se le ocurrió salir del agua y poblar las tierras emergidas, convertirse en mamífero y volver al mar en forma de ballena y delfín ¿Por qué no un pulpo? La verdad es que se desconoce la respuesta, pero una de las teorías es que su organismo, cargado de hasta tres veces más neuronas que animales de tamaño similar, ya está suficientemente estresado manteniendo con vida ese sistema nervioso como para tolerar los constantes cambios y estrés adicionales de vivir en agua dulce, no se diga ya en tierra seca. Una mente increíble encerrada, que solo puede existir poniendo a tope su frágil cuerpo.

Me gusta pensar que la mente humana es como los pulpos. Que nunca deja de crecer ni sorprender, que toma mil formas y preda con gran astucia y vivacidad. Las personas somo criaturas maravillosas. No somos las más grandes ni las más rápidas ni las más fuertes del planeta pero, gracias a nuestra mente, somos capaces de hazañas asombrosas. Hemos superado los innumerables y enormes retos que se nos han presentado a lo largo de la historia y la prehistoria. Gracias a la abstracción de que somos capaces podemos comunicarnos y transmitir ideas complejisimas con una facilidad y naturalidad que quitan el aliento. Podemos hacerlas perdurar por siglos, usando alfabetos de tan solo veintisiete letras. Eso nos hace especiales porque puedes enseñarle a un chimpancé a pintar, a comer en la mesa, a usar lenguaje de señas e incluso a conducir un auto. Pero no lo verás abriendo una escuela de manejo. Construimos, sin darnos cuenta, una cultura que nos forma desde que nacemos, para bien o para mal, queramos o no. ¿Por qué encerrar la mente de un niño, de una persona, en una celda con forma de cuento de hadas?

Yo viví la mayor parte de mi vida bajo el embrujo de los reyes magos. Siempre supe que había sido un error y es algo que no le deseo a nadie.

Yo no soy digno de que entres en mi casa pero una palabra tuya bastará para sonrojarme

Durante mi infancia nunca invité a ninguno de mis amigos a mi casa. Por lo que alcanzo a recordar, mis padres tenían un prejuicio muy grande de que, por estar en “colegios bien”, mis compañeros serían gente de dinero que vivía en mansiones impecables con sirvientes y obras de arte valuadas en millones decorando las paredes y que por lo tanto, al ver nuestras modestas habitaciones descarapeladas, mugrosas y desordenadas, me iban a hacer menos y el estigma de la pobreza insalubre me perseguiría por el resto de mis días. Bueno, tal vez no a ese nivel, pero si es cierto que había mucho de eso.

Lo curioso es que en las pocas ocasiones que me invitaron a un cumpleaños o a hacer un trabajo en equipo en casa de algún compañero, la impresión que me llevaba generalmente era que vivían en condiciones muy similares a la de mi familia. Sí, había los que vivían en mejores barrios pero también los que vivían en peores, los que tenían un auto para cada día de la semana y los que vivían en antiguas casas que nunca habían sido terminadas. Esto último si me aterrorizaba un poco porque, luego de que me sucediera por primera vez, uno de mis más grandes miedos es que me caiga un ladrillo en la cabeza de nuevo, pero creo que no tiene mucho que ver. Vi recámaras que parecían sacadas de esas revistas donde salen fotos de las casas de las estrellas de cine, con grandes colecciones de monitos de los caballeros del zodiaco y de star wars, lo mismo que habitaciones donde apenas había una cama, algo de ropa y una toalla. No recuerdo una sola ocasión en que algo de esto haya tenido relación con la forma de ser de mis compañeros ni con el modo en que me trataron. Me imagino que de verdad fui afortundo o que los niños a esa edad son más similares que diferentes entre sí y toman poca consciencia de esas cosas. Pero hasta la fecha puedo decir que lo ostentoso o no de las casas, el orden o desorden en las recámaras de mis conocidos, nunca ha tenido nada que ver con nada. He visto quien tiene los muebles cayéndose de viejos y toda superficie cubierta de su tiradero y la explicación puede ser tan simple como que pasan muy poco tiempo ahí o que le dan al asunto la importancia que merece: ninguna.

Hace unos días platicaba con un conocido de esto y me dijo que es lógico porque en los hogares de este país la que educa es la televisión y que las telenovelas se tratan exactamente de eso. No sé si sea verdad, yo no veo el canal de las estrellas.

La situación cambia un poco con los años, ya no es la recámara infantil en la casa de los padres, ahora es el depa de soltero o con el/los roomies. Y la única diferencia es que ciertos elementos van reflejando, si a caso, la personalidad del habitante. Hay quien sigue conservando las figuras de acción, quien tiene una guitarra en el rincón o llena su armario con ropa de moda para el antro. Hasta hace poco lo más común era encontrarme con una especie de “altar” construido en torno a una pantalla grande y de última tecnología, generalmente rindiendo culto a los videojuegos. No digo que esté mal ni bien. En alguna parte leí que los instrumentos y herramientas que usamos reflejan la manera en que nos relacionamos con el mundo. Creo que es muy cierto. Alguna vez si tuve un shock cuando vi que un conocido tenía unos pocos pantalones “de marca” y comentábamos de su elevado (para mí al menos) precio. Me decía que estaba bien porque “te los pones unas diez veces”. Si, diez. Me imagino que en el extremo opuesto está la gente como aquel personaje del dormitorio de “The Catcher in the Rye” del que Holden Caulfield comentaba que usaba una navaja oxidadísima pero siempre se presentaba impecablemente rasurado.

Nunca me he puesto a pensar en como sería “mi casa” si es que algún día me es posible disponer en su totalidad de una casa. Me imagino que no tendría horno de gas ni cafetera porque prefiero salir a comprar mi café al puesto de jugos de la esquina, pero nadamás. Un familiar hace no mucho comentaba algo de ver TV en la cama, le mencioné que yo no tengo televisor en mi cuarto y le sorprendió mucho y fue raro

Hace poco fui a una ¿fiesta? ¿todavía les llaman fiestas en estos tiempos y a esta edad? a casa de un compañero del trabajo. Es casi de mi edad, mayor por unos pocos años. Casado y con varios hijos. Lo que me llamó la atención (aparte del increíble desorden que le tolera a los niños) fue la total austeridad del hogar. Las paredes desnudas, la cocina a medias, ni una maceta en el jardín. Apenas unas bocinas retroexóticas conectadas a la laptop del trabajo para amenizar. Me sorprendió, creo, porque me di cuenta que me estaba convirtiendo en aquel que saca opiniones basado en apariencias. Apenas puedo decir en mi defensa que nos conocemos poco y que se trata de una persona que viste bien y da una que otra señal de entender de ropa de moda y ciertos lujos. Tal vez su casa sencillamente está libre de todo lo que los niños puedan maltratar, no lo sé. Pero es muy distinto a como vivo yo, con mis millones de dólares en iluminación y los cientos de litros de agua purificada en exhibición a manera de peceras, así como la maquinaria correspondiente en constante operación, a un lado de varias laptops despedazadas. ¿Que impresión daré con mi pobre sentido de la moda, mi escritorio enorme y abandonado a la deriva en el tsunami de mi hoarding donde también han naufragado cientos de plumas que datan de 1948 a la fecha?

Son dos mundos distintos, si. Pero compruebo una vez más que todo esto no quiere decir nada sobre nuestra verdadera forma de ser.

– Después de que él falleció, vino ella y me preguntó qué creía yo que debía hacer: irse o quedarse.

– ¿Y qué le contestaste?

– Que era su decisión y yo no podía decirle qué hacer, fue todo.

– No creo que le haya ayudado.

– Es que realmente, cual sea el camino que escoja, no puede equivocarse.

– ¿No te das cuenta? Eso era lo que necesitaba oír.

“Ya no tengo miedo de ti,

ya toda mi vida eres tú.

Vivo tu respiro que queda aquí,

que consumo día tras día.”

Es… es tarde. ¿Qué hora es allá, del otro lado? No importa, me dijiste que no importa. Conozco a la perfección la canción que suena en tu teléfono cuando te marco, aunque no lo haga ni una vez al año. No puedo evitar imaginarla sonando, allá, a lo lejos.

“¿Hola?”  Suena tu voz con un acento extraño, porque poco a poco has olvidado nuestro idioma. No es momento de responder a un saludo, pero lo intento. Se me quiebra la voz, fallo en el intento. “Falleció…” pero no termino el silencio, la interrupción, el instante en el que no sé qué decir.

Porque tú lo sabes, comprendes al instante qué quién cómo cuándo y dónde. “Oye…” atinas a responder, a interrumpir el mar de dudas, el remolino de emociones que da vueltas y vueltas en mi cabeza. “… voy para allá”, dices, con plena seguridad. Con ¿tranquilidad?, como si fuera cuestión de cruzar el patio trasero.

“Busco en la noche en cada estrella tu reflejo,

más todo esto no me basta ¡ahora crezco!.”

Es rara, la espera. Trato de no pensar. Unos kilómetros en auto ¿qué estarás pensando? Me lo pregunto pero al instante lo olvido. Creo que mencionaste un tren bala. Un tramo, pequeñito, como de media vuelta al mundo, en avión. Y unas horas por tierra. Me gustaba imaginarte abordando un helicóptero y llegando en minutos, pero me dijiste que ni la reina de Inglaterra puede: el combustible pesa demasiado.

“No vivo ya, no sueño ya.

Tengo miedo, ayúdame.

Y es la hora que no llegas, estoy entrando en trance. “¿En qué forma piensas de ti?” me preguntaste, y no entendí. Me explicaste: “¿Cómo te ves, qué clase de persona crees… sientes que eres? ¿Eres un buen hombre?”. Tardé en responder y te dije la verdad: pienso en mi como un hombre que miente.

“Tú que habrías estado por mí

en cualquier lejana ciudad.

En soledad y siempre ya junto a ti.”

Distingo tu inconfundible silueta a la distancia ¿cómo diste con el lugar exacto? Me pongo en pie, no se si sonreír o llorar. ¿Cuántas mentiras? ¿Qué tuviste qué hacer para llegar tan pronto? Pero no importa. Estás…

Abraham

Mi coche estaba haciendo un ruido extraño y lo llevé al mecánico, quien me dijo que se trataba de algo que él no podía arreglar pues se requería una herramienta de la que no disponía, que acudiera a un eléctrico. El eléctrico, cuyo local queda del otro lado de la ciudad, tenía demasiado trabajo y solamente podía atenderme el sábado a las ocho de la madrugada, así que indagué un poco entre mis conocidos acerca de alguien que pudiera ayudarme y que no requiriría la excursión al despuntar el alba. Así fue como escuché por primera vez de Abraham, un muchacho de unos 20 años que había llegado de lejos a pasar una temporada con el hermano de su padre. Esto porque el chico andaba en malos pasos y su familia estaba preocupada, así que optaron por alejarlo de las “malas influencias”. No tenía trabajo pero le sabía a la mecánica y tenía herramienta así que en cierta forma estaría yo ayudando a reformarlo. ¿Cómo se supone que esto me inspirara confianza? No tengo idea, pero quedaba cerca y me podía atender a cualquier hora. Además el problema del auto en si no era muy complicado, lo peor que podía pasar era que quedara igual.

Llegué al lugar y hora convenidos, Abraham me hizo esperar un rato. Llegó en un Jeep descapotable de color rojo, a velocidades vertiginosas y frenando de manera que no parecía muy prudente. En ese momento no supe si tenía prisa por haberse demorado o así era su forma de conducir. Era un joven delgado y prieto, de aspecto algo malvivido; llevaba unos característicos pantalones cargo, superaguados, manchados de grasa y raídos. Daba la impresión de dedicarse a eso y de ser una persona capaz, a pesar de su edad, así que no desconfié. Entendió el problema de inmediato y puso manos a la obra. Tuve que comprar dos refacciones puesto que dos piezas se habían desgastado porque habían estado girando fuera de su posición normal y eso era lo que provocaba el ruido extraño en el motor. Al parecer quedó todo bien y así traje el auto unos días, pero tuve que volver a llevarlo con él dado que el ruido volvió, aunque con menor intensidad, la siguiente semana.

Un pequeño ajuste y listo, no volví a saber de Abraham en meses hasta que un día que hacía mucho calor no aguanté más y me detuve en un minisuper a comprar una bebida bien fría. Él se estacionó y del auto se bajó otro chico que se veía aún más joven y que pasó directamente al mostrador a comprar condones. Ahora que sé el desenlace de la historia, me imagino que eran hermanos. Opté por no saludar ni nada y seguí mi camino, después de todo no había nada extraordinario en todo eso, solamente me llamó la atención el hecho de que ya no traía el Jeep, ahora era un Ibiza azul, más apto para las velocidades que le gustaban a Abraham.

Me imagino que debió haberle ido bien con la mecánica porque pocos meses después, cuando volví a saber de él, lo que escuché es que había estrellado su Jetta. No pude evitar comentar que lo había visto “pasar por ahí” en otro carro y me confirmaron que ya lo había cambiado. Ya para entonces fui sospechando que debía haber algo más de lo que su familia quisiera que se reformara pues no habían pasado ni seis meses desde que yo lo conocí y estaba cambiando de vehículo con gran facilidad. Pero nunca lo sabré con certeza porque lo siguiente que escuché de él, poco tiempo después, es que un día iba con su hermano, tuvo un accidente automovilístico y fallecieron los dos.

No le había dado mucha importancia a esta historia hasta la semana pasada que dos personas por separado me dijeron que últimamente yo estaba conduciendo muy rápido. Ahora bien, en mi tostadora motorizada generalmente da la sensación de que se va más rápido de lo que en realidad se está moviendo el auto, lo normal es que en esos casos yo volteo a ver el velocímetro y respondo “calma, vamos a 60 km/h”. Pero en estos casos al fijarme veía que iba al doble de lo permitido por los ridículos límites de velocidad en esta ciudad.

Esa idea se quedó flotando en mi mente y de pronto recordé que en algún lado había escuchado que la primera vez que alguien más o menos de tu edad muere, suele afectarte de alguna manera. Me pusé a pensar que hasta el momento no conocía ningún caso y fue cuando me acordé de Abraham. Sí, he sabido de casos más tristes y que me han afectado en otro nivel y, aunque todavía no se muy bien qué hacer de todo esto, creo que ciertamente me afecta de otra forma. No lo sé, uno conoce gente todos los días y no se lo piensa dos veces, no anda uno preguntándose que fue del tendero, del zapatero de la esquina, de la señora que pasa vendiendo flores o de los recolectores de basura. Pero quizá el ir escuchando poco a poco de la breve vida de Abraham y el hecho de que era más o menos de mi edad hizo que inconscientemente me imaginara que iba a tener algún futuro o algo, no que se acabara todo tan súbitamente.

Abraham: la primera persona más o menos de mi edad que sé que muere. Estoy procurando volver a manejar a velocidades de abuelita artrítica. No es nadamás por precaución, es que cuando acelero de más mi coche vuelve a hacer ese ruido raro…