Fue un verano extraño, peligroso. Pasamos nuestras vacaciones trabajando en un lugar que entonces nos pareció inhóspito, porque no habíamos conocido más que el paraíso de papá y mamá y desconocíamos la seguridad que nos rodeaba. Fue aburrido, sí. De lo más monótono. A casi una década solo recuerdo un par de veces en que nos salimos de la rutina: aquella en que fuimos a nadar y terminamos en el hospital (por decir así, porque en esos “pueblitos” no existe tal cosa) y esta que te acabo de mencionar. Íbamos siguiendo la carretera y preocupándonos, porque kilómetros atrás dejó de ser asfalto y ya no era nisiquiera el empedrado aquel en que me había torcido el tobillo. Era tierra suelta, pero seguíamos alentados por el grupo de niños con el que habíamos trabado amistad, si se le puede llamar así a regalarles un balón y escucharlos de vez en cuando.

La pendiente de subida se hizo más pronunciada, era curioso porque según nos platicaban los niños, el pueblo próximo al que nunca llegamos quedaba “abajo”. La carretera serpenteaba ahora drásticamente, yo no me imaginaba que un coche pudiera andar por ahí, si el camino estaba tan erosionado e irregular que era difícil para nosotros. Tomábamos fotos, como hacen los turistas, porque eso éramos. Porque eso seremos toda la vida. Grupo de niños indígenas ¡clic! Cascada insignificante de un rio próximo a morir ¡clic! Fruto extraño colgando de un árbol ¡clic! La que todavía me causa una sonrisa es la foto borrosa de una oruga peluda en color amarillo que por la falta de nitidez jamás podré identificar. Probablemente era venenosa, pero todavía siento ganas de acariciarla.

Entonces llegamos a la última curva. Los niños se adelantaron corriendo, conocían el camino y ya sabían dónde estábamos por la cruz, en lo alto de la loma, que según nos dijeron era para proteger a su comunidad de los vientos… ¿puede el viento ser maligno? No lo sé, es una de tantas cosas que no comprendo. Seguí caminando con ellos por inercia, por curiosidad, porque se había dejado de ver vegetación adelante y solo se veía el cielo. Límpido, impecable. El aire más cristalino que jamás tendré la oportunidad de ver.

Seguía una curva pronunciada pero, a partir de ahí, el camino era de bajada. Si te acercabas al borde se veía la profundidad del valle. La enormidad del valle. La insignificancia del poblado al que nos dirigíamos. No sé si habrá sido una broma de los niños o un plan para que solamente viéramos ese paisaje. Porque al verlo, era evidente que jamás llegaríamos al pueblo. Estaba a kilómetros abajo, no sé, es imposible saber. Lo suficientementemente cerca para distinguir las casas pero lo bastante lejos para tener la certeza de que jamás llegaríamos ahí antes del anochecer. Y que, aún si lo lográbamos, no podríamos volver con la luna como única luz porque habíamos dejado toda otra luz muy atrás, a horas de distancia. A mi no me importó, era todavía divertido. Me consolaba el saber que sin importar la alternativa que eligiéramos, cualquier camino hacia adelante o hacia atrás era de bajada y tarde o temprano mis pies hallarían descanso. Nunca me molestó la ropa sudada y pegada al cuerpo ni los mosquitos que me devoraban la piel. Al contrario, los ruidos de la noche en esos climas tropicales me arrullan, aún en mis sueños. Son la ilusión en la que encuentro descanso. Podría pasar días examinando la flora local, que aquellos niños consideraban tan normal pero que yo sé que tal vez jamás vuelva a ver. No podía creerlo cuando vi esa planta de hojas velludas, parecía ser una ortiga y sin pensarlo extendí la mano y la toqué. Una cosa es leerlo en los libros y otra sentir el legendario escozor en la piel. Es como una llamarada, aunque creo que mi conocimiento de las incontables vellosidades inyectando la toxina en la piel alteró mi percepción del evento. Sonreí incluso entonces, estúpidamente. Supongo que el saber que no pasa de una ligera inflamación, por haberlo leído en alguna parte, ayuda a disipar las preocupaciones.

El paisaje era espectacular, llegaba al alma. Se sentía uno libre, enorme e insignificante a la vez. No sé explicarlo. Saqué mi cámara y traté de que los niños se acomodaran en una formación, con ese paisaje de fondo. Apenas noté que te habías retrasado y decidí esperarte para que también salieras en la foto. Pero tardaste mucho, te desviaste. Te fuiste a sentar junto a la cruz de los vientos en la punta de aquel cerro perdido. Los niños no querían esperar, se fueron poniendo inquietos. Por la distancia y las prisas no distinguí la expresión de tu rostro, pero imaginé que solo era cansancio. Puse la cámara en una piedra grande y corrí a acomodarme junto a los niños. Tomé la foto sin tí.

Hace años que no he vuelto a ver las fotos de entonces, no siento la necesidad, siguen aún frescas en mi memoria. Siempre me dolió tu ausencia en esa foto en particular. Ahora que estamos recordando, que nos pusimos a hablar de ayeres, llegamos inevitablemente a ese momento. Te relato de la manera más vívida que soy capaz lo mucho que me gustó ese paisaje, ese momento, cuánto hubiera querido que te acercaras al borde de ese precipicio y contemplaras la inmensidad junto a mi.

“Lo hice” me dices, y no sé qué contestar ¿me distraje y te perdí de vista por un momento? ¿Fui tan tonto que no me di cuenta y me perdí la oportunidad de compartir ese instante? Pero me interrumpes, me dices que no, no es así. Con la mayor tranquilidad me cuentas que se te paralizaron las piernas y no pudiste seguir. El paisaje, el momento te conmovió tanto que te brotaron las lágrimas y no quisiste que nadie te viera así. Por eso te sentaste ahí, por eso la distancia.

Ahora no sé si fue mentira o fue sinceridad pero se que no me dejaste ver tu rostro entonces. Que vivimos el mismo momento de maneras distintas y me sorprende. No dejas de sorprenderme.

Ahora tengo la certeza de que el abrazo que creí no haberte dado, que creí que no habías notado en mis ojos, sí te lo dí. Lo supiste, y lo seguiremos compartiendo siempre.

Melchor, Gaspar y cefalópodos

Cada año, sin falta, por estas fechas es inevitable escuchar historias de personas que reviven con alegría el recuerdo… Qué mejor que empezar con una de estas bonitas anécdotas que nos comparte Said:

Cuando yo era un crío, Santa Claus todavía no pintaba tanto, los que la rifaban por aquellos años, eran los Reyes Magos. El viejo obeso solo servia, en mi caso, para proporcionarme calzado nuevo y cuando mucho, una bolsa de dulces. Ah, pero que diferencia con los tres Reyes Magos, esos si se discutían con bonitos juguetes de moda.
La inocencia de los niños de aquellos años, alimentada con la bonita creatividad de los adultos, hacían de ese día, un día lleno de magia. Éramos tan fáciles de “sugestionar”, que clarito veíamos en el cielo, como ese trío de estrellas cada vez se aproximaban más y más a la Tierra a medida que se acercaba el día de Reyes.
Recuerdo que los más grandes de la “palomilla” (Palomilla.- sinónimo de “banda”, o sea, grupo de gandules), se encargaban de alimentar la inocencia de los más pequeños. En una ocasión, un grupo de ellos, de los más grandes de la cuadra, se fueron en la noche a un jardín que había por nuestras casas, y en la tierra, dibujaron las huellas del elefante, el caballo y el camello de los Reyes Magos. Ya se imaginarán la emoción que sentimos los más pequeños, cuando al otro día, se corrió el rumor de que se habían encontrado las huellas de los animales de los Reyes Magos en el jardín. Cuando las vimos, ¡nomás no lo podíamos creer!”

Para mí los recuerdos están un tanto borrosos, creo que ha pasado demasiado tiempo. En mi memoria está el ir a la alameda del DF y ver los tradicionales puestos para tomarse la foto con los reyes; una ocasión que nos quedamos despiertos esperando sorprenderlos o ver algo cuando dejaran los regalos y no haber descubierto nada. Muy en especial recuerdo una vez en que simplemente pedí un robot y al día siguiente ahí estaba. Casi veinte años después no sé qué fue de la mayoría de esos regalos, pero me dió mucho gusto ver exactamente el mismo modelo en un video musical.

“Pero lo que es igual, lo que nunca cambiará, es la cara de los niños por la mañana, cuando descubren que la magia si existe, que la magia de los Reyes Magos, volvió a hacer de las suyas.”

Comprendo que cuando vamos creciendo, cuando nos encontramos en el irregular camino hacia la edad adulta, se le vaya tomando cariño a la ilusión pasada. No sé, tal vez sirva alguna función importante desde el punto de vista psicológico-social. Invariablemente se pierde la inocencia al momento de enfrentarse a la realidad del mundo adulto.

Al llegar a cierto punto los compañeros de primaria ya están muy seguros, creyéndose los mas listos, hablando de quienes son en realidad los que traen los regalos, y la actitud que vi fue siempre la de desdeñar un poco a quienes todavía no lo sabían. Como si acabaran de descubrir una de las verdades trascendentales de la vida. Pero, curiosamente, suele combinarse con el astuto plan de seguir fingiendo ignorancia ante los adultos con el fin de prolongar esa etapa para aprovechar y colmarse de regalos. Etapa que de otra forma, se piensa, llegaría a su fin, cosa que no conviene.

Yo nunca lo comprendí del todo. Supongo que siempre tuve más juguetes de los que necesitaba, es curioso ponerse a pensar que tuvieron que haber salido de alguna parte. Si algo queda de eso es que todavía me desilusiona que me regalen ropa, aunque venga de las más finísimas pasarelas de París. De todas formas los reyes magos rara vez me traían lo que pedía, aunque no fuera nada del otro mundo. Hubo veces, claro, que los regalos sí eran buenos. Recuerdo haber recibido juguetes junto con un suéter feo, de lana que picaba la piel y toda la cosa. No sé qué le pasó pero ojalá se haya ido encogiendo con las lavadas hasta desaparecer de este universo. No me queda del todo claro como es que no deduje algo del tipo “estos regalos están pensados para tu bienestar”, más bien sentí gran desconcierto.

Quisiera compartir un pequeño secreto, que hay una cosa con la que no pueden fallar si me la regalan, desde mi más temprana infancia y hasta la fecha: galletas. Pero es algo que nunca he recibido y no creo recibir jamás.

Puede que, si preguntan a mi familia, se encuentren con una versión muy distinta de los hechos en la que siempre me traían los regalos que pedía, aunque implicara un gran esfuerzo conseguirlos. Pero hay tres cosas que nunca me trajeron y que no he podido olvidar. La primera es un coche de control remoto. Creo que si alguna vez tuve uno que otro, aunque nunca fue de los reyes magos. Además me refiero a uno decente, tuve uno de los más tristes, de los que están conectados al control por un cable. Y uno que si era inalámbrico pero que era incapaz de dar la vuelta. Bueno, de cierta forma si podía, las llantas delanteras se movían hacia la izquierda cuando iba en reversa, de modo que el cochecito hacía un círculo en el sentido de las manecillas del reloj cuando se movía hacia atrás. Muy ingenioso desde el punto de vista de la reducción de costos. Trescientos sesenta grados de pura frustración porque no solo había que olvidarse de rodear obstáculos sino que, tampoco contaba con una reversa propiamente dicha. Si tuviera que sacar una moraleja diría que este juguete me enseñó a ir siempre hacia adelante… y cuando no se puede, a dar dos pasitos para atrás y uno de costado.

El segundo artículo en la lista de la infamia es de lo más sencillo y básico que no debía faltar en el arsenal de juguetes de ningún niño en los ochentas, uno de esos monitos (figuras de acción, si lo prefieren) articulados GI Joe. Como que siempre sospeché que me creían de manos muy toscas para manejarlo sin romperlo o algo por el estilo, lo cual puede que también aplicara para el coche de control remoto (¿quién no termina desarmándolos para ver qué tienen adentro?) pero no creo que sea cierto porque no era común que echara a perder juguetes o andara por ahí rompiendo cosas. Si llegué a romper un par de ventanas pero fue producto de la más pura y desafortunada casualidad. Lo más que llegué a recibir fue un monito de segunda mano que solo tenía articulaciones en la mitad del cuerpo, ya no me acuerdo bien si lo que no movía eran los brazos o las piernas y que es quizá el regalo más decepcionante que me han dado. Jugué con él una o dos veces y pasé el resto de mi vida odiándolo. Todavía hace no mucho andaba rondando por ahí y puede que aparezca bajo los cojines del sofá si se hace una limpieza a fondo de la casa. Este juguete me enseñó que en la vida no todo es blanco y negro, que existen mas de 50 matices de grises y hay infinitos grados de articulación. Luego en la escuela de ingeniería me enseñaron que solo se pueden tener 6 grados de libertad y yo no soy quién para decir cual de las dos es la verdad.

Nunca pedí nada imposible, aún considerando lo que voy a contar a continuación. Nunca quise uno de los inalcanzables caballeros del zodiaco porque no me gustaban las caricaturas japonesas y yo solo veía unos monitos enfundados en metal muy similares a los Halcones Galácticos y que lanzaban confusas lucecitas de colores en TV y siempre estaban o enojados o al borde de la muerte por alguna melodramática razón. Durante muchos años quise una bicicleta de montaña con velocidades, de ser posible en color plateado, pero nunca se la pedí a los reyes magos porque sabía que eran caras y que en poco tiempo crecería y ya no me iba a servir. Tuve, en cambio, infinidad de bicicletas de segunda con las que nunca estuve del todo contento y no cumplí mi sueño hasta que ya pasaba de los veinticinco años y me compré una que me ha dado grandes satisfacciones. Con esto aprendí lo fácil que es pasarle nuestros traumas a los hijos porque siempre me “prestaba” mi papá una de sus múltiples (demasiados a lo largo de los años como para contarlas) bicicletas tipo de pista o de carreras y se enojaba cuando regresaba con los rines todos chuecos y la estrella los platos golpeados con piedrones por correrla sin misericordia, como se corren las bicicletas de montaña… y aún así la situación se repitió hasta el infinito, sin sentido alguno, por la única razón de que mi papá insiste hasta la fecha que ese tipo de bicicleta es el mejor.

Mi memoria no da para los detalles pero en algún punto mamá y papá comenzaron a tener problemas. Más bien los hijos nos dimos cuenta, porque la verdad ignoro cuando empezaron a pelear. No recuerdo tampoco como, exactamente, lo supimos. Pero ese año una de mis hermanas y yo, que éramos los más pequeños de la casa, sabíamos bien una cosa. No queríamos juguetes ni regalos, queríamos que papá y mamá estuvieran bien entre ellos y eso escribimos en nuestras cartas a los reyes magos. No puedo imaginar qué pensaron nuestros papás al verlas y creo que ellos tampoco imaginaron cómo me sentí al levantarme al día siguiente y encontrarme solamente con su silencio y… regalos. Regalos de los que no me acuerdo y cuyo paradero es desconocido. Yo sentí que la respuesta de aquellos entes mágicos no podía haber sido más clara y habría que conformarse con pedazos de plástico. El punto número tres en la lista de lo que nunca me trajeron los reyes magos; tal vez debería ocupar el primer lugar. Los regalos de ese día los olvidé hace mucho tiempo pero la lección que aprendí con ellos es para toda la vida: que hay cosas que no se pueden tener.

Nunca le he contado esto a nadie pero los reyes magos se convirtieron para mi en rutina, en algo que me imponían los adultos. En la escuela nos hacían comprar un globo para amarrar nuestra lista de deseos materiales. Luego todos los niños del colegio teníamos que soltarla al mismo tiempo en un espectáculo lleno de color y quedarnos mirando como idiotas maravillados mientras se perdían en el firmamento, burlándonos de uno que otro compañero cuyo globo perdía el rumbo y se atoraba por ahí o, por capricho de los vientos, volaba en dirección opuesta a los demás. Me imagino que esa ceremonia, ese ritual al que nunca le encontré la gracia, trae alegría al menos a los globeros que hacen su agosto con esas ventas de temporada. A mi me pareció siempre una bobada, pero entonces me preocupa yo por hacer al pie de la letra todo lo que pidieran en la escuela y ni modo, había que cumplir, solo era una tarea más. Siempre supe que las cartas amarradas a globos de helio no le llegan a nadie. Para empezar, los globos no se pueden atrapar. Gracias a mis libros de ciencia ya sabía que los globos flotan porque son menos densos que el aire, que en el espacio no hay aire y que la única manera de salir de la tierra es usando una máquina enorme como la que usan los astronautas. Aparte de todo, los reyes magos se supone que vienen de oriente y ni los mejores meteorólogos se atreverían a decir donde terminan los globos huérfanos y perdidos, cuestión que durante años me inquietó. Me imaginaba a los globos flotando indefinidamente, en eterna agonía, en la frontera última de la atmósfera. Más allá de las nubes, en el olvido. No sería hasta mucho después que encontré consuelo al saber que esa frontera nisiquiera se puede definir con claridad y que, tarde o temprano, todos los globos caen. Pierden el helio ya sea lentamente, ante la imposibilidad de un nudo que proporcione un cierre perfectamente hermético. Languidecen, se arrugan, se marchitan. O de sopetón, al llegar a una altura en que la presión interna es demasiado fuerte comparada con la externa y revientan, sus restos muy probablemente esparcidos en el mar. Los globos de material metalizado seguramente no llegan tan alto ni se revientan, con suerte aterrizarán directamente en algún basurero y son reciclados.

Un globo con varios de esos otros globos alargados amarrados abajo, formando un pulpo. Es otra cosa que nunca tuve. Siempre me han fascinado los seres marinos. No existen pulpos de agua dulce, aunque hay reportes de avistamientos ocasionales. Como Pie Grande o el monstruo del lago Ness. Yo creo que también debe haber avistamientos de los globos que llevan las cartas de los reyes magos, probablemente los incautos los confundan con un OVNI.

El siguiente recuerdo que tengo al respecto no está fechado. No sé a cuando pertenece, pero era una tarde fría en el Distrito Federal. El cielo gris, sombrío. Nevaba, en plena víspera de los reyes magos. Estaba solo con mi papá en la pick up destartalada, cargada de la mercancía y los puestos del tianguis. Traía demasiados suéteres y chamarras, me sentía torpe. Como si llevara puesta una escafandra, en una peligrosa misión de exploración en el inhóspito y alcalino mundo de los adultos. Un descuido y te conviertes en estatua de sal. Los limpiadores frotando el parabrisas lastimosamente, sin ayudar mucho a recuperar la visibilidad. Era obvio que alguien estaba sintiendo la presión económica de la temporada, ya fuera real o imaginada. “¿Y tú ya sabes quienes son los reyes magos?” me dijo. Intenté desviar la mirada hacia los cristales pero estaban empañados, opacos. No sé si haya una respuesta correcta o equivocada a esa pregunta a esa edad, en que ya sabes pero no se supone que sepas. Quise responder “Son un invento para confundirnos a los niños, papá. Pero no se supone que lo digas.” No se supone que lo digas. Solo se me ocurrió aplicar uno de los trucos más pobres: repetir lo mismo, en forma de pregunta. “Pues… ¿los reyes magos?” respondí. Puede que en realidad no estuviera nevando, pero fue uno de los momentos más gélidos de mi infancia.

Falló la escafandra. Murió un niño ese día, aunque no se encontró su cuerpo. Tal vez siga deambulando por ahí, se le puede reconocer por la mirada vacía y el hueco en el pecho. Ya aparecerá.

Estaba ya por terminar la primaria cuando un profesor de música llamado Oliver (infinitos comentarios por una caricatura japonesa que yo nunca vi, no había superado mi incapacidad para digerirlas) le contó a todo mi grupo que a él le hacía mucha ilusión los reyes magos, la rosca, los regalos. Pero que un familiar suyo había fallecido esa fecha, así que para él era un día feliz y triste a la vez. No pasó de simple anécdota curiosa para mí, tan inapropiado como morir en navidad.

Más o menos al año siguiente mi abuelita enfermó, se fue poniendo mal poco a poco. Nunca me dijeron claramente qué tenía, aunque lo más seguro es que no lo hubiera entendido. Primero fueron visitas a varios médicos, luego estuvo internada unos días en la clínica particular de confianza para mi familia, que no quedaba cerca de donde vivíamos sino en una colonia acomodada de la ciudad. Al salir de la escuela me llevaban directo ahí. Yo no sabía bien qué hacer, cómo ayudar. Aunque no me imaginaba tampoco pasando las tardes en otra parte. Algún adulto se quedaba a pasar la noche con ella y llegaba yo a casa hasta muy tarde.

No sé cómo hice para cumplir con mis tareas, quizá eran muy sencillas y las hacía en la clínica sin problemas. Hubo una época en que recuerdo haber tenido muy poca supervisión y pasado muchas horas viendo TV, aunque no estoy seguro qué tanto coincide con esos tiempos extraños de los que estoy hablando. Dieron de alta a mi abuelita pero no se encontraba bien, estaba postrada en cama. Mi tía le compró una de esas camas de hospital, con ruedas y en las que se ajusta la altura y tienen distintas posiciones. No me extrañó eso ni los demás muebles extraños que empezaron a aparecer, mi tía siempre ha sido de las que echa la casa por la ventana y ese tipo de persona para quien sus padres son santos.

Volvieron a internar a mi abuelita después, pero esta vez en uno de los grandes hospitales del Seguro Social, creo que el Centro Médico de la Raza. Me acostaba a veces en la cama vacía que había dejado en casa a ver más televisión, aunque no era tan cómoda como parecía. Las tardes se volvieron tediosas. De la escuela me llevaban al hospital, pero no me dejaban pasar. Me quedaba en la Combi modelo ’80 en el estacionamiento o donde se hubieran estacionado por Avenida Insurgentes. No se me hace muy seguro dejar a un niño solo en ese lugar, pero nunca me pasó nada. Recuerdo haber conocido el aburrimiento más profundo ahí. Una que otra vez me dejaban en alguna sala de espera, con mi mochila. Me ponía a hacer dibujos primero, luego maquetas y pistas para mis coches de juguete con las hojas del bloc de dibujo de papel marquilla. Iba y venía muchísima gente y yo iba gravitando hacia las ventanas, donde había mejor luz.

A los familiares no tan cercanos les contaban que había habido un problema con el tratamiento anterior y que las cosas se habían complicado. Que un medicamento no le había sentado bien. De casualidad escuché a mi tia decir algo de huesos rotos y fracturas que habían sanado chuecas, aunque no lo comprendí porque se suponía que mi abuelita estaba en cama. Pasó mucho tiempo sin verla y ya comenzaba yo a preguntar. Los seguía al entrar al hospital pero me decían que a los niños no los dejaban pasar después de las escaleritas de la entrada. Yo pensaba que podía intentar infiltrarme, porque curiosamente en ese momento no había a ningún vigilante a la vista. Nunca parecía haberlo. Pero me decían que no. Siempre supe que eso había sido un error. Aún las autoridades más estrictas nos habrían perdonado, pensaba, porque ¿quién no comprendería que un alguien quisiera ver a su abuelita?

La familia pasaba cada vez más tiempo en el hospital, yo afuera. Oscurecía y yo seguía en el carro. Llegábamos a casa ya muy tarde, hasta que por fin dejaron de llevarme. Me iban a dejar a la casa y me aburría muchísimo. Cuando llegaban mis papás yo quería salir a pasear o algo, ya había visto suficiente televisión para toda la vida. No recuerdo muy bien pero es obvio que pasamos la primera navidad sin ella, el año nuevo. No pudimos haber hecho grandes festejos. Llegó el 5 de Enero. Era tarde, aunque no tanto, quizá alrededor de las nueve de la noche y estábamos frente al televisor, listos para saltar cuando llegaran papá y mamá e insistir en que nos llevaran a cenar hamburguesas. Abrieron la puerta y entró mi mamá muy rara. No nos dimos cuenta al principio. Nadamás dijo un lacónico “ya” y empezó a llorar. Algún familiar me dijo que yo había sido un insensible al decir lo de las hamburguesas pero no sabía lo que estaba pasando, no podía saberlo. Siempre estuve seguro de que eso había sido un error. El instante preciso en que se desapareció toda fue cuando entré a la cocina y vi a mi abuelo, de pie mirando hacia el ventanal, llorando.

Los días siguientes fueron raros y tampoco los tengo muy claros. Para entonces el asunto de los reyes magos ya estaba totalmente destapado, ignoro cuando pasó. Me llevaron rápidamente a unos grandes almacenes a comprar juguetes. Un helicóptero que me encantaba y todavía extraño, pero que se perdió en alguna mudanza, y un puesto de un guardabosques Playmobil; me gustaba porque traía ardillas y conejos. Todavía tengo algunas piezas en mi cuarto, ese cuarto de ese domicilio en el que ya no vivo. Al volver a la casa del centro comercial mi tía me vio con mis juguetes nuevos y me los arrebató. Los fue a echar al bote de basura de la casa, un bote gigante en el que apenas me alcanzaba a asomar yo. Fue un ataque de ira que siempre entendí y que nunca entenderé porque desde esa edad comprendía que la muerte de una madre pudiera hacer perder el control a una hija, a un hijo, a cualquiera, aunque como reacción para hacerme “olvidar” los juguetes no pueda más que tener el efecto contrario. Pasé un largo rato hurgando en la basura con gran dificultad y recuperé casi todo, pero hubo una pieza del helicóptero que nunca encontré.

Pasamos dos días en los velatorios del panteón Jardines del Recuerdo. Es un edificio alto con infinidad de salones que se pueden ajustar a distintos tamaños según las necesidades. Tenía muy poca supervisión y los pisos superiores en aquel entonces aún no estaban terminados. Todavía llegaban los elevadores libremente a la azotea. Vi a muchos familiares lejanos, tíos, primos, de esos que solo ves en bodas y ocasiones como estas. No era el primer difunto que veía, ya había visto antes a un hombre balaceado en la calle, historia que ya contaré después porque no viene al caso. Pero de todos modos me impactó ver el rostro de mi abuelita a través del cristal del féretro. A todo mundo se le habló de un problema con un medicamento.

Me dijeron que no dejaban a los niños pasar la noche ahí, aunque a la fecha sospecho que no es cierto. Yo no quería irme pero me mandaron a pasar la noche en casa de otra tía que se parece tanto a mi mamá que resulta incómodo. Me acabo de dar cuenta que es la única noche en toda mi vida que he pasado en un departamento. Al día siguiente fue la misa y el entierro, de los que no recuerdo mucho. Sé que lancé una rosa y un puñado de tierra a la fosa. Me quedé con ganas de besar el féretro pero todavía me parece demasiado dramático y no me atreví. Jardines del Recuerdo es uno de esos panteones modernos en que los muertos reposan en condominio: cada fosa es de cuatro niveles. No se trata de simples agujeros cavados en la tierra, tienen una estructura de concreto alrededor, con cuatro niveles de topes en los que se colocan una especie de tablones de cemento prefabricados cada que se llena un espacio. Hacía años que mis abuelos habían arreglado todo esto, así que no hubo trámites engorrosos ni problema alguno. Después de echar la tierra un grupo de hombres empezó a acomodar los pesados tablones y a cerrar definitivamente aquello con grava y mezcla. Nos fuimos. Me parece un tanto insensible, los muertos no están bien enterrados hasta que se echa la última palada de tierra.

El féretro no era muy bonito. Traía en un costado un Cristo de plástico negro y mal hecho al que se le había aplicado una escueta rociada de pintura cobriza para darle un aspecto antiguo. Mi tía lo mandó remover y montar en una cruz de madera fina, rojiza y con vetas finas, muy agradable a la vista y el tacto. Esa cruz no creo extraviarla nunca, se encuentra actualmente en mi recámara y me recuerda que mi tía no estaba tan loca.

Pasó el tiempo, el rosario diario luego fue una misa cada mes, cada año hasta que poco a poco… no puedo decir que se olvidó, más bien nos acostumbramos a vivir con ello. Ya no se menciona el tema a la hora de partir la rosca pero todos pensamos en eso. Salí de la escuela en la que pensaba estar toda la vida. Pasé por otros cuatro colegios, cosa que nunca me hubiera imaginado. En la universidad se supone que había que hacer un examen físico, que nunca presenté, aunque si me examinaron a fondo en la UASLP, donde al final no entré por otros motivos. Estuve asegurado en la carrera.

Siguieron pasando los años. La navidad y los reyes magos dejaron de interesarme y empecé a pensar en ellos como extrañas costumbres de culturas exóticas. Me acuerdo que en la parroquia a la que a mi abuelita le gustaba ir a misa ponían un árbol de navidad junto al enorme Cristo crucificado. Se me hacía una mezcla rara, escuchaba la misa esperando el momento en que se mencionara la parte de “cayendo de rodillas, lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra… y un pino decorado con objetos brillantes”, pero al sacerdote siempre se le olvidaba lo del pino. A lo mejor no es culpa suya, fue el Papa San León quien fijó el número de los magos y los regalos en tres. De todas formas el que cada año se vendan millones de pinos para tener un rato en la sala de la casa y desechar en Enero debe ser una de las costumbres más curiosas de la historia. Es curioso también pensar que habrá bosques mientras exista demanda por estos pinos, así como habrá juguetes Mattel y Hasbro mientras persista el frensesí de fin de año.

Terminé mis estudios, tuve mi primer empleo, que fue una experiencia agridulce. Trabajé en dos fábricas, en una de las cuales si me sometieron a un riguroso examen de aptitud física en el que por unos segundos pareció que se me acababa de descubrir daltonismo. Nunca comprendí por qué necesitamos pretextos para dar regalos, por qué esperar a una época del año en particular para festejar con nuestros seres queridos. Fui dejando atrás el mundo de fantasía en que por alguna razón se acostumbra criar a los niños pequeños en la sociedad actual. Supongo que se trata de protegerlos de alguna manera… de las cosas con las que tarde o temprano tendrán que enfrentarse. Claro, porque privarlos de ese conocimiento y esas experiencias ayudará a que estén lo mejor preparados para lidiar con ellas. No le encuentro sentido. Mentir es retener, por voluntad propia, la verdad. Siempre supe que mentirle a los niños es un error, porque una de las cosas que más duele en la vida es el desengaño.

Fue el año pasado, yo ya a uno o dos pasos de cumplir treinta, que por casualidad en una cena familiar salí de la habitación. Al regresar me encontré que estaban hablando de una historia de largo sufrimiento, cirugías y partes del cuerpo desaparecidas. Sin querer me había topado con la verdad, que tantos años me había eludido y ahora estaba ahí sentada tan tranquila en el comedor, tomando el té. Fue extraño descubrir que toda la vida he proporcionado información incorrecta acerca de mis antecedentes médicos y los de mi familia. Comprendo que no sea el tipo de cosas que se platican casualmente un día cualquiera, al compartir el cereal y el pan tostado de la mañana pero ¿tener que esperar diecisiete años? Y aún así no había planes de revelarlo.

Los pulpos son animales fascinantes, grandes artistas del escape y el camuflaje, poseedores de un sistema nervioso altamente desarrollado y sentidos agudísimos, así como una inteligencia sorprendente. Todo esto en un cuerpo sin huesos y con una de las formas más improbables. Se dice que no tienen un tamaño máximo y crecen toda su vida. Se especula que el motivo porque no existen especies de agua dulce es porque son demasiado sensibles a la calidad del agua. Verán, los cuerpos de agua dulce son pequeños, con corrientes pequeñas. Invariablemente tienen su origen en el agua que se precipita sobre la tierra, agua que es relativamente pura al principio y cae, lista para absorber y mezclarse con todo lo que encuentre en su camino. Las aguas dulces son inestables, cambiantes, efímeras cuando se miden en las escalas de tiempo geológico. Efímeras, como la infancia. Los cefalópodos existen desde antes que los peces, son muy aguerridos, comen de todo. Aún así no existen pulpos de agua dulce. Según cuenta la leyenda fue un pez al que se le ocurrió salir del agua y poblar las tierras emergidas, convertirse en mamífero y volver al mar en forma de ballena y delfín ¿Por qué no un pulpo? La verdad es que se desconoce la respuesta, pero una de las teorías es que su organismo, cargado de hasta tres veces más neuronas que animales de tamaño similar, ya está suficientemente estresado manteniendo con vida ese sistema nervioso como para tolerar los constantes cambios y estrés adicionales de vivir en agua dulce, no se diga ya en tierra seca. Una mente increíble encerrada, que solo puede existir poniendo a tope su frágil cuerpo.

Me gusta pensar que la mente humana es como los pulpos. Que nunca deja de crecer ni sorprender, que toma mil formas y preda con gran astucia y vivacidad. Las personas somo criaturas maravillosas. No somos las más grandes ni las más rápidas ni las más fuertes del planeta pero, gracias a nuestra mente, somos capaces de hazañas asombrosas. Hemos superado los innumerables y enormes retos que se nos han presentado a lo largo de la historia y la prehistoria. Gracias a la abstracción de que somos capaces podemos comunicarnos y transmitir ideas complejisimas con una facilidad y naturalidad que quitan el aliento. Podemos hacerlas perdurar por siglos, usando alfabetos de tan solo veintisiete letras. Eso nos hace especiales porque puedes enseñarle a un chimpancé a pintar, a comer en la mesa, a usar lenguaje de señas e incluso a conducir un auto. Pero no lo verás abriendo una escuela de manejo. Construimos, sin darnos cuenta, una cultura que nos forma desde que nacemos, para bien o para mal, queramos o no. ¿Por qué encerrar la mente de un niño, de una persona, en una celda con forma de cuento de hadas?

Yo viví la mayor parte de mi vida bajo el embrujo de los reyes magos. Siempre supe que había sido un error y es algo que no le deseo a nadie.

El hombre en busca de “El hombre en busca de sentido”

En la casa donde crecí había una habitación olvidada donde reinaba el desorden. Fue en medio de un montón de ropas viejas que, hace muchos años, encontré por casualidad dos de los libros que más han influído en mi vida. El primero fue “Pedro Páramo”, que ocupa un lugar privilegiado en mi memoria y mi vida. De ese título se puede decir que es un relato muy interesante y complejo, pero una fábula al fin y al cabo. Es con el segundo libro, “El hombre en busca de sentido” de Viktor Frankl, que yo conocí los libros “reales”. En él Frankl, psiquiatra de profesión, cuenta sus experiencias como prisionero en varios campos de concentración. En su estructura el texto no se ajusta al concepto de ser un diario o unas memorias, es más bien un anecdotario en orden más o menos cronológico en el que se narran distintos aspectos de la vida en el campo, vistas con el peculiar enfoque científico de el autor. Es por medio de estas observaciones que Frankl contrasta y cuestiona la realidad de los prisioneros, su vida interior, con los conceptos de otras escuelas de la psicología, notablemente el psicoanálisis de Freud. Gracias a estas observaciones Frankl no solo desarrolla una nueva teoría psicológica (quizá se puede decir que incluso aborda cuestiones filosóficas) sino que va llevando de la mano al lector en un viaje en el que él mismo encuentra el sentido a su sufrimiento, sus pérdidas, su vida. El resultado es una reflexión sorprendentemente esperanzadora que aborda una de las preguntas más antiguas y profundas que aún hoy en día se hace el ser humano: ¿qué sentido tiene todo?

Para no hacer el cuento largo, esta navidad decidí obsequiar este libro, que cabe mencionar es bastante conocido y debería poderse en cualquier librería. Desafortunadamente no fue así. Pregunté en la librería Gonvill, de la que no soy muy fan pero que he visto que tiene un buen surtido y buenos precios. El título estaba agotado. Pregunté en Sanborns, porque quedaba cerca, y me dijeron que sí lo tenían pero están tan desordenados los estantes que el empleado no pudo encontrarlo. Total que fui a buscar al centro… yo no estoy muy familiarizado con el centro de estra ciudad, per parece que como en todas las ciudades, hay alguna calle donde se combinan ciertos factores misteriosos y hay varias librerías una al lado de la otra. En la primera, que era la de tamaño mediano, estaba agotado también, lo cual me hace pensar que en alguna escuela todavía es lectura requerida y eso me parece muy bien. A mi lo más que me pusieron a leer en la escuela fue “Los viajes de Marco Polo”, que me aburrió a muerte y nunca terminé y me saqué un seis en ese trabajo porque leí algunos capítulos y medio tenía una idea de lo que pasaba pero nada más. Recordemos que aún no se acostumbraba eso del internet y el rincón del vago.

En la segunda librería, que fue la más pequeña pero surtida y agradable, evidentemente un negocio familiar, sí lo tenían. Pero, queriendo encontrar un mejor precio, fui a una tercera librería que era la más grande y en la que me dieron el mismo precio, que dicho sea de paso era el mismo que en Sanborns. Así que regresé a la tienda pequeña que me había gustado y ahí lo compré.

La historia debería terminar ahí en que todos fueron felices y contentos pero en eso recibí un mensaje de que ya se había inaugurado el Dunkin’ Donuts que desde hace semanas estaban construyendo en la ciudad y me comprometí a llevar algunas donas. No me sorprendió que al llegar hubiera una larga fila, casi cualquier franquicia que abra por primera vez aquí es bastante popular las primeras semanas. Asi que decidí aprovechar el tiempo y comencé a leer el libro. Atrás de mi se formó un señor que insistió en hacerme plática y al que se le unió un niño que le comentaba que ya las había probado en USA y que aquí seguramente no iban a estar tan ricas y en fin, que me interrumpieron varias veces, distrayéndome de mi agradable lectura. Se me fue haciendo un poco anormal la seguridad y el número de empleados corriendo de un lado para el otro y entonces me di cuenta de mi error: estaba yo en la inauguración de la tienda.

Parece ser que a los primeros clientes les regalan un descuento vitalicio o algo así porque no tardaron en contar anécdotas de gente acampando a la espera de ser de los primeros en entrar al local. Para entonces ya había invertido bastante tiempo en esa fila como para darme por vencido y realmente no tenía nada mejor qué hacer. Me dio risa cuando el niño que llegó después del señor que estaba formado después de mi le preguntó cuánto tiempo llevábamos formados y le dijo que como 45 minutos o una hora. Verán, como en esas plazas comerciales de ahora se empeñan en cobrar el estacionamiento, yo siempre tomo el tiempo para procurar no pasarme de las primeras dos horas que son más económicas. Sabía perfectamente que llevábamos apenas poco más de veinte minutos esperando. Unos quince minutos después, cuando ya se veía cerca el mostrador, salieron los empleados a ahuyentar a todos los clientes que estaban esperando servicio en su auto. Yo pensé que ya iban a cerrar pero salió una empleada y dijo que habían tenido mucha demanda y ya se les habían acabado las donas. El señor y el niño que estaban detrás de mi se desanimaron y se fueron, la fila se redujo considerablemente. Yo ya había mucho tiempo como para irme sin siquiera probar el café (que resultó no tener nada de especial) y en eso salió una señora que nada tenía que ver pero que no estaba en la fila y nos dijo que en realidad todavía quedaban bastantes donas. Y era verdad: había mínimo cien donas en el mostrador.

Al final me fui de ahí con dos docenas de unas donas que, aunque interesantes, no puedo decir que valgan lo que cuestan, y luego de haber pasado un buen rato de agradable lectura interrumpida. Creo que la moraleja es que puedes convencer a la gente de gastar un montón de tiempo esperando comprar cualquier cosa.

Breves: Halloween tardío con Silent Hill Revelation

Estoy convencido de que todos tenemos una bonita historia acerca de a primera vez que jugamos Silent Hill. El año era 1999, nosotros éramos jóvenes e impresionables. Yo soy una de esas personas que más de una década después todavía no lo supera. Se convirtió en una de las más grandes influencias de mi vida. Todavía no puedo ver la malla ciclónica sin llevarme la mano al bolsillo del saco para checar que esté preparada mi linterna.

Total que salió una película hace seis años, trajo muchas expectativas por parte de los fans sobre todo porque los primeros avances eran increíbles visualmente ¡el look estaba por completo ahí! La historia de como un director de cine francés, gran fan de la franquicia, se comunicó con Konami y los convenció de hacer la pelicula ya es historia vieja y conocida por todos. Yo no pude verla en el cine porque coincidía con la fecha de una expedición de un mes patrocinada por la Universidad de Crayotitlán que no podía dejar pasar. Y en estos seis años no he tenido ocasión de escribir algún comentario al respecto (en serio tengo posts que no termino desde 2005… cuando empecé este blog), brevemente puedo decir que me sorprendió porque si se mantuvo increíblemente fiel en muchos elementos y en lo demás fue al menos interesante. Visual y sonoramente me parece perfecta, sobre todo porque se nota que no se reparó en gastos para darle vida al lugar, al pueblo maldito. Si miran con atención notarán que incluso la cámara hace acrobacias innecesarias en grandes grúas con el único propósito de imitar los movimientos de cámara del juego, que dicho sea de paso no vienen mucho al caso en una película de “terror”; aunque puede que ustedes no se fijen mucho en eso y está bien. La historia fue confusa, como debe ser.

Por eso este viernes que, al checar la cartelera y ver que ya se había estrenado la secuela, fui inmediatamente a comprar mi boleto. La cita fue en la sala 13 en punto de las trece de la noche…

04/12/2012

No había función en 3D, que me da lo mismo. Pasaron unos trailers que ni recuerdo, se apagaron las luces y empezó la película. El principio le resultará familiar a cualquiera que recuerde Silent Hill 3, con unos cambios estratégicos compensados con uno que otro guiño a la mitología de la franquicia. Nos enteramos que desde la primera película ya habíamos conocido a Harry Mason pero no lo sabíamos, esta maraña narrativa es presentada con suficiente gracia para no provocar molestias, aunque hubiera sido lindo que Harry encontrara a Heather a un lado de la carretera luego de los eventos de la primera película. Pero en fin, la historia transcurre con mucha fluidez, tal vez demasiada. De hecho creo que se esforzaron demasiadísimo por dejar todo bien claro y explicado y repetir los puntos importantes para que no se nos pasara nada. En la escena del motel en que le explican todo a Heather yo me quedé esperando a que ella contestara “ahora háblame de los remakes para Nintendo Wii”.

Por momentos si se siente como si estuviéramos viendo un videojuego, me pregunto hasta qué punto esto fue intencional. Se me hizo curioso que en varias escenas vemos a Heather simplemente caminando por el escenario o a punto de entrar en un nuevo lugar clave. Tal vez solo se quería aprovechar los escenarios, que son grandes y espectaculares, con detalles retorcidos y perturbadores cadenas y tortura y cosas llameantes. ¡¿Llameantes?! ¿Cuándo se convirtieron las llamas en un elemento de Silent Hill? Bueno, no me hagan mucho caso, me acabo de dar cuenta que yo me quedé en los títulos que salieron para el primer Xbox.

Desafortunadente creo que se perdió aquello de que los monstruos son manifestaciones del dolor, la pena y la culpa por cosas horribles que hicimos en el pasado y esa sutileza de preguntarse si todo esto es real o no o no puedo salir de mi apartamento porque la puerta esta misteriosamente encadenada y solo hay en el baño un túnel que lleva a la cabeza de John Malkovich Silent Hill, pero si veo por la ventana todo se ve normal afuera. Si tan solo pudiera salir por la ventana todo estaría bien… En realidad se puede decir que toda la sutileza se fue por la ventana, aquí muy claramente estamos en el infierno, bien nos lo explican en repetidas ocasiones.

Aún así, todo avanza muy fluído. El tiempo se me hizo cortísimo. Me sorprendió mucho que hasta podemos encontrar items que incluso se complementan e interactúan (ok, en singular porque solo es es uno), tal cual como en el juego. Aunque seamos sinceros, nadie nunca encuentra una linterna con baterías frescas en Silent Hill. Vemos otras cosas que sí pertenencen a este universo y que no habíamos visto en el cine, como violencia monstruo-monstruo o lo que hay debajo del suelo de malla en el hospital y hasta nos cruzamos con otras almas torturadas que han venido a parar a este terruño. Al final todo se resuelve con el Good + Ending y nos vemos en la próxima secuela.

¿La recomiendo? Caray, no puedo responder a eso. Si eres fan no vas a hacer esa pregunta, si no lo eres te vas a quedar con cara de what. Yo solo pueo decir que me da mucho gusto ver que Silent Hill sigue vivo, que como “lugar” (entre comillas porque no es un lugar sino un estado mental) sigue siendo impresionante y que me frustró mucho que, habiendo tanta música de Akira Yamaoka de donde escoger el soundtrack gire sobre uno de los temas más aburridos.

Oh sí, y Carrie Anne Moss sale menos de dos minutos en pantalla.

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¡Algo horrible le pasó a Robotina!

De un tiempo para acá, mi antigua computadora (a la que ya le había fallado cambiado la tarjeta madre en más de una ocasión) tenía un tic nervioso en el que le temblaba la pantalla. Algo de las bisagras o de la tapa, que hacía que al mover la pantalla por ejemplo al abrirla y ponerla en posición cómoda, no quedara exactamente donde uno la había dejado. No le dí importancia porque es un equipo con muchos años de vida y altísimo kilometraje. Hace unas semanas, al abrirla, se rompió la tapa. Cabe mencionar que es una tapa de una sola pieza de metal, metal “vaciado” en un molde, no laminado a la forma final. En el pasado ya he tenido un par de máquinas con tapa de metal laminado y, aunque tienen sus propias idiosincrasias, creo que es la mejor opción.

Este pequeño incidente me hizo ponerme a pensar que mi máquina realmente ya esta muy vieja, ya va para diez años y, aunque milagrosamente sigue cubriendo mis necesidades al 90%, era momento de enfrentarse a la decisión de reemplazarla. Pero esto conlleva una decisión secundaria: ¿deshacerse de esta máquina que bien que mal me ha servido fielmente por años? Realmente funciona todavía muy bien, así que me di a la tarea de conseguir la refacción. Hay que señalar que en mi computadora, la tapa es la que da soporte a la pantalla, hay otros diseños que cuentan con un esqueleto interno en el que este desperfecto sería puramente estético.

Algo horrible le paso a robotina

Afortunadamente se trata de un modelo muy común del que se fabricaron millones, así que aunque está vieja, no es tan difícil encontrar las piezas. Busqué en mercadolibre y me dio risa porque los precios son muy elevados. Fui a la plaza de la memoria usb y el celular computación local y en el primer local donde vi que tenían amontonadero de máquinas viejas pregunté si tendrían esta pieza. Me dijeron enfáticamente que sí, que a $150 pero que tenían que traerla de bodega. Como ya era noche me pidieron que pasara al día siguiente. Acepté inmediatamente porque era menos de la tercera parte del precio que vi en internet. Seguí mi camino.

El segundo local donde pregunté fue uno de tamaño grande para los estándares de esa plaza que es conocido como “el cubano” y que atiende un joven que parece ser… cubano. Le pregunté por la pieza y le di el modelo de mi laptop, que es tan conocido que sinceramente considero que cualquier persona que de soporte técnico debe conocer, a pesar de lo viejo. Yo, debido a mi paranoia y desconfianza crónica, llevaba mi preciada máquina disfrazada en la caja de una base de ventiladores para laptop y no se la mostré. Se quedó pensando, habló por teléfono. Yo vi por ahí en el rincón el perfil de una máquina idéntica y se lo señalé. La levantó y resultó ser un modelo muy similar pero más escazo que es idéntico en todo sentido salvo que tiene pantalla ancha. Es decir, todos los componentes internos son iguales, salvo la carcasa, que es lo que yo estaba buscando. Me sacó una sonrisa porque siempre quise una de esas máquinas de pantalla ancha pero nunca la conseguí a precio razonable. Me quedé esperando a que me dijera si la tenía o no en lo que “el cubano” atendía otra llamada. Luego se quedó mirando a lontananza, sin tocar la computadora que tenía enfrente y que claramente estaba a la mitad de una cirugía a corazón abierto. Me lo habían recomendado tanto que le pregunté qué onda. Entonces me dijo “te dije desde hace dos horas que me enseñaras la laptop, ¿así como voy a saber?” Que es en apariencia comprensible pero son palabras que nunca nadie debería decir a sus clientes. Debí entrar a su local, decirle “¡¿así le hablas a todos tus clientes?!” y darle una cachetada con mi guante blanco retándolo a un duelo a muerte, pero tenía curiosidad por saber el precio que diría así que abrí mi caja de base de ventiladores para laptop y se la mostré. $250 dijo y le di las gracias y me fui, riendo.

De casualidad vi un local pequeñito atendido por tres tipos que apenas cabían dentro, con un montón de máquinas viejas destazadas en el mostrador. Pregunté y me mostraron el modelo anterior, vieron que no era y me mostraron el correcto. $120 dijeron e inmediatamente compré la pieza. Solo la pieza porque yo traía la laptop incompleta y no me la podían instalar sin la bisagra. Aquí tengo que platicarles que las bisagras de laptop son un componente de lo más sencillo pero que alcanza precios exorbitantes en el mercado de segunda mano. Me imagino que a mucha gente se le descomponen. Lo más feo es cuando en el modelo de tu máquina las bisagras de un lado no son iguales a las del otro, y terminas teniendo que cazar una pieza más específica que ni el procesador. Mi laptop es de las que tienen una bisagra igual en cada lado.

Algo horrible le paso a robotina

Llegué a casa, me puse a instalar la tapa… y descubrí que una bisagra está rota y que ese bamboleo de la pantalla no se va a quitar. Ahora tengo que volver a comprarla.

Algo horrible le paso a robotina

“Odd Thomas” de Dean Koontz

Leí el primer libro de esta saga luego de toparme con él en repetidas ocasiones. Cada que iba a Sanborns el libro saltaba de los estantes y me acomodaba unas buenas cachetadas para llamar mi atención. Yo, siendo la persona tolerante y conciliadora que soy, volvia a colocarlo discretamente en su lugar. Esa relación insana empezó hace más de tres años pero hace unos meses, después de pensarlo más de lo necesario, decidí leerlo para tomarme un descanso en mi racha interminable de clásicos de ciencia ficción. Y vaya que fue un cambio de ritmo. De Dean Koontz no he leído mucho, aunque no me resulta del todo desconocido su trabajo. Sabía que al menos sería una lectura entretenida.

Empecemos con el personaje principal, que si, se llama Odd debido a la excentricidad de sus padres. Es un tipo en apariencia normal que busca llenar su vida de tranquilidad y simpleza porque tiene un “don” que ya le produce suficientes complicaciones: es capaz de ver y hablar con los muertos, aunque ellos no pueden hablar con el. Esto viene acompañado con una “habilidad” a la que él llama “magnetismo psíquico”  y que lo conduce hacia personas en las que está pensando, ya sea de manera consciente o inconsciente, convirtiéndolo tanto en algo muy útil como un serio inconveniente. Además de los muertos, Odd también ve a unos seres que resultan invisibles para todos los demás a los que da el nombre de ”bodachs” y que se alimentan del dolor y el sufrimiento humanos y parecen saber con anticipación donde encontrarlo, de modo que verlos agruparse en algún lugar o siguiendo a una persona en particular nunca es buena señal. Todo esto en compañía del fantasma de Elvis Presley…

“Evil walks among us. We don’t always see it.”

Sobra decir que la premisa de la historia es bastante descabellada por si sola, aunque Koontz sabe conjugar con bastante maestría todos los elementos para crear un libro que resulta más que entretenido así como un héroe con el que hábilmente conquista los corazones de los lectores. Y sabe vender muchos libros y forrarse de billetes verdes, no cabe duda que el hombre conoce su negocio.

También sobra decir que a continuación va a haber muchísimos spoilers.

“Odd Thomas” es tambien el título del primer libro de la saga, que originalmente iba a constar de 6 volúmenes pero ya salieron esos seis y todavía faltan al menos dos. En este primer libro conocemos a Odd, que lleva una vida muy tranquila siendo cocinero en un restaurante de un pueblo en medio del desierto. Pocas personas conocen las habilidades sobrenaturales de Odd, entre ellos su amada novia Stormy, el sheriff del lugar y un par de amigos más. En esta primera aventura Odd comienza a encontrarse con bodachs en números alarmantes y los sigue hasta la casa que ocupa un hombre de aspecto muy sospechoso. Poco a poco comienza a revelarse un plan macabro (siempre quise escribir “plan macabro”) para realizar un acto de terrorismo con nexos al satanismo. Odd se convierte en el héroe, a medias y sin querer porque no le queda de otra.

“I see dead people. But then, by God, I do something about it.”

Koontz llena el libro de un ambiente muy adecuado donde la incredulidad se combina con la superstición y el misterio, a la vez que dota a su protagonista de una personalidad muy peculiar con un sentido del humor muy especial. Se la pasa haciendo referencias a la cultura pop y debo reconocer que el autor maneja un vocabulario de lo más amplio. Yo leí la saga completa en su idioma original y, aunque creo tener un vocabulario más que adecuado, me encontré anotando e investigando muchos términos nuevos que al final sumaron una lista de varias páginas. Solamente quería mencionarlo porque se me hizo muy curioso, no me pasó ni con la saga de Harry Potter ni con otros libros de ciencia ficción que también he leído en inglés. Una crítica negativa que he visto varias veces respecto a esta saga es que ningún joven de 23 años habla de la manera en que Koontz hace hablar a Odd Thomas y la verdad es cierto. Aunque tampoco ningún joven de esa edad tiene esas habilidades y esa historia en su vida. A mi no me molesta en lo más mínimo, al contrario, me parece muy interesante y creo que funciona muy bien. Se trata de una novela de ficción pura, caray. Donde, paradojicamente, si falla, es cuando Koontz insiste en pintar a Odd como un muchachito que no ha leído nada de nada.

No creo necesario entrar en más detalles acerca de la trama, el encanto del libro radica precisamente en que es muy simple y el personaje de Odd Thomas es más que suficientemente especial para mantener el interés. Si acaso puedo agregar algo que extrañamente no he visto mencionado en otras críticas y reseñas: cada volumen de esta saga narra un día en la vida de Odd, de modo que lo que vemos es una pequeña rebanada de tiempo. Oh si, y el hecho de que al final del primer libro se supone que es Odd mismo el que escribe el relato de sus aventuras y se lo da a un amigo para que lo guarde y evite que el texto vea la luz hasta el día de su muerte. Y como ya estamos leyendo la historia… pues creo que es un gran spoiler por parte de Koontz. Esperemos que pase algo que no estoy tomando en cuenta.

Sinceramente el primer libro me sorprendió mucho. En particular hay un detalle en el desenlace que me tomó por sorpresa y me golpeó bastante fuerte y que ese si vale la pena que lo descubra cada quien al leerlo. Parece que la historia va para un lado y entonces nos damos cuenta de que va completamente en otra dirección y no es nadamás por darle un twist, de verdad es la manera lógica de continuar con la historia. Aquí si le reconozco una vez más a Koontz que conoce muy bien su negocio.

Está muy claro que Odd Thomas es el personaje favorito de este autor y que tiene bastantes fans. La única crítica negativa con la que concuerdo es que se ha ido convirtiendo en un personaje sin defecto alguno, lo cual es, graciosamente su principal defecto. Odd es, en pocas palabras, un santo de piez a cabeza. Pero como mencioné, a mi esto no me molesta por tratarse de algo tan fantasioso.

Para terminar, un comentario acerca de las múltiples obras que componen esta saga. Me estoy saltando varios comics que han salido, uno de ellos a manera de precuela, porque no los he leído y tampoco he visto los “webisodios”. Oigan, de pronto esto me empezó a oler a mucho dinero.

  • Odd Thomas (2003) – el libro que comenzó todo y que si puedo recomendar.
  • Forever Odd (2005) – un amigo de Odd es secuestrado por una misteriosa femme fatale obsesionada con lo sobrenatural y él se lanza al rescate. Es una buena secuela, concisa, bien lograda. Más pequeña que la primera historia en muchos sentidos pero entrañable dentro de este universo ficticio. A mi gusto la que mejor funciona y, si les gusta el primer libro, les recomiendo leerla, olvidarse de las demás secuelas, e invertir su tiempo en los grandes clásicos de la literatura. “Crimen y castigo”, “La guerra y la paz”, “Orgullo y prejuicio”, “Fausto”, “El arte de la guerra” son algunas sugerencias de las que no se arrepentirán. Si buscaban algo más contemporáneo o puramente entretenido, editorial Dolmen está publicando títulos de temática zombie como si no hubiera un mañana.
  • Brother Odd (2006) – después de los eventos de los primeros dos libros, Odd está agotado física y emocionalmente, así que busca algo de paz y tranquilidad refugiándose en un monasterio, donde monjes y monjas dan asilo a niños desamparados con serias condiciones médicas, truco muy bajo para despertar compasión en el lector. Cosas horribles suceden. El problema es que se introducen elementos de ciencia ficción a la vez que los tintes sobrenaturales a los que ya estábamos acostumbrados. Yo digo que es muy larga y como secuela me parece la más débil.
  • Odd Hours (2008) – Como no le funcionó muy bien su anterior retiro, Odd se refugia en el anonimato, trabajando como cocinero personal de un viejo millonario en un pueblo Silent-Hillesco apartado de todo y con neblina y toda la cosa. Como no podía ser de otra manera, el gusto le dura poco y pronto se ve envuelto en una conspiración para detonar una bomba atómica en, Dios nos agarre confesados, tierras gringas. Es muy pronto para hacer metareferencias a la primera historia… porque la premisa es básicamente la misma. Hay varios personajes que no quedan bien dibujados, particularmente los villanos. Lo más importante tal vez es que Odd conoce a una misteriosa mujer embarazada llamada Annamaria a la que ayuda a escapar de los malosos (no queda claro por qué la persiguen) y que le acompañará en sus siguientes aventuras, aunque no haga mucho en ellas. Yo me supongo que ella va a dar a luz al anticristo en el último libro o algo de ese calibre, pero no me hagan mucho caso.
  • Odd Interlude (2012) – es un relato dividio en tres partes, que juntas completan una novela corta. Salió este año en la plataforma de Amazon como stunt piblicitario para el quinto libro. Odd y Annamaria han salido del pueblo aquel y, camino a donde sea pero lejos de aquí, se hospedan en un motel olvidado de dios. El motel es atendido por una familia que actúa de forma extraña y sospechosa y no tarda en descubrirse que están todos bajo el control telepático y telequinético de un ente maligno ¡de origen extraterrestre! A estas alturas ya está muy claro que Odd Thomas tiene lo que se necesita para ser héroe de toda la galaxia. Una vez más le reconozco a Koontz que el relato está bien logrado, narrado con mucha imaginación e intensidad, así que a pesar de tener uno o dos giros de tuerca de más, es una forma muy agradable de seguir el sendero de Odd Thomas. Me recordó mucho a “The regulators” de un tal Richard Bachman, lo cual es un acierto. Clap clap.
  • Odd Apocalypse (2012) – después de quedar enganchado a esta saga y luego de los altibajos emocionales que producen las secuelas con su calidad tan variable, tuve un caso grave de Odd Thomasitis y no podía esperar a que saliera esta entrega. Por fin salió y comprendí a que se refieren con “devorar” un libro. Odd y la misteriosa Annamaria, una vez más en su viaje hacia ninguna parte (que de hecho es un lugar en particular en Silent Hill, hasta hay un mapa), se hospedan en la lujosa mansión de Roseland, que es una majestuosa propiedad amurallada. No tardan en revelarse las secretas intenciones de los habitantes del lugar así como la existencia de una especie de monstruos transgénicos ¡que vienen del futuro apocalíptico! porque Tesla construyó una máquina del tiempo pero el gobierno niega tener conocimiento y los malos la están usando para el mal… No es un mal libro pero no es lo mejor de la saga. Con este ya me doy por vencido con tratar de imaginar siquiera de que se puedan tratar las próximas secuelas. Literalmente todo lo que se les ocurra puede pasar.
  • Deeply Odd (2013) – Originalmente iban a ser seis libros y este sería el último, pero Koontz ya se dió cuenta que es pronto para acabar con la gallina de los huevos de oro y ahora van a ser siete. Si contamos “Odd Interlude” pues van a ser ocho. Sale en enero 2013. No tiene caso pensar qué consideraría Koontz “Profundamente extraño”.
  • Saint Odd – fecha de lanzamiento aún sin confirmar, aunque el título algo revela.

Finalmente solo puedo platicar de pasadita que desde hace tiempo se hablaba de la película de Odd Thomas y, como siempre, el instinto y la experiencia nos piden desconfiar y no esperar nada. Pero es real, iba a salir este año pero la cambiaron para el siguiente. La dirige Stephen Sommers, que era un director estimable hasta que lo absorbió esa saga de “The mummy”. Koontz dice que, al igual que los fans, él no creía que fuera posible hacer una película decente pero que el resultado lo ha convencido. Aunque yo en lo personal estoy seguro de que este hombre es capaz de decir y escribir cualquier cosa y que no diría nada que afectara negativamente los dólares que irán a parar a su bolsillo.

En conclusión, “Odd Thomas” es una saga muy…peculiar que leí por casualidad y a la que no esperaba tomarle especial cariño pero que ya no puedo soltar. Puedo recomendar sin remordimiento el primer y segundo libro y veré gustoso la película. Pero no creo poder suspender la incredulidad por más tiempo.